Fúnebre Maníaco

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Título: Fúnebre Maníaco 
Autor: Meguri
Pareja: YooMin
Dios: Anubis - Egipto
Extensión: Oneshot
Género: Slash.






27 de Noviembre; 1:34 AM:

Nunca me había puesto a pensar lo distinto que se puede volver el mundo cuando conoces a una persona. Crees saberlo todo, conocerlo todo o por lo menos entenderlo todo, hasta que esa persona te muestra las cosas de una forma completamente diferente. Eso me ocurrió el día en que lo conocí. 



Por accidente, por supuesto. 

Cuando lo vi, parecía una persona completamente normal, jamás hubiera imaginado que sería tan diferente al resto y que supiera que su vida estaba terminando. Lo realmente impresionante, es que él vivía sabiéndolo y aun así parecía no afectarle.

Definitivamente, hay gente increíble, y él.”


Corría tan rápido como podía.

Sentía que venían detrás de él, que corrían tan rápido como él y que lo alcanzarían en cualquier momento.

Sentía miedo.

El pasillo por delante era estrecho y largo. Como si no tuviera fin.

Miró hacia atrás una vez más y comprobó lo que sabía.

No había nadie detrás de él. Sabía que aquellas personas, no saldrían jamás de sus celdas a menos que él se las abriera. Pero aun así huía de ellos.

Lo desesperaban. Lo llenaban de miedo cada vez que los veía. Como si todos ellos estuvieran poseídos por algún demonio y él pudiera verlo a través de sus ojos.

Sus ojos, sus miradas, sus rostros, todo en ellos no hacía más que producirle escalofríos.

Comenzó a disminuir la velocidad y a observar su alrededor.

Los había dejado atrás. Había huido de aquella habitación a tiempo.

Nadie lo seguía.

Su respiración agitada comenzó a calmarse y a volverse más pausada.

Se apoyó en la pared y suspiró. – Solo una más.

Inhalaba y exhalaba profundamente para empezar a recobrar el aliento. Tenía que prepararse para la siguiente habitación.

Llenó de aire sus pulmones y se puso en marcha nuevamente.

No quería entrar ahí, pero era la última habitación que le tocaba revisar aquella noche.

Puso su mano en la manilla de la puerta y exhaló todo el aire de sus pulmones.

En cuanto comenzó el sonido de la puerta abriéndose, dentro todos comenzaron a gritar.

Ellos sabían que estaba ahí. Sabían que él había llegado.

Una vez más el frío de aquella habitación se apoderó de su cuerpo. Sentía cómo el miedo corría por sus venas, cómo el pánico se apoderaba de sus movimientos con cada paso que daba.

Nadie lo observaba, pero todos gritaban.

Algunos emitiendo sonidos inentendibles. Palabras que no estaban en ningún idioma reconocible.

La luz de aquel lugar era tenue. Demasiado para su gusto y para el ojo de cualquiera.

Se veía obligado a utilizar la linterna para comprobar que todo y todos estaban en orden.

Definitivamente, si había algo peor que estar en ese lugar a esas horas de la noche, era el hecho de tener que alumbrar con una linterna cada una de esas celdas.

Ver el detalle de cada una de ellas.

Alumbró a su alrededor y lo que vio lo hizo congelarse inmediatamente.

Estaba rodeado de todos ellos. Eran cientos, miles quizá.

A ambos lados del pasillo. Cada uno en su celda.

Algunos con el rostro quemado. Deformado.

Otros acostados en la cama.

Sentados en sillas.

Llorando.

Riendo.

Conversando con paredes.

Golpeándose contra muebles.

Cantando.

Pero todos con las manos amarradas.

Era como si cada uno estuviera en un mundo distinto. Como si no pudieran verlo ni oírlo.

Tragó saliva.

Sus manos tiritaban de miedo y con ellas lo hacían la luz que proporcionaba la linterna.

Él sabía que cada una de las personas que estaban ahí tenía razones suficientes para privarse de ver la luz del sol día a día.

Comenzó a avanzar lentamente por el pasillo.

Nadie lo miraba.

Lo ignoraban completamente.

Como si siempre hubiera sido parte de eso. O, todo lo contrario, como si no estuviera ahí.

Avanzaba lentamente, tratando de no levantar ni la menor sospecha de que estaba ahí. Quería pasar desapercibido hasta que llegara al final del pasillo. Solo iba a verificar que todo estuviera cerrado y luego se iría de ahí. No volvería nunca más.

Por lo menos no hasta la noche siguiente.

Avanzaba con sus ojos puestos en cada una de las personas que ahí se encontraban. No quería dejar a nadie fuera de su vista. Sentía que en cualquier minuto alguno de ellos podría escaparse de su celda y sorprenderlo en el pasillo.

Lamentablemente, no estaba tan alejado de la realidad.

- ¿Tú debes ser el guardia nuevo, no?

De pronto, una voz al final del pasillo lo hizo congelarse.

- Tu rostro lo dice todo. – Seguía diciendo la voz. –Hay miedo en tu mirada.

Comenzó a avanzar. Tratando de acercarse a la celda desde donde provenía la voz.

- Además, hace tres noches que estamos sin guardia porque el anterior no duró más de un día.

La voz sonaba cada vez más cerca. Era difícil encontrar a la persona que le estaba hablando. Si bien en todas las jaulas había solo una persona, todos los hombres estaban conversando, lamentándose o emitiendo cualquier tipo de ruido que hacía imposible el saber quién de todos ellos era el que, supuestamente, estaba hablando con él.

Hasta que llegó a la celda 315.

Había un hombre. Un joven más bien.

Supo que era él quien le hablaba, porque entre todos los hombres que se encontraban en ese lugar, él era el único que lo estaba mirando.

