Respuesta equivocada. Parte 1

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Sólo ése irrisorio día de agosto fui capaz de comprender a la perfección la magnitud que significaba ser uno mismo, sobrellevar una personalidad, tener la frente en alto y jamás bajar la mirada porque el imperioso sentimiento de ser digno y estar llena de satisfacción por ser quien uno es me hacia sonreír satisfecha.

¿En qué momento de la vida uno se toma un respiro y se detiene a pensar sobre las desventajas de su propio ser? ¿acaso debía preveer que algo tan indeseable como aquello me ocurriría?

Quizá las posibilidades siempre estuvieron ahí, porque son situaciones, vivencias que en cualquier hogar y a cualquier persona pueden sucederle. Lo que nunca hubiera estado en mi cesta de hipótesis que señalaran las opciones era que por cuestiones tan triviales como los gustos; la desgracia, el llanto y el sufrimiento fueran a tocar la puerta de mi corazón. No exactamente de la misma forma y mucho menos en el respectivo orden. Porque el dolor es como la matemática, carecía de importancia la sucesión una tras otra de todas las noticias trágicas que pudieran matarte la sonrisa, porque al final del día lo único que podrías hacer seria llorar desconsoladamente sobre tu cama esperando que nunca amaneciera porque las fuerzas y ganas de vivir ya habían abandonado tu cuerpo.

Nunca lo vi venir. Estaba demasiado ocupada pensando en mis propios asuntos, en mis propios sueños, en las metas que debía emprender al día siguiente. Ensimismada pensando que pronto los números me sonreirían y en menos de lo que cantaba un gallo me compraría ése libro de mi autor favorito que desde hace un tiempo deseaba adquirir, ya que simple y llanamente para mí no había algo mejor que poder oler las páginas a libro nuevo, pasar las manos y sentir ese sedoso tacto contra la yema de mis dedos.

Leer y sumergirme en la historia que éste me brindaba.

Distraída recordando que mi grupo favorito había lanzado un nuevo álbum al mercado y en definitiva yo deseaba tenerlo ya en mis manos.

Todavía, aunque me mantengo serena, cuando los recuerdos de aquel día de agosto se proyectan en mi mente, unas imparables ganas de llorar me comen y ya es muy tarde cuando busco en mi peinadora un pañito que pueda desdibujar los ríos de dolor que llenan mis pómulos.

Dolía recordar, dolía pensar. Dolía como un demonio cada fibra de mi cuerpo, como dramatizando las desgracias de ese sórdido acontecimiento. Los golpes, las burlas, los gritos, los jalones, todo y más se habían tatuado en mi piel cual firme recordatorio, que más parecía reproche de que la peor decisión que había tomado en mi vida había sido la de ser yo misma.

Maldije mi infortuna. Vivir una vida justa no te absuelve de desdichas e infelicidades. No te vuelve inmune a nada. Sólo esperas morir con la conciencia limpia, creyéndote merecedor de la felicidad y la eternidad porque según tu propio criterio nunca hiciste mal a nadie.





~~.~~.~~




Rocé mis manos entre sí con desgana. Estaban tan frías que podría convertir en hielo cualquier cosa que tocara.

El roce se volvió más consistente, pasando mi mano sobre la otra repetidamente como si simulara lavarme las manos. Mis uñas estaban pálidas y sin vida. Hace mucho que ya no gastaba tiempo ni esfuerzo pintándomelas con vivos colores, emocionada porque no sabría que loca combinación haría para hacer mis manos las más resaltantes del colegio. El pensamiento tintado de nostalgia se apoderó de mi mente y sentí como mi cuerpo se volvía más pesado.

¿Por qué no sales de tu cuarto y compartes con nosotros? Sonreí recordando las palabras llenas de preocupación y dolencia de mi padre. En el fondo le agradecía hasta el infinito que intentara animarme, que hiciera esfuerzos por no dejarme consumirme sola en mi propia agonía. Era el mejor padre del mundo aún y con sus comportamientos y costumbres arcaicas, pero resultaba más fácil proponerlo, decirlo, que dar el paso hacia delante.

Yo sólo me limitaba a hacerme un bollo en la cama, ahogándome entre el cubrecama y mi dolor e imponiendo el silencio en mi habitación ya que nunca le contestaba. Su cabecita se asomaba por la puerta, aunque no le mirara sabía que con una dulce sonrisa en su rostro, y después de soltar la propuesta esperaba por que yo dijera algo. Pero nunca lo hacia, y al final él se iba, deshaciendo la pequeña estala de luz que entraba por la puerta y dejándome a oscuras en mi cuarto. En mi improvisado cuadrito de cristal que me protegía de todos los peligros del mundo exterior.

Claro que solamente de los externos, porque no tenía ninguna armadura contra mi misma.

El lindo techo estrellado de mi cuarto no dejaba de brillar. Era lo único bueno que pasaba cuando apagaba la luz. Las estrellas me hacían sentir acompañada, siempre calladas y sin molestar, sólo brindándome su fosforescente compañía. Mis mudas amigas en medio de la oscuridad. ¿Cuánto tempo ya había pasado? ¿dos semanas? ¿cuatro semanas? ¿un mes? ¿dos? Importaba una mierda, yo aún sentía como si hubiera sido ayer.

Mi respiración se hacia más acompasada a medida que rememoraba retazos de mi último día risueña, o de vida, que a la final resultaba lo mismo.

Ya podía ver lágrimas e hiperventilación en mi futuro. Recordar siempre se sentía agrio, la sensación nunca cambiaba. Una mezcla de aflicción y desconsuelo que estrangulaba mi magullado corazón y nublaba mis pensamientos.

Pasé mi mano sobre el brazo sintiendo las marcas en mi piel. Ni muy lento ni muy rápido, sólo el sutil tacto como el de una sábana contra la piel.

