El príncipe de los bárbaros - Prólogo

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Érase una vez un pueblo, en medio de muchos de aquellos que existieron en el mundo antiguo, en el que los hombres soñaban con el poder absoluto sobre la tierra, sobre otros hombres, sobre los animales y los elementos, incluso sobre las deidades, soñaban crear dinastías poderosas e inquebrantables, inevitablemente un pueblo que aplaste al resto.

Sin lugar a dudas un pueblo de bárbaros. El pueblo de los Ilianos.

Sus leyes, sus costumbres, sus creencias, todo debía ser respetado y seguido, sin observación alguna por todos los que a la fuerza debieron ser incorporados al pueblo. Todos los conquistados, a pesar de todo se acoplaban con bastante rapidez y después de un tiempo hasta lograban sentirse un poco a gusto entre este pueblo de gente estricta pero mojigata.

Por un periodo aceptable de tiempo, dígase algunos siglos, los bárbaros estuvieron satisfechos de su manera de vivir, su territorio era extenso, mucho más cada vez, tenían las mejores tierras de cultivo, el mejor ganado, la gente estaba satisfecha y los niños sanos. Sus costumbres se habían vuelto una cultura ancestral y se veneraba como a todo lo que se ha heredado de los padres.

Claro está, que cuando vives demasiado tiempo en abundancia se te olvida ser previsor, ahorrador y humilde, los excesos empiezan a ser normales, y la organización desbalanceada de la sociedad parece favorecer solo a aquellos que han sido más exitosos. Si todo va bien, el mundo empieza a volverse injusto y ocioso. En época de bonanza los pecados capitales se ciernen como bruma sobre los mortales, de todos ellos la avaricia, la gula y la lujuria son los que más adeptos encuentra.

Y así, varias generaciones más pasaron, una idea surgió de la retorcida mente de un hombre...

Para conservar el poder absoluto deberían casarse entre ellos, las familias de la aristocracia, para heredar lo mejor de lo mejor. La belleza más pura, la fuerza física más impresionante, la inteligencia más perspicaz, la salud inquebrantable. La riqueza y la tierra. Solo lo mejor.

Desafortunadamente la biología está en desacuerdo con la incestuosa teoría. Nueve generaciones fueron suficientes para confirmar que no era adecuado unirse entre familiares, en unos pocos años lograron destruir lo que había tomado siglos formar, el próspero pueblo se había mermado así mismo.

Desde la novena y más que nada en la décima generación de matrimonios consanguíneos, varias enfermedades graves y raras no dejaban de aparecer en las nupcias entre primos y hermanos, los niños fueron debilitándose, la inteligencia no parecía incrementar sino al contrario, para colmo las madres fueron menos fértiles. Es así como fueron perdiendo el pueblo hegemónico que tanto soñaron lograr tener por falta de gente fuerte que los lidere.

Los pueblos menores conquistados, ante la mirada del declive, fueron buscando la forma de salvarse de la destrucción que se venía venir en el pueblo de sus señores, uniéndose y peleando se liberaron del yugo de aquella gente necia, claro está después de años de derramar muchísima sangre inocente, por fin lograron volver a sus antiguos territorios, en los que la vida era más sencilla y placentera. No tendrían el esplendor de la enorme ciudad estado de Ilani, pero ya no habría esclavitud y tortura.

Ese pueblo grandioso y próspero ahora era solo una mínima sombra de lo que en su apogeo había sido. Definitivamente la precariedad era lo único que reinaba en ese territorio. Nadie comprendía la razón del debilitamiento de la salud pública y el desvanecimiento de la sociedad.

Un hombre sabio, de los pocos que quedaban, entre todos ellos, que había salido de su pueblo muchos años antes, en contra de la voluntad de sus padres y que había vuelto después de haber recorrido un poco del mundo conocido, entendió que las uniones con la misma sangre no eran adecuadas para la conservación de la genética y quiso probar su teoría tomando por esposa a la más lejana de entre sus parientes, casi sin relación con su núcleo familiar, pues las mujeres de otros pueblos ya no estaban. Despreciando a la mujer que sus padres ya habían elegido para él y provocando una controversia social que fue la comidilla de todos durante mucho tiempo.

El nombre de la muchacha era Oh Jin Hee, una chica ya no tenía padre, pues este había muerto muy joven con una rara enfermedad de los músculos. Vivía con su madre anciana y ciega, por eso en contra de cualquier opinión negativa ella aceptó al joven señor Shim Tae Mu que quiso desposarla, agradecía que un hombre quisiera salvarla de su precaria condición. Cuando has padecido hambre y necesidad, las costumbres quedan relegadas y ella definitivamente eligió vivir.

Tae Mu cuidó a Jin Hee con esmero, porque era frágil, trabajó con sus propias manos la tierra abandona de su hacienda, alimentó y protegió a su mujer todos los días, le brindo amor y todos sus conocimientos, todo lo que pudo, todo. E hizo lo mismo con su madre mientras la anciana mujer estuvo con vida que fueron nada más un par de años.

Todos los conocimientos que trajo de fuera, los fue condensando en libros que escribía durante las noches, con mucho cuidado los mostró al resto de sus familiares, muchos estuvieron en contra de tomarlos y ponerlos en práctica por considerarlos “herejía”, algunos con mejor entendimiento fueron convencidos y siguiendo su ejemplo desposaron mujeres que casi no tenían relación con ellos. Tae Mu empezó poco a poco a ganar poder y admiración entre su pueblo. Sin querer reconocerlo este tipo de situaciones siempre produce polarización en la opinión pública, unos lo respetaban y otros definitivamente no lo podían compartir una comida con él y su esposa, ni tan siquiera cruzarse con ellos en la calle.

El cuidado diario a su esposa dio sus frutos unos años después, por fin se obtuvo el esperado embarazo, que a ella le sentó de maravilla, se fortaleció bastante, la criatura de su vientre parecía estar agradecido de estar vivo, ella lo amaba tanto, tanto como amaba a su padre, le cantaba todas las canciones que conocía, le leía libros de toda clase de temas y tocaba un hermoso instrumento de cuerda para él, su embarazo avanzó sin los contratiempos que en las otras mujeres de la familia se venían presentando.

El día que superó los 6 meses, fue a agradecer a su dios en la catedral de la plaza central, la mayoría de sus parientes había perdido varios de sus hijos antes de cumplir tres meses, y la noticia sin duda merecía una fiesta. El resto de la familia y mucha gente sentía envidia y vio con malos ojos presumir de ese embarazo saludable, porque “esa mujer lo hacía para hacer sufrir al resto de las madres”, y sobre todo cuando su unión era tan “inadecuada” para la sociedad, en secreto todas las otras mujeres estériles deseaban que su hijo falleciera, más que nada la mujer que había sido despreciada por Tae Mu años atrás.


El padre siguió amando a la madre y al fruto de su vientre, con esmero y dedicación. Incluso aunque el resto de su familia lo clasifique como detractor de las “sagradas costumbres”.

2 comentarios:

  1. Anónimo8/07/2016

    De esa clase de bárbaros todavía quedan hoy en día, jajaja

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  2. Que interesante y emocionanate esta.

    Es algo asi como lo que hacian o hacen los judios, con tal de conservar su raza pura.

    Gracias!!!

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