Belong. Te pertenezco cap 12

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Jang Yoo Moon no había sido más feliz en toda su vida, como en aquel instante, tanto, que se olvidó de protocolos y abrazó al monarca, en cuanto lo vio, después de haberlo estado buscando, sin dar con él; si bien, pronto fue consciente de lo que había hecho, de la falta de respeto cometida y las más que probables represalias que podía recibir por tal atrevimiento, que sería más achacado a falta de modales o consideración, que a lo que realmente se debía, pero es que ver que se encontraba bien, implicaba que él seguiría de una pieza.
Para su fortuna, al rey pareció caerle en gracia aquel gesto que no pudo controlar, en cierto modo tierno, que había tenido, abrazándole; le sonrió divertido y en apenas un susurro, que él llegó a escuchar, dijo “será nuestro secreto”, posando un dedo en sus labios, haciéndole entender que él no iba a decírselo a nadie, y que por lo tanto él tampoco lo hiciera, guiñándole un ojo, en señal de complicidad.

En cuanto Jung Yunho y su sirviente salieron de la biblioteca, el monarca los saludó y se interesó por ellos; y él aprovechó ese momento para revisar la figura del rey, en busca de algo que antes no estuviera, como alguna herida o golpe, que el general pudiera ver a su regreso; para su fortuna, no parecía haber nada de eso; es más, en cierto modo, parecía que estuviera mejor que nunca, con una sonrisa que pocas veces solía verle, tan sólo cuando el general estaba presente y ambos estaban distendidos, o después de entrenar. Se despidieron del joven traductor, y se fueron, junto con el sirviente de éste, de vuelta a los dominios de los aposentos del rey.

¿Realmente era un sirviente?, bueno, no es que no se comportase como tal, pero, debía reconocer que la forma en la que se movía… parecía educado en la corte y no en una familia humilde, con generaciones habiendo estado al servicio de alguien. Viendo su manejo de la espada, que el mismo rey le ofreció, intuía que Jung lo podía haber instruido en la lucha, o haberse entrenado con él, pero ciertos movimientos, sin saber muy bien porqué, le recordaban a su maestro, al general en jefe de las tropas reales, Kim Tae Woon.

De pronto, el rey se levantó de donde había estado sentado, mirando el buen manejo que tenía aquel joven, y a los presentes se les encogió el corazón, cuando el filo de la espada, que el sirviente de Jung estaba usando para la demostración de sus habilidades, se paró a muy poca distancia del cuello real, por fortuna, sin hacerle rasguño alguno, haciendo que todos respirasen aliviados, sobre todo cuando vieron al monarca aplaudir el control que tenía, pues había parado el movimiento de forma seca y firme, sin que le temblara la mano, apartándola en un rápido movimiento, ofreciéndosela al soberano, después de haberse arrodillado ante él.



Quería al rey, quizás porque, en cierto modo, le recordaba a él, salvando el hecho de que el monarca era mayor; pero no podía evitar que le molestara esa predilección que parecía tener por Jaejoong, sobre todo, porque les separaba, y él había pensado que en este viaje podrían estar juntos todo el tiempo. Pero no había nada que pudiera hacerle, más que resignarse, sobre todo porque había sido él mismo quien le había dicho a Jae que debía hacer caso cada vez que el soberano lo llamara, sobre todo si no querían levantar sospechas.

Había decidido dar una vuelta y aprovechar el buen tiempo que hacía para relajarse, mientras admiraba la belleza de los jardines que había en el palacio, deleitarse con los suaves aromas de las flores y la hierba mojada de la orilla del estanque con carpas de colores; le daba sensación de tranquilidad, serenidad… le hacía sentirse bien. Aunque, aquella sensación le duró poco.



- Vaya, es cierto que estaba en palacio. –dijo el general Song, yendo hacia él- Es toda una suerte encontrarte, solo. –intentando acariciarle la mejilla, si bien, Yunho esquivó su caricia, echándose hacia atrás y girando el rostro, para que su mano no le rozara.

- No comparto su opinión, general. –fue su respuesta, clavando esa mirada de desprecio que le nacía sola, nada más verlo.

- Es una lástima… -intentando, nuevamente, acariciarlo, obteniendo el mismo movimiento en respuesta- porque cada vez, me gustas más… -esta vez de forma más decidida y fuerte, logrando casi su propósito, si no fuera porque una pequeña daga impactó entre ellos, clavándose en la manga de su hanbok, contra el tronco del árbol que había entre ambos, haciendo imposible que alcanzara su objetivo

- Bravo… -aplaudía el monarca, acercándose hacia donde ellos estaban- Yunho, no me había dicho que Jaejoong era, además, un excelente tirador. –sonrió, al tiempo que desclavaba la daga, liberando la manga del general.

- Lo siento, majestad. –dijo en una reverencia- Pero, realmente, enumerar todas las cualidades de Jaejoong, me tomaría bastante tiempo. –sonriendo al ver el leve sonrojo en el rostro del mencionado, uno casi imperceptible, pero que para él era claro.

- Tiempo que yo he acortado considerablemente, llevándomelo –se lamentaba el soberano- en lugar de dejar que le ayudase, para que terminase lo antes posible. –dándole el pequeño cuchillo a Jaejoong, que lo recibió con una reverencia, y lo guardó poco después, en el interior de su hanbok, sin decir una sola palabra.

- No se preocupe. –sonrió, porque, en cierto modo, aquel retraso con las traducciones, le había permitido pasar más noches al lado de su amor, durmiendo abrazado a él, después de haberse entregado el uno al otro.

- Está bien. Va siendo hora del té, ¿quiere tomarlo con nosotros? –Yunho accedió en una reverencia- General Song, ¿ha notificado ya su regreso en el cuartel?

- No, majestad, aún no.

- Pues vaya hacerlo, ya sabe que me gustan las cosas bien hechas y no soporto la ineptitud.

- Sí, majestad. –respondió en una reverencia



Yunho se situó al lado del monarca y Jaejoong, como correspondía, tres o cuatro pasos por detrás de su señor, seguido por el resto de sirvientes y soldados, que componían el séquito del rey.

Esperó a que todos se marcharan, para hacer cierto mohín y largar un suspiro de fastidio y medio mofa. Lo sabía, por algún motivo no le gustaba al rey y tampoco al general Kim, aunque imaginaba cuál era esa razón, y es que, no es que fuera un secreto precisamente, él era uno de los amantes de la reina, y había mucha lengua suelta entre las personas que rodeaban a ambos monarcas, que, buscando siempre el favor de una y otro, hacían de espías y decían todo aquello que veían u oían. Después, se fue camino del cuartel y formalizó su vuelta, tal como le pidiera el rey, tal y como estaba obligado a hacer.





Tras el té con el monarca, estuvieron escuchando la música con la que éste quiso obsequiarles, y jugaron algún juego de mesa, en el que demostraban su capacidad de estrategia, hasta que se hizo la hora de cenar, donde también quiso que le acompañaran.

Toda la tarde había sido agradable, al igual que el inicio de la noche; lo habían pasado realmente bien, de hecho, él siempre se encontraba a gusto con el rey, incluso cuando el soberano se empeñaba en que estuvieran a solas, porque no tenía sensación de estar en peligro a su lado, salvando distancias, era casi como estar con Yunho, es decir, se sentía protegido, tranquilo, a gusto; incluso se habían llegado a olvidar del desagradable incidente, que para ellos era el haberse encontrado de nuevo con el general Song. Pero aquello estaba a punto de cambiar, justo cuando acompañaban al rey a sus aposentos, y ellos tenían pensado seguir hacia los suyos, sin previo aviso, el monarca tiró de su brazo, obligándolo a entrar a su dormitorio, cerrando rápidamente la puerta tras él, escuchando como las espadas eran desenvainadas, seguramente, porque los soldados, que custodiaban la puerta, estaban impidiéndole el paso a Yunho; él corrió raudo hacia la corredera, porque, por más que le costase creerlo y por primera vez, se sentía en peligro, con su mente bombardeándole recuerdos de tiempos pasados, que él creía olvidados ya.

- ¿Dónde crees que vas? –preguntó el rey, jalándole del hanbok, alejándolo, o al menos intentándolo, de la puerta- ¿Estas marcas? –preguntó confundido, abriéndole más la parte superior, dejando al descubierto, prácticamente, toda la espalda, haciendo visibles las cicatrices- Son viejas… ¿perteneciste a alguien antes que a Jung Yunho? –él se limitó a asentir- ¿él te salvó de esto? –paseando sus dedos por alguna de ellas, obteniendo la misma respuesta- Ya veo… por eso le guardas tanta lealtad y fidelidad. –le hizo girarse, para que le mirase a los ojos, esbozó una sonrisa y comenzó a colocarle la ropa- Ve con él, no sea que cometa alguna estupidez, del estilo venir a buscarte a la habitación del rey, sin ser invitado. –abrió la puerta, y lo empujó fuera del dormitorio

- Jaejoong. –lo llamó Yunho, cuando iba de camino hacia donde estaba su habitación, saliendo algo más a la luz de la luna, para que lo viera- ¿Estás bien? –preguntó, reprimiéndose las ganas de abrazarlo, mientras se dirigían hacia su alcoba, él se limitó a asentir- ¿Qué pasó? –preguntó, una vez cerraron las puertas, viendo la expresión de preocupación que llevaba en el rostro.

- Creo que lo sabe…

- ¿El qué?

- Que nos amamos. –mirándolo fijamente, transmitiéndole esa preocupación que le invadía el cuerpo

- Mañana, en cuanto amanezca y recojamos, nos iremos. –fue su respuesta, seguida de un abrazo protector, como los que siempre le daba y que le indicaba que todo iría bien.



