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El Monte de las Animas Cap 2

Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar y Jaejoong se retiró a su dormitorio. Yunho no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

“¡Habrá tenido miedo!”, exclamó el joven cerrando el libro que estaba leyendo y encaminándose a su lecho. Después de haber apagado la lámpara y cruzado las cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero y nervioso.

Las doce sonaron en el gran reloj situado en el pasillo. Jaejoong oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

“Será el viento”, se dijo y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas que conducían hacia su dormitorio, habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo, prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas son un ruido sordo y grave, aquellas con un lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.

Jaejoong, inmóvil, tembloroso, adelantó la cabeza fuera de las cortinas, y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, trató de escuchar; nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando intentaba fijar la vista en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

“¡Bah!”, exclamó, volviendo a recostar su brillante cabellera negra sobre la almohada de raso azul de la cama. “¿Acoso soy tan miedoso como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror al oír historias sobre fantasmas?”.

Y cerrando los ojos intentó dormir… pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí mismo. Pronto volvió a incorporarse más pálido, más inquieto, más aterrado. Ya no era una ilusión: las puertas de su recámara se separaron, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa, como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban cada vez más, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Jaejoong lanzó un grito, y cubriéndose con las mantas, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía con un rumor eterno y distante; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Daegu, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.

A sí pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Jaejoong. Al fin, se asomó la aurora: vuelto de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Yunho.

Cuando sus sirvientes llegaron despavoridos a notificarle la muerte del primogénito del Emperador Jung, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre la maleza del Monte de las Ánimas, lo encontraron inmóvil, crispado, aferrado con ambas manos a una de las columnas de su lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerto, muerto de horror…







Cinco décadas después, me hallo escribiendo esta historia, en el mismo lecho donde encontró su muerte mi antepasado, Kim Jaejoong, y no puedo evitar volver a girar mi cabeza ante cualquier ruido.

Dicen que años después de ese suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, relató cosas horribles. Entre otras, aseguró que vio a las esqueletos de los antiguos guerreros y de los nobles de Daegu enterrados en el atrio del templo levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y soldados sobre osamentas de corceles perseguir como a una fiera a un hermoso joven, pálido y desmelenado que, con los pies desnudos y sangrientos, daba vueltas alrededor de la tumba de Yunho.

4 Comentarios:

  1. ohhhhhhhhhh es decir que estan los fantasmas de los antepasados de junsu en ese monte *o*

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  2. xochiquetzal1/08/2011

    Ooh, què buena historia. ME encantò e final, de verdad. El amor, el terror, el misterio, todo junto, fue muy bueno.
    Las palabras tmb, sentìa como si arrastraran las imàgenes con un ritmo acorde a la historia.
    Corta pero me dejò una impresiòn.
    Gracias por habera compartido.

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  3. Anónimo7/25/2011

    estuvo genial la historia de terror XDXDXD

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  4. Anónimo7/25/2011

    es muy buena la historia no da mucho miedo es mas suspenso XD XD XD

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