Rosa de invierno. Cap. 30

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Una mezcla entre luces y sombras se podían percibir a través de mis párpados. Gente hablando y sonidos de coches y ambulancias inundaban mi sentido del oído. Estaba rodeado por gente desconocida que me guiaba para salvarme de aquella herida que atravesara mi vientre.

Luces que me iluminaban y una mascarilla que me hacía dormirme sintiendo cada vez menos el dolor de aquel lugar.

Más voces, más gente. Me sentía mareado...

No sabría decir cuanto tiempo estuve postrado. La percepción del tiempo era algo que no sabía controlar ni medir.

Sólo recordaba que un día abrí los ojos y lo vi allí. Changmin se encontraba enfrente de mí mirándome fijamente acompañado de lo que parecían ser agentes de policía como él. El médico entrara en el cuarto y les anunció lo que esperaban oír.

Las enfermeras me dieron la ropa y yo con dificultad me comencé a vestir. Me sentía observado teniendo a aquellos hombres que acompañaban a Changmin mirándome de arriba a abajo con las esposas en la mano, preparadas para colocármelas y llevarme de allí.

Mi siguiente destino no era otro que el de tomarme declaración, decirme mis derechos posteriormente; y mandarme con cargos por ser cómplice de un asesino, traficante y por resistirme a la autoridad y muchas tantas otras cosas que aumentarían los años de condena.

Me dieron un abogado de oficio, que apenas sirvió de ayuda, ya que me aconsejaba declararme culpable y aceptar los años que me tocaban, aunque no fuera un asesino ni hubiera hecho nunca actos contra la justicia. El hecho de estar con Junsu, como bien me había dicho él mismo, fuera lo suficiente como para condenarme 5 años en la cárcel.

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Semanas más tarde desde que escapara con Junsu de aquel teatro y perdiéndolo para siempre de mí vida de nuevo, allí me encontraba, a las puertas de la que sería mi residencia permanente durante 5 años. Una de las mayores cárceles de todo Corea.

En aquel, aparente, tranquilo lugar, vivían delincuentes de toda clase; asesinos, violadores, estafadores, contrabandistas...etc. La crême de la crême de la delincuencia de nuestro país.

Al tener relación, según me había enterado por el Juez; con uno de los mayores y sangrientos asesinos de todo Corea, mi plaza en aquel lugar estaba reservada exclusivamente para la "Jet Set" de la delincuencia doméstica a la que yo ya formaba parte.

Un bonito "hotel" de vacaciones estaría esperando por mí, para ofrecerme una de las mejores "suites de lujo" especial para especímenes de mi talla.


Nada más entrar con el único petate que me dieran permiso a llevar, las pocas pertenencias que me había llevado aquel día, ese que me intenté suicidar y se convirtió en el último día de una etapa y el primero de un gran cambio en mi vida; me mandaron sacar una por una mis pertenencias y meterlas en una caja describiendo qué era cada cosa.

Un policía en una mesa iba apuntando y otro iba colocando las cosas por orden en la caja.

Una vez terminado el petate me hicieron desnudar al completo guardando en la misma caja, la ropa que llevaba puesta, como lo anterior, describiendo cada una de las prendas y colocándolas dobladas en su interior.

Parecía un ritual a seguir, algo a lo que estaban acostumbrados.

Sentí vergüenza al encontrarme de esa guisa, delante de una docena de policías que me miraban de forma extraña a la cara. Sería por mi pelo que hacía que no sólo tuviera cara de ángel sino que afinaba mis rasgos si cabía más todavía de lo ya finos que eran.

Lo único que sí sabía es que era muy incómodo y maldije de nuevo a aquella peluquera que si no fuera por aquel estropicio, no tendrían aquellos señores miradas sucias sobre mí y mi cuerpo de piel clara.

Observé a cada uno de los policías a la cara viendo como no sólo tenían miradas extrañas sino también lujuriosas y algo desorbitadas al ver lo que estaban contemplando. Pero fue un policía que acercándose con guantes me hizo inclinar para observar si portaba en mi recto alguna sustancia prohibida en el interior.

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Después de pasar el mal trago me otorgaron un número, 26421, no me llamarían más por mi nombre, Kim Jaejoong ya no era nadie allí, ahora 26421 era mi nombre.

