Clon # 06: Prólogo

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Llovía, llovía a mares. Incluso podía jurar que Dios tenía pena de su pobre alma, de esa que ahora ocupada un cuerpo vacío, sin deseos de nada, sin motivación alguna que cambiara su estado; pero, ante todo pronóstico, los planes de esa tarde debían ser ejecutados a precisión, sin fallas, sin demora.

Si, llovía, y continuaría lloviendo toda la tarde; sostenía fuertemente en su mano aquella rosa blanca, sin intención alguna de soltarla, quizás por terco, quizás por que representaba demasiado para él. Sus amigos preocupados por su extraña actitud lo tomaban de la mano y palmeaban sus hombros, pero era inútil, sus ojos se mantenían mirando fijamente el féretro que tenía justo enfrente, como si tratase de encontrar alguna anomalía en la oscura madera de su superficie.

- Por que de la tierra viniste, y a la tierra volverás… –La profunda y viril voz del clérigo comenzaba a irritar sus oídos, justo en ese momento comenzaba a aborrecer al alto y delgado hombre de añoso cuerpo, cabellos desteñidos y ropa de muy antigua confección

Podía parecer tranquilo, pero en su interior se libraba una batalla mental, una en donde su habilidad para el raciocinio era puesto a prueba por el intenso deseo de desplomarse en aquel momento y desgarrar su garganta, liberando así un poco de la angustia que lo inundaba y quemaba por dentro

Dio un paso hacia delante, luego otro, por las gotas de lluvia que sintió bajar por su frente imaginó que ya la protección del paraguas no lo cubría, y aunque fuese así, poco le importaba mojar su costoso traje negro. El mayor de sus amigos –El mismo que sostenía el paraguas- hizo el ademán con la mano de detenerlo, pero el casi por unos centímetros más alto que todos le indico que estaba bien, que no había nada de que preocuparse.

Sus pies no se detenían un segundo, continuaba avanzando hasta el pequeño marco que separaba la caja lúgubre del resto del lugar que lo rodeaba; Su negra y dolida vista se poso sobre esta por unos instantes, mientras que, su mano, se encargaba de recorrerla con parsimonia, removiendo con estas algunas gotas de agua que se habían acumulado sobre la superficie.

Su rostro permaneció sin expresión alguna cuando sus ojos recorrían el lúgubre objeto, de un lado a otro, de arriba hacia abajo.

Por vez primera comprendió la situación y salió de su trance, dándose a si mismo la oportunidad de llorar, justo cuando la realidad lo golpeaba de frente.

El dolor era inmenso, incontenible, tanto que juraba su pequeño y débil cuerpo no lo soportaría. Al no saber como reaccionar sus manos se volvieron dos puños que golpeaban con suavidad la superficie de madera, sólo con cortos toques.

- Abre… Abre… -Las lágrimas corrían una vez mas al intentar regular su tono de voz para decir algo comprensible- Abre… Despierta… DESPIERTA!!! – Sus pequeños puños golpeaban ahora la caja con violencia y desesperación, reflejando su impotencia al ser lo más lógico que no recibiera respuesta

-Mierda!! Despierta!! – A este punto los otros 3 tuvieron que correr a detenerlo, haciendo que como consecuencia sus paraguas cayeran al suelo.

Quería abrir la caja, maldición, si que quería ver con sus propios ojos que estaba muerto y que no había forma de que sus ojos se abrieran y aquella profunda mirada se posara sobre la suya otra vez. Mucho menos de que su ronca y raspada voz lo llamara quedamente por las mañanas, cuando el efecto de sus pastillas pasara y el dolor lo embargara nuevamente.

-Déjenme! –gritaba casi colérico dando codazos a diestra y siniestra cuando lo tomaron del brazo para calmarlo; Sus 3 amigos juraron nunca haberlo visto en ese estado, comprendieron que quizás para ese momento, la situación había escapado de sus manos.

-Debes escucharme … él .. él no volverá! Está muerto… Está muerto! – Con voz quebrada y mirada dolida el mayor de todos, Jaejoong, cayendo en cuenta de que ninguno de los esfuerzos de los otros dos por someterlo eran suficientes decidió activar nuevamente el poco raciocinio que creía, aún poseía el menor.

Aquello lo golpeó como nunca nada lo había hecho. A duras penas volteó la mirada y cesó sus movimientos, permitiendo con esto que el menor de todos –Y cabe destacar que el más alto- Lo sostuviera fuertemente de ambos brazos.

Bajó la cabeza y apretó sus labios, tratando de reprimir cada grito que buscaba salir de su garganta. Sus manos se cerraron con fuerza, haciendo que el rojo que ya vestía sus nudillos por tanto batallar con la dura superficie lúgubre tomara un color mas intenso. Su pecho subía y bajaba incesantemente, buscando el aire que había perdido. No lo comprendía, nada tenía sentido, esto era una pesadilla

Pero era como si su cuerpo se volviese más débil con cada respiración, al punto de que su propio peso era excesivo. Su mente daba vueltas, y vueltas, y vueltas, y lo peor era que aunque llevara ambas manos hasta sus oídos y los presionara con firmeza nada cambiaba.

- ¿Ya podemos continuar con el… -La añosa voz del clérigo pretendía continuar cuando el pequeño cuerpo del menor resbalaba de brazos del más alto y caía sobre la grama, el correr de los demás no se hizo esperar.

-Junsu! Por favor, no –En su desesperación el mayor lo llamaba, sin obtener resultado alguno.

Si… Como dije al principio… Llovía, y continuaría lloviendo por algunos días más. Y era como si juraban, Dios lloraba con ellos.

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