El Dragón y El Sol - Cap. 5

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Locuras Separadas


Jaejoong se sentó en el palanquín que había ordenado él mismo. A los transportistas les había dado la frívola excusa de que deseaba visitar su tierra natal. No había manera en la que él estuviera anunciando que dejaba palacio.

Después de todo, quien lo destituyó fue el propio Changmin así que seria él quien tendría que informar al resto de palacio del por qué el Erudito Sol no estaba mas con ellos.

“Me pregunto si les dirá que morí,” Jaejoong susurró, amargamente. Trató de prohibirse concebir airados pensamientos acerca de su hermano de compañía, únicamente para darse cuenta de que esto no importaba más. Changmin había cortado sus lazos. No estaba más atado al emperador, a palacio, al decoro formal y a las reglas de un erudito.

A lo largo de toda su vida había estado sacrificándose a sí mismo—casi una estatua como una entidad que recitaba bonitas frases y guiaba cuidadosamente a Changmin en la dirección correcta sin mostrar emociones de más. Pero ahora el cuidadoso, gentil y paciente Jaejoong ya no tenía por qué existir. Estaba solo y por su cuenta. Podía ser quien sea que él quisiera.

En una muestra de desafío, Jaejoong de una patada se quitó los zapatos—de brillante seda roja bordada con dorados dragones—y los arrojó contra la pared del palanquín frente a él. Entonces pateó la pared él mismo, una y otra vez. Sabía que los transportistas no pedirían explicaciones por su parte. Estaban demasiado bien entrenados para eso.

El personal de Changmin era entrenado el mejor.

“Lo odio,” Jaejoong dijo. Y luego lo gritó. Por primera vez desde que era un bebé, él lloró a gritos—a lo máximo que daban sus pulmones, con los sentimientos que había estado suprimiendo por años. “¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡¡Quiero odiarlo tanto tanto!!”

“Él me hace sentir de la forma en que lo hago y luego me destituye. ¡Él es el traidor! ¡Él es quien rompió nuestros lazos! ¡Le di mi vida entera y él me echa por eso! ¡Yo lo odio!”

Jaejoong se deshizo en una rabieta dentro de la pequeña caja de madera—una expresión de emociones por años reprimida. Lanzó patadas y puñetazos e insensatamente habló y gritó.

Y entonces cuando todo hubo terminado, hundió el rostro entre sus manos y lloró el resto del camino a su pueblo natal.

~~~***~~~

Kim Seo Yun había pasado por muchas dificultades a lo largo de su vida. Había sepultado a sus dos hijas, a su hijo, y a su marido, todos abatidos por la ponzoña de verano—la tifoidea. Ésta había avanzado imperceptiblemente por toda la casa Kim como el fuego, lamiendo a sus miembros con su lengua febril.

Una calurosa estación la había dejado viuda y sin descendencia. Pasó de ser una dama de clase alta y pocas preocupaciones a una mujer que no tenía ni marido ni hijos. Una mujer de quien la gente apartaría la mirada mientras pasaba frente a ella, temerosa de atraer su mala suerte.

Kim Seo Yun había pasado por muchas adversidades, sin embargo ninguna de ellas fue tan dolorosa como aquel día dieciséis años atrás cuando le entregó su primogénito al casamentero real Kang Shyu Bin.

No era como si Jaejoong hubiera muerto ese día. Seo Yun había visto por ella misma al muchacho—el cual había crecido hermosamente—de pie junto al príncipe durante el funeral del Emperador y luego más tarde, mientras estaba parado en el lugar de honor en la marcha nupcial del nuevo Emperador. Y por supuesto ella, como todos los ciudadanos coreanos, había escuchado sobre la majestad del Erudito Sol.

La había llenado de orgullo el saber que su hijo había crecido para convertirse en ese gran hombre. Y por supuesto la familia Kim se había beneficiado de su acuerdo con la familia imperial; las riquezas que el acuerdo les trajo eran lo único que mantenía a la mujer con vida. Sin embargo ninguna de estas borró realmente el dolor de enviar lejos a su precioso niño de cuatro años para ser criado por otros.

Por eso, el fresco día de otoño en que el palanquín real se detuvo frente a su casa y el mismo niño que había sido arrancado de su vida salió de este, Seo Yun sintió la vida volver a ella por primera vez.

El muchacho parado tímidamente en el patio de la casa, ataviado con finas sedas teñía el brillante azul del cielo de verano. “He vuelto, madre.”

La mujer solo se quedó en su sitio, conmocionada. “Hijo mío.”

“Le dije al Emperador Dragón que quería pasar el resto de mi vida con mis padres en el cumplimiento de mis deberes filiales. Me dejó ir a petición mía. Se lo debo a usted y a padre por haber estado ausente durante tanto tiempo.”

Había tantas cosas que Seo Yun quería decirle al joven ante ella. Quería decirle que había hecho suficiente, que no le debía nada. También quería preguntarle la verdadera razón por la que había dejado palacio. La melancolía en el tono que usaba y la triste naturaleza en la cual pronunció el nombre del Emperador hablaban de mucho pesar.

No obstante, este era el muchacho que había echado de menos tan desesperadamente por los pasados dieciséis años y por quien todavía lloraba en tantas noches frías.

Así que en lugar de eso tan solo sonrió ampliamente y dijo “Bienvenido de vuelta a casa, Jaejoong-ah”