A la mañana siguiente, en cuanto salió el sol, Jaejoong comenzó a empacar todas sus cosas, mientras que Yunho le dejaba una nota a su tío, disculpándose por la repentina marcha y su ausencia de despedida, achacándolo a la mayor estadía que habían tenido, y que no había sido planeada, de forma que, seguro, las personas que se habían quedado en la casa, estarían padeciendo por ellos.

Tan pronto dio la carta a uno de los sirvientes de Won Hyuk Mo, para que éste se la entregase a su tío, cuando despertara, fue a las cuadras, donde ya Jaejoong le esperaba con los caballos cargados y ensillados para poder irse.



- ¿Os vais sin despediros? –preguntaron a sus espaldas, y sintieron tensarse sus cuerpos al reconocer la voz.

- Ya llevamos varios días en palacio, majestad –se excusó Yunho, girándose, para verle- Y dejé algunos asuntos pendientes, para poder venir, que debo atender.

- Ya veo… en fin, que tengáis buen viaje. –respondió con una sonrisa y un ligero abrazo a Yunho, que no lo esperaba- Espero que lleguéis sanos y salvos a casa. Jaejoong –lo llamó, haciendo que se acercara, y, abrazándolo igual, le susurro- Me hubiera encantado escuchar mejor tu voz, -notando como se tensaba- en fin, sigue cuidando de él como hasta ahora. –le sonrió, rompió el abrazo y acarició con ternura su mejilla- Nuevamente, os deseo un buen viaje. –añadió, tras que ambos subieran a sus caballos y él golpease los cuartos traseros del que cabalgaba Jaejoong, haciendo que salieran corriendo.



Se había tomado la libertad de abrazarlos porque, para variar, estaba solo, como todas las mañanas en las que su hermano no estaba en palacio, y él, incapaz de aguantar por más tiempo en la cama, muchas veces tras la noche en vela, había decidido salir a pasear, pero sin salir por la puerta principal de su dormitorio.

Hoy no era una excepción, se había pasado toda la noche viendo las cicatrices de la espalda de Jaejoong, en cuanto cerraba los ojos; ¿qué bárbaro había osado hacerle semejante salvajada? , aunque creyó encontrar la respuesta en sus propios recuerdos, teniendo en cuenta la actuación que había tenido al ver a aquella persona.





Estaba barriendo la entrada del local, cuando llegó un mensajero y le entregó una carta. Le extrañó verla sellada con un cuño oficial, ya que las misivas que solía recibir, en muchas ocasiones, no venían ni cerradas; la abrió con cuidado y leyó su contenido, entristeciéndose en parte, pero no extrañándole demasiado lo que le comunicaban, le entregó la escoba a una de las mujeres que trabajaban para ella y dijo que debía marcharse un momento, que tuvieran ellas cargo del local en su ausencia; subió al carro y se fue en busca de la segunda persona a la que aquella carta iba dirigida.

Cuando llegó a la casa de los Jung, su hija estaba en el patio, extendiendo la ropa de la cama, para que se orease, y alguna que otra prenda que había lavado; Changmin, que le había abierto la puerta a su llegada, había salido a recoger algo de leña para la cocina, y de Rimha no había ni rastro.

- Sun Gen. –se acercó donde estaba- Ha llegado esta carta.

- Oh, madre, buenos días. –la saludó- ¿Quién la manda? –dejando la canasta de la ropa y acompañándola, para sentarse ambas en la entrada de la casa.

- Es una misiva de un capitán, de la guarda del puerto, donde estaba tu padre comprando las telas… dice que lo han encontrado muerto en la habitación de la pensión en la que se hospedaba. –bajó el rostro apenada, más que nada, por el dolor que pudiera estar sintiendo su hija, ya que, no en vano, él era su padre.

- Por los dioses, ¿describe cómo ha sido?

- No, sólo que lamentan tener que comunicarnos tan doloroso hallazgo, y que su cuerpo será enterrado allí.



Abrazó a su hija, para reconfortarla un poco, y tras comentarle lo sucedido a Changmin, cuando éste regresó; se volvió de nuevo a su casa. Durante el trayecto de vuelta, pensaba en lo poco que le había costado aceptar que Kang Chul Yong, su marido, no volvería a casa ni ese día, ni al siguiente, ni nunca; quizás, porque sabía demás el tipo de vida que llevaba, siempre jugando a cartas y juntándose con personas no demasiado recomendables, y tenía asumido que, tarde o temprano, acabaría de este modo; se recriminó, mentalmente, el hecho de lamentar no haberle podido echar en cara el que la separase de su hijo, realizó una última oración a los ancestros de su marido y a los suyos, pidiendo, que si lo tenían a bien, le brindaran acogida junto a ellos; y decidió centrarse en lo que le quedaba, es decir, El Muñecas y sus queridos hijos, Sun Gen y Jaejoong.



Junsu estaba pletórico, aún resonaban en sus oídos las palabras de su madre, dándole permiso para estar con Yoochun, para seguir amándose como lo habían hecho hasta ahora, aunque tuvieran que seguir escondiéndose para mostrarse afecto; pero es que no podía evitar que, el hecho de que toda su familia aceptara su relación, que no era bien vista por nadie y estaba prohibida por ley, le provocara una felicidad sin límite, sólo empañada, en parte, por el hecho de que él no se podría casar, como lo iba a hacer su hermano Changmin, si bien, en ciertas ocasiones, aquello era lo que menos le importaba, sobre todo, cuando veía como su madre lo volvía loco, diciéndole qué hacer, qué decir, cómo comportarse… y buscando el hanbok ideal, porque, por supuestísimo, no iba a ir con cualquiera, era una ocasión muy especial, única en la vida.

Yoochun le había pedido que fuera a casa de los Jung, para llevarles algunas medicinas, ya que la herida de Yunho, aunque prácticamente cicatrizada, aún necesitaba de algunos cuidados, y él aún tenía pacientes que atender. Cuando llegó, vio a su hermano abrazando a su prometida, que sollozaba; entendiendo el motivo, tan pronto se lo dijeron, y es que la muerte de un ser querido, siempre duele. Como no tenía mucho más que hacer, decidió quedarse con ellos un rato más, intentando animar un poco a Sun Gen, ya que él, al contrario que su hyung, tenía mucho más tacto, aunque fuera el rey en meter la pata, como Changmin le decía en ocasiones.



- Entonces, ¿el señor Kang ha fallecido? –le preguntó Yoochun, cuando por fin regresó a la clínica.

- Sí, -respondió, mientras le ayudaba a recoger las cosas y limpiar un poco- pobre Sun Gen, no va a poder velar a su padre… -dijo apenado

- Bueno… puedo orar por él.

- Supongo.

- A mí lo que me preocupa es la reacción de Jaejoong ante la noticia. –dijo Changmin, entrando a la rebotica, donde estaban sus dos hermanos- Sun me dijo que su padre había abusado de él…

- ¿Temes que muestre alegría delante de tu esposa? –preguntó Yoochun

- En parte… soy consciente de que él sufrió mucho, y que la culpa fue del padre de Sun, pero… sé que también tendrá en cuenta que es el padre de su hermana…

- Jaejoong sabe cuál es su lugar en cada momento, -intervino Junsu- estoy seguro que sabrá estar y reaccionar conforme la situación lo requiera.

- ¿De cuándo acá hablas tan sabiamente? –preguntó Changmin

- Ay, ya… ni que fuera idiota…

- Yo no dije nada, pero si tú lo dices….

- Changmin… -le espetó, hinchando sus mofletes, provocando que Yoochun riera.

- Ustedes nunca cambiarán, ¿cierto? –dijo Hyo Jun, entrando por la puerta, recriminando a sus hijos- Buenas noches. –saludó al mayor, dándole dos besos en las mejillas

- Buenas noches. –le devolvió el saludo.

- Changmin, deberías estar con Sun Gen. –le reprochó su madre, conocedora ya de la lamentable noticia.

- Lo sé, pero vine a acompañando a Junsu. Nos vemos mañana. –se despidió de su progenitora con un cariñoso beso en la mejilla, saliendo poco después de vuelta a su casa.

- Espera hyung. –dijo el pequeño- Te daré unas hierbas relajantes para que Sun Gen pueda descansar mejor esta noche.

- Gracias.

- Nunca te aburrías con ellos, ¿verdad? –le preguntó Yoochun a Hyo Jun

- No. –sonrió con ternura



Esa noche, ella se quedaría con ellos, como ya había decidido hacer, en cuanto comenzaron a preparar la boda de su hijo. Preparó la cena, después de regañar un poco a los dos, porque, según su parecer, tenían todo casi manga por hombro, aunque Yoochun se defendía diciendo que el trabajo le absorbía demasiado tiempo y no podía limpiar, y a Junsu lo solía mandar a buscar hierbas medicinales o a repartir algunos ungüentos y demás remedios a las personas más mayores del pueblo, que apenas podían moverse de sus casas; finalmente, se sentaron a cenar, y ella misma decidió que, en la mañana, pondría todo más decente.





“Me hubiera encantado escuchar tu voz mejor”, había resonado en su mente durante todo el trayecto de vuelta a casa. Era obvio que lo había tenido que escuchar hablar en algún momento, el problema era ¿cuándo?, pero, por más que Yunho le preguntara qué le pasaba, él no decía nada, ¿de qué serviría ponerlo más nervioso?, ya habían salido de Seúl con algo de temor, pese a que el mismo rey había ido a despedirlos, y lo había hecho amigablemente, no tenía caso preocuparse más, tener un motivo más para temer.

En cuanto llegaron a casa, Sun Gen le contó sobre la carta que había recibido su madre, en la que les contaban que su padre había sido encontrado muerto en la habitación, sin dar demasiadas explicaciones más; él la abrazó, para confortarla, pues sabía lo duro que era perder a un familiar, aunque no se estuviera muy unido a él, como le había pasado a él mismo con la mujer que lo había criado, y a quien había considerado su madre, hasta que supo la verdad sobre su nacimiento. Cuando su hermana cortó el abrazo, ambos rezaron una pequeña plegaria por el padre de Sun Gen.

