Inesperadamente tú - Cap. 14

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“Necesito verte. Tenemos que hablar.

Ye Eun.”

Me quedé mirando fijamente esas palabras en la pantalla del móvil y suspiré. De alguna forma no me sorprendía encontrarme aquel mensaje al despertar por la  mañana.

“Esta tarde estoy libre.”


Una parte de mí aun se sentía mal por haber respondido, pero tampoco quería dejar las cosas tal y como acabaron anoche. Teníamos una conversación pendiente y los dos lo sabíamos.

Bueno, los tres.

Desvié la mirada un poco más abajo, justo donde Junsu dormía abrazado a mi pecho y no pude evitar sonreír y besarle el pelo. Su respiración era pausada y profunda, y de vez en cuando dejaba escapar algún suspiro y se revolvía un poco, abrazándome ligeramente más fuerte.

Después de tantos años durmiendo bajo su mismo techo, no me había dado cuenta de lo maravilloso que era verle en ese estado.

El móvil volvió a vibrar en mi mano con otro mensaje de Ye Eun, obligándome a apartar la mirada de él.

“Te espero en el parque de las afueras a las 8.

Allí será más fácil hablar.”


No vi necesario contestar, así que cerré el teléfono y lo dejé en la mesita de noche. No quería pensar en nada que tuviera que ver con ella.
No al menos hasta las ocho de la tarde.
Volví a bajar la vista a Junsu y me sorprendió encontrarme con sus ojos ya despiertos.
- ¿Era ella?
¿Cómo podía ser tan inocente unas veces y tan intuitivo otras?
En serio, Junsu nunca dejaría de asombrarme.

Asentí y él alzó su rostro para darme un casto beso en los labios.
- ¿Qué quería?
- Hablar.
Junsu se volvió a acomodar en mi pecho con un suspiro y luego asintió lentamente.
- Entiendo.
No me gustaba no poderle ver la cara desde aquella posición, así que no supe cómo interpretar su respuesta, y pude sentir cómo lentamente la parte que se arrepentía de haber quedado con Ye Eun se hacía cada vez más grande.
- Tengo que hablar con ella, Junsu ah.
- Ya lo sé, Chunnie – volvió a alzar la cabeza y me sonrió –. Claro que debes hablar con ella. Yo también lo haría.
- Gracias.
Sonreí aliviado y le robé un beso que no tardó en seguir y que lentamente empezamos a alargar. Sin saber cómo ni cuándo, Junsu de repente se encontraba encima de mí, con mis manos acariciándole la espalda y nuestras lenguas enredadas dulcemente.

 Maldije el momento en que Jaejoong abrió la puerta de la habitación sin avisar, haciéndonos dar un respingo y separándonos al instante.
¿Por qué todo el mundo se había empeñado en interrumpirnos mientras nos besábamos?
Estúpido Jaejoong.

- Eh, haced el favor de levant… ¡ah, mierda! Lo siento – en cuanto se dio cuenta de lo que acababa de interrumpir, apartó la vista y se mordió el labio inferior conteniendo la risa.
Nosotros, sin embargo, no nos reíamos en absoluto.
- Podrías picar a la puerta – dije sentándome en la cama.
- Sí, no está de más – me apoyó Junsu haciendo una mueca de disgusto.
- He dicho que lo siento – Jaejoong nos volvió a mirar, aún con el amago de una sonrisa en el rostro –. Además deberíais daros prisa. Es como muy tarde, y el mánager está a punto de venir… - unos golpes apresurados en la puerta de entrada le interrumpieron. Jaejoong cerró los ojos con fuerza y suspiró. Cuando volvió a hablar, el tono de su voz se volvió estremecedoramente igual al de mi madre cuando se enfadaba –. ¡Ah, ya está aquí! Vestíos y salid de ahí ya, los dos.
No nos quedó más remedio que obedecer. El solo hecho de imaginar la reacción del mánager al ver a Junsu en mi cama me produjo un escalofrío. Y eso que no habíamos hecho nada.
Porque sí, sólo dormimos. Nada de sexo. Nada de caricias subidas de tono, nada de nada.
Únicamente dormir abrazados.


Junsu salió corriendo hacia su dormitorio y yo me vestí con lo primero que encontré en el armario. Cuando me encontré más o menos decente, salí a recibir al mánager, que hablaba con Jaejoong cerca de la puerta de entrada.
- ¡Hyung! Buenos días.
El mánager me miró de arriba abajo con mala cara y resopló, dando golpes nerviosos con el pie en el suelo.
- ¿Qué tienen de buenos? Hemos quedado con los demás… - hizo una pausa para mirar el reloj y sus ojos se abrieron de golpe – ¡hace doce minutos! ¿Dónde demonios se ha metido Junsu? ¿Y por qué siempre llegáis tarde a todos lados?
- Lo siento, hyung.
Junsu salió a toda prisa con la camisa a medio abrochar, dejando al descubierto los músculos bien trabajados de su pecho.
¿Siempre había sido así de sexy?