Me dieron un pin con ese número formado por 5 cifras y me lo colocaron en el bolsillo delantero de la chaqueta de lona azul marino. Al pantalón también tendría que colocarle mi número escrito con boli permanente, al igual que la camiseta básica blanca. Aparte de eso, me dieron las sábanas, más mudas de ropa interior y tenis blancos con calcetines del mismo color. Tenía un set repetido en una bolsa de plástico.

Dijeron que los siguiera hacia un sillón de barbero y me apuntaron a que me sentase. Yo dejé las cosas en una mesa al lado y me senté como me dijeran que hiciera. Sentí el delantal negro atarse a mi cuello y un sonido de maquinilla eléctrica sonando detrás de mi cabeza.

No tardé un poco en sentir como esa misma se iba enfriando poco a poco por la falta de pelo.

Veía como los mechones rubios de aquel pelo teñido caían por delante de mis ojos y resbalaban por aquel delantal llegando al suelo y posándose allí. Cada vez veía como más y más, más mechones se amontonaban y resbalaban.

Mi pelo, aunque no fuese mi color natural ya lo echaba de menos.

Preocupado estaba al pensar siquiera como sería la vida allí, todavía no había sido consciente de que me encerrarían en un lugar lleno de delincuentes, una celda quizás compartida con cualquier ser demente que pudiera hacerme daño, donde tendría que sobrevivir a fuerza de bloquear los intentos de otros para fastidiar al chico nuevo con cara de chica que tenía su entrada en aquel lugar.

Me estremecí con solo pensar qué podrían ser capaces de hacerme o intentar hacerme.

Pero no estaba dispuesto a encontrarme en tal situación.

Y fue ahí cuando al verme en el espejo, como ese pelo se llevaba mi parte femenina completamente con él, dejando que un varonil yo con ojos fieros y mirada fija y penetrante se viese reflejado a sí mismo.

Jamás había notado cuán fiera tenía la mirada, con el mínimo fruncimiento del entrecejo se veía de total intimidación.

Quizás eso podría ser una de las pocas armas para hacerme valer en aquel mundo donde, como bien daban a entender las películas, o comías o te comían. Y sinceramente, sólo una persona tenía el derecho de comerme. Nadie más.

Una vez terminaron con mi corte de pelo, me condujeron a mi celda.

Ya temía como podía ser, una cama con los muelles todos salidos que se me clavarían si tuviera la intención de moverme del sitio o cambiar de postura. Todo sucio y mal oliente con un servicio mugriento y quizás lleno de mierda de mi compañero de celda, con el que quizás tendría que lidiar e intimidar para no acabar agredido o sabe dios qué.

A cada paso que daba por los pasillos por donde me conducían, más temor albergaba en mi cuerpo por esperarme la peor estancia del mundo, por muy de "clase social alta" que fuera aquella cárcel.

¿Porqué tendrían que dar trato especial a los delincuentes de ese calibre?...

Pero, al revés de lo que aquellas típicas películas americanas nos hacían creer a los inmundos seres del planeta que creían que todo era tal cual se veía en las películas; me encontré para mi sorpresa que era un cuarto normal, con su cama, escritorio, silla e incluso una televisión.

Y lo más importante de todo, individual.

Levanté mis cejas al ver aquello y pensé para mis adentros que quizás no sería tan pesado de llevar.

El guardia de la celda me dejó entrar con todas las prendas, mudas y sábanas que me dieran y me señaló el calendario. Cuales serían mis tareas, qué debería hacer para conseguir un sueldo y así poder comprarme caprichos o comida extra. Los horarios de visitas, los horarios del cartero, como un sinfín de cosas que podría hacer.

Al parecer en el "hotel" nos tendrían haciendo trabajos de servicio comunitario. Tenían convenios con varias asociaciones de vecinos de las zonas colindantes y nosotros nos encargaríamos de limpiar la ropa en la lavandería industrial que poseía la cárcel. Y no sólo aquello, contribuiríamos a crear jabón. Uno bien conocido en la zona. De la que podríamos conseguir un dinero extra.

Daba la impresión de que sería como un sitio donde trabajar y punto, más que una cárcel.