No había olvidado todo lo que había vivido por culpa del señor Kang Chul Yong, desde que había sido separado de su verdadera madre y entregado a otra familia, impidiéndole crecer con su hermana Sun Gen, viviendo un suplicio, siendo criado como una mujer, pese a ser hombre, hasta las continuas palizas y violaciones a las que lo había sometido desde que entró al Muñecas, sin dejar de lado el hecho de que fue él quien le presentó al general, quien lo regaló a sus deseos y bajas pasiones, quién lo disfrutaba antes o después de que aquel desgraciado de Song Hyu Neul abusara de él; pero ahora ya no estaba entre ellos, era un espíritu más, uno más de los protectores de su hermana, y, como tal, merecía respeto.





No podía creer que se le hubiera vuelto a escapar; pero, consciente de que resultaría demasiado extraño que al día siguiente de llegar a palacio, se marchara, decidió permanecer en el cuartel. Sabía que si tenía ganas, bastaba con hacerle una visita a la reina, para que ella supiera que había regresado, y no tardaría mucho más en ir a sus aposentos, o hacerle llamar para que él mismo fuera a su recámara, y, la verdad sea dicha, la soberana era, últimamente, de las pocas mujeres que sabían cómo saciarle, cómo apagar su deseo, con las mañas que empleaba en la cama.

Su venganza contra Jung Yunho, tendría que esperar un poco más, pero bueno, se dice de ella que es un plato a servir y disfrutar en frío, así que tampoco tenía demasiada prisa. Pero debía reconocer que, esta vez, le había resultado atractivo; su miembro había palpitado brevemente, y que aquel rehúse a ser tocado, le había despertado deseo, como, tiempo atrás, le pasara con Jaejoong. Y sí, quizás su venganza fuera, finalmente, esa; más que hacerle daño, haciendo que su esposa lo engañase con él, lo que haría sería violarlo, abusar de él, utilizarlo como había usado a su pequeño juguete predilecto; Jung Yunho sería suyo, costase lo que costase.

En sus pensamientos estaba, cuando una de las damas de compañía de la reina le dijo que lo esperaba en sus aposentos; sonrió con suficiencia, más aún al ver estremecerse a la sirvienta, y la siguió hasta el dormitorio de la soberana, diciéndole, poco antes de entrar y cerrar tras de sí, que le esperase en su cuarto, si quería probar lo mismo que saboreaba la reina.





Había sido una larga operación; detener a todos los miembros de aquella banda de mercenarios y asesinos, juzgarlos y condenarlos, había tomado más tiempo del que esperaba, y del que él deseaba, pese a saber que aquello era para proteger la vida de su hermano; y, a eso, debía añadir lo pesado del viaje, que hubiera hecho apenas sin detenerse, si no fuera porque iba acompañado, y debía pensar también en el bienestar de sus hombres, y no sólo en el deseo, cada vez más creciente, de volver a casa.

Cuando llegaron a palacio, él dio la orden a los soldados de que se fueran a descansar, ya él se encargaría de realizar la crónica de su operación, para que quedase constancia de ella, y del éxito que habían tenido; ellos le agradecieron, y se fueron directos a los dormitorios, a descansar de tan largo viaje, mientras él fue al cuartel a hacer constar la vuelta de todo el escuadrón que había salido.

Al abrir el libro, vio la firma de Song Hyu Neul, y sus tripas se revolvieron; realmente lo odiaba. ¿Cómo podía dárselas de buen soldado, cuando no respetaba lo que era del rey?, si cada noche retozaba y se revolcaba con la reina… claro que ella también actuaba como si fuera una cualquiera, regalándose a quien le parecía, pretendiendo, después, ser la esposa devota, fiel, y herida porque su esposo a veces no la quiere en su lecho. Lo que él no llegaba a entender era ¿cómo su hermano podía tener sexo con ella, aunque sólo fuera una noche cada mes?, bueno, en parte sí, ya que era la obligación del soberano, engendrar, en el vientre de la reina, un heredero al trono, que diera continuación a la dinastía Kim; aunque él prefiriera que no fuera ninguna, que jamás se entregase, ni se hubiera entregado a aquella mujer.

Cuando terminó de realizar el acta del ingreso, fue hacia el dormitorio de su hermano; no era demasiado tarde y aún estaría despierto.

- Buenas noches, general Kim.

- Buenas noches, Jang; ¿algo interesante en mi ausencia?

- No general, bueno, si obviamos la visita del joven Jung.

- ¿Jung Yunho estuvo en palacio?

- Sí, tal parece que el ministro Won lo mandó llamar, y pasaron aquí unos días. –le comentaba, mientras caminaban, accediendo hacia la habitación del monarca

- ¿Estuvieron? –si había hablado en plural, era porque había estado alguien más junto al joven traductor

- Sí, Jung Yunho y un sirviente o ayudante suyo, mmm, Jaejoong, creo que se llamaba; el rey pareció tomarle bastante cariño. –dijo, recordando el tiempo que el monarca pasaba con aquel chico, no dándole mayor importancia; hasta que un escalofrío lo recorrió, producto de la mirada amenazante de su general, una que no sabía a qué se debía.

- Ya… -no dijo nada más. Accedió a la habitación- General Kim Tae Woon, reportando su regreso, -mirando de reojo las puertas, y cuando éstas se cerraron, añadió- de una pieza, tal como te prometí. –recreándose en la sonrisa que le dedicaba a través del espejo.

- Me alegra que hayas vuelto, y que estés bien. –respondió, mientras continuaba peinándose el cabello

- ¿Y la espada? –preguntó, mirando hacia la pared donde, hasta antes de su ida, había lucido colgada una catana de empuñadura y vaina negra, con el grabado de un dragón en color gris

- La regalé. –respondió, sin dejar de cepillarse el pelo

- ¿La regalaste? –preguntó extrañado- pero si siempre ha sido como un tesoro para ti. –recordando que ni a él le dejaba tocarla- ¿Se la regalaste a Yunho? –preguntó curioso, y para qué negarlo, molesto

- No; se la regalé a Jaejoong. –respondió tan tranquilo, mientras revisaba su rostro en el espejo, en busca de vete a saber qué imperfección, al menos Tae Woon nunca le vio ninguna; mientras a él se lo comían los celos, porque habría entendido que, por sentirse, quizás, aún en deuda con él, porque le había salvado la vida, le hubiera dado la espada a Yunho, que había demostrado ser buen espadachín, pero… ¿por qué se la había dado a un sirviente?

- ¿Jaejoong? –preguntó, claramente molesto, y es que le dolía que le hubiera dado algo tan especial para él a un completo desconocido.

- Sí, el ayudante de Jung Yunho. –respondió, mirándolo a través del espejo, aún no se había dado la vuelta para verlo, cuando otras veces, a esas alturas, ya lo habría abrazado, celebrando su regreso- Jang ya te habrá contado sobre él, ¿no?

- Sí, algo mencionó… -girando el rostro, no quería que su hermano lo viera dolido- Parece que lo pasaste bien con él.

- Sí, es un chico… bastante especial. –sonrió

- Ya… -necesitaba hablar de otra cosa, si no, acabaría reprochándole que se hubiera enamorado de otro, que ese amor que decía tenerle, hubiera desaparecido como si nada- Mañana…

- Se encargará Myo de la guarda, tú debes descansar. –dijo, sin dejarle terminar, sabía demás que su hermano le diría que se iba a incorporar a primera hora.

- ¿Qué? –volvió su rostro de nuevo hacia su hermano, que se había girado, finalmente, hacia él- ¿Por qué?

- Porque ha sido un viaje muy largo y necesitas descansar.

- Pero mi deber es

- Descansar… Tae Woon, sé perfectamente cómo es el viaje al puerto, he estado varias veces, ¿recuerdas? –él asintió- así que sé lo cansado que resulta.

- Pero…

- No hay peros… mañana descansarás todo el día. –levantándose y dirigiéndose a la cama

- Tengo que protegerte. –masculló

- Si no descansas, y ocurre algo, no estarás en las mejores condiciones para impedir nada. –le reprochó, y Tae lo miró entre incrédulo y confundido

- ¿Jin? –como si no hubiera entendido, pero más bien era “¿desde cuándo te has vuelto tan frío conmigo?”

- Es una orden. –consciente de que sólo así le haría caso

- Como ordene. –dio media vuelva, y se fue del dormitorio

- Lo siento. –sollozó, cuando las puertas se cerraron, apoyándose en ellas, había tomado la dolorosa decisión de dejarlo de amar, al menos, de no imponerle de alguna forma sus sentimientos, porque era consciente de que lo primero sería imposible, aunque estaba dispuesto a intentarlo con todas sus fuerzas.



Con forme las puertas se cerraron tras el general, se oyó un ruido, y el militar volvió a abrirlas, encontrando al monarca tendido en el suelo. Yoo Moon juraría que lo escuchó llamarlo por su nombre de pila, en apenas un susurro, antes de tomarlo en brazos y llevarlo hacia la habitación del doctor Kwon Chan Ok; mientras él iba pidiendo que abrieran las puertas, lo más rápido que podía, debían llevarlo cuanto antes ante la presencia del médico de la corte.

Pocas veces, por no decir que ésta era la primera, había visto al general tan desosegado; no paraba de caminar de un lado al otro, frente a la puerta, mirando de cuando en cuando hacia ella, esperando a que saliera el buen doctor, que, sin entender muy bien porqué, lo había echado fuera, y se había quedado a solas con el monarca. Él sólo esperaba que todo estuviera bien, y que, fuera lo que fuera, aquello que le había ocurrido al rey, se solucionase, que el soberano sanase lo antes posible, por el bien del pueblo y del general, a quien parecía afectarle sobremanera lo que le ocurría al monarca; no es como si a los demás no les importara, pero él parecía involucrarse de un modo mucho más personal que el resto.