Su corazón se paralizó por completo.

Los ojos de aquel joven lo atravesaban como si fueran capaces de verlo todo. Se sentía desnudo frente a él. Era como si su mirada fuera un escáner y cada uno de sus movimientos estuvieran siendo grabados en algún lugar de la mente de aquel que lo miraba.

- Soy Anubis, un gusto. – Dijo el hombre de la celda.

Sus ojos se posaron sobre la placa de la celda en donde se encontraba el nombre de cada paciente. La placa titulaba “S. Changmin”

- Aunque claro, aquí les gusta llamarme de otra manera. – Dijo sonriendo.

Ni siquiera había comenzado a correr y ya sentía que su corazón había comenzado a latir a mil por hora. El miedo se apoderaba de él una vez más.

Soltó la linterna de sus manos y alcanzó a escuchar las últimas palabras del joven antes de salir corriendo.

Se volvió a mirarlo una última vez. Su rostro se asomaba entre la reja de la celda y no dejaba de sonreír.

Sus ojos, su mirada.

Todo indicaba que era un loco más de aquel lugar. Otra persona con aquel tipo de enfermedad.

No se atrevió a volver a buscar la linterna. Solo quería irse de ese lugar.

No quería volver ahí, nunca más.

27 de Noviembre; 3:16 AM:



¿En qué te puedes basar para saber que alguien es normal o enfermo? ¿Cómo saber si alguien realmente entra en la categoría de gente normal? ¿Qué es ser normal para el mundo? Porque yo creía saberlo, creía saber exactamente qué era normal y qué no. Pero ahora que lo pienso de una manera distinta…



Ahora que lo pienso y veo el mundo desde su punto de vista…

Nada es normal.

¿O acaso todos lo somos?

Ser normal debería ser una etapa en nuestras vidas, no una condición de la misma. O quizá simplemente deberíamos dejar de calificar a la gente de normal. Quizá el mejor remedio para todos nosotros es ser enfermos. De qué forma podemos hacer creer al mundo que la gente enferma es la normal, y que la normal es la que realmente necesita tratamientos y celdas.

No es que no me guste ser como soy, pero desde que lo conocí que comienzo a cuestionarme este tipo de cosas.

Definitivamente, hay gente increíble, y él.”


Su primera noche en ese lugar había sido totalmente como lo había esperado.

Terrible.

Todos en ese edificio le habían dicho que no soportaría la primera noche, que se iría en cuanto supiera contra quiénes se enfrentaba. No habían estado tan alejados de la verdad, pero no se había ido. No se había rendido. Había superado la primera noche, no de la mejor manera por supuesto, pero estaba casi listo para enfrentar una segunda.

Lo que más le había llamado la atención, o mejor dicho, lo que más lo había espantado era el hecho de que ninguno de los pacientes tratados en ese lugar parecía estar al tanto de que todo su mundo y, prácticamente, toda su vida se veía reducida a una celda. Era como si ninguno supiera que existía un mundo fuera de eso. Un exterior.

- Señor Park.

Ni siquiera eran capaces de mirarlo, de saber que su espacio estaba delimitado por tres gruesas paredes y una reja. Como si el pasillo entre una celda y otra simplemente no estuviera ahí. Todos parecían sufrir ese mismo trastorno.

Todos excepto él.

Él lo había mirado. Incluso le había hablado. Él parecía darse cuenta de las cosas que lo rodeaban, por lo menos parecía conocer el hecho de que estaba dentro de una celda. No como los otros, que parecían ciegos a todo lo demás.

- ¡Yoochun!

El grito de uno de sus compañeros lo había hecho salir de sus pensamientos.

- El General te está preguntando si estás listo para esta noche.

Yoochun lo miró sin emitir palabra por unos segundos y luego respondió. – Sí, estoy listo, señor.

- Perfecto. – Respondió el General. – Esta noche al parecer también te corresponde el sector de enfermedades mentales.

Todas las miradas se posaron en él.

Todos lo sabían, el sector de enfermedades mentales era el peor de todos. Nadie, absolutamente nadie, quería vigilar ese lugar. Ni siquiera el mismo General.

Pero había una razón por la que Yoochun no podía pedir ser cambiado de sector. Él era el tipo nuevo dentro de ese trabajo. Aquel sujeto al que ponen a prueba la primera semana para ver si se ganaba el respeto de sus compañeros y de sus mayores. Por esa razón Yoochun no dijo nada cuando habían confirmado su mayor temor.