Me acercara a ese calendario de tareas semanal y viera que incluso podríamos acceder a gimnasio si pasábamos un límite de puntos necesarios.

Aquello definitivamente no sonaba mal del todo.

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Los días pasaban y aunque en mi celda fuera todo perfecto, con el resto de presidiarios no lo era tanto. Era cierto que había jerarquías y varios grupos en el interior de aquellas paredes. Estaban los toscos con cerebro de mosquito, los inteligentes, los mentalmente enfermos, los violadores y "El Rey" el que controlaba el cotarro.

Sabían quien era, la información sobre mi persona, incluso mi nombre y el motivo por el que había sido condenado; era algo que tenían bien sabido.

Las primeras semanas fueron las más difíciles de soportar, no sólo me tenía que enfrentar a las novatadas, sino al acoso.

Era bien sabido que Junsu en aquellos lugares, o como él se hacía llamar "Muerte"; era un peligroso asesino, frío como el hielo y exacto en su cometido. Me miraban de arriba abajo buscando una explicación por la que Junsu, o en su defecto "Muerte" había escogido a un cómplice como yo.

Aún teniendo cuerpo trabajado, no tenía aparentemente ninguna cualidad de la que se me apreciase el poder estar cerca de un asesino, delincuente o traficante, ya que mi forma de ser en el fondo era demasiado apreciable. Y aunque me mantuviera callado, centraban su vista en cada uno de mis movimientos, adivinando como era en realidad y en el fondo.

Una persona demasiado normal para estar con una persona del estatus de Muerte.


Las primeras semanas no pasaban de novatadas mientras trabajábamos o mientras estábamos en el patio del recreo, donde se la daban conmigo para ver si reaccionaba a aquellos insultos.

Pero era demasiado evidente que no era una persona que buscaba problemas y los ignoraba como podía, cosa que fue a peor después.

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Un mes mas tarde de mi ingreso, fue cuando tuve mi primera pelea. "El Gordo" así le llamaban en vez de su número de recluso, un ser sin cerebro y controlado por otros, fue provocándome todo el día sin parar. Sus provocaciones a la vez que ya sentirme quemado de tanto cachondeo sobre mi persona reaccioné y le encaré a la hora de la comida.

Aunque era más alto que yo, mas gordo que yo y con la mirada más fiera que yo; era como un monigote al servicio de otros. Un ser que solo parecía existir para la lucha, la lucha fácil y rastrera por un par de wones.

Ese día, aunque me enfrenté a él mostrándole que no le tenía miedo, acabé más magullado que nada, pero satisfecho al partirle la nariz y darle buenos golpes certeros antes de que nos separaran.

En el fondo sabía, que aquel al que llamaban "El Rey" quería medir mi fuerza y ver de qué pasta estaba hecho. Le demostré a aquel jefe que no era un enclenque y que si "Muerte" me había escogido como su cómplice, era por algo.


Me llevaron entre dos y me dejaron en una sala típica con una mesa y dos sillas, con un espejo de fondo, donde estarían los policías y resto de encarceladores controlando y hablando entre ellos.

Miraba ese espejo mientras con mi lengua me lamía la herida de mi labio. Esperaba una regañina pronta y estaba seguro de quien sería.

Al sentir abrir la puerta vi como una cara conocida hacía su entrada en aquel lugar.

Changmin me miraba serio y se acercaba lentamente con su disfraz de policía bueno mientras se aproximaba a la mesa. Y dando la vuelta a aquella silla se sentó abriendo las piernas y apoyando los brazos con las mangas remangadas en el respaldo, mirándome fijamente.

Repasó todo mi cuerpo visible por encima de la mesa y luego se paró ante mis ojos. Nos miramos fijamente durante unos minutos y fue ahí cuando vi como sonreía superiormente hacia mí.

- Así que ya has empezado a jugar con los niños... ¿no es cierto?...

Sonreí y me eché para atrás cruzando mis brazos a la altura de mi pecho mientras me ponía cómodo estirando mis piernas y cruzándolas por los tobillos.

Lo miré sonriendo con una cara de asco y de superioridad como él me hacía salir natural, solamente lo miré y no le contesté. Estaba esperando ver sus reacciones y cual sería el siguiente paso a seguir en su mascarada.