Recordaba algunos rumores, que había escuchado, sobre el hecho, más que plausible según algunos, de que el general Kim fuera hermano del rey, pues, según decían los soldados más veteranos, el parecido entre el general y el antiguo monarca era innegable. Quizás por ese motivo, porque eran familia, era tan protector con él, como él mismo lo era con su hermano menor, y comenzó a entender un poco mejor algunas de las reacciones que tenía, sobre todo, cuando a ese rumor, le sumó aquel otro que decía que el antiguo rey, se había encargado personalmente de su adiestramiento y que no había parado de repetirle, que debía velar por la vida del actual soberano, dando, si fuera necesario, incluso la vida por él. Seguramente, la educación recibida, estaba grabada a fuego en su mente, y por eso, pese a que el antiguo soberano ya no estaba presente, para el general es como si lo estuviera, repitiéndole a cada paso “debes proteger al rey”.

Cuando por fin se detuvo, se le quedó mirando, escudriñándole en busca de algo, y él empezó a ponerse nervioso, más aún cuando le preguntó si estaba completamente seguro de que no había pasado nada. Y es que el rey era famoso por hacer lo que se le antojaba, cada vez que el general no estaba presente, es decir, se saltaba el protocolo y se iba a pasear por ahí sin escolta, no comía, no dormía… al único que parecía hacerle algo más de caso, era a Kim Tae Woon, a quien, en ocasiones, había acudido el mismísimo doctor Chan Ok, para que lograra que el soberano se tomase la medicina.

- ¿Quieres dejar de asustar a tus hombres? No ha pasado nada.

- Majestad. –exclamaron los dos militares presentes, que más cerca estaban

- ¿Está bien? –preguntó el general, acercándose hacia él, aunque la pregunta iba más dirigida al doctor, que hizo un gesto negativo con la cabeza, señal de que no debería haberse puesto en pie tan pronto; quiso ayudarle, pero su hermano rehusó su ayuda, y comenzó a caminar solo.

- Majestad. –lo sujetó Jang, cuando lo vio tropezar, era obvio que aún no podía moverse del todo bien; el rey le sonrió y él se sonrojó, al recordar aquel abrazo que le había dado unos días antes, y ahora volvía a tenerlo entre sus brazos

- Jang, ¿esta noche eres tú el que hace la guardia?

- Sí.

- Entonces ayúdame a llegar a mi dormitorio.

- Sí, alteza, como ordene. –dijo, intentando ponerse serio, al menos quitando esa sonrisa que se le había dibujado por la complicidad que el monarca parecía tener con él, guardando en secreto aquel pequeño incidente del abrazo, ya que sentía la mirada de su general clavada en su anatomía, y aquella sensación era de todo, menos placentera o agradable, el escalofrío que lo recorría, era más bien de miedo.



Lo conocía perfectamente, sabía que estaría de nuevo en su habitación, tan pronto lo había visto irse con aire malhumorado, sin dar una explicación a nadie; y ahí estaba, medio oculto entre los cortinajes del dormitorio, con claros signos en su rostro de estar enfadado, molesto, con él y las decisiones tomadas.

Volvió a quejarse de que parecía ladrón, entrando así a su habitación, y se preparó para la lluvia de reproches, seguro de que le diría, otra vez, que porqué lo relegaba, que porqué no le deja hacer sus funciones…. Lo que no esperó fue esa pregunta, “¿Te has enamorado de otro?”, y eso lo dejó en blanco; ¿a qué venía aquella pregunta?, de todas formas, ¿qué pasaba si era así? ¿qué había de malo en que él hubiera decidido intentar enamorarse de otro?, no lo sabía, y para ser franco, tampoco quería darle más vueltas, ya no quería crearse más falsas ilusiones que le acabasen rompiendo el corazón; algo entre ellos, más allá de ser rey y general encargado de su seguridad, y hermanos era completamente imposible; de modo que se limitó a decirle que estaba cansado y que se marchara, porque él necesitaba descansar, que el doctor se lo había dicho y estaba seguro que él también lo pensaba, pero no pudo evitar decirle, cuando lo vio salir medio cabizbajo, aún sin mirarle del todo, “estoy condenado a amarte, aunque intente escaparme… siempre vuelvo a ti”.





Como pasaba casi todos los días, Sun Gen no solía hacerle caso, y ya comenzaba a estar harta, cansada de ser ignorada cuando ella era la ama y señora de la casa, pues su matrimonio con Jung Yunho en eso la convertía, pese a que aún no hubieran consumado, primero por reparo de ella, después por desgana de él. Así que se acercó a la biblioteca, pensando que lo encontraría allí, pero no estaba; buscó por toda la casa, y nada; de modo que salió al jardín, dirigiéndose hacia la orilla del lago, más concretamente, pues sabía que solía pasear por ahí.

- Yunho. –lo llamó, pero él ni se giró a contestarle

- Dime, Rimha.

- Quiero que Sun Gen se vaya de la casa, no me hace caso, ni me respeta…

- Lo siento, pero no, Sun Gen se queda, fue deseo de Jaejoongieh que entrase a trabajar en la casa, y aquí se queda. –con su mirada fija en el horizonte, en el algún punto de la otra orilla del lago

- Jaejoongieh, Jaejoongieh… siempre ella… -se quejó- estoy cansada de luchar siempre contra su fantasma…

- Pues entonces vete con tu querido general. –le reprochó, mirándola por primera vez.

- Si me voy con él, es para tener lo que tú no me das, pese a ser tu esposa. –le chilló, él volvió a girarle el rostro- Claro que… igual es por eso que lo odias, porque Jaejoongieh se entregaba a él, te era infiel con él. –quiso herirle con sus palabras, como ella se sentía en su orgullo

- Yunho. –gritó Changmin, haciendo que su amigo se detuviera en el acto- Baja la mano, no te conviertas en lo que no eres. –dijo, esperando que le hiciera caso, pero permanecía inmóvil- Yunho… vete a casa. –finalmente le hizo caso, bajó la mano y se marchó de vuelta a la mansión de la familia

- Hm, no sé cómo te atreves a hablarle con tanta confianza –comenzó a recriminarle, pues se supone que él es un sirviente y Yunho su señor

- Tú mejor cállate, y agradece que llegué a tiempo para detenerle. –ordenó, haciendo que la mirase estupefacta- Qué fácil es hablar sin saber… Yunho no odia al general Song porque Jaejoongieh le fuera infiel con él, lo odia porque, hasta una semana antes de su boda, el general le violó.

- No… -se negaba a creer lo que estaba escuchando- ella vivía en el Muñecas, igual que yo

- No, no era para nada como tú; no lo sabes ¿verdad?

- ¿El qué?

- La señora Kang no puso a Jaejoongieh en el salón, la metió directamente en la cocina, no quería que ejerciera como nada más que no fuera cocinera.

- Mientes. –gritó

- No, no miento, conocí a Jaejoongieh, Yunho me habló de sus cicatrices, al igual que Sun Gen, creo que todas en el Muñecas sabían cuál era la verdad. –se negaba a creer lo que le decía- Aún te diré algo más, creo que quien los atacó, fue el mismo general, quería acabar con la vida de Yunho, para recuperar a Jaejoongieh; es más, creo que tú sólo eres lo que está utilizando para vengarse de él, ya que ella murió por protegerlo, piensa que le hará daño si le engañas con él; hm,-sonrió cínico- me pregunto qué pasará contigo, cuando descubra que él no está enamorado de ti.



Rimha salió corriendo de allí, no podía ser cierto lo que Changmin decía, no quería creerlo, pero si era verdad, sólo en el Muñecas podrían decirle qué era lo que había ocurrido, pues aún quedaban bastantes mujeres de, las que habían trabajado allí, cuando Jaejoongieh trabajaba.

- Supongo que has venido a escuchar el resto de la historia. –dijo la misma que, días atrás, le había contado sobre Jaejoongieh- Ven –indicando hacia el salón, una vez allí- siéntate, lo que queda es largo y no demasiado agradable.

- Si ella trabajó aquí…

- La señora la puso con Jeon Bo en la cocina, no tenía que haber pisado el salón. –dijo otra de las chicas, la segundo que había hablado con ella ese día

- ¿Qué? –no podía creer que fuera cierto lo que Changmin le había contado

- Tiene razón. –dijo otra, pues estaban casi todas en el salón, comiendo- Fue el difunto señor Kang quien la hizo salir al salón.

- Seguro que fue para que su mujer no se enterara, de que él había abusado de una de sus protegidas. –comenzaron a comentar- Pero aquel moratón, que le hizo por negarse, no es que fuera fácil de disimular.

- Tienes razón, pero, ¿qué me decís de las marcas de sogas en sus muñecas?, pobre...

- Sí, creo que fue desde el día en que el señor Kang la trajo de vuelta, porque se había escapado; creo que la ataban para que no volviera a intentarlo.

- Y no sólo eso, creo que al general Song le excitaba hacérselo atada, porque a mí me ató, después de que Jaejoongieh se fuera con aquel joven que la ganó como trofeo; aunque no sé si hacía algo más, porque el desgraciado tuvo la desfachatez de decir que no era lo mismo…

- Quizás porque a ti no te golpeó; ¿recordáis por qué era fácil saber cuál era el futón de ella?

- Por las manchas de sangre, todo y que Sun Gen intentaba borrarlas, lavándolo todos los días.

- ¿Sangre? –preguntó Rimha, horrorizada

- Sí, y no de la menstruación, porque estaban muy dispersas por él.