Delineé una letra, después otra, aún faltaban más.




~~.~~.Flashback.~~.~~



—Love me ehh ehh ♪


Jejeje, sé que mi pronunciación es nefasta, es decir, apenas y logro hablar decentemente el español y me encontraba cantando como loca pedazos de canciones en inglés, coreano, japonés y mandarín. ¿Irónico, no? Pero qué se le va a hacer, son las canciones que me gustan y las que quiero cantar.

Después de ojitos de cordero en el matadero e irrefutables razones por las cuales debían permitirme estar sola en el centro comercial, aún y con mi madre todavía con la negativa, yo había ganado el juicio y llevaba una hora vagando por el enorme recinto luego de que mis padres me dejaran, no sin antes decirme las medidas preventivas que debía tomar ante cualquier tipo de emergencias. Que no hablara con extraños, alejarme de sitios desiertos, si iba al baño asegurarme de que hubiera mucho flujo de gente entrando y saliendo, poner estricta atención cuando bajara o subiera por las escaleras eléctricas, cosas como esas.

Quería sentir un poco de independencia aparte del placebo que vivo cuando me dejan completamente sola en casa, y por supuesto que aprovechando para hacer mis súper conciertos de una sola persona con mi popurrí de canciones orientales.

Caminaba tranquilamente con Soledad a un lado y Ausencio del otro. Aunque curiosamente a veces no me sentía tan sola como parecía, jejeje.

No es que hubiera mucha diferencia a estar acompañada, pero comenzaba a sentirme realmente sola cuando sin poder evitarlo me ponía a hablar conmigo misma. Claro que en voz baja, porque ya unos cuantos paseantes me habían dirigido miradas curiosas o extrañadas. No es como si me importara mucho, pero comenzaba a sentirme incómoda con todas esas miradas encima de mí.

Ni que fuera un mono de feria o una celebridad, una celebridad… como mis Oppas*.

El rubor subió rápido a mis mejillas y con la cara más estúpida que había desarrollado en mis años de fan, llevé mis manos empuñadas a mis mejillas y comencé a hacer sonidos agudos. Veía estrellas, ellos eran tan lindos.

Ok, ok muchacha, contrólate por favor que la gente comienza a verte raro, otra vez.

Olvidé en lo que pensaba cuando al pasar frente a una vitrina vi la gabardina más hermosa que hubiera visto en toda mi corta vida. Sabía que no necesitaba de una, o sea, en mi país sólo hace frío cuando entras en el carro o a cualquier habitación. Exceptuando las zonas montañosas que formaban parte del atractivo turístico del país, jamás necesitaría ésa gabardina, ni mucho menos comprarla. ¡Pero se me hacia tan bonita! ¡la quería! Siquiera para verme glamorosa me parecía una muy aceptable excusa para comprarla.

Con la sonrisita tonta todavía en mis labios entré presurosa a la tienda. Averiguaría el precio y luego me iría sin comprar nada, muajajaja, que mala era.

Cuando me encontré dentro me detuve de golpe, ¡había entrada a una de las tiendas más caras de todo el dichoso mall! ¡mínimo saldría de ahí con una cara amorfa y un infarto! De seguro la gabardina costaba un ojo y la mitad del otro.

No, no, no, que horror, ¿que los diseñadores no saben que el sentirse acogedoramente calentita es una necesidad?

En fin, pasé de largo todos los estantes y demás prendas antes de quedarme enamorada de otra impagable cosa y fui directo a la caja. Detrás del mostrador estaba una linda chica de cabellos achocolatados, un flequillo de los que estaban de moda y un suéter manga tres cuarto negra. En cuanto me vio me sonrió amigable y antes de que pudiera decir algo me apresuré a hablar.


—Buenas tardes, me preguntaba cuál es el costo de aquella gabardina azul.
—Oh, seguramente hablas de la que está en exhibición. Han preguntado mucho por ella.
—Ajá, a esa me refiero. ¿Cuánto cuesta?
—Cuesta 1000$ — y ahí estaba mi cara de estar sufriendo un infarto — Jejeje, la mayoría también pone esa cara cuando les decimos el precio. — ella sonrió divertida al tiempo que se rascaba la cabeza. Necesitaba agua para pasar el impacto.
—¿¡Y hay quién la compre a ese precio!? — fue más una exclamación impotente que una pregunta de mercadeo. ¡Era demasiado dinero por una sola cosa! La chica hizo ademán de querer reír pero fijó su mirada en mí mientras acomodaba coquetamente ambas manos en la cadera.
—Créeme mi linda, sí las hay. — Bueno, por lo menos ya sabía que jamás en lo que quedara de mi vida como persona de clase media, entraría en esa tienda.


Ambas nos despedimos y seguí con mi inconsistente tarde de no-compras. En realidad no tenía nada planeado, sólo vagaría de aquí para allá viendo tiendas, con el radar activado por si me topaba con algún asiático, nada complicado. Obvio que me gustaría comprar algunas cosas, unas cuantas cosas, pero sólo me había llevado dinero suficiente por si me antojaba de algo de bisutería o comida o dulces. Sinceramente tanto pataleo fue porque había escuchado rumores de que una tienda de mercancía oriental se había establecido en el concurrido lugar y yo tenía que saciar mi bulliciosa curiosidad. Eso y que también debía comprar la revista donde salía mi grupo favorito, ya había visto los scans y el artículo era bastante decente.

Asi que con tareas tan fáciles como hacer una compra y rastrear una tienda no vi problemas en querer venir yo sola. Tenía como cinco horas para perderme en el mall, ¿no era grandioso?