Me miró con la ceja levantándose poco a poco al ver como mi pasivismo le afectaba ya los nervios. Se levantó y fue andando mientras miraba al frente hasta que se puso a mi lado y apoyó una de sus manos en la mesa y la otra en el respaldo de mi silla.

Seguí con mi sonrisa particular mientras miraba a la mesa y apretaba mi ceño marcando más si cabía aquellas marcas de expresión.

Lo notaba nervioso, ansioso. ¿Que esperaba que yo le contase?

Me miró fijamente y notaba como su respiración ya humedecía levemente mi mejilla. Estaba peligrosamente cerca respirando de forma pesada y sintiendo como su enfado crecía por momentos.

- Que es lo que pretendes... eh Jaejoong... ¿Sabes que por andar peleándote con los demás niños solo puedes empeorar tu situación?- sentí como su tono susurrante pero serio y a la vez de enfado se acercaba más y más a mí-... solamente si te portas bien tus años de condena pueden disminuir... piénsalo, un consejo que decida tu libertad condicional gracias al buen comportamiento, al informe del alcaide y del mío propio... ¿No sería genial salir lo antes posible?...

Sabía perfectamente a que venía ese chantaje, pero no le iba a dar el gusto de responderle por un solo momento. Sabía que lo que quería era que saliera cuando antes para volver a encontrarme con Junsu y así matarnos a los dos.

- ¿Acaso no tienes remordimientos por el hecho de que tus tíos, que están cerca de la jubilación sufran más tus desventuras por culpa de juntarte con quien no debías?.... ¿Pensaste por un momento como se encontrarán ellos ahora?... ¿Hm?...

Era cierto que desde que había entrado en la cárcel mi tía había enfermado debido al disgusto que le acabara de dar al ser encarcelado y al haber sido cómplice de un asesino. Ambos no se habían aparecido en la cárcel para siquiera preguntarme como estaba o hacerme una visita, ya que por mi culpa mi tía enfermó y mi tío estaba con depresión y tuviera que terminar hipotecando su restaurante para poder pagarme un abogado decente en vez de aquel que me otorgaran, dejándose la gran parte del dinero que les quedaba sólo para sacarme de allí.

Eso era muy sucio, y esa cara chulesca que yo formara en mi rostro se volvió de preocupación, realmente era consciente del dolor que tenían que haber soportado mis tíos, y ahí estaba Changmin para recordármelo.

Giré mi rostro y lo miré fijamente mientras él me miraba son una sonrisa en los labios. Parecía satisfecho por mi reacción.

- Piénsalo... si ese ser te amase de verdad... no habría dejado que te quedaras tirado en aquel apeadero donde sabría que después de curarte irías a la cárcel inmediatamente... ¿Esa era vuestra relación?....

Las aletas de mi nariz se movían mostrando mi enfado al escuchar como esas palabras me herían cada vez más.

- Tus tíos no tienen el suficiente dinero como para costearse el sacarte de la cárcel... y sabes que con mi ayuda puedes salir lo antes posible... siempre y cuando accedas a trabajar con nosotros para capturar a tu amante... te limpiaríamos el expediente si aceptas- se paró y me miró moviendo sus ojos rápidamente mientras me miraba, se levantó de donde estaba apoyado y abrió la puerta dejando que los guardas me llevasen con él- ...no te ofreceré esta oferta muchas veces...

Me agarraron y me sacaron por la puerta, siendo esa frase lo último que escuché en todo el día. Me llevaron a la celda y como castigo no me dieron comida y me desconectaron la televisión del cuarto por un día entero como castigo para que pensase con detenimiento todo lo sucedido aquel día.

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Varios meses habían pasado y todo permanecía igual. Mis tíos al fin, una vez mi tía se recuperara; me fueran a visitar.

Al principio de mi condena solamente nos dejaban hablar por medio de un teléfono y un cristal que nos separaba del otro. El simple hecho de verles me hacía perder el sueño muchas noches por remordimiento a lo hecho y sucedido cuando anduviera de loco con el tema de Junsu.

Me planteara muchas cosas y eso me debilitó con el paso del tiempo. Cosa de la cual mis compañeros de prisión tomaron ventaja.