No me di cuenta que me lo había quedado mirando con la boca entreabierta como un completo imbécil hasta que un codazo en las costillas de Jaejoong me hizo reaccionar.
- ¡Yoochun ah! Disimula, idiota – susurró.
- Ah…eh, sí.
¿Qué cojones me había pasado?
¿Desde cuándo me había vuelto tan… imbécil?
¿Era eso lo que uno sentía al estar enamorado?
Aquella sensación era nueva para mí. Y me hacía enfurecer conmigo mismo.
Porque me había vuelto vulnerable a la vista de los demás.
Y Park Yoochun nunca se muestra vulnerable.

Nunca excepto cuando Kim Junsu está delante suyo sonriendo y abrochándose los botones de la camisa.

- ¿A qué estáis esperando? – la voz del mánager resonó por todo el pasillo, haciéndome dar un salto en mi sitio - ¡Yoochun ah, Junsu ah, salid de ahí! Ah, estos chicos un día me matan de un infarto…no tienen sentido alguno de la puntualidad…
El mánager siguió hablando solo a lo largo de todo el camino hasta el vestíbulo, pero ninguno de los tres le estábamos escuchando. Cada uno parecía hundido en sus pensamientos.
Jaejoong seguramente contaba los segundos que faltaban para poder ver a Yunho.
Junsu tenía cara de estar muriéndose de hambre.
Y yo…
Yo no podía apartar la vista de él.

Ah, odio estar enamorado.



El día pasó de forma confusa y rápida ante mis ojos. No me preocupó demasiado cuántas horas duró la sesión de fotos; ni siquiera conseguía recordar qué era lo que me había dicho Changmin después de preguntarme si ya me encontraba mejor. Tampoco me molesté en preguntarle a Yunho si había pensado en nuestra conversación del hospital.
Mi cabeza estaba tan ida que cuando me quise dar cuenta ya eran las siete y media y acabábamos de llegar al hotel. Junsu y Jaejoong se lanzaron de cabeza – literalmente – en el sofá, pero yo no tenía tiempo, ni siquiera para cambiarme de ropa.
Con la mano en el pomo de la puerta, me volví hacia ellos para despedirme y me encontré con dos pares de ojos que me miraban.
- Me… me voy ya.
- Yoochun ah – me llamó Jaejoong –. Como me entere que esa bruja te hace algo…
- Ya está bien, hyung – le interrumpió Junsu –. Solo déjale ir.
Miré agradecido a Junsu y él me sonrió. Jaejoong hizo una mueca y se cruzó de brazos mirando el televisor.
- Entonces…me voy.
- Te estaremos esperando.
Sonreí una vez más antes de desaparecer por el umbral de la puerta camino de tener el encuentro que había intentado evitar a toda costa durante las últimas semanas.
Pero ya no iba a huir. Ya no tenía miedo de enfrentarme a nada.
Ya no tenía miedo porque le tenía a él.
Y con eso era más que suficiente.


El parque donde habíamos quedado era lo suficientemente grande como para perderse durante horas. El sol ya se había puesto, por lo que las temperaturas eran considerablemente bajas, y agradecí a que hubiera tan poca gente que se había animado a pasear con aquel frío.
Dejé el coche cerca de la entrada del parque y me encaminé hacia el sitio donde una vez hacía ya tiempo la llevé. Era el sitio más alto del recinto, desde donde se podía contemplar la vista de parte de la ciudad de Tokio.
Cuando llegué, al principio no vi a nadie. El sitio estaba completamente vacío a primera vista. De repente, mis ojos captaron una figura justo debajo de una de las farolas, y supe al instante que era ella.
Me acerqué con paso lento, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha y me paré a unos metros de distancia de ella. Tenía medio rostro cubierto por la bufanda que le presté hacía un par de meses. Al reconocer la prenda, una punzada de dolor mezclado con nostalgia me atravesó el pecho, pero puse todo mi empeño por no pensar en nada más que en lo que estaba pasando en aquel momento.
Casi lo conseguí.