—¡Auch! — instintivamente eché los brazos hacia atrás para poder amortiguar la caída antes de que mi trasero diera de lleno contra el suelo macizo. No estaba segura pero sentí como si una bola demoledora hubiera chocado contra mi hombro, y yo siendo el indefenso edificio caí automáticamente.


Sabía que antes de salir de la tienda estaba ensimismada hablando mentalmente conmigo misma como una cotorra, pero también estaba lo suficiente conciente como para saber que yo no me había tropezado con la bola destructora, la bola se había atravesado de improvisto. Y algo me decía que con premeditación y alevosía.


—¡Oye! — el chico ni se inmuto y siguió caminando. ¿Qué demonios le pasaba? Casi que me había empujado y ni un lo siento decía.
—¿Estás bien? — un muchacho como de unos veinti tantos se me acercó y me extendió una de sus manos. Asentí con la cabeza sin poder deshacer la mueca de dolor en mi rostro. ¡Me dolería el culo hasta el día siguiente!
—Muchas gracias.
—No hay de qué. Buff, es increíble como hay gente tan grosera.
—¡¿Verdad que él chocó conmigo y no yo con él?! Sé que venía pensando en mis asuntos pero estaba pendiente.
—Jejeje, sí, yo lo vi todo. Llevo aquí frente a la tienda como 20 min. esperando que mi novia termine de probarse ropa. Sabes como es eso — sonreí cómplice, y le miré expectante esperando a que siguiera con su relato. — Te vi entrando a la tienda porque tenías una cara realmente graciosa, y un chico que venía caminando normal en cuanto saliste aceleró el pasó y te golpeó en el hombro.
—Lo que acaba de ocurrir. — el muchacho se encogió de hombros.
—Bueno, muchas gracias. Si necesito un testigo ¿puedo contar contigo? — el chico sólo se rió y yo le sonreí. Ahora que lo notaba era atractivo.
—Oh, ya debo irme, mi novia terminó. Ten cuidado.
—¡Ey! — paternalmente alborotó mis cabellos y con una sonrisa burlona se reunió con una menuda chica que parecía ser agradable, como él. Ni tiempo me dio para despedirme debidamente.


Me peiné como pude y seguí mi camino, no sin antes echar una mirada hacia atrás. Sólo pude observar gente yendo y viniendo. Todos eran tan iguales y a la vez tan distintos y no, no pude discernir de entre la multitud a la cariñosa bola negra.

Ya había pasado como una hora y media. El centro comercial era gigantesco, con tantas cosas para ver y yo con tan sólo un par de ojos. En una de tantas vueltas, subidas y bajadas me topé con una kawaii falda color vinotinto que tenía un estampado de diminutas flores color salmón con sus respectivas ojitas verdes. También me babeé con unos súper audífonos que fácilmente podían dejarme con la cabeza en el suelo pero que sin lugar a dudas se vería espectacular en mis orejas.

Con tanto ir de aquí para allá y de allá para acá mi segunda voz rugió y decidí comprarme unas ricas galletas de chispas de chocolates y otras con chispitas de colores. También serían buenas para olvidarme del brusco incidente.

Opté por deleitar mi paladar sentada en una de las tantas sillas con mesas que reposaban en la feria de comida, mientras al mismo tiempo acomodaba mis auriculares y ponía en marcha la reproducción aleatoria en mi celular.

Un poco de cacao con KPOP era una de las mejores combinaciones del mundo.


—¡One-chan, one-chan*! ¡que sorpresa verte aquí! — sentí de nuevo a alguien abalanzándose sobre mí pero esta vez de una forma más cariñosa.
—¿Nani*? — alcé una ceja curiosa. La chica no dejaba de estrujarme y mis pobres galletas estaban en medio.
—¡One-chan soy yo! — rápidamente la chica deshizo el abrazo y tras acomodarse la pollina, ya que se había despeinado por el efusivo saludo, ahogué un grito de asombro y de golpe me levanté.
—¡Maritza! ¡Oh dios mío! ¿cómo estás? ¡que de tiempo que no te veía!
—Jejeje, si, después de la última reunión de emergencia no pude salir más con ustedes porque me enfermé y luego viajé de improvisto y bueno, muchas cosas. Hace no mucho pude desocuparme y me enteré de todos los brollos. ¡Siempre que me desconecto del mundo cibernético pasa de todo!


Maritza y yo soltamos sonoras carcajadas. ¡Estaba muy feliz de verla! Ella era una agradable chica, muy apasionada y responsable pero como vivía lejos de la ciudad a veces se le era complicado asistir a las reuniones de fandom*.


—Y dime, ¿qué haces por aquí?
—De compras con mami. Se nos dañó el secador de cabello y como también necesitábamos comprar otras cosas para la casa vinimos a ver que oferta pillamos. — yo la miraba atenta aún no cabiendo en mi asombro de haberme topado con ella, o ella conmigo — esta bien esta bien, diré la verdad, se me cayó el secador y cuando lo volví a prender ni fresco echaba.
—¡Eres muy torpe! — de nuevo coreamos unas carcajadas. De pronto recordé que todavía tenía galletas, me quedaban tres o cuatro. Llevé mi mano a la altura de su rostro y meciendo la bolsa entrecerré los ojos.
—¿Quieres?
—¡Por favor!


La siguiente hora nos la pasábamos hablando y comiendo galletas. Nos actualizábamos mutuamente de los últimos acontecimientos en Corea, Japón, Taiwán y todo lo relacionado a nuestra hermosa afición. Claro que yo la actualizaba más a ella porque estuve bastante al tanto de las noticias y traducciones que publicaban en los foros, los blogs, Facebook y Twitter. Comentarios como “¿Y supiste que JYJ irá a Perú y Chile?”, “Super Junior ganó el Disk Daesang”, “Se rumorea que Sohee y Seulong son novios”, “ ¡Dream High tendrá segunda parte!” y “MBLAQ sacó un nuevo MV buenísimo!” se hicieron entre nosotras.

