Belong. Te pertenezco: Epílogo

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Algunas verdades ocultas


- Tu padre era un buen hombre, y mejor soberano, todo el pueblo lo amaba. –comenzó a contarle; hasta que dos sombras pasaron, y él se disculpó con su sobrino- ¿Todo bien? –preguntó, entrando a la sala donde éstas estaban

- Sí, majestad, todo bien. –respondió una de ellas, mientras descargaban los bultos que llevaban.

- Me llegaron noticias de algunos altercados…

- Fueron de fácil solución. –respondió la otra sombra, comenzando a quitarse la pesada coraza que llevaba alrededor del pecho, al igual que la primera.


- Está bien. –respiró algo más aliviado- Es sólo que, ya tuve la sensación de perderos una vez, no quiero volver a sentirla, Yunho –el mencionado se quitó la máscara dorada que cubría su rostro- Jaejoong. –acariciando la mejilla de su hijo, cuando éste también retiró la plateada que ocultaba su identidad.

- Tranquilo, padre, sabemos cuidarnos. –le sonrió.

- Lo sé, pero como padre, no puedo evitar preocuparme por ti. –habló mirándole a los ojos, sinceramente, y su hijo respondió con otra sonrisa, un poco abochornado, quizás, porque su familia actual, la verdadera, era muy distinta a aquella con la que se crió- Oh, habéis tardado un poco más de lo previsto… -recordó

- Oh, lo lamento. –se excusó Yunho- Le pedí a Jaejoong que nos detuviéramos porque quería dejar flores en la tumba de mi madre; -dijo algo apenado- desde que nos convertimos en sombras, que no puedo hacerlo tanto como antes, y me daba pena con ella.

- Ya veo. –suspiró, el ahora monarca, Tae Woon.

- Pero ya te dije que nosotros nos encargaríamos de eso. –recordó el doctor Park

- Lo sé Yoochun. –le sonrió- Gracias por los cuidados que estáis teniendo. –agradeció en una reverencia.

- No hay que darlas, Lee Ann y Sun Gen son las que más tiempo le dedican, en verdad.

- Para mi madre y mi hermana, Jeon Bo era como un miembro más de la familia. –recordó Jaejoong, para quien también lo había sido, independientemente de que ahora sabía que, además, era la madre biológica de su verdadero y único amor, Yunho.

- Muy bien, empecemos con la revisión. –dijo el doctor

- ¿Aún no te fías de que estemos bien?, de aquello ha pasado mucho tiempo. –se quejó.

- Lo sé, Yunho; pero ya os conozco bastante a los dos, y capaces sois de tener alguna herida por ahí que no ha cicatrizado bien… -comenzando a revisarle la espalda y el torso, donde no se apreciaba ningún rasguño ni marca distinta a la cicatriz que tenía en su costado, producto de aquella daga que le clavara el general Song.

- Si no lo hubieran matado… –dijo el rey, observando la espalda de su hijo, quien se había quitado la camisa para la revisión- Me encargaría de que pagase por todas y cada una de las cicatrices que pueblan tu espalda. –agregó con rabia.

- Ya lo pagó, padre. –le afirmó- Le aseguro que no se fue tranquilamente al mundo de los espíritus.

- Creo que ya es tiempo de que le contéis la verdad, Jaejoong, Yunho. –dijo Yoochun, instando a sus amigos a desvelarle al monarca, quién o quienes habían sido los causantes de la muerte del general Song.



Había sido al poco de volver del viaje a Seúl. Mientras que todos estaban con los preparativos de la boda de Sun Gen y Changmin, que se llevaría a cabo en pocos días más, ya que ellos habían regresado. Jaejoong no paraba de darle vueltas a las palabras del rey, Jin Hyo, a aquellas “me hubiera encantado escuchar mejor tu voz”, que no paraban de resonar en su mente, y que, pese a la despedida tan afable que habían tenido con el monarca, le hacía temer que algo pudiera ocurrir. Se lo había acabado comentando a Yunho, y su temor, más que plausible, de que aquellas palabras se debieran a que los vio en la biblioteca, y por tanto, seguramente también habría visto el beso, y ya no le quedaría dudas de que ambos se amaban, algo que estaba prohibido por ley. Hablando, recordaron que el rey, por aquel entonces, se sentía en deuda con Yunho, porque éste le salvó la vida, y tal vez, sólo, tal vez, por ese motivo los había dejado marchar; pero, aunque esto fuera así, y el monarca no representase un peligro, sí que lo seguía siendo Song Hyu Neul, y era cuestión de tiempo que, aquel maldito general, volviera al pueblo y les hiciera la vida imposible, o acabara descubriendo la verdad. Así que decidieron que lo mejor, para que nadie los acosara, era desaparecer, irse lejos, aunque por muy lejos que se fueran, si seguían vivos, el general acabaría dando con ellos, ya lo había hecho más de una vez; de modo que debían fingir su muerte, pero de forma que no hubiera dudas sobre ella, es decir, sus cuerpos debían estar presentes en su entierro.



Sobra decir que Yoochun, no estaba para nada de acuerdo con su plan, cuando la pareja vino a proponérselo, pero entendía el miedo que tenían, y la obsesión de aquel general con ellos dos, parecía enfermiza, tanto que, seguramente un día de esos, si ellos no lo evitaban antes, éste los acabaría matando; de modo que accedió, medio a regañadientes, a hacerles aquel favor, esperando que, si tardaba, se les fuera de la cabeza la idea y se limitaran a marcharse lejos de allí, donde nadie los conociera, porque aquello podía ser tan peligroso como ser descubiertos por el general Song.