Después de todo ya había pasado una noche ahí. Solo le quedaban seis más y toda su tortura terminaría.

~~~~~ * ~~~~~

Se despidió de sus compañeros antes de comenzar a subir las escaleras.

El sector de enfermedades mentales quedaba en el último nivel de aquel edificio. Muchos se referían a aquel sector como “La Morada del Diablo”. Nombre que por cierto no estaba tan alejado de la cruel realidad.

El solo hecho de saber que uno tenía que ir ahí, ya le producía un cierto escalofrío. Pero las cosas eran muy distintas cuando uno entraba a una de esas habitaciones. Era como si el frío de ese lugar se colara entre tu ropa y atravesara hasta tus huesos. Te dejaba con un sentimiento extraño el solo respirar ese aire.

Como si no solo la gente de ahí fuera la que padeciera de la enfermedad, sino que paredes, aire e incluso la temperatura estuvieran enfermas o padecieran algún trastorno.

Llegó al último nivel, avanzó por el pasillo y se detuvo frente a la primera puerta.

Llenó sus pulmones de aire y abrió.

Exactamente igual que la noche anterior, todos en ese lugar comenzaron a gritar. Gritos de sufrimiento como si los estuvieran golpeando o matando.

Comenzó a avanzar entre las celdas, ya había estado ahí la noche anterior, por lo que una segunda vez no debía ser tan terrible como la primera.

Anoche no tenía idea a qué se enfrentaba. Hoy sí.

Creía ir preparado tanto física como psicológicamente para entrar a esas habitaciones. Eran cuatro en total. Cuatro habitaciones en donde en cada una había cien celdas. Cincuenta a cada lado de la habitación, separadas por un pasillo angosto en donde cabían solo tres personas paradas una al lado de la otra.

Un total de cuatrocientas personas internadas en ese lugar.

Cuatrocientas personas que hacían difícil el caminar por el último nivel. Cuatrocientas personas que probablemente habían quedado olvidadas en ese lugar. Nadie iba a visitarlas.

Ni familiares ni amigos. Olvidadas completamente.

Con cada paso que daba sentía cómo el miedo se apoderaba de su cuerpo. Su corazón latía rápido y sudaba frío.

Miraba a la gente de ahí y una pena comenzaba a llenarlo. Muchos de ellos se golpeaban. Otros giraban en el suelo mientras tiraban de sus cabellos.

Era terrible.

Anormal.

Comenzó a avanzar rápido para luego ponerse a correr. Salió de aquella habitación y cerró la puerta bruscamente. Se apoyó contra la pared y cerró los ojos.

La primera habitación de la noche estaba lista.

Aun le quedaban tres más por recorrer, sabía que sería una larga noche.


28 de Noviembre; 2:08 AM:



Locos.



Todos están locos. No importa hacia donde mire, cada una de estas personas padece una enfermedad.

Todas, excepto él.

Si alguien alguna vez se hubiera acercado y me hubiera dicho que un verdadero Dios estaba con nosotros, no le hubiera creído.

Pero verlo a él es diferente. 

Cada noche que lo veo es como si descubriera algo nuevo. Algo oculto en su mirada. 

Una parte de su mundo se queda en mí cada vez que lo veo. Cualquiera diría que es un simple mortal. Un simple humano. Un simple hombre.

Pero para mí es como un Dios. Un ejemplo. Una luz en toda esta oscuridad.

Definitivamente, hay gente increíble, y él.” 


Cuatro horas habían pasado desde que su noche de vigilancia había comenzado.

Al igual que su primera noche, ésta había comenzado a media noche, y ahí tenía que quedarse hasta que la luz del sol comenzara a entrar por las ventanas y las enfermeras comenzaran a entrar para alimentar a esas pobres almas.

Sus pasos cada vez eran más inseguros y pequeños.

Solo le quedaba revisar la habitación donde estaba él. No tenía idea de cómo iba a reaccionar esta vez. Su primera noche ahí le había hablado, lo había mirado y le había hecho preguntas. Pero esta vez nada ni nadie le aseguraba su reacción. Con esa gente jamás se podía estar seguro de nada.

Solo quería entrar, revisar y salir tan rápido de ahí como lo había hecho con las otras habitaciones.

El hecho de que ese joven lo mirara lo hacía ponerse nervioso.

Ya era bastante terrible el tener que ver a todas esas personas sufrir encerradas como para que uno de ellos se atreviera a mirarlo a los ojos.

Eso le daba pánico. Establecer contacto visual con uno de ellos.

Que ellos se dieran cuenta de que estaba ahí era mil veces peor que escucharlos gritar.

En cuanto abrió la puerta su corazón comenzó a latir rápidamente.

Todos estaban igual, era como entrar una y otra vez a la misma habitación. Los pacientes no cambiaban. Todos estaban igual de locos.

Diferentes formas de expresar su locura, pero todos iguales al fin y al cabo.

Avanzaba lentamente por el pasillo.

Aún estaba a unos metros de la celda 315 cuando escuchó su voz nuevamente.

- Pensé que no volverías. – Dijo sin dejarse ver. – Nadie lo hace, nadie vuelve.

Yoochun comenzó a acercarse y comenzó a aparecer su silueta lentamente.

Estaba sentado en el suelo, su espalda apoyada en la pared y sus piernas estiradas.

- Nadie vuelva jamás a este lugar. – Dijo esta vez mirándolo.

Yoochun tragó saliva y dio los últimos pasos para quedar por completo frente a su celda.

Era increíble cómo su mirada confirmaba su locura. De pronto sonrió, y Yoochun estuvo seguro que no había visto jamás a alguien tan loco como él.

Lentamente se puso de pie y se acercó a la reja.

Yoochun lo miró de pies a cabeza y retrocedió, estaba dispuesto a irse de ahí, sin embargo no podía dejar de mirarlo. Lo aterraba el hecho de darle la espalda. No podía fiarse de él.

- Puedo ver tu muerte. – Dijo de pronto haciendo que Yoochun se congelara. – Puedo ver cuántos días te quedan en este mundo.

Yoochun comenzó a avanzar para salir de ahí. No podía quedarse más tiempo. Ese sujeto estaba lo suficientemente loco como para escuchar sus palabras.

Era la última habitación de aquella noche, solo tenía que salir de ahí y su segunda noche quedaba lista.

Se había dado la vuelta para salir de ahí cuando una de sus palabras lo hizo detenerse.

- Yoochun. – Dijo.- Park Yoochun es tu nombre, ¿no?

Yoochun se dio vuelta para mirarlo. ¿Cómo?

¿Cómo era posible que ese sujeto supiera su nombre?

Comenzó a mirar para todas partes. Pensó que sus compañeros le estaban jugando una mala broma y ahora mismo estaban ahí para reírse de él.