Cuando las galletas pasaron a mejor vida nos fuimos a comprar más y en el camino Maritza me contó sobre un nuevo fanfic que estaba leyendo y que ella aseguraba yo debía hacerlo también porque estaba de infarto. Entre tanta emoción y palabrería el tiempo voló.


—Ey Maritza, tu mamá te está llamando. — a las espaldas de mi amiga, como a unos 50 m. se encontraba su madre haciéndole señas. Ella me sonrió y yo le devolví el gesto. Realmente le tenía mucho aprecio a la Sra. Jiménez, era de esas escasas madres que de cierta forma comparte la afición oriental con su hija, y eso la hacia el modelo de madre perfecto para cualquier persona como nosotras. Me gustaba molestarla diciéndole Ajumma* porque según ella Ajumma se sentía más pesado que Señora y por eso no le gustaba que le dijeran así.
—Ay, le había dicho a mami que vendría a la feria de comida a ver que compraba para amortiguar hasta que llegáramos a la casa pero me tardé, Jejeje.
—Lo siento, te entretuve.
—Nada que ver. Bueno, mejor ya me voy. — con caras acongojadas nos dimos un fuerte abrazo. Había sido muy agradable verla de nuevo pero las despedidas siempre son tristes.


Nos despedimos agitando nuestras manos con sonrisas Colgate plantadas en nuestros rostros, y a mitad de camino se dio la vuelta y abrió grande la boca.


—¡No olvides leer el fic que te dije! ¡te va a encantar! — asentí cual asiático y cuando llegó con su madre se fueron del alcance de mi vista. Gracias a esa pequeña ya hasta había olvidado el trago amargo de hace unas horas.
—Será mejor que lo anoté en mi celular para no olvidarlo, jijiji. — Las deliciosas galletas se habían acabado y de nuevo sólo tenía a Soledad, Ausencio y mi súper celular surcoreano Samsung Galaxy como mis acompañantes.

Para muchas cosas portaba una actitud humilde, pero cuando se trataba de mis gustos era de todo menos modesta. Me regodeaba a diestra y siniestra por tener un Samsung y no ser como la bola de anormales que solo porque tal cosa estaba de moda o lo tenían todos, entonces la compraban. A mí que no me vinieran con sus tontos Blackberry o iPhone, no había nada mejor que mi súper celular inteligente Made in Korea.

Jejeje, ok ok, aquello sonó muy odioso pero entiéndanme, nosotros los “raros” vivimos a veces con tanta frustración atorada en la garganta que cuando podemos sacarnos la espina nos inspiramos en grande. Vivir, sobrevivir de por sí es difícil, pero cuando no satisfaces los estereotipos de la sociedad en la que naciste, entonces sobrevivir se convierte en un reto a ver quién es más fiel a sí mismo y no se rinde ante los yugos de la critica.

Desde pequeña jamás fui como los demás. Si las chicas de mi clase decían rosa o morado yo decía azul y verde, hasta naranja. Si todas estaban prendadas por el mismo niño lindo del salón o la escuela, yo o no me fijaba en nadie o simplemente me gustaba Pedrito el niño que nunca destacaba por no ser catire de ojos verdes. Mientras todos perdían las horas de su tarde viendo serias occidentales yo no veía la hora para que mi anime favorito empezara. Si ya la misma chica había pasado por las manos de medio salón, yo estaba muy concentrada estudiando, pendiente de mis notas y de mis amigos.

Sí, nunca encajé con la mayoría, y esos ignorantes desconocían por completo lo orgullosa que yo me sentía por nunca coincidir con ellos. Siempre era más gratificante que te recordaran por ser la rompe grupo a que ni siquiera supieran tu nombre porque eras un pez más del banco, siguiendo los pasos del otro que seguía los de alguien más y moviéndote sin saber exactamente porqué.

La educación primaria había sido prácticamente pacifica en comparación con la secundaria. Ésta estaba llena de más señalamientos y críticas a tus espaldas, pero yo era un impermeable al cual todo le resbalaba. Si tenía a mis amigas y amigos entonces todo estaba bien. En realidad, no tenía mayores problemas en el instituto. Nunca me habían gastado bromas de mal gusto o humillado enfrente de todo el alumnado como le habían hecho a otras chicas iguales a mí. Entre nosotras circulaban muchos cuentos, no siempre tan crueles, pero siempre había excepciones y algunos intolerantes se las cobraban como si fuéramos una secta o la mismísima personificación del diablo.

Gracias a Dios no tenía necesidad de soltar cuentos como esos, mi vida era buena.

Sentí una sombra opacarme la visión. Al subir la mirada vi frente a mí a nadie más y nadie menos que Marcos, un estúpido chico busca pleitos que no terminaba de graduarse y estaba repitiendo 5to año por segunda vez.


—¡Qué tal china! — su majadera sonrisita llena de sorna me revolvió el estómago. ¿Hasta en el centro comercial tenía que calarme su cara?
—¿Qué haces aquí?
—Nada. — Oh, no me digas. Ya lo suponía.


El muy fresco arrimó la silla y se sentó. Su ropa expedía un molesto olor a alcohol que me descompuso por completo, ¿apenas las cuatro-cinco de la tarde y oliendo a alcohol? Definitivamente este niño se estaba perdiendo. De igual forma me haría la fantasma, me desentendería de su presencia. No dejaría que me perturbara mi kpopera paz mental. Pero habría sido más fácil de ignorar si no hubiera comenzado a mover una de sus piernas incesantemente por debajo de la mesa. Era obvio que le cabreó sentir que yo no tenía ninguna intensión por prolongar la tosca conversación.