~~~***~~~

El palacio se había sumido en el caos. El cambio había sido gradual, y aún así se volvía mas pronunciado conforme las estaciones empezaban a cambiar. Había comenzado con el Emperador faltando a reuniones con sus asesores y había empeorado con el hombre desapareciendo por días enteros y sin informar a nadie del personal de palacio de a donde estaba yendo.

Sin embargo, conforme el otoño daba paso al invierno y el invierno a la primavera, el palacio sabía que algún mal grave ensombrecía al Emperador Dragón. El hombre había pasado de ser un líder bueno y gentil a ser casi un personaje transtornado. Era visto solo en raras ocasiones, y aquellas veces estaba o gritando al personal o blandiendo la espada que había forjado casi un año atrás—el diseño del dragón y el sol que el hombre había mantenido a su lado todo este tiempo.

El preocupado personal no tenía ni idea de qué hacer a fin de aliviar las dolencias de su Emperador. Los herbologistas quemaban incienso y mezclaban diversas especias en la comida de Changmin a fin de contrarrestar su temple. Los sirvientes se aseguraban de tomar un cuidado adicional en sus habitaciones y los asesores únicamente pasaban al Emperador los informes positivos del estado del reino—las grandes cosechas y la buena salud del pueblo.

No obstante la única persona que siempre había sido capaz de controlar al emperador, el Erudito Sol, parecía haber desaparecido de la noche a la mañana. El personal se susurraba el uno al otro que quizás este había muerto y el emperador estaba de duelo. Pero ellos sabían que eso no podía ser cierto. No existían ritos fúnebres apropiados que fueran retrasados.

Fue Kang Shyu Bin, el viejo casamentero, el primero en aproximarse a Changmin personalmente. El hombre había envejecido garbosamente y a pesar de estar bien entrado a los setenta para esa época, seguía estando tan sano y alerta como siempre. Él conocía a Changmin desde su nacimiento y tras la muerte del último emperador se había interesado en cuidar del muchacho con ojos casi paternales. Ver a una persona por la que se preocupaba tan profundamente al borde de la locura era algo simplemente inaceptable.

Acorraló al joven emperador en sus habitaciones un día. Changmin simplemente había estado sentado sobre su cama fijando la vista en una pintura que colgaba sobre esta—una de un dragón volando a través de los rayos del sol.

“Esa pintura es demasiado masculina,” Shyu Bin lo dijo como una declaración abierta. “No la recomendaría para esta habitación. ¿Cómo se supone que la emperatriz salga encinta con una presencia tan masculina en la habitación? Debería reemplazarla por la imagen de un conejo o un fénix.”

Changmin no dio indicación de haber oído al hombre, en lugar de eso se limitó a contemplar la pintura con los ojos en blanco.