Pero no había nadie más que él.

Él era la única persona en el pasillo. Los demás estaban todos en las celdas, gritando y llorando tal cual como cuando había entrado en esa habitación.

- Puedo ver el miedo en tu mirada, Park Yoochun. – Dijo para luego comenzar a reírse.

De pronto todos se callaron.

Su risa llenaba todo el lugar.

Todos los demás se habían quedado quietos en sus celdas. Como si el tiempo se hubiera detenido.

Yoochun lo miró aterrado. - ¿Quién se supone que eres?

El joven dejó de reírse y se volvió a sentar en el suelo, esta vez frente a Yoochun. No dejaba de mirarlo y su sonrisa no se borraba de su rostro.

- Anubis, te lo dije cuando estuviste aquí anoche. – Su sonrisa no se borraba, como si estuviera pegada a su rostro y no pudiera quitársela. – Siéntate, Yoochun.

Yoochun ya había tenido suficiente, no quería quedarse ni un minuto más ahí. El silencio que había ahora era mucho más aterrador que el ruido que producían los gritos de hace un momento.

Desde que el joven se había reído, nadie había vuelto a emitir un sonido.

Nada salía de sus bocas.

Sin embargo seguían moviéndose, seguían golpeándose contra paredes, seguían arrastrándose por el suelo. Pero nadie decía nada. Como si la risa de aquel hombre hubiera sido una señal para que todos dejaran de hablar y gritar.

Como si él tuviera alguna especie de dominio por sobre los demás.

- ¿Sabes que acabas de romper una regla importante en este lugar, no Yoochun? – El joven aún seguía mirándolo. – Una regla clave para este sitio.

Yoochun vio cómo el hombre sacaba una especie de daga de debajo de la camilla.

Instintivamente, Yoochun sacó su arma y lo apuntó directo en la cabeza. – No te muevas.

- Predecible. – Dijo el joven mientras sacaba una mano por la reja y dejaba la daga en el suelo. – Predecible como todos los demás.

Yoochun estaba asustado y confundido. Quería salir de ahí.

¿Qué tipo de loco era ese sujeto?

¿Qué paciente con una enfermedad mental tenía permitido tener una daga en su poder?

Yoochun solo había ido a verificar que todo estuviera bien, pero las cosas se habían complicado. Él no debería estar apuntando con un arma a uno de los pacientes de ese lugar. No debería ni siquiera haber hablado con él. Sabía que ese era uno de los reglamentos de ese edificio. Él, como guardia nocturno, no podía ni siquiera acercarse a las celdas de los pacientes, mucho menos podía hablar con alguno de ellos.

Estaba estrictamente prohibido.

- ¿Te has dado cuenta de la lógica de este lugar? Tú que no estás encerrado en una celda tienes permitido tener un arma contigo y yo que estoy aquí dentro indefenso, no puedo tener mi daga sagrada.

Yoochun no le contestó. Se acercó lentamente hacia la daga para alejarla del sujeto.

La tomaría y se iría de ahí. Ya había quebrado una regla en su segundo día de trabajo. De seguro después de eso lo echarían.

- La curiosidad te come por dentro, ¿no? – Dijo el joven.

- ¿Disculpa?

- No deberías apuntarme con esa arma, no te conviene matarme.

- No lo voy a hacer. – Yoochun sabía que no debía hablarle. – Solo quédate ahí callado y tranquilo, ¿sí?

Yoochun comenzó a retroceder aun apuntándolo con el arma. Miró a su alrededor y los demás hombres parecían no enterarse de lo que sucedía en el pasillo. Como siempre.

Miró la daga en sus manos y luego guardó el arma con el que apuntaba al joven.

Comenzó a dar pequeños pasos hacia atrás. Comenzó a retroceder sin despegar su mirada de la del hombre. El joven no dejaba de mirarlo, observaba cada uno de sus pasos. Cuando Yoochun estuvo unos cuantos metros alejados de su celda, se dio vuelta y comenzó a correr.

Definitivamente, la noche siguiente no volvería ahí.

Sus compañeros y el General verían las grabaciones de la cámara de seguridad y lo despedirían en cosa de segundos. Le dirían que tenía prohibido volver a ese lugar.

Pero no le importaría, porque Yoochun no quería volver más ahí.

Nunca más.

29 de Noviembre; 4:15 AM:



Me encanta la noche. No solo porque todo es más tranquilo y hay menos gente merodeando por el lugar, sino que también porque puedo verlo a él.



No sé qué tipo de magia es la que él utiliza, pero desde que lo vi solo hemos intercambiado unas pocas palabras y es como si ya fuera devoto a su propia religión. 

Me gustaría que se quedara más tiempo aquí conmigo, que pudiéramos intercambiar más palabras. Pero es como si él siempre tuviera algo más que hacer. 

Me encanta observarlo. Hay algo en sus ojos que me atrapa. Aunque él no lo sepa yo puedo verlo. 

Siempre hay miedo en su mirada.

Siempre luce tan inofensivo y dulce.

Definitivamente, hay gente increíble, y él.”


No podía creerlo.

Nadie le había dicho nada porque había hablado con uno de los pacientes. Por más que intentó explicar que incluso lo había apuntado con su arma, nadie lo había despedido.

Cuando les mostró la daga que el joven escondía en su celda solo pudo escuchar un “no de nuevo” de sus bocas.

Al parecer nadie estaba sorprendido por lo que le había ocurrido.

Solo le habían dicho que lo perdonaban por esta vez y que esta noche volviera a ese lugar. Incluso le habían advertido que no hablara mucho con ese sujeto.

Cuando preguntó si era peligroso todos lo habían mirado y habían respondido lo mismo.

“Todos aquí lo son. Lo mejor es no involucrarte con ninguno.”

¿Con ninguno? Pero si aquel joven era el único que podía verlo.

¿Acaso ya lo conocían?

¿Ya sabían que ese sujeto le iba a hablar?

Porque no les había sorprendido la daga que había encontrado. Todo lo contrario. Para Yoochun fue como si para ellos todo fuera algo más bien rutinario.

Supuestamente eso debía tranquilizarlo más.

El saber que muchos de sus compañeros de trabajo ya conocían al sujeto que se hacía llamar Anubis debía calmarlo un poco.

Y lo hacía, pero no lo suficientemente.

Aún quedaba el hecho de que tenía que volver ahí esa noche. Tenía que volver a verlo, porque no podía simplemente pasar esa habitación por alto. No estaría cumpliendo todo su trabajo.

Ahora lo espantaba no el hecho de vigilar las habitaciones, sino el hecho de pasar fuera de su celda.

La celda 315, aquella que tenía al loco más peligroso de todos.