Sentía su escrutiñadora mirada clavarse en mi frente, en mi flequillo, en todo mi rostro. La situación se estaba tornando de molestosa a incómoda. Yo lo ignoraba olímpicamente mirando muy entretenida mi celular y escuchando música.

Pasó una canción, después otra. Ya iban tres. ¿Cuándo demonios se cansaría de no hacer nada?


—¿Por qué no te vas? — creo que mi sangre se heló y mis pulmones me pidieron tiempo cuando alcé la mirada y nuestras miradas chocaron. Me estaba observando de una forma tan inquietante que sentía los vellos erizárseme como en una película de horror. Entrecerraba sus marrones ojos y podía jurar por mi computadora que me miraba sulfurado, con saña, casi sentía que me abofeteaba. Tenía la mente en blanco, no sabía qué decir o hacer ante su filada postura. ¿Qué se suponía que hiciera? Estaba en media feria de comida de un centro comercial y un bravucón del colegio me intimidaba, y que no dijera nada ni hiciera nada, aparte de acuchillarme con sus ojos, me alteraba de sobremanera.


Recuerdos de malas experiencias provocadas por él vinieron a mi mente de golpe. Él era el que más me fastidiaba e insultaba en el instituto. En más de una ocasión fue llamado a dirección por quejas mías. Tenía mis antecedentes con el muchacho, y aunque él se metía con medio colegio, a veces me daba la impresión de que su trato conmigo era el más rudo.

Ok, pensar en esas cosas lograron ponerme más nerviosa.


—Oye, ¿podrías irte?


Un estruendoso deseo por salir corriendo de ahí se hizo un gran espacio en mi mente. Parecía como si me dedicara la mirada de odio más intensa del mundo, no es que supiera mucho del tema, pero podía distinguir de entre una curva amigable a un entrecejo fruncido.

No sé pero algo me decía que temiera por mi bienestar.

De pronto azotó ambas manos contra la mesa azul. Parecía rabiar. Yo sólo quedé atónita y solté un gritito por el susto. Del golpe mis auriculares cayeron de mis oídos. Podía escuchar claramente la canción, y él también la escuchaba.

Pero su mirada no cambiaba, ni un ápice, nada. Ahora sólo me miraba parado, pareciendo más grande que yo y poniéndome los nervios de punta. ¡¿Que demonios iba a golpearme o algo así?!


—Claro, te dejo con tus chinos.


Mi corazón volvió a bombear sangre con naturalidad cuando luego de un último latigazo visual se volteara y se fuera. De seguro, si las miradas mataran yo ya estaría convulsionando y echando espuma por la boca tirada en el piso. Su tortuosa visita me había dejado una sensación de miedo y frialdad en el cuerpo que sólo podía disiparla restregando muy fuerte mis brazos, y eso que tenía abrigo.

Sí, sin lugar a dudas aquello había sido una clase de proclamación de guerra a muerte, o un memorándum de que encabezaba su lista negra. De todas formas ninguna de las dos me hacia sentir feliz.

Pensaría muy seriamente sobre si debería tener un guardaespaldas o no, aquello había sido realmente escalofriante.

Esperé como 20min. para poder levantarme de mi asiento. Ya desde antes tenía ganas de comprarme una rica barquilla de mantecado en McDonalds pero Marcos me había dejado prácticamente petrificada en la silla y lo único que deseaba era que algún guardia se percatara del aura negra que rodeaba a ese chico. Cuando me cercioré de que no había matones cerca, respiré profundo y me fui en dirección al gigante gringo.

Un poco más de dulces me ayudaría a tranquilizar los nervios.

Todavía sintiéndome el escalofrío en mi espalda llegué hasta la caja y echando miradas paranoicas hacia todos lados pedí mi barquilla. En un instante el chico que me atendía me la entregó con una mirada de extrañeza palpada en su rostro. Jejeje, tal vez lo había asustado.

Con barquilla en mano, escuchando música y mi boca degustando del rico postre, decidí pasar los últimos momentos en el centro comercial caminando. Pasando por delante de las tiendas, perdiéndome entre las personas, dando lamidas al mantecado. Ya pronto me iría, le había enviado mensajes a mis padres de que vinieran a buscarme, y lo peor era que con todo el asunto de Marcos no pude comprar la revista ni investigar que tan cierto era eso de la tienda de artículos orientales. La visita de ese muchacho había matado cualquier deseo de seguir sola en ese lugar, me había dejado aterrada. No cabía duda.

Y no lograba sacar de mi cabeza sus ojos. Casi inyectados en furia, rencor, me detestaba. A mí, a la anormal del salón, y simplemente no lo podía entender del todo porque yo no era la única con esos gustos en el colegio. Bastardo, había arruinado mi tarde de independencia juvenil.

Psicoanalizar a ese muchacho me estaba poniendo de mal humor, mejor era olvidar el incidente y terminar de comerme mi deliciosa barquilla. Claro, y esperar que mis padres llegaran y yo me pudiera ir.


—¡Aigooo! — rápido volteé la barquilla y lamí cuanto pude. Uno de los lados se derretía y mojó mi muñeca. Genial, ahora estaba pegajosa. En medio de todo noté que unas gotitas de mantecado habían caído en mi abrigo. Suspiré fastidiada, ese condenado de Marcos había envenenado mi tarde. Me detuve y desvestí el cono de galleta del helado y con la servilleta me fui limpiando, cuidando también de que del otro extremo de mi cuerpo no se creara el nuevo río mantecoso. — ¡Ahhggg…! — el grito que solté cuando sentí que me jalaron fuertemente por el brazo fue ahogado por unas ásperas y grandes manos. ¿Qué mierdas estaba pasando? No sabía que estaba pasando, no lograba ver el rostro o siquiera el cuerpo de mi agresor. Porque sí, esto no podía ser una santa broma. La sensación de Deja vu vino a mí.