“Envié a la Emperatriz de regreso a su tierra natal. Hay un gran sanador hacia el norte que podría ser capaz de darle las medicinas que ella necesite a fin de concebir. Una vez termine su tratamiento con él enviaré por ella de vuelta.”

“Está bien,” Changmin dijo finalmente, a pesar de que aún no llevaba sus ojos a encontrarse con los de Shyu Bin. “Está bien si no regresa nunca más.”

“Con seguridad no. Un Emperador necesita a su Emperatriz”

Changmin soltó un bufido. “Yo no necesito a nadie. Estoy bien por mi cuenta.”

Había tanta amargura y dolor en esa declaración que Shyu Bin estaba seguro de que incluso la persona más ida en el reino habría sido capaz de darse cuenta. Sus dedos se cerraron sobre el borde de su túnica. Era hora de llegar al meollo del asunto.

“El palacio ha estado preocupado por usted, Emperador,” Shyu Bin dijo amablemente. “Piensan que podría estar enfermo.”

“Piensan que estoy loco.” Changmin masculló.

“¿Lo está?”

El muchacho se rió, sus dedos bailando sobre la empuñadura de su espada. “La locura es un mal del cerebro y el corazón. Uno debe poseer ambos para sufrirla.”

Shyu Bin frunció el entrecejo. “¿Usted no los posee?”

“Tengo la mitad,” Changmin masculló. “La mitad de un cerebro, la mitad de un corazón, la mitad de un cuerpo...” Sus ojos volvieron a la pintura.

El casamentero observó la pintura una vez más, reconociendo las delicadas pinceladas. Sabía que todo esto se reducía básicamente a la misteriosa desaparición de Kim Jaejoong. Solo que no sabía cuanto sería capaz de presionar.

“La otra mitad que le falta no se habría marchado sin ninguna provocación, Emperador.” Shyu Bin dijo en un tono cuidadoso.

Hubo un largo momento de silencio antes de que el joven emperador hablara. “Yo lo expulsé.”

“Por una razón, estoy seguro.”

“¿Eso importa?” Changmin exigió. “Él era mi...él era mío. Él era mío y yo lo expulsé después de prometer mantenerlo a mi lado para siempre.”

“Emperador...”

“Todo lo que hizo fue por nosotros. No podía desposarse. No podía tener hijos. No podía volver a su tierra natal y hacer su piedad filial. Todo lo había sacrificado por mí y al final le di la espalda porque no fui capaz de aceptarlo. ¿Sabes cuánto me persigue eso? Cada día me imagino a mí mismo en esa posición y me pregunto cómo fue capaz de soportarlo.”

“Él se preocupaba por ti.” Shyu Bin dijo enfáticamente. Changmin soltó una risa amarga.

“Eso fue para lo único que vivió. Y yo traté de arrebatar eso de él también. Jaejoong él...no fui capaz de aceptarlo entonces. ¡Era tan peligroso! No podía...”

El casamentero calló al muchacho con un movimiento de su brazo. Observó el rostro afligido del joven y suspiró.

“Cuando me encontraba en mis días de juventud, el Emperador y la Emperatriz me pidieron que encontrara un compañero para su único hijo. Ellos querían alguien que permaneciera al lado del joven príncipe y ayudara a guiarlo. Había muchas buenas familias en Corea y muchos niños entre los que podía escoger. Sin embargo había un niño...un pequeño niño de cuatro años de edad con piel de porcelana y ojos que resplandecían como los de un ciervo. Leí su fortuna. Observé sus signos solares, sus signos lunares, su carta astral. Todo coincidía con el príncipe tan perfectamente. Nunca antes había visto unión tan fuerte. Sabía que esos dos muchachos estaban destinados a estar juntos y a cuidar el uno del otro de maneras que nadie sería capaz de comprender...o desear comprender.”

Changmin alzó la vista hacia el hombre, su semblante hundiéndose aún más.

“Luché conmigo mismo,” Shyu Bin continuó, “preguntándome si debía juntar a estos dos niños. Tal vez sería demasiado peligroso. Pero ¿cómo podía vivir conmigo mismo si mantenía separados a quienes fueron hechos el uno para el otro? Confié en que para el tiempo en que los muchachos se dieran cuenta de que eran el uno para el otro tendrían la fortaleza para mantenerse a salvo.”