A pesar de la distancia que nos separaba y de la poca luz que había, pude ver que sus ojos estaban hinchados y sin pintar. Una segunda punzada volvió a clavarse en el pecho.
Nos miramos durante largos segundos hasta que ella rompió el silencio:
- Me vuelvo a Corea.
Realmente no me sorprendió lo que dijo. No es como si esperara a que me saludara con un abrazo y me preguntara cómo estaba o algo así.
- ¿Cuándo?
- Mañana a primera hora.
En otras circunstancias le habría pedido explicaciones. Incluso le habría rogado que no se fuera. Pero ahora todo había cambiado. Intenté mirar en mi interior en busca de algún sentimiento doloroso, alguna voz que aún quería tenerla a mi lado.
Y lo único que encontré fue silencio.
Un silencio que me dijo que simplemente asintiera con la cabeza.

- Sabes, Yoochun, de alguna forma me esperaba lo que pasó anoche – Ye Eun se bajó la bufanda para dejar al descubierto sus labios fruncidos con fuerza –. Eres tan obvio…
- Ye Eun ah…
La llamé, con la intención de decirle algo, pero mi mente seguía completamente en blanco. Ella negó con la cabeza e hizo un gesto para que no siguiera hablando.
Tampoco es que supiera qué decir.
- ¿Por qué, Yoochun? – el tono de su voz había cambiado. Ahora era más tenso, y sus ojos brillaban ligeramente al a luz de la farola - ¿Por qué así, por qué con él? ¿Por qué Kim Junsu?

Sí, Yoochun ah. ¿Por qué Kim Junsu?
¿Por qué, de entre seis mil millones de personas en el mundo, había sido él?


Pues…

- Porque él es mi otra mitad – y supe, en cuanto pronuncié aquellas palabras que nunca había estado tan seguro de algo en mi vida –. Pensaba que era amistad, pero es mucho más que eso. Y siento… siento haberme dado cuenta mientras estaba contigo.
- ¿Que lo sientes? ¡¿Que lo sientes?! Sabes, no tienes idea de nada – la expresión de su rostro escondía un profundo dolor. La punzada que sentí en el pecho fue mucho más dolorosa que las anteriores cuando me miró con dureza antes de hablar de nuevo –. No eres tan perfecto como todos te pintan, Park Yoochun. Juegas con los sentimientos de las personas y…
- ¡No he jugado con tus sentimientos!
Aquello sonó a mentira incluso hasta a mí. Claro que había jugado con sus sentimientos. Y me arrepentía de ello. No es como si lo hubiera hecho a propósito, pero ni siquiera estaba seguro de lo que yo mismo sentía.
Su risa amarga acabó de la misma forma repentina con la que empezó.
- No has jugado con mis sentimientos… – repitió –. Yoochun, dime una cosa, ¿pasó algo más entre vosotros?
Me quedé inmóvil al oír su pregunta. No por no saber si decirle la verdad o no, sino por el tono con el que me lo preguntó. Me sonó más a afirmación que a otra cosa, y de alguna manera supe que ella ya sabía la respuesta.
Así que no dudé un segundo en asentir con la cabeza.
- Sí.
- ¿Aún sigues diciendo que no jugaste con mis sentimientos? ¡¿No jugaste conmigo cuando me dijiste que le ibas a apartar de ti? ¿Es que acaso me quisiste alguna vez, Park Yoochun?!
Su mirada y el tono de su voz eran tan duros como el asfalto y tan hirientes como miles de diminutas agujas clavándose por todo el cuerpo. Sin embargo, no pudo ocultar su dolor cuando una lágrima se deslizó por su mejilla.
- Ye Eun ah, yo…te quise
Y era verdad. La quise, y mucho.
Si no la hubiera querido, no habría dudado durante tanto tiempo sobre mis sentimientos hacia Junsu.
Pero al final él pudo más.
Sí, la quise.
Pero amar no es lo mismo que querer.


- Pero le quieres más a él, ¿no es cierto?


- Lo siento…
- No, no digas que lo sientes – la máscara de dureza había desaparecido, dando paso a una expresión de pura tristeza y dolor. La voz le temblaba y ya no gritaba –. Así solo haces las cosas más difíciles.

Verla así, tan vulnerable, tan débil, tan…destrozada por mi culpa fue algo que jamás me iba a perdonar.
Porque ella sí me quería, no como yo.
Y porque a pesar de todo, no se merecía lo que le había hecho.
Nadie se merece ser utilizado así.

Y eso sólo era una prueba más de que era un cabrón desalmado.


No supe cuál fue la expresión de mi rostro, ni tampoco reconocí el tono de mi propia voz cuando agaché la cabeza un segundo antes de volverla a mirar a los ojos por última vez.

- Entonces…adiós.


- Adiós…Yoochunnie.

Sus sollozos entrecortados resonaron en mi cabeza cuando le di la espalda para salir de allí.



Para ganar la auténtica felicidad tienes que dejar atrás algo con lo que antaño pensabas que eras feliz.

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