Cerré muy fuerte mis ojos cuando todo mi cuerpo retumbó contra una pared, ni idea de cuál. Había perdido el sentido del espacio. De pronto, me sentía como si estuviera suspendida en un espacio-tiempo muerto. Me sentía algo aturdida, mi cabeza había dado de lleno contra la pared y comenzaba a dolerme como un demonio. Cuando por fin pude abrir mis ojos lo primero que enfoqué fue mi helado en el piso a unos 15, 20m.

Sólo fui consiente del hombre frente a mí, y que aprensaba mis manos y mi boca tan fuertemente que sentía fusionarme con la cerámica, cuando su aliento chocó contra mis sentidos.


—Estate tranquila, si gritas sabes lo que puede pasar.


Pánico, miedo y pánico recorriendo desde la punta de mis pies hasta el más largo de mis cabellos. Sus ojos pétreos se clavaban en mí como estacas y ya las lágrimas pugnaban por salir.

No podía llorar, no lloraría. No lloraría.

¿Acaso se trataba de un secuestro? ¡Maldición pero si mi familia apenas y vive con lo justo!


Por favor déjeme ir. — comencé a suplicar, el pánico me dominaba. No se me entendió muy bien porque el sujeto no dejaba de machacar mi boca contra su mano, pero era obvio que se logró entender el mensaje. Y no dijo nada.


No dijo nada.

Comencé a hiperventilar.

Por favor todo menos eso, todo menos eso.

El sujeto afianzó más su agarre sobre mis manos y prácticamente empujándome me obligó a adentrarme más en el lugar. Lo reconocí de inmediato, estábamos en el pasillo que conectaba a los baños. Conciente de lo que eso podía significar, un arrebato de adrenalina arrasó todo mi cuerpo cuando vi recostado cerca de la puerta del baño de las mujeres a un chico. Comencé a forcejear, pateando, moviendo la cabeza ferozmente, mordiendo la mano del maldito que no me soltaba. Mis pies intentaban clavarse al piso pero ante mi propio horror yo seguía avanzando cada vez más hacia el baño.

Desesperación, mis lágrimas que ya habían comenzado a salir eran la materialización del desespero y terror que estaba comprimiendo mi pecho y quitándome el aire.

Y los hijos de su madre no decían nada. Como si se divirtieran con mi lucha por salvarme.

Cuando sentí mis fuerzas desvanecerse, un golpe certero a la entrepierna del sujeto logró debilitar su control sobre mí y sin pensarlo mucho lo empujé y salí corriendo. ¿Uno, dos, cinco? Ni cerca de avanzar 5m. el otro sujeto se abalanzó sobre mí y me jaló de los cabellos. Vi al diablo, y las lágrimas se multiplicaron.

De nuevo me llevaban hacia el baño, y yo quedaba con el agrio sabor a libertad atorado en mi garganta.


—¡Por favo…! — un golpe. Un golpe justo a mi rostro que calló mi grito, y mi ilusión de un posible escape.


Las sonrisas sádicas en sus rostros me perturbaban, ¿qué me harían? ¿Oh por todos los santos, qué planeaban hacerme? Ellos seguían jalando de mí, maltratando mi cuerpo en el proceso de intentar meterme al baño de mujeres, y yo mientras luchaba contra ellos y mí misma, no podía dejarme vencer.

No fue el brusco aterrizaje sobre el suelo el que me paralizó, tampoco notar lo solo que estaba el interior del baño, sino el escuchar el portazo tras de mí lo que ahogó mi llanto.

Mis manos temblaban cual mal de Parkinson, no dejaba de sollozar y no conseguía fuerzas para levantarme. En realidad no quería hacerlo. Tenía miedo. Trataba de regularizar mi respiración pero mi cuerpo no hacia caso, sentía mis pulmones demasiado llenos a punto de explotar y al siguiente segundo el sentimiento de asfixia quebraba mis movimientos. Sólo veía cristalinamente el suelo y mis rodillas. No quería levantarme, no quería no quería. Y a la vez sí.

¿Qué estás haciendo? ¡Tienes que luchar!

Lentamente me fui irguiendo, sin despegar la mirada del suelo y sin dejar de chillar. Aturdida me tiré contra la puerta y comencé a gritar desesperadamente, esperando que por el amor de Dios alguien pudiera escucharme y sacarme de ahí.


—¡Por favor alguien ayúdeme! ¡Por favor por favor! ¡Auxilio! ¡Desgraciados, déjense de bromas pesadas y sáquenme de aquí!— a cada grito mi garganta se desgarraba más. Estaba poniendo todas mis fuerzas y energías en esas llamadas de auxilio. ¿Cómo podían jugar así con los ánimos de las personas? Instintivamente tomé el pomo de la puerta pero como era de esperarse estaba encerrada, encarcelada entre azulejos. — ¡Por favor alguien, quien sea…! — ¡Maldita sea, comenzaba a desesperarme! No podía perder el control, de hacerlo ellos ganaban y eso en definitiva no era opción. Podía imaginarlos rompiéndose de la risa totalmente entretenidos por mis miedos.


Entonces lo oí, oí la personificación de mis miedos.

Inmediatamente todo mi cuerpo se tensó y el aire comenzó a faltarme, no tenía de donde agarrarme, adonde esconderme. No había adonde huir.


—¿Qué tal, china?


Mi corazón se detuvo ipso facto. Poco a poco la idea de que estaba siendo torturada con una muy pesada broma se esfumaba y mataba todo rastro de optimismo por salir de ahí. Las manos no dejaban de temblarme

Mordí mi labio inferior. Esa voz, esa voz era inconfundible, y más aún aquella forma tan burlesca de saludar. En otras oportunidades le hubiera contestado tajantemente o lo hubiera mandado a la mierda, pero ahora no podía. Mi voz era historia y mis piernas no daban señales de querer moverse.