Las perrerías por "El Rey" y su banda de secuaces solo aumentaran mis problemas y yo me sentía cada vez más miserable entre aquellas paredes.

¿Cómo podía ser posible que una persona que entró decidida a comérselos a todos con tal de sobrevivir se hubiera bajado él sólo las defensas de aquella manera?

Pero así era.

Aquellos meses después de que hablara con Changmin solo me hicieran pensar en una cosa, comportarme de forma decente y responsable para poder salir de allí y devolver a mis tíos todo lo que habían derrochado en sacarme de la cárcel.

Sufría al ver a mi tía cada vez que me lloraba en aquel cubículo y como estaban tan envejecidos y mayores por todas aquellas preocupaciones.

Tenía el alma partida en dos y no sabía por donde tirar.

Si accedía, saldría de allí y podría arreglarlo todo con mis tíos, incluso mi expediente quedaría limpio, sin manchas y volvería a tener una vida normal, una vida en la que si aceptaba todo aquello, tendría que vender al amor de mi vida...


Pensaba siempre y sobretodo cuando hacíamos aquel jabón. Sólo el ruido de las máquinas era lo único aparte de mis pensamientos que me llenaban la cabeza. ¿Qué debía hacer?... No quería ver sufrir a mis tíos, pero tampoco quería perder al amor de mi vida.

Me encontraba en una encrucijada...


Pero fue uno de esos tantos días, que un compañero de prisión que pasaba de los 50 años, se me acercó chocando conmigo y metiéndome algo en los pantalones.

Yo miré a un lado y a otro, disimulando como podía para que nadie me estuviese controlando para ver que contenía aquello en mis pantalones.

Metí mi mano mientras rellenaba los huecos del molde con el jabón líquido para luego dejar que se solidificasen y cuando pude la leí.

"Sigue tu instinto, no te fíes nunca de los polis y menos de tus tíos"...


Aquello me hizo sobresaltarme, sobretodo al leer la parte de mis tíos.

Miré a un lado y a otro buscando con la mirada a aquel compañero, pero no lo vi por ninguna parte. Me impacienté y fue que me llamaron la atención por tardar tanto que tuve que volver al trabajo sin rechistar.

Me pasé días buscando a aquel señor con la mirada, pero era imposible, parecía haber desaparecido. Mi búsqueda fue frustrada, rara vez que lo veía me podía acercar y fue justo en ese instante que desearía saber su celda para poder ir junto a él y pedirle que me dijera la razón por la que me dijera aquello en un papel.

Pero después de tanto tiempo volvimos a encontrarnos en el mismo apartado de la máquina de jabones y fue mirándome con una mirada de complicidad que me empezó a contar.

Al parecer, una de las tantas veces que le tocara hablar en los cubículos cerca de donde yo estaba, nada más irme, viera como Changmin se acercaba a mis tíos y les daba un sobre de manera secreta y mi tía lo escondía rápidamente en el bolso.

Me miró fijamente con cara de pena al ver como mis expresiones cambiaban a cada palabra que había pronunciado.

Mis tíos, mis propios tíos, que una vez me metieran en el problema de Junsu, estaban aceptando dinero de aquel demente llamado Changmin, actuando tan creíblemente que me hicieran pensar que de verdad estaban sufriendo.

Cuan hipócritas habían sido conmigo.

Me quedé fijamente mirando a como el jabón era cortado y pulido en aquella máquina con la que mi compañero tendría que trabajar que perdí la noción del tiempo y de lo que sucedía a mi alrededor, que al sentir un golpe en mi espalda de algún pobre inocente guardia que me llamara la atención, le aticé de forma salvaje y con tanta rabia contenida que me hacía imposible el controlarme y pensar que aquella persona no tenía la culpa.

Aquel acto solo había empeorado más las cosas. Changmin volvió a amenazarme y a volver a contarme el mismo cuento que antes, junto con la excelente actuación de mis tíos volvían a hacer su lugar entre aquellos cubículos causando que la gente se sobresaltase al ver cuan afectada estaba la señora.

La falsedad me asqueaba y mi momento de rebeldía absoluta empezó su auge, con ese aviso como el botón que lo encendió.