Su labor consistía en buscar una infusión tan potente, que hiciera que sus cuerpos quedasen como si estuvieran muertos. Él ya sabía cómo hacer que cayeran en un profundo sopor, del que se tardaba en despertar, no en vano había estado estudiando las plantas y descubierto cuales tenían propiedades soporíferas y calmantes, por orden de su maestro, y bajar la temperatura de sus cuerpos, sería más o menos sencillo, metiéndolos en el agua fría del lago un instante; el problema venía a la hora de “devolverlos a la vida”, pues no estaba demasiado seguro de aquella pócima, menos, en las cantidades necesarias para llevar a cabo el plan que los Jung tenían. Otro inconveniente, era el hecho de que algunas de las hiervas necesarias para prepararla, estaban en los jardines de plantas medicinales que su tutor tenía en palacio, y debía ir allá para recogerlas, pues eran imprescindibles e insustituibles. De modo que les pidió, una vez que hubo accedido, que tuvieran un poco más de paciencia; pero, cuando unos días tras la boda de Changmin y Sun Gen, el general Song acabó descubriendo las heridas de Jaejoong, cuando éste se marchaba al verlo y el general quiso retenerlo, tirando de su camisa y éstas quedaron un instante al descubierto, con lo que lo identificó como Jaejoongieh, todo y que no dijera nada en ese momento, Yoochun salió, sin más demora, hacia palacio, pues se había convertido en algo, relativamente, más urgente el llevar a cabo el plan, pues la vida de ambos volvía a correr peligro real; ya que para nadie era desconocido el carácter vengativo de aquel hombre.

Una vez llegó, pidió permiso a su maestro para recoger las plantas que necesitaba, y mientras lo hacía, después de recibir la autorización, sin ningún cuestionamiento, seguramente porque supondría que era para seguir con sus investigaciones, y que el anciano se retirase a revisar a algunos pacientes de la corte, el rey se presentó en el jardín, quizás buscando al doctor Kwon, para preguntarle algo o solicitar su medicina, y se mostró curioso por las plantas que él estaba recogiendo. Seguramente las reconocía por sus tratamientos, para calmar sus dolores o ayudarle a dormir, ya que el anciano Chan Ok solía prepararlos delante de él, más que nada, porque así le habían enseñado a hacerlo su maestro, y a éste el suyo, y así casi desde el inicio del reinado de la dinastía Kim; quizás porque algún doctor, o alguien haciéndose llamar así, había matado a un rey obligándole a beber un remedio que ya llevaba preparado.

El rey le preguntó para quienes eran esas plantas, y qué finalidad tenían, pues sabía que, en una cantidad mayor de la necesaria, podía llegar a ser mortal, y llevaba mucho como para ser sólo para una persona, y no era un remedio demasiado usual. No sabía si explicarle la verdad, pues sabía del aprecio que el monarca le tenía a Yunho y el que parecía haberle tomado a Jaejoong, pero ¿hasta dónde sabía el rey sobre la relación que ambos mantenían, y el motivo que los había llevado a tomar aquella decisión?

- ¿Le ha pasado algo a Yunho y Jaejoong? –le preguntó, y al ver que le esquivaba la mirada, volvió a insistir- Doctor Park, por favor, dígame la verdad, ¿es para ellos?

- Sí, majestad, es para ellos. No les ha pasado nada, pero…

- Pero… -parecía reprocharle- si no les ha ocurrido nada, no tendrían porqué tomar esta planta, y menos en una cantidad tan elevada. Déjeme adivinar, tiene algo que ver con el general Song Hyu Neul. –él lo miró estupefacto, ¿cómo lo sabía?- ¿Qué les ha hecho?

- ¿Cómo?

- Por la reacción de Jaejoong cuando él apareció; -sonrió al recordar- maldijo por lo bajo cuando falló y la daga se clavó en el árbol, frenando sólo su avance, quería matarlo por estar a punto de tocar a Yunho. ¿Él hizo las cicatrices que lleva en la espalda Jaejoong?

- Sí, me temo que sí, él ha sido el causante de la mayoría de ellas.

- ¿Y el de la herida en el costado de Yunho?

- Sí, también.

- ¿Han tenido complicaciones sus heridas? –quizás aquel era el motivo por el que llevaba aquellas hierbas con fuertes poderes calmantes

- No… pero…el general Song Hyu Neul acaba de descubrir que

- ¿Jaejoong es en realidad Jaejoongieh? –otra vez lo sorprendía, pero no le dio ninguna explicación de cómo era que lo sabía, había cosas más importantes en ese momento que él debía saber- ¿Cree que corren peligro con él?

- Sí, majestad; el general querrá vengarse de Jung Yunho y Jaejoong por el engaño, por eso ambos han decidido simular su muerte.

- ¿Simular su muerte?

- Sí, parecerán muertos, pero, en verdad, estarán sólo dormidos profundamente, por eso llevo estas plantas. –indicó el doctor

- Pero ¿qué pasará cuando despierten?

- No entiendo.

- La infusión les hará dormir profundamente, y, supongo, ya habrá pensado cómo hacer para que su muerte parezca más real. –él asintió- El problema será cuando ellos despierten, ¿dónde irán o qué harán para que el general Song no sepa que siguen con vida, que el engaño sigue?

- Pues… -era cierto, no habían pensado en ello, se habían limitado a pensar que el general se daría por vencido al ver sus cuerpos inertes y carentes de ese calor propio de la vida

- Venga conmigo. –le pidió y ambos se dirigieron a las dependencias del rey- Cuando despierten de la infusión, quiero que vengan a palacio.

- ¿Está seguro, majestad? –él asintió

- Quiero que sigan al pie de la letra estas instrucciones. –dijo, entregándole una carta, que había escrito rápidamente, mientras hablaban- Estaré esperando noticias.