Todo mi ser comenzaba a desmoronarse bajo mis pies.


—¿Por qué no te acercas y me dejas escuchar un poco de esa música loca?


¿Ironía, sarcasmo, sátira? Diferentes letras para la misma palabra. ¿Por qué me estaba haciendo esto? Comencé a rezar porque sólo fueran alucinaciones mías por toda la conmoción que estaba sufriendo debido a lo grotesco de la situación. Sentía una pesadez en la espalda que estaba destrozando mi raciocinio y no me dejaba pensar con claridad.

Sucumbía ante el pánico, simple y llanamente.


—¡Ey maldita zorra! ¡te estoy hablando!


No lo hagas enojar, no seas tonta. No lo hagas enojar.

Como pude me volteé. Estaba en un espacio amplio con los laterales repletos de lavamanos y dos grandes espejos que me regalaban la agradable imagen de mi misma temblando miedosa y confusa como un cachorrito bajo una feroz tormenta eléctrica. Frente a mí, al final del pasillo donde estaban los respectivos cubículos, reposaba él con semblante parsimonioso.

Me era muy difícil descifrar su mirada pero lo único que me quedaba claro es que no saldría bien de ahí.


—¿Qué quieres, Marcos? — ahogué un nuevo llanto y le hablé prepotente. Teníamos una clase de batalla de miradas, acuchillándonos el uno al otro, y él ni parecía haberse ofendido por mi contesta. ¿Debía preocuparme o alegrarme por eso?
—Todo y a la vez nada. — ¿Qué clase de respuesta retórica era esa? quería saber, pero me daba mucho miedo preguntar, y tampoco esperaba que me diera una respuestas satisfactoria. Toda esta situación era desagradable. Decidí darle conversa, tanto silencio con mis espasmos de fondo y su mirada sobre mí me estaba volviendo loca.
—¿Querías escuchar mi música? — Juega con la bestia, juega juega y luego haz acto final.
—Oh, chica culta, ¿tratas de serenarme? O será que intentas distraerme.
—¿Ah qué te refieres?
—¡Quién te crees que eres para ofrecerme escuchar tu maldita música de mierda! — vociferó con los ojos inyectados en sangre y emprendiendo el paso, en mi dirección. Los pocos milímetros que me separaban de la puerta desaparecieron en un pestañeo. ¿Qué lo enfureció tanto? ¿el KPOP? ¡Dios mío se estaba acercando!


El crak de su puño chocar con la puerta retumbó en todo el baño. Yo me había agachado huyendo de su furia desenfrenada apartándome a la derecha, izquierda, sólo me apartaba de su camino. Mi llanto se intensificó.

¿Adónde correr? ¿dónde esconderme? Todo era un estúpido rompecabezas con las piezas claras, no importaba que muro le impidiera ver mi rostro derrumbándose en miedo, él siempre sabría mi localización.

Mamá, papá, tengo miedo.

Grité, no sé porqué lo hice pero ahora él no dejaba de mirar hacia el suelo. Estaba parado junto a la puerta resoplando tan fuerte que me desesperaba más y más. Mis manos ya no sólo bailaban a voluntad sino que también sudaban. Por todos lados me derretía en angustia.


—Marcos cálmate por favor, si tienes un problema podemos hablar y te aseguro que encontraremos una solución. — eché mis manos hacía adelante pretendiendo hacerlo sentir cómodo y también esperando que se abalanzara sobre mí y siquiera protegerme un poco. Yo era buena escuchando y consolando, así que usaría las armas que tuviera en mi disposición y trataría de dominar al demonio. Peligroso, sí, pero debía luchar.
—¿Ahora eres consejera? — inmediatamente levantó la cabeza y me dedicó esa mirada de superioridad a la que ya me tenía acostumbrada desde años atrás. Escuchar su rasposa voz me erizó los vellos de la nuca. Pero esta vez no me molestó del todo porque irónicamente él tenía razón. ¿Qué estaba pretendiendo? ¿tratarlo como un niño confundido que desconocía de su propia fuerza y las consecuencias de sus actos sobre las personas a su alrededor? Estúpida, era una estúpida y había actuado como tal. Y él sabía que estaba pensando en la cagada que acababa de cometer.


Lo que prevé y jamás quise que ocurriera se reproducía ante mí en cámara lenta. Mi cerebro comenzó a jugarme bromas, más bromas. ¿De pronto había adquirido más volumen?


—¡Ahhh! — en el último momento mi cuerpo logró reaccionar y corrí hacia ningún lugar congruente. No había opciones, de correr al pasillo que dirigían a los cubículos me atraparía como rata, y los cubículos no eran tan impenetrables como quisiera. Yo corría de un lado a otro y él disfrutaba obstruyéndome el paso, intimidándome con su presencia pero manteniendo la distancia para seguir con el juego morboso. ¿Por qué esto me pasaba a mí?
—¿Quieres jugar? ¡Está bien, juguemos!
—¡No, no quiero jugar! ¡Claro que no quiero! — se desencajó por completo con mi enérgica contesta. Grité con tanta fuerza que sentí arder mi garganta. Sí, estaba enojada, frustrada, cansada y asqueada de toda esta enfermiza situación, y por lo menos se lo dejaría bien en claro.
—¡Ya veremos! — hizo intensiones de abalanzarse de nuevo sobre mí y de inmediato yo emprendí la carrera, pero la capucha de mi abrigo jugó en mi contra y me jaló por ella. Ahogando el llanto y la sorpresa llevé mis manos hacia atrás así como horas previas y cerré con fuerza mis ojos esperando el choque. Sentía la palma de mis manos arder y palpitar, todo había pasado tan rápido y cuando me tumbó contra el suelo de inmediato atrapó mis piernas entre las suyas.