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Las revueltas y las peleas solo empezaron a tomar forma desde aquel instante. Mi relación con aquellos presos fue a mejor, toda aquella falsedad de mis tíos había causado que mi rabia fuese utilizada en las peleas, y gracias a eso las ganaba todas a las que me tenía que enfrentar y las que yo mismo provocaba.

Mi cuerpo se tonificó desarrollando más músculos que ni siquiera sabía que existían. Pectorales marcados, abdominales y una espalda fibrosa se habían trabajado de tantas peleas y tanto entrenamiento.

Aquel chico delicado que una vez entrara, se había convertido en todo un hombre de pies a cabeza.

Nadie era capaz de superarme ni en los pulsos, todos temían que con sólo una mirada les propinase un puñetazo que los haría recibir puntos de sutura por la osadía de mirarme a los ojos.

Me había convertido en una auténtica fiera. Salvaje a la que nadie era capaz de desafiar.

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Habían pasado 3 años y mi estatus en aquella prisión llegó a tanto nivel de respeto que el del propio Rey estaba peligrando. Me había convertido en su mano derecha y siempre estaba cerca de él compartiendo su mesa al comer y estando a su derecha en los descansos mientras el se sentaba en la mesa del patio y observaba al resto de presidiarios, como hacía diariamente.

- Dios...

Escuché como decía esa palabra y lo miraba sin entender porqué la repetía tanto.

- Te llamarás Dios a partir de ahora...

Mis ojos miraban su figura desde el lateral y dudé porqué me llamaba así y dudando un poco me atreví a preguntarle porqué.

- No preguntes... e imprímetelo en un lugar que todos lo vean... serás mi sustituto.

Aquella expresión me causó desconcierto, "El Rey" sonreía de forma ladeada y asentía con la cabeza.

-Dios Naciente del Este...

Se levantó y me miró a los ojos. Aquella expresión me informaba de algo, me decía que algo no iba bien, y que aquello era un adiós.

Y como mis presentimientos me informaban, meses después de haber subido al mando de los convictos de aquel lugar, "El Rey" fue ejecutado por el veredicto que había deliberado el juez después de 10 años de condena.

Echaría de menos a mi amigo de pocas palabras.

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Una de tantas tardes lluviosas, yo el que fuera el novato que se había convertido en el más alto e importante presidiado de la "mansión" desde hacía un año, esperaba en aquella sala de espera mientras me hacían el último tatuaje que llevaría en mi cuerpo ya tatuado varias veces, siendo el nombre que "El Rey" me había dado en la alta espalda, la muestra de mi nuevo estatus en aquella cárcel.

Escuchara la puerta abrirse y ver como el alto e indeseable que mis ojos no querían ver en pintura se paseaba por la sala con los brazos cruzados.

Su silueta no era desconocida para mí, aquel maldito ser que molestaba la tranquilidad y el sosiego de escuchar aquella máquina de hacer tatuajes, que estaba haciendo el más importante de todos los que ya tenía en el cuerpo, Shim Changmin apareciera de nuevo frente a mí y sabía que era lo que requería de mi persona.

Como tantas veces me había insistido, había convocado por enésima vez un consejo en aquella cárcel. Y Changmin parecía realmente interesado en que aceptase y saliese de una vez.

- ¿Cuanto tiempo vas a hacerles esperar al jurado?

Me acomodé en aquella camilla con los brazos bajo mi cabeza y fingí no haberle escuchado.

Escuché como sus pasos se acercaban a mí hasta dejar a sólo unos centímetros de mi cabeza.

Noté su impaciencia ante mi calma y pasotismo y fue ahí cuando terminó el tatuador que se percibía claramente la impaciencia de Changmin.

- ¿No podías hacerte otro día esa mierda que te han hecho en la baja espalda?

El tatuador me avisó de que ya podía levantarme y me colocó unas gasas para tapar el tatuaje, recordándome una vez más el tipo de cuidados tenía que tener en una zona tan delicada.

Me despedí de él e irguiéndome en la camilla vi el rostro de Changmin. Su peinado había cambiado con el paso del tiempo. Ahora llevaba el pelo corto, muy corto por detrás con un flequillo de lado y una cara de inexpresividad y soberbia

Sonreí y lo miré desafiante a los ojos, sabía perfectamente después de casi 4 años que yo era intocable. Todas las tretas que hiciera para que yo cediera no habían hecho efecto y mis tíos no volvieran a volver a verme nunca más al descubrirlos delante de todos en aquellos cubículos.