- Además que, cada vez que tenemos la menstruación, nos retiran del servicio con los clientes, pero a ella no…

- No, casi a lo último se la pasaba más tiempo atada en su cuarto, que con nosotras…

- Sí, el general sólo venía y se iba directo a su dormitorio, ya sabía que ella estaba allí

- Y que no tenía posibilidad de negarse…

- Por los dioses, aún resuenan sus gritos en mis oídos… creo que le daba igual que ella estuviera atada, como seguía oponiendo algo de resistencia, la golpeaba y la tomaba a la fuerza, cuando ya ni fuerzas le quedaban para moverse…

- Pobre Sun Gen, todas las mañanas iba a la habitación de Jaejoongieh y salía con paños ensangrentados y llorando…





Aquello era demasiado para ella. Se marchó corriendo del local, en su cabeza aún resonando todos y cada uno de los detalles que le habían descrito las chicas con las que había hablado, luchando por no imaginarse las situaciones que Jaejoongieh había vivido en el Muñecas a manos del señor Kang y Song Hyu Neul, porque no se hicieran presente en su mente las cicatrices que debían marcar el cuerpo de la primera esposa de Yunho; peleando por no pensar que Changmin tenía razón, que el general Song sólo estaba con ella porque quería vengarse, de que su esposo le robara a la mujer que consideraba suya, y a la que, al final, habían perdido ambos.

Recordó lo pasado en los últimos días, que el general sólo estaba cuando su esposo, presentándose y disfrutando al verle irascible, que se había ido tan pronto supo que él y uno de sus sirvientes se habían ido a Seúl; era lo que se temía, ella había sido un sustitutivo de Jaejoongieh, un objeto de una venganza que no llegaba a consumarse…. Quiso desaparecer.

Metió algunas prendas en una cesta, tentada de meter aquel espléndido hanbok que había pertenecido a Jaejoongieh, y que Yunho no le había dejado usar nunca, pero se retractó, ya sabía lo que le había tocado vivir, cuál había sido su muerte, y, para ser honesta consigo misma, ahora no quería nada que tuviera que ver con ella; por eso estaba yéndose de casa. Ensilló un caballo y se marchó tan rápido le daban las patas, sin tener ningún destino en concreto, sólo, quería salir de allí, escapar de un dolor, que amenazaba con hacerse suyo, si continuaba en aquella casa.





Como Jaejoong y Yunho ya estaban presentes, los planes de boda continuaron, pese a la huída de Rimha, de quien no se sabía dónde había podido irse, y tampoco es que les importara, hasta que al fin llegó el día. La ceremonia fue sencilla, con la presencia de los miembros más cercanos de la familia y el sacerdote que oficiaba; después fueron a celebrar el enlace en la casa de la familia Kim, donde las dos matriarcas preparaban la comida especial, que habían decidido para ese día.

Tras el banquete de boda; la señora Kim y la señora Kang se quedaron en la casa, Junsu y Yoochun a la clínica, Yunho y Jaejoong a la casa Jung, y Changmin y Sun Gen, como recién casados, en la casa que ambos compartían, desde que se comprometieran; se quitaron parte del traje ceremonial, y se quedaron con algo de ropa, tapando su desnudez, mirándose avergonzados, pero con ganas de entregarse el uno al otro finalmente.

Estaba nervioso, temía que, su característica falta de tacto, fuera a jugarle una mala pasada; así que se obligó a ir con sumo cuidado, por más que todo su cuerpo le pidiera lo contrario. Comenzó besándola lentamente, mientras la abrazaba con ternura, y sentía que tanto el beso, como el abrazo, le eran devueltos de la misma forma. Deslizó sus manos, en una suave caricia, hasta el lazo que sujetaba la pieza de tela que tapaba el busto de Sun Gen; la desató con calma, aunque sentía a su corazón latir rápido, como nunca lo había sentido antes, y la fue retirando, acariciando cada trozo de piel con sus dedos, notando ese leve calor aumentar, producto del rubor que subía al rostro de su esposa. Cuando lo retiró del todo, sus manos volvieron a subir hacia las mejillas de Sun Gen, primero, rozándolas con el dorso de sus dedos, en leve roce, para después tomarlas entre ellas y besarle, de nueva cuenta, en los labios, buscando calmar algo esa ansiedad creciente de sentirla.



Sentir el torso desnudo de Changmin contra el suyo, que se encontraba igual, provocaba que toda su piel se erizase, y se contagiase de aquel calor que el cuerpo de su esposo desprendía, y que parecía ir en aumento, igual que el suyo. Sus brazos lo retenían junto a ella, mientras sus bocas se unían en besos cada vez más pasionales, haciendo que la poca ropa que tenían, se sintiera molesta, pues la temperatura subía cada vez más, envolviéndoles en un calor sofocante. Por eso, las manos de ambos buscaron aquellas lazadas para, deshaciéndolas, dejar dos cuerpos ardientes en completa desnudez.



La recostó sobre el futón, regalándole caricias, deleitándose con las reacciones que provocaba en cada palmo de piel, que se erizaba, contraía y estiraba, con cada leve contacto. Comenzó, entonces, a hacer el mismo recorrido con sus labios, abandonando la boca de Sun Gen, bajando por su cuello, clavícula, delineando la zona alta de sus senos; mientras sus manos dibujaban los costados, que se estremecían a causa de las cosquillas, las mismas que provocaban una leve risa, medio reprimida, medio nerviosa, que sonaba bastante sensual en aquella situación. Se aventuró a recorrer sus pechos, con pequeños besos, dejando que sus manos también disfrutaran de su tersura, mientras sus oídos gozaban de los primeros gemidos, que abandonaban los labios de Sun, de forma algo más sonora, cuando su traviesa lengua, comenzó a dibujar el contorno de aquellos rosados pezones que se erguían con el húmedo contacto.



Sentía que iba volverse loca, con los besos que Changmin estaba repartiendo por su pecho, con aquella tibia lengua que le regalaba furtivas caricias, más aún, cuando éstas fueron bajando y centraron en su vientre, donde, a esas alturas, su piel era ya extremadamente sensible, sobre todo, algo más debajo de su ombligo. Sus manos, que hasta entonces habían estado viajando, alternativamente, de la espalda de su esposo a su boca, para acallar los gemidos, ahora tomaban aquel rostro, haciendo que éste subiera a besarle nuevamente los labios, jugando con su lengua, lamiendo los contrarios, hasta que su boca se abría y jugaba entonces con su homóloga; mientras sus brazos se enredaban tras la nuca de Changmin, apegándolo contra su cuerpo, haciendo interminable ese beso.



Su cuerpo ardía y sentía que perdería el control en cualquier momento. El cuerpo de Sun Gen, debajo suyo, lo excitaba más de lo que podía controlar. Aquel beso, en el que perdía todo su aliento, los breves instantes en que podía recuperarlo, para volver a perderlo… todo lo sofocaba, hacía su respiración más acelerada y torpe, entrecortada; y su deseo despertaba más firmemente, sobre todo al sentir la humedad interna de Sun, contra el calor de su erguido miembro; que buscó, poco a poco, hacerse hueco, acomodándose en aquella estrechez que lo abrazaba, introduciéndose por entero en una desconocida calidez.



Era una sensación extraña, mezcla de molestia y placer, la que le provocaba el pene de Changmin en su interior, una a la que no tardó en acostumbrarse u olvidarse de ella, por los continuos besos que su esposo le daba, y alguna que otra caricia furtiva a sus senos. Lo sentía deslizarse en su intimidad, duro, palpitante y caliente; alcanzando ese punto exacto que la hacía vibrar, apretar los dedos en su espalda y gemir, cada vez de forma más sonora, con forme iba alcanzando mayor placer.



Todo el calor de su cuerpo, se estaba centrando en el mismo sitio. Aquella mezcla entre sofoco y placer le hacía difícil respirar, haciéndolo de forma cada vez más entrecortada, más acelerada. Sus embestidas eran cada vez más seguidas y rápidas, por el deseo que el placer le provocaba, aumentado, cuando las piernas de Sun Gen aprisionaron su cintura, enroscándose de algún modo en su espalda. Unas embestidas más bastaron para que eyaculase, soltando un sonoro gemido, que no pudo controlar, en el interior de su esposa; recostándose, con cuidado, sobre ella, dejándose regalar caricias en el cabello, mientras compartían sonrisas e intentaban que la respiración volviera a la normalidad, tras el orgasmo.



Le costó un rato explicarle a su esposo que aquella sangre era normal, pues había sido su primera vez, y que a todas las mujeres les ocurría cuando perdían su virginidad, no en vano, en el Muñecas la habían perdido más de una, y no que le hubiera hecho daño de algún modo; pero, finalmente, pareció entenderlo, y ambos se dispusieron a dormir, pues a la mañana tenían que trabajar, como todos los días.



Yunho estaba feliz, Jaejoong había vuelto a recuperar el lugar que le correspondía en su casa y en su cama, a su lado; aunque, como todas las mañanas, cuando quería abrazarlo, se encontraba con ese vacío, que le indicaba que debía ir a buscarlo a la cocina, si quería volver a sentirlo entre sus brazos, porque él ya le estaba preparando el desayuno. Enredó sus dedos en los lacios mechones que caían despreocupadamente por su nuca, y jugó con ellos un momento, antes de abrazarlo y perderse en el suave aroma de la piel de su cuello, regalándole pequeños besos que lo estremecían; haciéndole sentir que así era como siempre había tenido que ser.



Yoochun y Junsu disfrutaban de su tiempo a solas, sobre todo desde que la señora Kim y la señora Kang se hicieron amigas y se la pasaban juntas, dejándoles a ellos y los recién casados, tiempo y espacio. Aunque la madre de Junsu los mareaba cada vez que estaba en la clínica, queriendo cambiar algunas cosas de sitio, considerando que no estaban en el lugar correcto, o en la casa adyacente, donde vivían los dos, hasta que la madre de Sun Gen iba a hacer alguna visita, y paraban a tomar té.