Era obvio de lo que Shyu Bin estaba hablando, pero Changmin no quería comprenderlo. No quería que nadie más viera lo débil que había sido. “Pero yo...el palacio...tú sabes lo que pasa. Seríamos asesinados...yo...”

“Los sentimientos son privados, emperador. Pero comprendo que le preocupe su vida.”

Changmin se echó a reír. “¿Mi vida? ¿Crees que era por mi vida que estaba preocupado? Mi vida se acabó en el preciso instante en que me enamoré.”

“Y la vida de Jaejoong se terminó al momento en que usted lo negó.” Shyu Bin replicó.

Changmin bajó la mirada, con los dedos bailando por encima del filo de su espada, deleitándose al sentir la aguda punta.

Quizás era cierto. Quizás ellos simplemente eran hombres muertos caminando sobre esta tierra. Pero ni palabras ni pensamientos harían alguna diferencia. Jaejoong se había marchado y nunca volvería.

~~~****~~~

Jaejoong no recordaba la vida fuera de palacio y el nuevo mundo en el cual se encontraba le era tan extraño como si hubiera decidido ascender de los cielos para vivir allí.

Había campos interminables para que él explore. Podía caminar todo el día y no encontrar ningún muro levantado en su camino. Podía visitar el mercado y ver los diferentes productos. Pescado que él nunca antes había visto y especias apiladas a montones. Los alimentos para el muchacho habían llegado siempre preparados y eran entregados directamente a sus habitaciones. Nunca antes había visto de dónde provenían.

Para un poeta y un artista no había nada más romántico que esto.

Sin embargo, justo como decía el antiguo refrán, con lo bueno siempre llega lo malo. Y fuera de los muros de palacio Jaejoong observó la pobreza por primera vez. Él había escrito poemas y relatos acerca del esforzado agricultor que se sacrificaba por su país, pero la primera vez que vio a un mendigo—vestido en sucios harapos y tan flaco que su piel únicamente colgaba de sus huesos como el musgo en un árbol de sauce—fue un golpe para él. Vio cómo la gente únicamente caminaba por un costado del hombre, ignorando sus sufrimientos o incluso mofándose de él por causa de esto. Del mismo modo en que ellos se burlaban de su madre, la viuda, o del hombre desfigurado que vivía una calle más abajo.

La oscuridad del corazón humano, Jaejoong aprendió, no tenía límites. Especialmente a las cosas que eran diferentes de lo que ellos esperaban. Por primera vez fue capaz de ver el miedo que había poseído a Changmin cuando se le confesó. El joven emperador había cruzado los muros de palacio antes que él. Conocía la maldad que existía en el mundo.

“¿Tan solo intentabas protegernos, Changmin?”

Jaejoong estaba sentado en su antigua habitación. Su arcón se encontraba totalmente abierto y la pintura que había hecho la noche de bodas de Changmin estaba extendida frente a él. Gentilmente rozó la oscura elevación de la espalda del emperador, sus mejillas acalorándose de a poco al recordar la pasión con la cual había pintado la imagen.

Se había prometido a sí mismo nunca ver la pintura de nuevo y aún así noche tras noche, después de que su madre estuviera con seguridad dormida en su propio cuarto, el joven erudito sacaría el pergamino y lo contemplaría por horas.

Habitaba un sentimiento de añoranza dentro de él del que sabía nunca se iba a liberar. A menudo se preguntaba si Changmin aún pensaba en él. Si estaba mirando la luna por la ventana justo ahora e imaginando su luz cayendo sobre esta enorme casa en el pueblo de Jaejoong.

Extrañaba tanto a su hermano de compañía. Lentamente eso estaba comiéndolo por dentro. Y aún a pesar de que ponía un rostro afable para su madre o ayudaba a sus vecinos con gracia y humildad, no cambiaba el hecho de que poco a poco estaba muriendo. Solo tenía veinte años y aún así ya sentía como si tuviera los días contados.

“Si estabas tratando de salvarme, Changmin-ah, entonces deberías haber sabido que no hay vida para mí sin ti. He visto suficiente de este mundo y no quiero ver mas”

~~~***~~~

El emperador se tambaleaba por todos los salones de palacio. Su espada pendía holgadamente de su cintura y su cabello había escapado del ajustado lazo con que los sirvientes lo habían atado esa mañana, cayendo sobre su rostro en un terrible desorden.