Mi tatuaje con las dos fechas de nacimiento de Muerte y Junsu además de eses dos nombres habían sido los tatuajes que me acabara de hacer.

Me fui a la ventana y miré como la lluvia mojaba los cristales mientras con chulería me jactaba delante de Changmin.

Escuchaba su poca paciencia y como se acercaba a mí mirándome fijamente.

- Sabes que te queda un año, sabes que puedes salir antes... siempre que me ayudes a encontrar a Junsu...

Miré al frente sonriendo y levanté mi cabeza mirando al horizonte.

- Siempre me vas a soltar el mismo rollo... ¿No te cansarás nunca?....

Me giré y lo miré fijamente. Changmin me devolvió una mirada de furia con el ceño fruncido.

- No te dejaré en paz... te perseguiré a donde quiera que vayas... y si tu no me llevas a él... yo terminaré contigo... ¿Quizás así sea la forma en que aparezca definitivamente?...- sonrió con prepotencia- será la solución más fácil...

Me miró de manera extraña y acercó su mano para acariciar la línea de mi mandíbula con su dedo índice.

Aparté su mano de mí, sabía qué que me tocara era lo que más asco me daba. Conocía bien cuanto lo detestaba y odiaba, cuanto se me revolvía el interior, pero parecía que mi reacción le hiciera sentirse un pelín superior a mí en ese momento.

Un año y medio de condena seguía su curso y otro jurado más esperara por mí en vano. Aunque mi comportamiento en aquella cárcel era el de jefe del cotarro y del preso más importante, nadie se atrevía a contradecirme ni siguiera los propios guardias. Changmin se las ingeniaba para poder conseguir que saliera de aquel lugar, ya que sabía que una vez marchara lo primero que haría sería buscarlo a él, o que él mismo daría conmigo y aunque fuera lo que más ansiaba en este mundo, era consciente de que así sería ponerle a Junsu en bandeja de plata.

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A meses de mi salida definitiva de aquel lugar, se percibía como que desde mi entrada, el tiempo había pasado más rápido de lo que pensaba. Después de casi 5 años de acosos permanentes y constantes de Changmin, engañándome de miles de maneras diferentes para conseguir su propósito fuera lo que más pesada me hiciera la estancia en aquel lugar.

Las peleas y los malos encuentros con el resto de presos no fueran lo sofocantes y persistentes a como el acoso y derribo de Changmin conmigo casi semanalmente, que era siempre cuando podía ir, y sus constantes intentos de chantaje con jurados y con un historial limpio y miles de cosas más que me tentaban fuera lo que más me había agotado de todo.

No podría negar que no me sintiera tentado en un principio al pensar en compensar todo el daño y sufrimiento que había afligido en mucha gente y no sólo en mis tíos, pero al descubrir la verdad, no sólo mi rebeldía saliera a flote, una depresión interna de tener que aparentar ser fuerte y frío, algo que no era natural en mí, me hacía sentir más presión si cabía por el simple hecho de querer proteger lo más importante para mí, Junsu.

No veía el momento de salir de aquel lugar, pero al mismo tiempo no podía, no quería, que mi gran amor fuese encontrado. Como bien me dijera Changmin, yo también estaba seguro de la promesa que Junsu me hiciera el último día que nos viéramos en aquel muelle, sabía que volvería a encontrarme y eso era lo que más miedo me daba, sabiendo hasta que punto estaba dispuesto Changmin a llegar con solo poder conseguir tenerlo en su poder.

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Y, al fin, aquel tan y tan poco deseado día llegó. Ese mismo donde me darían la libertad que tanto ansiaba después de 5 años. Un frío día a finales de año, un 26 de diciembre, donde los primeros copos de nieve saludaban mi vuelta a la sociedad como un ciudadano coreano ex-convicto.

Miles de pensamientos se me cruzaban cuando viera a los guardias escoltarme entre las paredes de aquella cárcel pasando por rejas y rejas de seguridad de los diferentes niveles que tenía que traspasar para esa libertad tan ansiada.