~~~~~ * ~~~~~

Yoochun había llegado al último nivel una vez más. La tercera vez. Había revisado ya todas las otras habitaciones.

Como era tercera vez que estaba ahí, ya no le causaba pánico el entrar a esos lugares. Ya sabía más o menos qué es lo que encontraría en cada una de esas celdas.

Siempre era lo mismo. El hombre de la celda 17 siempre pintaba el mismo sector de la pared, no importaba que tuviera dos paredes blancas más para poder rayar con garabatos, él siempre pintaba aquel rincón detrás de su camilla. O el sujeto de la celda 176, no importaba el tiempo que Yoochun se quedara mirándolo, siempre se movía de un lado a otro mientras tarareaba la misma triste canción. Jamás se quedaba quieto. O también aquel anciano del 259, que no dejaba de mirarse al espejo sentado en el suelo, como si no quisiera perderse ningún segundo de su envejecimiento.

Siempre era lo mismo con todos.

Menos con él. El hecho de que él podía verlo era lo diferente. El hecho de que él podía hablarle y hacerle preguntas era lo que hacía que Yoochun estuviera nervioso.

Ni siquiera sabía si esta vez el joven estaría en su celda cuando él entrara en la habitación. También tenía el terror de entrar y encontrarlo muerto y lleno de sangre en el suelo o sobre la camilla. Había tenido escondida una daga en esa celda, así que Yoochun no sabía qué más podría encontrarse esta vez.

Además, tampoco conocía su nivel de locura. Y no podía quedarse mirándolo hasta que se aburriera como lo hacía con los demás. Entre más tiempo se quedaba con ese sujeto sentía que más peligro corría.

Abrió la puerta de aquella habitación y como lo había hecho con las habitaciones anteriores, comenzó rápidamente a caminar por el pasillo a comprobar que todo estuviera en su sitio.

Todo parecía tranquilo, omitiendo claro, los mismos gritos de siempre.

Todo parecía normal, todo menos él.

- Tercera vez. – Dijo sonriendo sentado desde la camilla. – Supongo que vienes a devolverme mi daga, ¿no?

Yoochun lo miró con el entrecejo fruncido. – Tu daga se la quedaron ellos. – Aventuró a decir sabiendo que tenía prohibido hablarle.

- Oh. – Su sonrisa se había ido. – Entonces, ¿qué me traes a cambio?

Yoochun mordió un poco sus labios y miró hacia la puerta de salida. No estaba lejos. Podría fácilmente darle la espalda e irse de ahí.

Volvió a mirarlo y suspiró. – Dices que te llamas Anubis, ¿no?

- ¿Acaso te mentiría? – Volvió a sonreír. – Por cierto, vuelves a hablarme, eso está prohibido.

- También está prohibido tener armas y tú tenías una.

- La necesito para mis sacrificios. – Dijo poniéndose de pie y acercándose a la reja. – Además, a mí no me gusta seguir reglas.

- A mí tampoco. – Dijo Yoochun.

Estaba nervioso, no podía negarlo.

Pero estaba teniendo una conversación categóricamente normal con ese sujeto. Además, si lo pensaba detenidamente, era mejor tenerlo como amigo que como enemigo. Aun sentía que cualquiera de esos días entraría a la habitación y él estaría esperándolo en el pasillo dispuesto a matarlo.

El joven sonrió una vez más. – Sin cámaras no pueden vernos, ¿cierto?

Yoochun lo quedó mirando sin pestañear por un momento. Odiaba que sonriera. Cada vez que lo hacía sentía que el hombre podía abalanzarse sobre él y matarlo sin piedad.

- Las cámaras de este lugar graban toda la habitación, excepto las celdas 315 y 316. – Dijo.

Yoochun se dio vuelta hacia donde estaban las cámaras. Había solo tres en toda la habitación. Comenzó a analizar el ángulo de cada una de ellas y lo que descubrió lo sorprendió de sobremanera. Era cierto. Ninguna cámara apuntaba hacia esas dos celdas. Se dio vuelta y observó la celda 316. Ahí solo había un hombre acostado de espaldas en la camilla mientras se observaba las manos.

Lo sorprendía el hecho de que cámaras de vigilancia, que estaban diseñadas para grabar todo lo que ocurría en ese lugar, no grabaran a dos celdas de aquella habitación. Pero lo descolocaba completamente el hecho de que aquel joven se hubiera dado cuenta de ello.

Volvió a mirarlo y lo vio sentado en el suelo cerca de la reja.

- Ellos no pudieron verte hablando conmigo. – Dijo apuntando su pecho con una mano. – Solo podían creer en tus palabras y al parecer no lo hicieron.