No había una gota de alcohol en su cuerpo, y aún así sus movimientos eran torpes y a menudo caía. Su mente había dejado su cuerpo, así parecía. Había sido solo cuestión de tiempo. El personal de palacio había visto al Emperador debilitarse completamente en los últimos meses y no importaba qué remedios deslizaran en su comida o quemaran junto a su cama en medio de su sueño, nada parecía hacer efecto.

Todos se habían susurrado el uno al otro, preguntándose si este sería el final. De seguro no podría vivir en ese estado por mucho más tiempo. Pero si él moría, ¿que pasaría con Corea? El emperador no tenía hijos o parientes vivos que fueran capaces de ocupar el trono.

Changmin se dejó caer en la recámara de los niños, donde había estado durmiendo por el pasado mes. Se había negado a dejar que los sirvientes cambiaran siquiera alguna de las sábanas después de que Jaejoong se hubo marchado y el suave y fresco aroma de su hermano de compañía aún permanecía en las sedosas ropas de cama color rojo—las pacíficas carpas y grullas que habían sido bordadas en hilo dorado parecían burlarse del joven emperador.

“Hoy los asesores me dijeron que me controlara, Jae,” dijo Changmin, cayendo al suelo junto a la cama. Su espada haciendo un distintivo tintineo contra el duro piso.

“Me dijeron que como no tengo hijos, si muero, Corea estaría acabada. Dijeron que lo que sea que estaba perturbándome no podía ser más importante que el país.”

El muchacho comenzó a reír histéricamente, rodando por el piso, los ojos muy abiertos y con un brillo salvaje. “Tu dirías que lo mismo habría de pasar, ya sabes. Recitando sin descanso todas esas estupideces de 'el emperador es un pilar para su pueblo' que mi padre te había metido en la cabeza. Me dirías que no eres tan importante como Corea.”

Dejó de rodar, recostado aún en el suelo. Sus ojos apuntaban a la espada que se había desprendido de su cinturón y estaba tendida a unos cuantos centímetros de él. La hoja destellaba con la luz pasando a través de las ventanas. Era tan tentadora.

“¿Cómo puedo seguir así, Jae? ¿Cómo puedo preocuparme por algo más? cuando he apartado lo único que en realidad me importa. ¿Sientes lo mismo? ¿Te sientes tan muerto como yo?”

La hoja de la espada seguía brillando a la luz.