Me devolvieran mis cosas, las cosas que una vez llevara conmigo en un petate blanco nada más ingresar cuando tenía apenas 27 años.

Esa fecha de salida, marcaba exactamente un mes antes de cumplir 33 años, yo mismo me sorprendía de ese simple pensamiento, 5 años en una cárcel sin poder celebrar mi cumpleaños de cambio de dígito con el cachondeo de mi querida rosa de invierno al hacerme viejo antes que él.

Sonreía iluso pensando en que le parecería ahora con mi corte de pelo descuidado y aquel cuerpo trabajado y lleno de señales significativas para mí. Me preguntaba a mi mismo si le gustaría esa nueva visión. Y me imaginaba su rostro y cuan hermoso se seguiría manteniendo después de tanto tiempo.

Me había entusiasmado, tanto que no fuera capaz de darme siquiera cuenta, percibir unos ojos que me controlaban a cada momento. Aquel que me torturara y siguiera mi persona como una sombra. Aquel que me estaría controlando para sólo acercarse a mi Junsu, estaba allí viendo como me iba por las rejas y la puerta de salida después de firmar mis últimos papeles en aquel lugar y dirigirme a la libertad.

Pero di media vuelta y busqué sus ojos, sabía lo que pensaba, sabía lo que me esperaba. Changmin no cesaría hasta terminar la venganza que secretamente y muy organizadamente había planeado...

Mis ojos se encontraron son los suyos y como chispas casi invisibles, nuestras miradas amenazaban a la del otro con estar dispuestos a lo que fuese con tal de que el otro fallase en su propósito. Él llegar a Junsu y yo evitar por todo lo alto que le tocase un pelo.

Giré mi cuerpo y abriendo la puerta salí, con una nueva esperanza de que las cosas malas que venían a partir de ahora tendrían su recompensa, y por muchos años que estuviera sufriendo en aquel lugar, la sonrisa que obtendría de Junsu al volver a verlo, me haría pensar que todo aquello habría merecido la pena, haciendo que el reencuentro después todo ese tiempo que estuviéramos separados, fuera lo más dulce que podría esperar jamás.

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Meses después de mi salida de la cárcel, todo se volviera tranquilo y normal, como la vida de cualquier persona. Encontrara un trabajo como repartidor de periódicos y tenía una furgoneta para mi uso personal.

Mis tíos, no supe nada más de ellos, ni tampoco me molestara en avisarlos de mi salida. No estaba dispuesto a tener más trato con alguien como ellos.

Ya era Marzo y los primeros rayos del sol, en aquel todavía tiempo invernal, amenazaban con querer salir entre las nubes del cielo encapotado que cubría la zona donde tenía el piso, aquel último piso donde había estado viviendo antes de ir a la cárcel.

Como cualquier Miércoles, fuera ha hacer la compra semanal ya que mi horario así lo permitía y mientras iba cargado de bolsas de la compra, sentí que me observaban.

Mis sentidos, agudizados por tantos años en mi anterior estancia durante 5 años, me avisaban de algo que iba a ocurrir. Sentía como miles de ojos entre aquellas calles peatonales, vestidos como cualquier civil me controlaban a cada paso que daba y analizaban mi siguiente movimiento. El gorro de lana que cubría mi cabeza y la bufanda que me hacía ocultar el rostro, me servían como escudo contra aquellas personas que me acechaban.

Pero unos gritos seguidos de un fuerte estruendo y estallido a dos pisos atrás de mí, hizo que la gente corriese por el pánico y que aquellas personas que me observaban fijamente, se descubriesen entre aquella manada de personas despavoridas.

Y fue ahí cuando pude reconocer a una de ellas.

El rostro de aquel espécimen no era para nada el de un predador controlando a su presa entre las hierbas altas de la sabana.

Su mirada era gentil, y aunque su disfraz hubiera mejorado, eran completamente perceptibles para mí aquellos ojos.

Desde el otro lado del paso de peatones, me observaba, me miraba, buscando que lo encontrase con mis ojos y los reconociera al instante.

Mi chico, mi vida, mi amor verdadero, estaba allí y esta vez nadie nos separaría de nuevo.




...


......


.........


Lo hemos perdido señor......


El sujeto número dos ha desaparecido de la nada....

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..........


Encontradle...




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