Por su parte, Changmin y Sun Gen, pese a que ambos querían mucho a sus madres, no es que lo pasaran mejor que el doctor y el enfermero, cada vez que alguna de sus progenitoras, o las dos, se presentaban en casa, pues era continua la exigencia de que les dieran nietos, porque ellos eran los únicos que les darían descendencia, y querían la casa llena de niños que alegrasen los días de su vida, que las llamaran abuelas, y a los que poder malcriar, consintiéndolos en todo, además que era obligado en los matrimonios, el consumar la unión con la llegada de, mínimo, un hijo.





Maldecía a los chinos, maldecía a los japoneses, maldecía incluso a los propios coreanos… a todos aquellos que habían hecho que su marcha de palacio se fuera posponiendo, pues debía ir a todas las misiones que le eran encomendadas, y regresar, tras ellas, al cuartel general, que estaba entre aquellos muros; y eso le impedía ir en busca de su presa, para tener su tan ansiada venganza. Si bien, aquellas personas que él había comprado, para que le mantuvieran informados de todos y cada uno de los movimientos de la familia Jung, le habían dicho que no se habían marchado a ninguna parte, desde que regresaran de Seúl, excepto la señora Jung, a la que vieron salir, pero no volver; aunque ella le daba igual, porque, aunque a veces había conseguido aplacar su deseo, la verdad es que no le había servido para su propósito, pues no parecía importarle en nada a su marido. Y es que, él se había encargado de que la gente lo viera entrar en la casa, cuando ella estaba a solas, y hacer que hubiera habladurías, pues, se supone, una mujer casada no debería dejar pasar a otro hombre, sobre todo cuando su esposo no está en casa; pero lo único que había obtenido de Yunho, similar a un ataque de celos o que le molestara algo, había sido sólo su presencia, es decir, cuando ambos estaban frente a frente. Para más inri, se había enterado, hacía relativamente poco, de que el señor Kang, a quien había encargado la tarea de conseguirle a alguien como Jaejoongieh, había sido encontrado muerto; según algunos soldados, el desgraciado se había ahorcado por vete a saber qué motivos, lo único que tenía claro era que se quedaba sin “juguete”, a no ser que tomara a Yunho como tal.

Por suerte, todo aquello había terminado, había rellenado su salida, y se encontraba ya de camino a su objetivo, a cumplir su única ambición. Cuando llegó al pueblo, reconoció al sirviente de la casa Jung, que había estado en palacio, comprando en el mercado. Se fue acercando a él, sin que éste lo viera, pero en un momento se giró, y al verlo, se alejó de él, con gesto entre molesto y desairado; entonces quiso retenerlo, pues quería preguntarle dónde estaba su señor, más que nada, no fuera que hubiera hecho el viaje en balde, y al sujetarlo por la camisa, el cuello de esta cedió un poco, dejando a la vista la parte alta de su espalda; casi al instante que un frio filo acariciaba la piel de su cuello.



- Creí haberle dicho que se mantuviera lejos de lo que es mío. –se quejó una voz que conocía bien.

- Hm… defender tan vivamente a otro hombre, delante de tanta gente… podría dar que pensar, Yunho.

- No recuerdo haberle dado la confianza de llamarme por mi nombre, general. –fue lo único que respondió, mientras sentía la mano de Jaejoong sobre su brazo extendido, como aquella vez que evitara que matase al señor Kang, ¿acaso también iba a perdonarle la vida a él?

- Yunho, -dijo Yoochun, que recién llegaba, junto con Junsu- baja la espada, hay demasiada gente, y la pena por matar a un general de la guardia real es la muerte. –le indicó cerca del oído, y comprendió que eso mismo era lo que estaba intentando evitar Jaejoong, que lo condenaran y ajusticiaran, separándolos así para siempre.

- Sólo se lo diré esta vez más, aléjese de todo lo que es de mi propiedad. –con mirada amenazadora.

- Vamos Junsu, -le apremió a su amor, pues veía los ojos lascivos con los que el general había comenzado a mirar la anatomía del que ya consideraba su esposo, pese a que era ilegal esa unión- debemos comenzar con las visitas, los pacientes nos están esperando.

- Sí. –respondió, comenzando a andar delante del doctor, siguiendo a Jaejoong y Yunho, quienes ya se dirigían de vuelta a su casa.



Hyu Neul se había quedado parado en el sitio, como procesando algo, quizás la actitud de Yunho. Cierto que, cada vez que él había estado cerca de algo que fuera de la propiedad de los Jung, el joven le había ordenado que se alejase, incluyendo a la huída esposa; pero le resultaba extraño que defendiera también a uno de sus sirvientes. Entonces recordó algo, antes de que el filo de la espada lo obligara a mirar hacia él, había visto la espalda de aquel criado, una espalda llena de cicatrices, yagas que le sonaban mucho, bastante, sobre todo, porque las había infligido él, no le cabía duda alguna, y ahora entendía mejor la actitud tan defensora de Yunho, ese sirviente era Jejoongieh.

Aquel descubrimiento lo llenó de ira, habían osado engañarle, hacerle creer que su preciado tesoro había muerto, burlándose de él…. Ahora entendía porqué el joven Jung nunca había mostrado demasiado interés por su segunda esposa, porque jamás había perdido a la que consideraba su primera mujer, a ese ser que te volvía adicto a su piel, nada más tocarla, y que era suyo, aunque se considerase de otro. Aquello lo iban a pagar, y bien caro, nadie se burlaba de él, ni le quitaba lo suyo, y salía impune.





Todo el pueblo vestiría de luto, pues su gran benefactor, el joven Jung Yunho había sido encontrado muerto en su dormitorio; así lo había declarado el doctor Park, después de que Changmin, el criado de la familia, lo hubiera ido a llamar, pues su esposa Sun Gen lo había hallado en la cama, y no ofrecía respuesta a todos sus llamados, y lo encontró frío al tacto. Para muchos, aquello era una muerte anunciada, pues el joven parecía sumido en una gran pena desde la muerte de su queridísima esposa Jaejoongieh, y parecía próximo a seguir sus pasos hacia el mundo de los espíritus, si bien, las razones que lo habían llevado allá, no fueron desveladas, y las causas de su defunción quedaron entre aquellos que habían visto el cadáver.

A más de uno le desagradó la actitud de un soldado, que irrumpió en las honras fúnebres y pidió ver los dos cuerpos, pues tal parecía que uno de los sirvientes había corrido la misma suerte que su señor, destapando las mortajas y tocándolos, como queriendo comprobar que, realmente, la vida los había abandonado; pero pasado ese desagradable episodio, continuaron con la ceremonia y llevaron a los difuntos al lugar donde serían enterrados.



Cumpliendo con sus compromisos, Jin Hyo debía viajar hacia la costa, para ir a encontrarse con un ministro de Japón, en muestra de la buena voluntad de acercar posiciones y llegar a una paz que, esperaba, fuera buscada por ambos lados. El recorrido hasta él, pasaba por el pueblo donde vivían Jung Yunho y Jaejoong, y por el que habitaba el doctor Park, tres personas a las que tenía un gran afecto, fuera de la corte; y ansiaba poder encontrarse con ellos.



- ¿Es él? –dijo una joven, acercándose al general Kim, que lo acompañaba en ese viaje- madre, dime, él es el padre de mi hermano, ¿verdad?

- ¿Lee Ann? –preguntó extrañado, descendiendo del caballo, para mirar a los ojos de aquella mujer, que parecía reconocer, pero que le esquivaba la mirada.

- Madre… -volvió a urgirle la joven

- Lee Ann, ¿tuvimos un hijo? –la mujer se limitó a asentir, y la expresión de su hermano fue de completa sorpresa, mientras ella volvía a rehuirle la mirada -¿Dónde está? –quiso saber, y la expresión de los presentes, le hizo reaccionar

- ¿Qué le ocurrió a Jaejoong? –preguntó directamente, haciendo que todos, incluyendo su hermano, le mirasen sorprendidos

- ¿Tú lo sabías? –preguntó completamente desconcertado y, juraría, algo molesto

- Si lo hubieras visto, no te extrañaría tanto; lo supe tan pronto mis ojos se posaron en él, es tu viva imagen…

- Era… -dijo, al borde del llanto Lee Ann- era igual a ti.

- ¿Cuándo lo conociste? –reprochó a Jin, sin darse cuenta de la familiaridad con la que lo estaba tratando, pese a no estar a solas

- Cuando vino Yunho a palacio la última vez, él era el amigo que lo acompañaba y ayudaba con las traducciones, bueno, cuando yo le dejaba. –sonrió algo divertido, recordando las veces que se lo había llevado, pues quería disfrutar de la compañía de su sobrino, pese a que éste parecía ignorar ese lazo de sangre que había entre ellos, claro que, teniendo en cuenta que ni su propio hermano sabía que tenía un hijo, era normal- Ahora entiendo de dónde sacó la expresividad de su mirada. –comentó mirando a Lee Ann

- Gracias, majestad. –contestó en una reverencia

- ¿Qué le ha ocurrido? –se interesó, y se le encogió el alma cuando vio hacia donde miraba, dos tumbas recién cubiertas- ¿Yunho? –ambas asintieron, y su hermano pareció estremecerse, igual que él

- ¿Cómo fue? –preguntó Tae Woon

- El general Song. –dijo la joven

- Sun Gen… -le regañó la madre

- Lo siento madre, pero es la verdad, si el general Song no hubiera vuelto, ellos aún estarían vivos. –casi lloró, se veía que quería mucho a ambos



Se fueron a la casa de los Jung, y allí, sentados a la mesa frente a un vaso de té, les contaron lo ocurrido. Lee Ann explicó a Tae Woon por qué no le había dicho nada sobre el hijo que ambos habían tenido, y es que, como no había vuelto a verle, no sabía dónde encontrarlo, además que su difunto esposo lo había entregado a otra familia, nada más nació, y a ella le había hecho creer que estaba muerto, hasta que tiempo después descubrió que aún vivía; contaron además, todo lo que Jaejoong había pasado hasta que encontró a Yunho, y lo feliz que ambos estaban juntos, algo que constató el rey en persona, y así lo hizo saber a ellos también, contando lo que había visto en la biblioteca de palacio y que, lejos de desagradarle, le había alegrado, pues eso le indicaba que su sobrino era feliz junto a la persona que amaba.