Yoochun se sentó lentamente frente a él a una distancia en la que ninguno de los dos se alcanzara. - Les mostré tu daga y ellos te conocen, saben que hablas con la gente.

- La daga me la regaló una de las enfermeras que nos vienen a ver algunos días.

- Las enfermeras no pueden andar con ese tipo de cosas en un manicomio. – Dijo Yoochun.

- Y tú no puedes hablar conmigo, Yoochun. – El joven volvió a sonreír. – Algunas personas simplemente no siguen reglas.

Yoochun lo miró por unos minutos sin responderle nada. ¿Quién era aquel sujeto?

¿Por qué su rostro era el de un loco pero su actitud parecía completamente normal?

¿Qué posibilidades había de que aquel sujeto estuviera diciendo la verdad?

Por lo menos Yoochun había comprobado lo de las cámaras, aunque girara la cámara a su límite, jamás ninguna de las tres enfocaría las celdas 315 y 316. Aunque bien podía ser que el joven haya escuchado eso de alguno de los trabajadores del lugar. Bien podría estar repitiendo cosas y en verdad no tuviera la capacidad de pensar absolutamente nada.

- Muchos aquí no me llaman por mi nombre, ¿sabes? – Dijo atrayendo la atención de Yoochun una vez más.

- ¿Changmin?

- Eso, muchos me llaman así. Por más que les digo que soy Anubis.

- ¿Has hablado con otras personas también? – Se interesó Yoochun.

- Por supuesto, hablo con todos los que pasan por aquí, pero eres el primero que me ha contestado.

Yoochun frunció el ceño una vez más.

¿El único que le había contestado?

Eso estaba mal. Muy mal. ¿Acaso Yoochun era el único que se interesaba por las cosas que le tenía que decir un loco?

De pronto cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo, estaba hablando con un paciente de un manicomio. No solo estaba rompiendo una regla como guardia de seguridad, sino que estaba haciendo algo completamente inmoral.

¿Qué clase de persona se sentaba a charlar con un loco?

Nadie.

La respuesta era, absolutamente nadie.

Se paró rápidamente y miró por última vez al joven. Movió la cabeza de un lado a otro y caminó tan rápido como pudo hacia la salida. Era cierto, las cámaras de vigilancia no grababan la celda del hombre, pero sí grababan la entrada y salida de ese lugar. Cualquier persona que viera las grabaciones se daría cuenta que entró a la habitación a una hora y salió de ahí mucho después de lo que correspondía.

Tenía que salir de ahí, pronto.

No solo tenía que irse de ese lugar, sino que tenía que procurar no volver a ver a ese hombre nunca más.

30 de Noviembre; 6:00 AM:



Si me pidieran salvar a una sola persona en este mundo, de seguro lo salvaría a él. Si me pidieran escoger uno en un millón de seguro lo escogería a él.



Incluso cuando me pidieran encargarme de su funeral, lo haría gustoso. 

Hay cosas que realmente no entiendo de esta vida, ¿por qué tuvieron que existir las leyes?

¿Por qué mejor no dejar que cada uno viva su vida como quiere? 

Después de todo solo se tiene una oportunidad para todo en este mundo. ¿Cómo quieren que me sienta completo o feliz si ni siquiera puedo tocarlo a través de la reja?

Sin embargo, en la condición que me encuentro solo puedo acatar lo que dicen las reglas impuestas por otros.

Aun así, me conformo solo con verlo y escuchar su voz.

No entiendo cómo puede existir alguien como él tan privado del mundo. De verdad no entiendo.

Solo tengo una cosa clara: 

Definitivamente, hay gente increíble, y él.”

Cuarta noche.

Sabía que había prometido no volver ahí, pero no podía negarse a sus mayores.

Por más que le había rogado a su General el que lo cambiara de sector, la respuesta siempre había sido un rotundo no.

Pero aunque su General lo había enviado a ese lugar una vez más, nadie lo había obligado a llevarle un pequeño presente a aquel loco de la celda 315.

Yoochun aún no podía creer que haya gastado dinero en un regalo para él. De seguro, había pensado que se lo debía ya que le había quitado su daga. Tenía que ser eso, porque simplemente no se le ocurría otra estúpida razón.

- Aunque la cámara no esté grabando esto, se darán cuenta que me lo trajiste en cuanto las enfermeras lo vean. – Dijo mientras no paraba de observar su pequeño regalo.

- Dijiste que eras Anubis, ¿no? – Respondió Yoochun sentándose en el suelo. – Es una pequeña figurita de tu divinidad.

- No pareces muy convencido de que soy un Dios.

Yoochun levantó sus hombros. – Solo que no pareces uno.

- Te lo mostraré de una forma sencilla, yo seré la persona que se encargará de tu funeral.

- ¿Es lo único que puedes hacer como un Dios?

- Es mi rol en esta vida.

- Entonces conozco muchos otros Dioses como tú. – Dijo Yoochun.

- Los mortales que trabajan en el cementerio son simplemente ayudantes.

Yoochun vio la hora en su reloj. Solo tenía quince minutos para estar en ese lugar, había decidido no demorarse más en hablar con ese sujeto. De otra manera resultaría sospechoso si siempre tardaba tanto en aquella habitación.

- Oye – Comenzó a decir Yoochun. - ¿Por qué estás en un lugar como este?

La verdad era que Yoochun se moría de curiosidad por saberlo. Porque aparte de que el sujeto se creía un Dios, aparte de su sonrisa de loco y su mirada penetrante, el joven parecía un hombre común y corriente. Con algunos problemas quizá, pero en su opinión, no con motivos suficientes para tenerlo encerrado en una celda alejado del mundo exterior.

- ¿Te acuerdas lo que te había dicho el otro día, no? – Dijo de pronto el joven acercándose demasiado a la reja.