- De acuerdo, majestad. Les haré llegar la carta y lo mantendré informado. –se despidió en una reverencia.



No entendía por qué quería ayudarlos, pero agradecía que lo hiciera; porque tener al rey como aliado siempre es bueno.

Una vez estuvo de vuelta y les dio la carta, todos se pusieron a seguir las instrucciones del plan ideado, estuvieran más o menos de acuerdo con él.

Yoochun y Junsu empezaron a preparar los antídotos necesarios para despertarlos, pasado el tiempo, ya que deberían escenificar hasta el entierro. Changmin escondió dos palas cerca de donde serían enterrados, para poder retirar la tierra luego, mientras que Sun Gen preparaba las mortajas verdaderas, las falsas que ocuparían después su lugar, y la habitación, en la que ambos pasarían la noche, dejando que la poción, que el doctor les diera, hiciera su efecto en ellos.

Cenaron los seis juntos, ultimando detalles, procurando no dejar ningún cabo suelto que hiciera el plan inviable. Cuando todos se despidieron, Jaejoong tuvo que ir un momento con su hermana, quien aún no parecía demasiado convencida, sobre todo después de que Yoochun volviera a recordarles el riesgo que corrían de no volver a despertar, o que aquellas plantas le produjeran algún tipo de reacción adversa que no supiera cómo tratar. Le recordó que, desgraciadamente, aquel parecía ser el único modo en que ellos podrían ser libres, escapar del general Song para siempre, y así poder amarse libremente, sin temor a nada, pues su relación parecía contar con el beneplácito del rey; y que, en cierto modo, si todo salía bien, tenían mucho que ganar, y si salía mal, tampoco tenían mucho que perder, pues al menos, estarían juntos, y seguidos por el general, era como estar muertos en vida, porque no se sentían libres, porque siempre se tenían que esconder y vivir con el temor de que él volviera a encontrarlos; que lo único que lamentaría, en ese caso, sería no poder ver a los hijos que ella tuviera con Changmin, y el dolor que le ocasionaría a ella y su madre en principio, pues con el tiempo, estaba seguro que conseguirían continuar sin ese sufrimiento.



Sun Gen no tenía nada que decirle a su hermano pequeño, sabía de más que estaba decidido a seguir con aquello, pues parecía ser la única forma de acabar con todo, ya que todos estaban de acuerdo en que si, simplemente, desaparecían, el general removería cielo y tierra hasta dar con ellos, sin importar dónde ni cuándo, para vengarse de Yunho y recuperar a Jaejoong; así que se limitó a desearle lo mejor, dejándole un dulce beso en la frente, y se fue junto con su esposo, que la abrazó con ternura, intentando borrar sus miedos.



Mientras Jaejoong y Sun Gen habían estado hablando, y Changmin aguardaba, pacientemente, a que su esposa le acompañara para ir a casa; Yunho había ido a la tumba de su madre, depositó unas flores frescas y pidió en oración que los cuidara, como siempre había estado haciendo hasta ahora, que les siguiera permitiendo estar juntos para siempre. Cuando acabó su plegaria, le dedicó una tierna sonrisa, y besó la piedra tallada con el nombre de Jeon Bo.

- ¿Yunho? –preguntó extrañado por esa acción, después de ir al jardín, donde lo había visto salir, mientras él había ido a hablar con su hermana

- Jeon Bo era mi madre… mi verdadera madre, igual que Kang Lee Ann es la tuya.-le confesó- Cuando el anterior rey aún vivía, algunos de sus soldados saqueaban aldeas y las destruían… la aldea de mis padres fue una de ellas… a mi padre lo mataron, como a todos los hombres que se encontraban, y a mi madre la vendieron… -sintió la mano de Jaejoong sobre su hombro- El señor Jung siempre me había dicho que yo no era su hijo, así que quise saber de quién era para que me tratase con ese desprecio que lo hacía…. Un día, en el mercado, cuando aún era pequeño, me caí y me hice daño en las rodillas, Jeon Bo se acercó a ayudarme y me curó los raspones… -sonrió tierno- aún recuerdo la forma en la que se me quedó mirando, como si me reconociera, aunque yo era la primera vez que la veía… me preguntó mi nombre, y desde entonces, cada vez que me veía, me saludaba con la más amplia de sus sonrisas…. ¿Recuerdas el libro que le devolví al rey? –asintió- Ahí descubrí la verdad, en él se detallaba cómo había transcurrido la supresión de la aldea y qué habían hecho con las mujeres y niños supervivientes…. Mi madre fue vendida al Muñecas, y tu madre ha cuidado de ella. -el abrazo de Jaejoong se hizo más fuerte, antes de que se separasen y se besaran en los labios.

- Y la tuya de la mía. –acariciando su mejilla- Es hora de irnos. –Yunho se limitó a asentir, y, echando un último vistazo a la tumba de su madre, caminar de la mano de Jaejoong hacia la casa.



Bebieron la poción y se tumbaron en el futón del que había sido su dormitorio, cuando Yunho no sabía aún que Jaejoongieh era un hombre, el mismo en el que siguieron después de que se enterase, y el que había visto varias noches de entrega mutua, tras saber de su recíproco amor, antes de que Rimha se viera obligada a entrometerse en sus vidas, ocupando ese lugar de la cama, en la que ahora volvía a yacer su legítimo dueño. Entre suaves caricias y tiernas miradas, fueron sucumbiendo a los poderes de aquel brebaje, esperando, en silencio, que al volver a abrir los ojos, vieran los de su amor.