El doctor y su enfermero, se unieron a los presentes y contaron la parte que ellos conocían de la historia, al igual que Changmin; pues el general quería saber todo lo acontecido con su hijo, y cómo era que éste había acabado falleciendo. Le hablaron de cómo Jaejoong había decidido vivir como hombre, aún sabiendo que aquello le imposibilitaba vivir su amor libremente con Yunho, pero realmente quería protegerlo, y era obvio que estando con él como mujer, no estaba a salvo.

Todos coincidieron en que el general Song era el mayor causante de todas y cada una de las desgracias de Jaejoong y Yunho, recordando todas las veces que los había atacado de alguna manera, como cuando hirió prácticamente de muerte al joven Jung, y cómo lo había estado atosigando desde entonces, intentando quien sabe que absurda venganza.



Jin Hyo ofreció a Lee Ann vivir en el palacio, junto a Tae Woon, dado que ambos habían tenido un hijo y eso, al menos a sus ojos, los convertía en matrimonio; y ella aceptó pasar una temporada, pero sólo porque él había insistido y Tae también se lo había pedido, ya que no podía dejar solo su negocio, y no quería estar lejos de Sun Gen, quien podría ser que estuviera embarazada. Así que les acompañó, cuando hicieron el viaje de vuelta a Seúl.

Al llegar a las puertas de palacio y descabalgar, se vio en la obligación de frenar a su hermano, pues había visto al general Song y, tras saber todo lo que había pasado con su hijo, iba dispuesto a matarlo en ese mismo instante; “no me hagas tener que ordenar tu muerte, por favor” fue lo que le dijo, para que desistiera de su empeño, y pareció entrar en razón.



Resultaba extraño como la vida era de enrevesada, ahora descubría que Jaejoongieh, su adorado Jaejoongieh, era hijo de la dueña del Muñecas y aquel al que envidiaba y odiaba no en demasiado secreto, pues ninguno de los dos escondía la clara animadversión que sentía el uno por el otro, el general Kim Tae Woon. Sin embargo, ahora, lo temía, pues había visto en su mirada las ganas de vengar la muerte y el padecimiento de su hijo, todo y que no lo había conocido, ni sabido de su existencia hasta hacía relativamente poco. Para ser franco, debía admitir que también temía a Lee Ann, que, como madre y dueña del Muñecas, también sabía todo por lo que había pasado Jaejoongieh, y, al igual que él, querría vengarse de alguna forma, quizás envenenándolo, por lo que dejó de tomar cualquier cosa que ésta le llevara, o que prepararan sin que él estuviera presente; y comenzó a vigilar más su espalda.



Un sentimiento similar, es decir, de pensar que la vida transcurre de forma extraña, la tenía Sun Gen, y así lo compartió con Changmin. Ella sabía que Jaejoong, aunque no dijera nada, sentía de alguna forma que no debería estar con Yunho, ya que sus clases sociales eran distintas, el joven Jung era noble y él pensaba ser un simple sirviente. Ahora se descubría que la sangre de Jaejoong también pertenecía a la alta sociedad, por lo que eran iguales. Sin embargo, Changmin pronto la sacó de su error, pues le dijo que Yunho jamás había visto esa diferencia porque no era hijo legítimo del matrimonio Jung, y que hacía relativamente poco tiempo, había descubierto la verdad sobre su nacimiento; y es que, al igual que su cuñado, su amigo había sido separado de su madre, una mujer de un pueblo de acróbatas y payasos ambulantes, que había sido atacado y reducido a cenizas, los hombres masacrados y las mujeres vendidas al mejor postor, algunas de ellas habían acabado en el Muñecas. Sun hizo memoria, la única mujer a la que recordaba embarazada, y por el tiempo que lo estuvo su madre, pues Yunho y Jaejoong tenían más o menos la misma edad, era Jeon Bo, a la que su madre había puesto directamente en la cocina, consciente de su estado de buena esperanza, pero, ahora que recordaba, jamás vio al niño que ésta esperaba, y sí a una Jeon que parecía consolarse peinándola y llamándola mi hermosa niña, como si ella fuera un sustitutivo a ese bebé que la mujer jamás llegó a mecer entre sus brazos. Si era así, la pobre mujer murió sin saber quién era su hijo, y Yunho no pudo conocer a la que le dio el ser; pero Changmin volvió a sacarla del error, y es que, según parecía, tanto el joven Jung como Jeon Bo, intuían la verdad antes de saberla; la mujer, quizás, porque Yunho se pareciera cada vez más a su difunto marido, él, porque todas las pistas le conducían a esa aldea y, más bien quería, a esa mujer, que más de una vez lo había ayudado a levantarse cuando, de pequeño, corriendo por el mercado, se había caído, le sabana la herida y le dedicaba la mejor de sus sonrisas. Seguían, pues, perteneciendo a niveles distintos, pero el amor que habían sentido el uno por el otro había hecho que aquello no importara.





Sentado en un elegante cojín, ante una pequeña mesa, Jin Hyo esperaba a que llegase su invitado. Había escogido un lugar alejado de todo el movimiento de la corte, quería estar tranquilo, y allí se respiraba serenidad, en aquella pequeña carpa que a veces servía de velador. Tenía el agua puesta a calentar y estaba haciendo todos los preparativos para la ceremonia del té, tal y como su madre le enseñara. No había llevado escolta alguna, lo que quería decir, que se había escapado de los soldados que lo vigilaban, los mismos que, en el caso que le ocurriera algo, padecerían la ira de su hermano; pero, ¿qué podía pasar?, no era más que tomar un té. Al poco tiempo, vio la sombra de su invitado pasar por fuera de las telas de la carpa, buscando la entrada a la misma; con una sonrisa, le ofreció asiento, y le invitó a relajarse con él, pues lo veía realmente tenso.



- Está con su esposa, así que no debéis temer. –le decía, más bien reprochaba su nerviosismo.

- Lo siento majestad. –se excusaba- Pero, como siempre suele estar con usted…

- Ahora tiene que recuperar momentos perdidos de la vida de su hijo. –comentaba, mientras sus manos, humedecidas levemente, acariciaban cada una de las hojas de té destinadas a la ceremonia- Así que no debéis temer, no creo que se presente por aquí. –mirándole a los ojos un instante, antes de proseguir con la tradición aprendida.

- Lo lamento. –volvió a excusarse, y se fijó en él, Jin podía sentir su mirada fija en cada movimiento, pero la concentración que tenía, le impidió llegar a sentirse demasiado incómodo.

- Aquí tiene. –le largó el cuenco donde había preparado el té- Tómeselo y relájese. –le encomió, levantándose y yendo hacia él- No hay nada que temer, -dijo, situándose de pie a su lado- mi hermano no vendrá, él cree que estoy durmiendo en mi dormitorio. –indicó, consciente de que el presente sabía del rumor que circulaba por toda la corte, sobre el parentesco que ambos mantenían, y que estaba lejos de ser secreto- Así que no tenéis que preocuparos por él… -lo sintió sonreír, al tiempo que llevaba el pequeño bol hacia sus labios, y él se situaba a su espalda- si no por mí. –dijo, antes de clavarle una pequeña daga en el medio de la espalda



El vaso de barro cayó al suelo, derramando todo el contenido, pues ni una leve gota había pasado más allá de los labios de aquel desgraciado, que ahora se retorcía de dolor junto a los fragmentos rotos de loza, sin poder sacarse el filo que lo tenía herido, prácticamente de muerte. De hecho, sentía como la vida lo iba abandonando a cada bocanada de aire que ansiaba tomar, y que volvía el dolor cada vez más ardiente, más abrasador, menos soportable, más delirante.



- No. –ordenó una voz, a la que apenas podía poner una silueta desdibujada, casi irreconocible- Rematarle sería tener una compasión de la que no es digno.

- Tiene razón. –en su delirio, veía dos figuras ayudar al monarca a desvestirse y cambiar la ropa ensangrentada, por otra limpia.

- Me pregunto cómo te recibirán los espíritus de las personas que mataste. –le habló una de aquellas sombras, en las que se estaba convirtiendo prácticamente todo, y sus ojos se abrieron a más no poder, permaneciendo así, hasta que la luz de sus pupilas perdió el brillo de la vida.





Ha pasado el tiempo; nadie sabe quién, cómo, cuándo o porqué, aunque muchos creen intuirlo, ha matado al general Song Hyu Neul, y por lo tanto, nadie ha sido juzgado por tal acto, y la investigación sobre las causas de su muerte, está siguiendo el protocolo pertinente, aunque por casi todos es sabido que, en realidad, apenas se está moviendo un dedo por esclarecer tal hecho.



Lee Ann sigue en palacio, pues Sun Gen le dice en sus cartas que no se preocupe por nada, que cuenta con la madre de Changmin para ayudarla y con su cuñado el doctor Park y los mimos de Junsu y su esposo, que apenas le dejan hacer nada, para que la criatura que espera venga en perfectas condiciones; que puede quedarse allí tanto tiempo como el soberano tenga a bien.

Y es que era por expreso deseo del monarca, que ella continuaba en palacio, y cada vez que había insinuado la posibilidad de volver, éste le había pedido que continuara allí unos días más, aunque no entendiera del todo qué sacaba de provecho el rey con su presencia.



No podía evitar estar preocupado, últimamente su hermano enfermaba con más asiduidad, y se la pasaba en cama; lo malo, que cuando parecía recobrado, su aspecto no era el de siempre, si no algo más demacrado, y el no saber a qué se debía, lo ponía aún peor. Por eso lo vigilaba más que antes, y aquello era sólo posible, porque se quitaba horas de sueño; y eso conllevaba los reproches de su hermano y el doctor, a los que parecía hacer caso omiso.