“Tal vez si yo muriera, entonces este amor moriría también y tú podrías ser libre para vivir de nuevo. Si eso es lo que toma mantenerte con vida...”

~~~***~~~

Jaejoong se encontraba de pie junto al pozo en el patio. No muchos hogares en la villa eran lo suficientemente solventes para tener su propio pozo, pero los Kim siempre habían sido una familia privilegiada y la posición de Jaejoong en palacio les había proporcionado aún más riqueza.

Normalmente uno de los sirvientes llevaría el agua para la familia cada mañana. Ésta sería hervida para preparar el desayuno y para que Jaejoong y su madre tomaran sus baños matinales. Sin embargo, ese día Jaejoong había insistido en llevar el agua diaria por sí mismo.

Vio hacia abajo en las profundidades del pozo, sus dedos aferrados con fuerza a los muros de este. Sería tan fácil. Solo necesitaba inclinarse unos centímetros más. Solo necesitaba levantar un poco los pies, perder el equilibrio. Solo un momento y todo habría terminado. El agua fresca se llevaría todos sus pecados y el haría puro a Changmin de nuevo.

Inhalando el último, profundo aliento, Jaejoong se inclinó hacia delante, balanceándose sobre las puntas de sus dedos. Cerró los ojos....

“Sabes, si haces lo que estás pensando hacer, contaminarás el agua de tu madre.”

Los ojos de Jaejoong se abrieron de golpe y él vio a Kang Shyu Bin de pie junto a las puertas de su casa.

“¿Qué clase de hijo filial serías si arruinaras la fuente de vida de tu madre con tu muerte?”

El joven inmediatamente se apartó del pozo, sus ojos no abandonando al hombre mayor. ¿Qué estaba haciendo él aquí? Con seguridad Changmin habría prohibido a cualquiera del personal de palacio contactarlo de nuevo. “Yo...yo no estaba tratando de morir.”

“Ayudé a criarte, Kim Jaejoong. Te conozco mejor que eso.” Shyu Bin dijo de mal humor. Se preguntaba cómo era posible para este muchacho el ser tan parecido a Changmin. Ambos los dos eran tan, tan estúpidos.

Kim Seo Yun salió de su casa y vio a Kang Shyu Bin de pie, su hijo mirando fijamente al hombre con los ojos muy abiertos. Y entonces justo en ese momento ella estuvo segura de que, una vez más, el casamentero se llevaría a su hijo lejos de ella.

“¿Qué...qué está haciendo aquí maestro Kang?” Jaejoong preguntó. Tirando de su túnica con nerviosismo.

“Estoy aquí para llevarte de regreso a palacio.”

Los ojos de Jaejoong se abrieron desmesuradamente. “¿Changmin me llamó de regreso?”

El casamentero negó con la cabeza. “El emperador está demasiado cegado para pensar en eso. Él cree que tú nunca volverás. Pero yo te conozco mejor, Jaejoong. Tú siempre fuiste el más fuerte; es por eso que te escogí para él. Volverás y lo salvarás.”

“¿Salvarlo? ¿De qué?”

“De hacer lo mismo que estabas a punto de hacer,” Shyu Bin resopló.

Jaejoong miró al hombre, negando con la cabeza vigorosamente. “No. El no lo haría. Min no lo haría. Él no tiene un hijo todavía. Él tiene que pensar en Corea. Hay...hay tantas cosas por las que él viva...”

“Tú niño estúpido,” Shyu Bin siseó. “Si crees que tu vida está acabada sin él, ¿no crees que él pudiera sentirse igual? Él puede ser un emperador, pero es tu hermano de compañía por encima de todo eso.”

Jaejoong oyó sinceridad en las palabras del hombre y eso lo asustó hasta la médula. “No puedo dejar que eso suceda. No me importa si muero, pero no puedo dejar que Changmin haga lo mismo. Él tiene que vivir.”

Shyu Bin negó con la cabeza. “Ambos ustedes dos...como dos patos mandarines, ahogándose en su propia estupidez. El que los juntó a los dos contra su propio mejor juicio fui yo y les juro por los dioses que no los veré terminar así. Vamos, Jaejoong. Volvamos a palacio.”

Jaejoong se volvió solo para encontrar a su madre esperando en la entrada. La mujer comprendió la mirada de su hijo y sonrió con tristeza.

“Cuando tenías cuatro años y te entregué al Maestro Kang sabía que tu vida estaría por siempre atada al emperador. Pude haberte traído al mundo, pero tú creciste con él. Tu deber hacia él es más grande que tu deber conmigo.”

Jaejoong sonrió y se acercó a la mujer, tomando sus manos entre las suyas.

“Tú me compraste esta casa, Jaejoong. Tú eres la única razón de que aún esté viviendo la vida que llevo. Tú volviste y me hiciste compañía por un año hasta ahora. No podría pedir por un hijo más filial. Pero no puedo soportar el ver tus falsas sonrisas todos los días. Quiero un hijo que brille tan vivamente como el sol de verano. Ve con tu emperador, Jaejoong. Si él está en el mismo estado que tú, entonces esto solo puede ir bien.”

Kang Shyu Bin observó la escena frente a él y sonrió a pesar de la frustración que sentía en su corazón. Después de setenta y cinco años sobre esta tierra, después de haber encaminado incontables matrimonios y uniones, el hombre no podía recordar un solo momento en el que sintiera que estaba haciendo más bien al reino que ahora.

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