¿Que situación retorcida era esa que nadie se daba cuenta de que una persona estaba encerrada en un baño de centro comercial? ¿Por qué pasaban de mí? ¿por qué nadie lo notaba? ¿por qué nadie iba en mi auxilio? ¿por qué nadie me salvaba? ¿por qué nadie estaba advirtiendo que estaban a punto de mutilar la vida de una joven?


—¡WOW! ¿estos son los maricas? Pero mira que lindos son, deben de darles bien duro por detrás. — mi sangre comenzó a hervir. No pude sentir en que maldito momento mi celular salió volando y él lo tomó con sus funestas manos. Escupía su veneno mientras miraba la pantalla de mi celular. ¡Maldito desgraciado! ¿¡Cómo se atrevía a abusar de mí mientras lanzaba blasfemias sobre mis cantantes!?
—¡No te metas con ellos, idiota! ¡Y no me toques! ¡No me toques! — sabía lo absurdo que sonó estar defendiendo a mis cantantes mientras dudaba de mi integridad física y mental, pero comenzaba a explotar. Imitando mis acciones frente a la puerta comencé a lanzarle golpes, puños, rasguños, de todo cuanto podía. Él estaba inexpresivo y con una mueca en su estúpido rostro. Me indignaba ver que lo que para mí suponía luchar por mi vida para él no era más que la fresca brisa primaveral rozando su cuerpo. ¡Mierda, por qué era tan débil!
—Te jode mucho que me meta con ellos, ¿verdad? — un latigazo azotó mi columna cuando con una sola de sus manos tomó las mías y las echó hacía delante dejándome inmovilizada y más vulnerable que antes. Tragué saliva, lágrimas y sorpresa, de nuevo. — Que hijos de perra, tú gastando fuerzas y saliva defendiéndolos y ellos ni pendientes de ti. — el muy bastardo se reía en mi cara y me aturdía con su fuerte aliento a licor. —¿Cómo es que se llaman? ¿ShuSho? ¿Yinjo? ¿Goku? ¿Ash Ketchup del pueblo Paleta?
—¡¿Por qué los odias tanto!? ¿¡Qué te han hecho!?
—¡Te odio a ti, perra!


Enmudecí victima de la ofuscación y la intimidación que sus gritos producían sobre mí. No lograba comprender todavía el mensaje, ¿odiarme? ¿por qué?

Miré con terror como su mano libre iba directo a mis blue jeans, y en un abrir y cerrar de ojos ya había desabrochado y bajado el cierre. Sonrió sádico con su mirada baja justo en mi parte íntima. De seguro mi ropa interior de florecitas sobresalía, y él las estaba viendo como si fuera lo más divertido del mundo. Me estaba viendo.


—Oh, mira, tu omma* te está llamando. ¿Ese es el nombre de uno de los chinos? ¡pero que nombre tan horrible! — risueño me mostró la pantalla del celular. Mi madre me llamaba seguro preguntándose dónde estaba su hija y el muy sucio insultaba otra vez a los chicos. ¡Horrible era la situación en la que me encontraba, horrible era verle sobre mí, horrible era el hueco que tenía en el estómago por no saber si saldría con vida de ahí! — Bueno, dejemos el celular a un lado y disfrutemos del fondo musical. ¿No es grandioso que hasta los escuches apunto de ser violada?

La palabra rebotó como eco en mi cabeza. Entré en shock. ¿Qué había dicho?

No por favor, no por favor.


—¡No por fav… — su boca arremetió contra la mía con una ferocidad que me lastimó. Degusté el sabor metálico de mi sangre y el golpe que su amigo me había propinado en la cara antes de encerrarme tomó vida de nuevo.
—Espero que seas virgen, así será más entretenido.


Sentía el escozor de su mano maltratar las mías. Su otra mano se coló bajo mi ropa y ya no quise saber más de ella cuando sonrió goloso al tocar mi sostén. Él no cabía en su propia ansiedad, y yo no cabía en mi dolor. Sus labios fueron a parar a mi cuello aunque intentara resistirme pero él era más fuerte que yo, y comenzó a morder y dar pequeños picos mientras su mano se deshacía bajo mi ropa.

Y mami no dejaba de llamar. Y mami no dejaba de llamar. Y la canción no paraba de sonar. ¿Por qué debía sufrir de esa forma mientras las angustias de mis padres se presentaban como una de mis canciones favoritas del grupo que tanto amaba?

¿Por qué sólo podía llorar?

Oh papá, perdóname por no ser más fuerte.
Oh madre, perdóname por el dolor que te provocaré.
Oh Señor, perdóname por desear morir.


En un golpe de tantos que estarían por venir entendí que me estaban violando por ser demasiado diferente.


~~.~~. Flashback End.~~.~~



Glosario:

*Oppas: la definición de Oppa es muy simple – un oppa es lo que una chica llama a su hermano mayor, o a un chico mayor.
*One-chan: lo que se conoce como "Hemana mayor" en Japón.
*Nani: "¿Qué?" en japonés.
*Ajumma: Ajumma -señora- es el nombre con el que se conoce normalmente a las señoras coreanas, especialmente las que tienen hijos y pasan de los cuarenta y halmoni -abuela- es el nombre para designar a las señoras más mayores.
*Omma: "Mamá" en coreano.
*Fandom: es una palabra que procede de la contracción de la expresión inglesa Fan Kingdom (Reino Fan), que se refiere al conjunto de aficionados a algún pasatiempo, persona o fenómeno en particular.

2 comentarios:

  1. Anónimo3/31/2012

    Continualo! Me encanto :o

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  2. wow q fuerte y terrorifica experiencia, menos mal q solo es ficcion verdad?? :(

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