Una de las muchas veces que él se colaba en su dormitorio, lo vio tiritando en el lecho, pese a estar cubierto con mantas, se acercó y lo abrazó, sintiendo como se estremecía, pero cuando éste iba a recriminarle que se colara en su habitación cual vulgar ladrón, convulsionó y tosió, cubriéndose la boca con una de sus manos, de entre cuyos dedos, empezaron a deslizarse unos finos hilos de sangre. Tae se horrorizó con la imagen, más aún cuando separó la mano de los labios de Jin y vio la palma completamente manchada de rojo y salpicada de diminutos puntos negros.

- Llamaré a Chan Ok. –dijo levantándose rápidamente.

- No. –lo retuvo, sujetándole de la manga, en apenas un hilo de voz

- Jin Hyo, estás enfermo, debo llamar al doctor.

- No…

- O quizás al doctor Park… ash, no… él volvió a su pueblo natal, coge muy lejos de Seúl…. –renegaba, sabiendo de los avances que el médico había alcanzado pese a su juventud.

- No…

- Jin… -le recriminó sus continuas negativas.

- No hay nada que puedan hacer… -dijo incorporándose

- Seguro que sí… -acariciando su mejilla- estoy seguro que encontrarán algo con lo que curarte.

- No… -volvió a decir, negando con su cabeza

- Ash, Jin, ¿por qué eres tan terco? Seguro que podrán darte algo que te calme y encontrar una medicina que te cure

- No, no pueden

- ¿Por qué? –preguntó ya enfadado

- Porque me estoy muriendo Tae Woon… igual que mi madre. –la cara del general se desencajó, lo miraba completamente incrédulo.

- No… -ahora era él quien negaba- no puede ser… tú no… -tomando el rostro del monarca entre sus manos- Tú no puedes estar muriendo… -decía con un incipiente llanto en sus ojos.

- Tae…

- Cumplí mi promesa. –gritó al aire- No puedes arrebatármelo… cumplí mi promesa… la cumplí aún muriendo en vida… -comenzó a llorar.

- Tae… -lo miraba confundido, sin entender de qué promesa o con quién hablaba

- Pues si de todas formas voy a perderte. –dijo antes de besarlo en los labios, como siempre había querido hacer, y que, por aquella promesa, nunca había hecho libremente.

- No quiero tu compasión. –reprochó Jin, separándose de él, pero sin quitar las manos sobre su pecho.

- Te amo Jin Hyo, ya ni sé desde cuando… -sonrió triste, mirándole a los ojos- Padre me llamó a su lecho de muerte, ¿recuerdas? –él asintió- Fue entonces que me hizo prometerle que jamás te diría lo que sentía, porque si lo hacía, él te llevaría… y yo no quería, ni quiero perderte. –poniendo su frente contra la de su hermano, acariciando sus mejillas- Te amo demasiado como para dejarte ir…

- Pero tú y Lee Ann… -rebatió, ya que en su regreso, él le había dicho estar enamorado de ella.

- Yo sólo fui su excusa, para poder mantener su promesa, él necesitaba que pensase que había alguien en su vida, porque si no había nadie, igual usted seguiría insistiendo y él, al final, la acabaría rompiendo. –dijo Lee Ann, entrando al dormitorio, cargada con una bandeja con fruta troceada.

- Pero…

- Jamás hubo verdadero amor, majestad. –respondió la señora Kang a aquella pregunta no formulada- Ambos buscábamos escapar por un instante del dolor de un amor que no era o no podía ser correspondido, un momento que nos hiciera olvidar lo que sufríamos, y, por esas noches, fue así; pero sólo los instantes que nos dejábamos llevar por los instintos y el deseo de olvidar, después, sólo el cariño que dos cómplices, que saben de un dolor similar, pueden sentir; nunca nos unió nada más.

- ¿Y Jaejoong? –no podía olvidar que habían tenido un hijo

- No esperaba quedarme embarazada; pero… -mirando a Tae un instante- saber que lo estaba y que era hijo del único hombre que, al menos por unos días, me hizo sentir un poco especial, me alegraba y me animaba a seguir adelante, pensando en que lo criaría para que fuera tan buen hombre como su padre me lo había parecido. –el monarca aún parecía algo reacio a creer lo que le decían, claro que, lo veía normal, tantos años enamorado, tantos años diciéndoselo y los mismos recibiendo una negativa en respuesta, que, cómo creer ahora que aquello era verdad- Majestad, si su hermano me hubiera amado, me hubiera pedido que lo acompañara, ¿no cree?, si yo me hubiese enamorado de él, lo hubiera seguido… pero nada de eso pasó, porque yo sabía que él amaba a otra persona, y él sabía que, pese a todo, yo amaba de alguna forma a mi esposo…

- Supongo. –pareció entender, sintiendo como Tae Woon lo abrazaba algo más fuerte y depositaba pequeños besos en su mejilla.

- Déjame amarte, hasta que no me quede más remedio que decirte adiós. –le pidió, antes de volver a besarlo en los labios, mientras lo recostaba con sumo cuidado en el lecho y dejaba a sus manos perderse en el ansiado tacto de la piel de Jin Hyo, que parecía recobrar color a cada caricia.



Lee Ann no dijo nada, al igual que tampoco el rey, que se dejaba hacer, feliz de ser amado; simplemente se marchó, cerrando la puerta tras ella, pidiendo que nadie molestara, alegando que el monarca le había dado la orden de que ella fuera la única persona que podía acceder a sus aposentos.

Y así fue durante siete días, con sus siete noches; en las que Tae Woon apenas se había separado de su hermano, durmiendo siempre abrazado a él, haciéndole el amor cada vez que el menor se sentía con fuerzas… viviendo en una especie de mundo aparte del resto, que ella se esforzaba en mantener. Por lo que, cuando sintió los sollozos del general, supo que había muerto el rey. Al entrar, vio a Tae Woon abrazando el cuerpo de su hermano, llorando desconsolado. Se vio obligada a separarlo y llevárselo de allí, para que pudieran entrar y preparar el cadáver del rey para su funeral.



Todo el reino estaba aún de luto, pero los ministros estaban ansiosos por saber quién tomaría el control, ya que el rey había muerto sin dejar heredero al trono. Estaban en plena discusión, con el general Kim presente, pero sin que lo estuviera realmente, pues estaba como ido, centrado en los recuerdos de su hermano; cuando llegó Lee Ann, irrumpiendo y escandalizando a todos los presentes, que le recriminaban la desfachatez de entrar sin ser invitada; ella mandó callar, subió hasta el lugar donde debería sentarse el rey e hizo saber que una de las concubinas del monarca estaba embarazada, lo que quería decir que tendría un hijo póstumo, un heredero legítimo a la corona de la dinastía Kim. Todos la miraron estupefactos, al igual que aquella joven, que llevaba la cinta indicativa de su estado anudada por sobre su vientre; haciendo que la reina estallara en cólera, pues era ella quien debía haber concebido al futuro rey, y no una de sus concubinas, si bien, pronto fue silenciada, porque ordenaron sacarla del congreso; debían valorar todo y hacerlo con calma, y la soberana, en su estado, no colaboraba a ello.

Varios de los ministros presentes, reconocieron a Lee Ann como la mujer que más cerca había estado del monarca en los últimos días, y a quien él había identificado como su confidente; incluso el doctor Chan Ok confirmó que el difunto soberano le había dado instrucciones claras a aquella mujer con lo que se debía hacer a su muerte; de modo que todos escucharon en silencio lo que ella tenía que decir. Según sus palabras, era voluntad del fallecido que su hermano Kim Tae Woon, se encargara de criar a su hijo póstumo, para convertirlo en un buen soberano, y, mientras ese día llegaba, sería él mismo el regente. Lo tomaron como palabra de rey, y como tal la aceptaron, incluido Tae, aunque no quisiera demasiado.





Kim Jae Jin, ese es el nombre del que pronto será soberano de toda Corea, líder del ejército, guía de su pueblo, imagen que imitar e intentar alcanzar… pero aún debe seguir estudiando un poco más, pese a que ahora mismo esté más centrado en escaparse de las lecciones para ir a jugar con los que consideraba como sus primos.

- Su Jae, Ho Chun, dejen tranquilo al príncipe, por favor. –pidió Sun Gen a sus hijos

- Niños, ya escucharon a su madre. –ordenó Changmin.

- Pero padre, Jae Jin quiere jugar con nosotros.

- Pero él debe estudiar, debe convertirse en el rey que Corea desea.

- Majestad, debe volver a sus estudios.

- Está bien. –renegó con su instructor, sin demasiadas intenciones, menos aún cuando vio a su tío, a quien, por razones obvias, consideraba como su padre- Tío Tae Woon, -lo abrazó- cuéntame más cosas sobre mi padre, por favor. –el viejo general sonrió, ya ni sabía la de veces que le había hablado de él, siempre repitiendo lo mismo.

- Tu padre era un buen hombre, y mejor soberano, todo el pueblo lo amaba. –comenzó a contarle; hasta que dos sombras pasaron, y él se disculpó con su sobrino- ¿Todo bien?


2 comentarios:

  1. Anónimo5/25/2013

    TTTT_TTTT- llora de la emocion- hace tanto que espere por la conti...hace..tanto....waaaaaaaaaaaa! GRACIAS POR AVERLO CONTINUADO EN SERIO MORIA POR SABER DEL FINAL! ESTO ES COMO UNA BENDICION!!!-se va a llorar a otro lado-

    by: Amid-Hashira

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  2. no no ;( que feo porque murieron yunho y jj y a pesar de todo lo que pasaron murieron de verdad lo bueno de esto es que el rey y su hermano pudieron estar juntos un tiempo no debería de a ver muerto nadie sufrieron mucho para no tener su felicidad y disfrutarla juntos en vida que triste estuvo :(

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