Poco antes de que el aurora hiciera acto de presencia en el pueblo, Chanming entró en la habitación de matrimonio de la casa Jung, y, tomando el cuerpo inconsciente de Jaejoong en brazos, lo llevó de vuelta a aquella cabaña en la que su cuñado había vivido últimamente; tal y como habían acordado que harían, por si entraba alguien más a la casa, no los viera juntos. Poco después, su esposa empezaba a gritar, actuando, como quien no sabía que en verdad dormían y no que no estaban fallecidos; creando un gran revuelo alrededor de la casa, con todo el mundo queriendo saber lo ocurrido, mientras que algún vecino que otro lo acompañaba en busca del doctor Park, para ver qué se podía hacer. Cuando llegó con sus hermanos, la casa era un hervidero de gente compungida, angustiada y preguntándose qué era lo que había pasado; el cuerpo de Jaejoong había sido trasladado a la misma sala en la que estaba el de Yunho, seguramente porque alguien había ido en su busca y lo había encontrado igual que a su señor.

Yoochun hizo su parte, declarándolos muertos, y pidiendo que se amortajaran los cadáveres y se enterrasen, ya que podría ser que hubieran contraído alguna enfermedad en su viaje, que todos sabían que habían realizado, que hubiera ocasionado aquel trágico desenlace. Pronto todos iban con la boca cubierta por trapos, que permanecían en su lugar por estar anudados en la nuca, y ayudaban al doctor, su enfermero, y los sirvientes de la casa, a preparar los cuerpos dentro de las mortajas, rezar algunas oraciones por sus espíritus, e iniciar el camino hacia donde serían enterrados; la orilla del lago, donde se encontraba la tumba de Jaejoongieh, y todos imaginaban que sería el deseo del joven señor, ser enterrado junto a su difunta y amada primera esposa.

Lee Ann y Hyo Jun, enteradas del plan, fueron al entierro, y, viendo los cuerpos, no pudieron reprimir las lágrimas, pese a saber que todo era puro teatro, sobre todo la primera, quien se veía obligada a experimentar por segunda vez la pérdida de su hijo; pero es que se veía tan real… la gente había comenzado un canto, como de difuntos , acompañando el cortejo fúnebre, pues iban a ser enterrados cerca del lago, junto a la falsa tumba de Jaejoongieh, en la propiedad de los Jung.

Pero a mitad de camino, aquel desgraciado de Song Hyu Neul, había irrumpido, disfrazado de soldado raso, en medio del cortejo, descubriendo los cuerpos de Yunho y Jaejoong, tocándolos, como queriendo constatar que estaban muertos realmente y que no era otro engaño. Pese a que lo era, y la familia lo sabía, era irremediable que a ellos también les molestara aquella falta de tacto por su parte. Aún así, se alegraron al verlo marchar, caminando en sentido contrario a la gente que acompañaba al cortejo, medio cabizbajo, dándoles a entender que, al menos por el momento, todo estaba yendo según lo planeado.

Changmin, Junsu y algunos aldeanos más, abrieron unos agujeros en la tierra, con el largo suficiente para introducir los cuerpos, y luego, con la arena extraída, los cubrieron. Cuando terminaron, dejaron sus palas y se unieron a la oración, junto a todos los presentes; deseando, en su fuero interno, que la ceremonia acabara pronto, para poder sacarlos lo antes posible y suministrarles los antídotos que los devolverían a la vida.

Cuando dieron por finalizado el entierro, fue que se percataron del cortejo real que cruzaba cerca de los límites de las tierras de la hacienda Jung, y Sun Gen vio, entre ellos, al que, sin duda alguna, debía ser el padre de su hermano Jaejoong. Pensó que si era general, al igual que aquel desgraciado que había obligado a su hermano y su cuñado a llegar a ese punto, podría hacer algo para vengarlo o, mínimo, detenerlo; cualquier cosa que evitara que, si todo salía según lo esperado, Song Hyu Neul volviera a hacerles daño de alguna forma. Por eso acabó acercándose a aquel general que acompañaba al rey.

- ¿Es él? –le preguntó a Lee Ann, acercándose al general- madre, dime, él es el padre de mi hermano, ¿verdad?

- ¿Lee Ann? –preguntó extrañado, descendiendo del caballo, para mirar a los ojos de aquella mujer, que parecía reconocer, pero que le esquivaba la mirada.

- Madre… -volvió a urgirle

- Lee Ann, ¿tuvimos un hijo? –ella se limitó a asentir, y la expresión del general fue de completa sorpresa, mientras ella volvía a rehuirle la mirada -¿Dónde está? –quiso saber, y la expresión de los presentes, le hizo reaccionar

- ¿Qué le ocurrió a Jaejoong? –preguntó el rey directamente, haciendo que todos, incluyendo su hermano, le mirasen sorprendidos

- ¿Tú lo sabías? –preguntó, Tae Woon, completamente desconcertado y, juraría, algo molesto

- Si lo hubieras visto, no te extrañaría tanto; lo supe tan pronto mis ojos se posaron en él, es tu viva imagen…

- Era… -dijo, al borde del llanto Lee Ann- era igual a ti.