Yoochun retrocedió en cuanto lo vio acercarse.

- Puedo ver los días que te quedan en este mundo. – Lo miró y comenzó a reír. – Puedo verlos, Park Yoochun.

Sacó un brazo de las rejas e intentó agarrarlo por el cuello.

Yoochun no tuvo que escuchar ninguna palabra más. Aquella reacción había sido suficiente para darse cuenta de lo loco que estaba aquel sujeto. Se puso de pie tan rápido como pudo y salió corriendo del lugar.

Esta noche sí que estaba seguro, probablemente ya no volvería nunca más a ese lugar.


01 de Diciembre; 2:58 AM:



Creo darme cuenta de lo que aquel hombre me hizo realmente. 



Es esto lo que los mortales llaman cariño, preocupación, amistad, amor.

Tantos nombres para algo tan tonto.

Algo tan insignificante. 

¿Qué era eso lo que aquel mortal me provocaba?

¿Qué era eso de preocuparse por el otro?

Tal y como lo había pensado siempre. Del tiempo que llevo en este mundo siempre lo he sabido, pero es primera vez que me toca vivirlo. 

Ellos no entienden que la vida es lo suficientemente corta como para gastar preocupación en otros. No entienden que en realidad, en este mundo todos son rivales. 

No entienden siquiera lo insignificantes que son. 

Lo pequeño que se ven cuando se comparan con el mundo.

Apiadarse de alguien enfermo era lo más estúpido que alguien podría hacer.

Definitivamente, hay gente increíble, y él.”


No tenía idea qué había sucedido aquella vez con el joven. Si bien otras veces se había acercado a la reja a hablarle, nunca antes lo había atacado de esa manera, ni siquiera cuando tenía la daga entre sus manos.

Quizá el tipo no era tan cuerdo como Yoochun pensaba.

Porque admitámoslo, ¿creerse un Dios? ¿Qué se supone que significaba eso?

Ni por muy creyente que alguien fuera, uno jamás se creía un Dios.

~~~~~ * ~~~~~

Yoochun vio su rostro reflejado en el espejo.

No se reconocía. Se sentía totalmente ajeno a su cuerpo. Como si nada de eso le perteneciera.

¿Qué le sucedía?

Era como si pánico y miedo recorrieran sus venas en vez de sangre.

No tenía idea de lo que le pasaba.

Sus manos tiritaban, era como si su cuerpo convulsionara.

Apoyó ambas manos en el lavabo y sintió el agua caer por sus mejillas y gotear en el piso de su baño.

No iría a trabajar.

No estaba en las condiciones.

No estaba seguro de qué le había provocado aquel estado, pero solo podía ver algo claro.

El rostro de aquel loco.

Donde sea que mirara, su sonrisa y sus ojos estaban en todas partes.

Su cabeza ardía y sus párpados pesaban.

Sentía que todo le daba vueltas.

Todo, absolutamente todo excepto el rostro de aquel hombre.


02 de Diciembre; 12:19 AM:



Aquel hombre no aparece por estos lugares.



De alguna forma es como si no sintiera su presencia.

Es extraño. Las cosas iban tan bien entre nosotros, no puede ser que de un día a otro haya desaparecido sin razón alguna. 

No quiero pensar que me está engañando con alguien más. No quiero creer que ha encontrado otro Dios y se ha ido con él abandonándome aquí. 

El trato que pactamos el primer día que nos vimos no establecía eso. No era una regla que él podía romper sin mi permiso.

Yo soy su absoluto dueño.

Yo soy la persona que le corresponde, porque nadie más puede tenerlo. Pensé que teníamos una promesa.

No puedo dárselo a nadie más. Simplemente no puedo porque…

Definitivamente, hay gente increíble, y él.”


~~~~~ * ~~~~~

04 de Diciembre; 5:36 AM:



Predecible, se lo había dicho en uno de nuestros primeros encuentros. 



Una vez más di en el clavo. Una vez más acerté en la vida de un mísero humano.

Abandonarme sin siquiera avisarme con antelación.

Que descortés.

¡Yo soy su Dios!

¿Cómo pueden hacerme esto?

Todos son iguales, me conocen solo para después dejarme.

Que tonto.

Es mi culpa después de todo, yo soy el que no debería involucrarse con humanos débiles como ellos.

Predecibles y débiles…

Humanos así los hay en cualquier parte. Pero él fue el más imbécil de todos. Entrometerse en la vida de un Dios. 

Lo supe la primera vez que lo vi. 

Park Yoochun, increíblemente estúpido.

Definitivamente, hay gente increíble, y él.”







07 de Diciembre; 20:31 PM:

Lo escuché de las enfermeras. 

Aquel hombre no vendrá más.

¿Enfermedades? ¿Malestares? ¿Qué es eso?

Yo no le he dado el permiso para irse de este mundo. Ni tampoco se lo quería dar. Pero me doy cuenta que con esta gente no se puede experimentar.

Son demasiado débiles.

Se atreve a abandonarme después de todo lo que le di. Se lo había advertido, le había dicho que yo podía decirle el día de su muerte.

Pero no, él no quiso escucharme y prefirió huir.

Huir de sus problemas, de su realidad. 

Como todos los otros.

Creo que, después de todo, él fue especial en algún sentido.

Increíblemente especial.

Pero también fue increíblemente débil.

Jamás me cansaré de decirlo, en este mundo hay gente increíble, y él.

Qué pena que no haya dado para más todo esto, yo hubiera podido darle lo que él quisiera. 

Pero prefirió ser débil. 

Bueno, su camino lo escoge cada uno. Él decidió el suyo.