- ¿Cuándo lo conociste? –reprochó a Jin, sin darse cuenta de la familiaridad con la que lo estaba tratando, pese a no estar a solas

- Cuando vino Yunho a palacio la última vez, él era el amigo que lo acompañaba y ayudaba con las traducciones, bueno, cuando yo le dejaba. –sonrió algo divertido, recordando las veces que se lo había llevado, pues quería disfrutar de la compañía de su sobrino, pese a que éste parecía ignorar ese lazo de sangre que había entre ellos, claro que, teniendo en cuenta que ni su propio hermano sabía que tenía un hijo, era normal- Ahora entiendo de dónde sacó la expresividad de su mirada. –comentó mirando a Lee Ann

- Gracias, majestad. –contestó en una reverencia

- ¿Qué le ha ocurrido? –se interesó, y se le encogió el alma cuando vio hacia donde miraba, dos tumbas recién cubiertas- ¿Yunho? –ambas asintieron, y su hermano pareció estremecerse, igual que él

- ¿Cómo fue? –preguntó Tae Woon

- El general Song. –dijo la joven

- Sun Gen… -le regañó la madre

- Lo siento madre, pero es la verdad, si el general Song no hubiera vuelto, ellos aún estarían vivos. –casi lloró, reviviendo, en cierto modo, todo el dolor que aquel hombre les había provocado de alguna forma



Después de esa conversación, cuando fueron a casa de los Jung para que les explicaran en más detalle lo que había sido la vida de Jaejoong y Yunho, Changmin, Junsu y Yoochun, aprovecharon para ir a desenterrar los cuerpos y meter las mortajas falsas que Sun Gen había preparado y que ocuparían desde entonces las tumbas. Los llevaron a la cabaña donde había estado viviendo Jae, que era la más cercana, y allí les administraron los antídotos; marchándose hacia la casa, el doctor y el enfermero, una vez que ambos habían empezado a reaccionar, más que nada para no levantar sospechas de que algo raro pasaba. Más tarde, Changmin siguió los pasos de sus hermanos, dejando a los dos sentados y tomando un poco más de una sopa ligera y algo de agua, para recuperar fuerzas; en cuanto todo se normalizara un poco, volverían a verlos y cuidar mejor de ellos.

Poco antes de que el rey se marchara, mientras que el general Kim ayudaba a Lee Ann a cargar las cosas para ir a palacio, el doctor Park le indicó al monarca que Jaejoong y Yunho habían despertado bien y parecían estar en perfecto estado, pero quería que se quedasen descansando un poco más, hasta restablecerse por completo del veneno de aquellas plantas, al menos hasta que él intuyera que los efectos de aquellas hierbas habían abandonado por completo sus cuerpos.



Yunho volvió a leer lo que decía aquella carta, “en cuanto despertéis, venid a palacio”. Aquello era lo único que aparecía escrito en la nota que le había dado Yoochun, una orden simple, concisa y clara, que estaban dispuestos a llevar a cabo tres días después de lo previsto, y aún en contra de los consejos y advertencias de Yoochun, quien los quería mantener vigilados unos días o semanas más.

Habían preparado todo para marcharse esa misma tarde, después de la comida familiar, para celebrar que todo seguía yendo según lo esperado y el más que posible embarazo de Sun Gen, que cumpliría con el deseo de las progenitoras de ser abuelas.

Después de comer, emprendieron camino a la capital, al palacio real, con sus rostros cubiertos para no ser reconocidos; evitando los lugares concurridos y a la gente en general; descansando, cuando era necesario, en medio del campo, en lugar de alguna confortable posada, conscientes de que, al llevar la cara cubierta, los posaderos los considerarían enfermos, y no les dejarían pasar a una habitación, eso si no los tomaban por asaltadores y llamaban a la guardia, con el riesgo que aquello comportaba, ser descubiertos y llevados al calabozo, donde, era bastante probable, el general Song los acabaría reconociendo, y preferían no pensar cuál sería su reacción, ni las represalias que tomaría por el engaño.

Cuando llegaron a las puertas de palacio, agradecieron ver a Lee Ann salir, acercándose a ella y dándose a conocer, bajando la tela que cubría parte de su rostro. La ayudaron a comprar y cargar con las cosas, aprovechando esa excusa para entrar dentro de los muros de la fortaleza real. Y, tras dejar la compra en la cocina, ella misma les acompañó hasta los aposentos del monarca; quedándose con ellos, a petición del rey, escuchando lo que el soberano quería que hicieran a partir de ese instante.



- Viviréis en palacio.

- Pero majestad, -rebatió Yunho- aquí nos conocen, y el general daría con nosotros a su regreso.

- Lo sé, por ese motivo llevaréis estas máscaras. –dijo Jin, entregándoles una dorada y otra plateada, con las que cubrieron sus rostros- A partir de hoy seréis mi escolta secreta y privada, y para el resto de la corte sólo seréis sombras. De ahora en adelante, vuestro trabajo será la protección del rey.

- Como usted ordene, majestad. –asintieron ambos en una reverencia.

- Pronto acabará todo. Lee Ann.

- ¿Sí, majestad?

- A ti te encargo otro importante cometido. –ella escuchaba atentamente- Quiero que me mandes a una de las concubinas el día que sea más fértil, para que conciba al próximo heredero al trono.

- Pero, majestad, ¿y la reina?

- Ella perdió todo el derecho, al yacer con Song Hyu Neul…. No puedo perdonar lo que le ha hecho a mi familia.

- Entiendo. –respondió, con una leve reverencia, sabiendo que se refería a que ahora conocía todo lo que había pasado Jaejoong, su sobrino, a manos de aquel hombre- Haré como me mandáis.

- Gracias. –estaban por irse, cuando recordó algo más que debía decir- Lee Ann, -la mencionada le miró- deberás cuidar de Tae Woon, -ella asintió- e intentar que no sufra más de lo necesario; aunque de momento tenga que seguir pensando que su hijo está muerto.

- Así lo haré, majestad. –se despidió en un reverencia y los tres abandonaron los aposentos del monarca.

- ¿Hijo? –preguntó Yunho, algo confundido- No sabía que el general estuviera casado y tuviera familia.

- No lo está. –respondió Lee Ann- Pero sí que ha sido padre, y el hijo del general Kim, no es otro más que nuestro Jaejoong. –acariciando la mejilla de la máscara que éste llevaba puesta.



Las máscaras ocultaron aquella expresión de profunda sorpresa que ambos tenían y que Lee Ann intuía. Aprovechó el camino de vuelta a los dormitorios para contarles la historia de cómo había sido engendrado, dándole, así, a conocer el motivo por el que el señor Kang lo había separado de ella en su nacimiento y el porqué su padre, el general Kim, no sabía nada de él hasta el día en que ambos habían sido enterrados, y que ahora ansiaba el vengarlos a los dos, pues también le tenía aprecio a Yunho. También les contó que ya él sabía de la relación que ambos mantenían, al igual que el rey, y que a ninguno había parecido desagradarle lo más mínimo, por lo que, además de con el suyo y el de la difunta Jeon Bo, también contaban con el beneplácito y la bendición del rey y el padre de Jaejoong.



Una vez llegaron al dormitorio que habían preparado para ellos, se despidieron de Lee Ann, y desempacaron sus cosas, las pocas que habían llevado, pues desconocían los planes que tenía el rey sobre ellos. Disfrutaron de la cena que la señora Kang les llevó, y se prepararon para dormir; el viaje había sido largo y pesado, algo más que de costumbre, al tener que hacerlo por caminos pocos transitados y algo escarpados, que habían puesto a prueba tanto la resistencia de sus caballos, como las suyas propias.

Jaejoong sabía que Yunho le estaba dando vueltas a la cabeza, había algo que lo tenía preocupado o, como mínimo, inquieto, algo desosegado; se lo notaba en que no había dicho una palabra durante la cena, en que la mirada parecía perdida en algún punto inexistente, y en que, cuando se fueron a dormir, se limitó a darle un beso en la mejilla.



- ¿Qué te ocurre? –preguntó, tumbado sobre su costado, mirando como él tenía la vista fijada en el techo de la habitación.

- Eres hijo de un general… y además… ese general es el hermano del rey… tienes sangre real… -respondió, mirándole un instante, antes de volver a mirar hacia el frente.

- ¿Y? eso no cambia nada Yunho… -acercándose a él- ¿Recuerdas cuales fueron las palabras de mi madre? –cuestionó.

- Que eras el hijo del general Kim. –respondió sin apartar la vista de las vigas de madera que atravesaban la parte alta de la estancia.

- Sus palabras textuales fueron “el hijo del general Kim, no es otro más que nuestro Jaejoong”. –corrigió- “Nuestro”, Yunho, esa es la clave… mi madre dijo “nuestro” a sabiendas que te pertenezco. –afirmó, acariciando su mejilla, haciendo que lo mirase- Te pertenezco Yunho, -recalcó, ya sin usar su apellido, pues quería que supiera que era a él, como hombre, y no a un posible apellido o título- desde el mismo día en que me enamoré de ti y lo acepté, desde que te entregué mi cuerpo y mi espíritu la primera vez que hicimos el amor… ¿lo recuerdas? –los ojos de Yunho no rompían el contacto con su mirada- te prometí, como lo hago ahora,- poniendo una de sus manos sobre su corazón- que, aunque no hubieras sido el primero en poseerme, serías el último, que no dejaría que nadie más me tocase, porque sólo quiero ser tuyo. –por fin sonrió, de una forma tan tierna, que lo desarmó por completo, haciéndolo sentir tremendamente vulnerable.

- Te amo Jaejoong. –acariciando su mejilla, besándolo lentamente en los labios, envolviéndolo con sus brazos, haciendo que se fuera posicionando sobre su cuerpo, gozando de su calor y los gemidos que comenzaban a salir de aquella sensual boca.

- Lo que siento por ti, no lo va a cambiar nada ni nadie…

- ¿Ni siquiera el rey? –cuestionó, pero sintiendo que sabía de antemano la respuesta.

- Ni siquiera los mismos espíritus…

En la mañana, Jin Hyo se presentó en sus aposentos y les explicó que, cuando ellos volvieron a palacio, y como el general Song estaba presente, se había visto obligado a frenar el deseo del general Kim de acabar con la vida de aquel que había torturado a su hijo; y desde entonces, estaba temiendo que, algún día, él no estuviera delante para evitar que su hermano matase a Hyu Neul, y se viera en la dolorosa situación de tener que juzgarlo y condenarlo, algo que quería evitar a toda costa; por ese motivo es que él iba a tomar parte activa en el asunto y solucionarlo de una vez por todas. No les explicó nada más, sólo que solicitaba que se presentasen en el velador que había en uno de los últimos jardines de palacio, y permanecieran ocultos hasta que él les diera la señal; respondiendo a “¿y cuál será la señal?” con un “ya lo sabréis”. Y sin más nada, se marchó del dormitorio, dejándolos a solas, preparándose para lo que fuera que tuvieran que hacer aquella tarde.



Lee Ann había cumplido su cometido, había llevado a la concubina, que aquel día era más fértil, a los aposentos del rey, aunque suponía que no sería la última que fuera, pues el concebir no es tan fácil como pueda parecer, y ahora seguía la nueva orden dada por éste, entretener a Tae Woon todo lo que quedaba de día y noche, pues había cosas que debía tratar sin que él lo supiera. No era tonta, así que suponía perfectamente qué era aquello que el monarca debía tratar en persona y con el desconocimiento de su propio hermano, y eso no podía ser más que vengar todo el sufrimiento que aquél hombre había causado a su familia. Además, si era cierto que lo que quería con aquella concubina era concebir al futuro heredero de la dinastía Kim, sabiendo como sabía que Tae amaba a su hermano, y, ahora, le resultaba bastante obvio que el rey sentía lo mismo por él, comprendía también que no quisiera que él estuviera cerca cuando lo hiciera con aquella chica, a la que se le había iluminado el rostro al saberse la escogida para el monarca, ya que el soberano sentiría que estaba traicionando lo que sentía por Tae Woon, y a éste le sentaría fatal escuchar los sonidos propios que emite una alcoba, cuando en ésta se están manteniendo relaciones sexuales.