Park Yoochun, desde hoy me declaro ajeno a tu vida. Pero espero que sepas que fuiste especial para mí.

En todo sentido.

Espero que sepas que yo fui tu fúnebre maníaco, tu Anubis.”


No había mucha gente.

De hecho, lo poco que había era más de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Generalmente los funerales son grandes y asiste mucha gente. Pero al parecer este no era el caso.

Aunque no era sorpresa para muchos tampoco. Un funeral en un manicomio, conducido por uno de los locos internado en ese lugar. Nadie, absolutamente nadie podría haber imaginado algo así.

- General – Dijo uno de los guardias. – El sujeto dice que está listo para empezar.

El General lo miró y dio la señal para que la música comenzara a sonar. El sujeto comenzó a caminar y se paró frente a la urna. Sus manos atadas limitaban sus movimientos. Iba acompañado de cuatro guardias, dos a cada lado.

Llevaba la misma ropa que utilizaba comúnmente en la celda, la única diferencia es que esta vez llevaba un papel en su pecho que indicaba su nombre y su número de celda.

“S. Changmin. 315”

El General dio nuevamente la señal y la música dejó de sonar. Uno de los guardias que llevaba a aquel sujeto le pegó en uno de los brazos para que comenzara a leer.

- Park Yoochun – Comenzó diciendo. – Tus días contados han acabado. Un guardia que estuvo con nosotros en los momentos más difíciles, un guardia al que no pudimos conocer por mucho tiempo. Pero que estamos seguros que muchos recordarán como aquel que siempre lo dio todo por su trabajo y por la gente que aquí se encontraba. Estuviste con nosotros y ese fue el regalo más grande de todos. Adiós, querido compañero.

Aplausos comenzaron a sonar por todo el lugar.

Muchos se pararon y fueron a dejar una pequeña flor sobre la urna de Yoochun.

Muchos se acercaron al cuerpo del pobre hombre.

Muchos menos él.

Él simplemente observaba desde lejos.

Sonreía.

Él sabía que esto iba a pasar. Sabía que los hombres se iban.

Sonreía porque a pesar de todo había cumplido con su promesa. Se había encargado del funeral de aquel pobre hombre.

Miró a la gente que ahí estaba.

“Pobres, si tan solo supieran que ninguno de ellos llora por aquel hombre. Lloran porque saben que ellos van para el mismo lugar, lloran porque saben que algún día estarán ahí mismo. Lloran, porque saben que yo estaré en cada uno de sus funerales para asegurarme de que se vayan para no volver nunca más.”

De pronto los guardias lo tomaron de los hombros y lo empezaron a empujar para que volviera a su celda.

Aquel espacio reducido de tres paredes y una reja, donde sabía que iba a pasar el resto de su vida. Donde sabía que llegaría algún otro guardia.

Donde, sin que nadie supiera, él se llevaba el alma de los mortales.

Donde había conocido a gente increíble para luego llevársela.

Y ahora estaba más feliz que nunca, porque tendría a ese pobre hombre allá en su mundo. Porque desde que lo vio por primera vez supo que estaba destinado a irse.

Porque, de todos los mortales que conocía, a él era el que más quería llevarse. Definitivamente, había gente increíble, y él.

FIN

6 comentarios:

  1. Wow~.. genial~, realmente esto fue enigmatico y tiene mucho suspenso.

    Debo decir que me intriga saber al cien por ciento, como es que Changmin fue a parar hasta ese lugar.... hum.

    Pobre Yoochun, realmente pense que lo que Min (alias Anubis) decía se fuera a hacer realidad pero bueno, todos morimos algún día.

    Espero leer más fics tuyos porque me he enamorado de tu forma de escribir. Chao.

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    Respuestas
    1. Anónimo8/25/2014

      Hola, muchas gracias por el comentario (: He publicado más historias en Lala, todas Yoomin. Si quieres leer alguna de ellas te recomiendo Police Love: ¡¡FORBIDDEN!! y Undead (: ¡Saludos!

      Meguri.

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  2. ¡Me encantó! No te miento al decirtelo. Definitivamente tienes ese misterio que guarda en si una persona demente y dr la cual jamás sabremos a ciencia cierta todos sus secretos. Cada párrafo de introducción los amaba demasiado.
    Déjame decirte que no esperaba la muerte de yoochun pero es que en serio ¡Soy una tonta! Obviamente siendo changmin anubis esto iba a suceder.
    Las palabras que changmin dijo luego de la muerte si que me colaron muy hondo y la frase que más amé fue: "Definitivamente hay gente increíble , y él" .
    Espero logres hacer una segunda parte ;3

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  3. Que buena historia, siempre mantuvo ese misterio que me encanta jejeje, supiste describir muy bien a los personajes, me imaginaba a changmin con su sonrisa maniaca... lo disfrute! :)

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  4. Anónimo9/23/2014

    Ah de verdad amo mucho tu forma de escribir, cada cosas que escribes me encanta :) pero la verdad el Yoomin nunca me ha gustado :/ creo que lo acepto solo porque de verdad me gusta mucho tu forma de escribir ~ aún así me hubiera gustado que ganaras ^^

    ¡Sigue así! Y si alguna vez llegas a escribir sobre otra pareja no dudes en compartirlo! :D

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  5. Anónimo6/29/2015

    En verdad muchas gracias. Estos son los tipos de comentarios que me dan fuerzas para escribir.

    Valoro mucho que aunque no te guste la couple, leas mis historias porque te gusta como escribo, en verdad muchas gracias :D Nunca he intentado escribir algo de otra couple, quizá algún día me atreva y lo publique (:

    ¡Saludos y de verdad gracias por leer lo que escribo!

    Meguri.

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