Para lograr que Tae Woon se separase de Jin Hyo, le dijo al general que tenía que hablar con él, que quería comentarle lo que había pasado desde que él se marchó de su lado, todo lo que ella había descubierto sobre el hijo que tenían en común… ya que el día del funeral, todo había sido comentado a grandes rasgos, pues entendían que ellos tenían prisa por cumplir con la reunión que el rey tenía con aquel ministro; además que, al ser un instante tan emotivo, seguramente habían pasado por alto algunas cosas y ella quería sincerarse con él, dejar las cosas claras, sin que hubiera ningún tipo de malentendido, pues sentía que se lo debía porque él le había dado lo segundo mejor de su vida, su segundo hijo.

Hablando, Lee Ann confirmó sus sospechas sobre los sentimientos que ambos hermanos mantenían uno con respecto al otro, y que ella había sido la excusa de Tae Woon para poder mantener la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte. No se sintió mal, pues de sobra sabía que ella había sido una vía de escape al dolor que sentía el pecho del general, al igual que él lo había sido del sufrimiento que hacía al suyo agonizar, en ningún momento hubo amor, si descartaban aquellos instantes de infinita ternura después de haberse entregado el uno al otro. Si tenía que ser sincera, más que hacerle un favor al rey, aquello le estaba sirviendo a ella en su propio beneficio, pues, por primera vez en mucho tiempo, se sentía realmente libre y dueña de sí misma, y, en cierto modo, también querida con un cariño algo parecido al que sus hijos podían darle; y es que, además de gratitud, también podía notar, en la voz de Tae Woon, cierto aprecio, un cariño que quería o deseaba que creciera y se convirtiera en algo más, pero sabía demás, sólo era porque Tae seguía empeñado en olvidar el amor que sentía por Jin. Aunque, quizás, con el tiempo… quién sabe si no naciera algo real entre ellos, dos almas heridas por culpa del amor.



Sentado en un elegante cojín, ante una pequeña mesa, Jin Hyo esperaba a que llegase su invitado. Había escogido un lugar alejado de todo el movimiento de la corte, quería estar tranquilo, y allí se respiraba serenidad, en aquella pequeña carpa que a veces servía de velador. Tenía el agua puesta a calentar y estaba haciendo todos los preparativos para la ceremonia del té, tal y como su madre le enseñara. No había llevado escolta alguna, lo que quería decir, que se había escapado de los soldados que lo vigilaban, los mismos que, en el caso que le ocurriera algo, padecerían la ira de su hermano; pero, ¿qué podía pasar?, no era más que tomar un té. Al poco tiempo, vio la sombra de su invitado pasar por fuera de las telas de la carpa, buscando la entrada a la misma; con una sonrisa, le ofreció asiento, y le invitó a relajarse con él, pues lo veía realmente tenso.



- Está con su esposa, así que no debéis temer. –le decía, más bien reprochaba su nerviosismo, ya que no había parado de mirar repetidamente hacia todos lados, sin dejar de moverse sobre el cojín en el que estaba sentado.

- Lo siento majestad. –se excusaba- Pero, como siempre suele estar con usted…-como queriendo indicarle que tenía motivos de sobra para estar temeroso de que apareciera de la nada aquel que, con su mirada, parecía haberle jurado una muerte segura atravesado por el filo de su espada.

- Ahora tiene que recuperar momentos perdidos de la vida de su hijo. –comentaba, mientras sus manos, humedecidas levemente, acariciaban cada una de las hojas de té destinadas a la ceremonia- Así que no debéis temer, no creo que se presente por aquí. –mirándole a los ojos un instante, antes de proseguir con la tradición aprendida.

- Lo lamento. –volvió a excusarse, y se fijó en él, Jin podía sentir su mirada fija en cada movimiento, pero la concentración que tenía, le impidió llegar a sentirse demasiado incómodo y apresurar las cosas, el plan debía continuar su curso.

- Aquí tiene. –le largó el cuenco donde había preparado el té- Tómeselo y relájese. –le encomió, levantándose y yendo hacia él- No hay nada que temer, -dijo, situándose de pie a su lado- mi hermano no vendrá, él cree que estoy durmiendo en mi dormitorio. –indicó, consciente de que el presente sabía del rumor que circulaba por toda la corte, sobre el parentesco que ambos mantenían, y que estaba lejos de ser secreto, pues muchos eran los soldados que habían estado a la orden de su padre, que habían mencionado el gran parecido de Tae Woon con el progenitor de ambos- Así que no tenéis que preocuparos por él… -lo sintió sonreír, al tiempo que llevaba el pequeño bol hacia sus labios, y él se situaba a su espalda- si no por mí. –dijo, antes de clavarle una pequeña daga en el medio de la espalda



El vaso de barro cayó al suelo, derramando todo el contenido, pues ni una leve gota había pasado más allá de los labios de aquel desgraciado, que ahora se retorcía de dolor junto a los fragmentos rotos de loza, sin poder sacarse el filo que lo tenía herido, prácticamente de muerte. De hecho, sentía como la vida lo iba abandonando a cada bocanada de aire que ansiaba tomar, y que volvía el dolor cada vez más ardiente, más abrasador, menos soportable, más delirante.



- No. –ordenó el rey- Rematarle sería tener una compasión de la que no es digno.

- Tiene razón. –dijo Yunho, mientras comenzaba a ayudar al monarca a cambiarse las ropas, pues se habían manchado de sangre, y ponerse otra limpia, que no descubriera lo que había hecho.

- Me pregunto cómo te recibirán los espíritus de las personas que mataste. –le habló Jaejoong al general, retirándose la máscara que cubría su rostro, observando cómo los ojos de éste se abrían sobremanera, su boca pareciendo querer articular y pronunciar su nombre, si bien sólo salió sangre más allá de sus labios.

- Tenemos que irnos. –dijo Yunho, quitándose la máscara que le cubría a él un instante; Jaejoong asintió, y ambos ayudaron al monarca a regresar a sus aposentos.









- El general Song Hyu Neul murió desangrado. –confesó Yunho.

- Supongo que la sorpresa de ver a Yunho y Jaejoong con vida, cuando los hacía muertos, hizo que el proceso fuera algo más rápido, -aclaró el doctor Park- su corazón agitado haría que la sangre saliera más deprisa por la herida.

- ¿Lo dejasteis agonizante?

- Fue el deseo del rey. –respondió Jaejoong.

- Entiendo…



Jin Hyo solía conseguir lo que quería, como el hecho de que él ignorara que estaba muriendo hasta que ya le fue imposible ocultárselo por más tiempo, o el de que su hijo seguía con vida y que todo había sido planeado para escapar de aquel degenerado que había encontrado su merecido, muriendo frente a aquellos a los que había jurado matar, de la forma más deshonrosa que puede morir un soldado, desangrándose como una mísera rata.

Y es que él sólo había descubierto la verdad, tras el funeral de su hermano, cuando aquellas dos sombras habían aparecido junto a su tumba para dejar flores en ella, y él les había urgido a identificarse si no querían probar el filo de su katana. Yunho fue el primero que se retiró la máscara, siguiendo sus indicaciones, y después Jaejoong, quien, como su hermano dijera, era igual que él.

Aún hoy, después de tanto tiempo desde la muerte del rey, su adorado Jin seguía consiguiendo lo que quería, pues él había criado a su hijo, tal como fue su deseo que hiciera y Yunho y Jaejoong, seguían siendo las sombras protectoras de la dinastía Kim. Sin contar con que, finalmente, se casó con Lee Ann, siguiendo otro de los deseos de su hermano.

- Tae Woon. –le despertó de aquel medio sueño- Tae…

- Dime. –apretándolo más entre sus brazos

- Cuando muera…

- No quiero que hables de eso.- renegó enfadado, ya sabía que era inevitable, pero prefería no pensarlo

- Cuando muera… -haciendo oídos sordos a su petición- no quiero que me llores demasiado…

- Eso no puedo prometértelo Jin.

- Pero quiero que seas feliz… con Lee Ann. –dijo finalmente.

- ¿Con Lee Ann?, pero si ya te dijimos que… -le calló con un dedo

- Lo sé, no hubo amor… pero eso fue entonces, y después, será después…

- No puedo prometerte nada Jin. –dijo, más que nada, para terminar con aquel tema que tanto le desagradaba; abrazándolo un poco más fuerte, besando su frente e instándolo así a dormir- Solo que… voy a quererte siempre. –susurró.

8 comentarios:

  1. Anónimo5/25/2013

    kyaaaaaaaaaaaaaa! gracias gracias gracias..estuve esperando esto por mucho..TE ADOROOOOOOOOOO ah x cierto....ME ENCANTO EL CAPITULO KYA...JAE YA SABE TODO! YUNHO YA SABE TODO...TODOS SABEN TODO! EHHHHHHHH! -se va escupiendo arcoiris- adoro este fic y a quien lo elaboro e.e
    by: Amid-Hashira

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  2. muy muy muy bueno me rete encanto un millón de gracias por terminarlo después de tanto tiempo me encanto lo adoro aaaaaaaaaah y yo que pensé que yunho y jj avían muerto nomas sufrir lo bueno que siguieron juntos y el malvado ese murió como la rata que era y ahora todo es paz armonía y amorrrrr GRACIAS GRACIAS por todo el esfuerzo que hicieron por hacer esta historia buenísima y gracias a Staff says por subir esta historia las adoro BYE BYE

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  3. No nooo yo quiero q muera el hijodel rey y jaejoong quede como.rey yyyyy q se quite esa ley q prohibe a los.hombres estar juntos esome hari maas felizz kyyiii es la primera vrz q leoo algo taan largooo comiendo ansias desde hace mesees

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  4. milibunny9/19/2013

    ahhhhhhhhhhh por fin hace cuanto que esperaba la continuacion me encanto el final jaejoong es un noble ahhhhhhhhh que lindo :3

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  5. me en canto , muy buena <3<3<<3

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  6. Anónimo2/13/2014

    Dios santo!!! He de aceptar que me tenias pegada al fic en mis tatos libres!!! BUENISIMO!!!
    Gracias por escribir... te sacaste un mil!!! :D

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  7. Todo fue Hermoso, muy buena la historia gracias aúnq odie q el Rey muriera eso fue lo único q no me gustó, yo quería q el fuera feliz con su amor, fue un personaje tan maravilloso q lo ame en demasía TuT lástima..... Gracias x compartir

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  8. Todo fue Hermoso, muy buena la historia gracias aúnq odie q el Rey muriera eso fue lo único q no me gustó, yo quería q el fuera feliz con su amor, fue un personaje tan maravilloso q lo ame en demasía TuT lástima..... Gracias x compartir

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