Amistad Olvidada, Santo Pecado - Cap. 1

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Abrió sus ojos con lentitud al sentir la luz entrar por la ventana. ¿Qué día era? Mierda… No debió mirar el calendario. Era un día el cual odiaba como ningún otro. Era un día que le daba repulsión y nauseas. Odiaba ese número, odiaba ese mes…. Y odiaba su vida desde que todo había pasado.

Esa mañana, luego de ver el calendario con la imagen de dos tiernos gatitos con una bola de lana (nada masculino, lo sabía) se había bañado y vestido con rapidez. Sin siquiera comer y mucho menos avisar había salido de su casa sin rumbo fijo. Cualquier lugar era mejor que esas paredes a las que solía llamar casa.

Caminó respirando el fresco aire de la mañana, para luego sacar un cigarro, encenderlo y llevarlo a sus labios finos. ¿Irónico, no? Pues así era su vida. Aspiró una bocanada de humo con total gusto y lo expulsó satisfecho.

Tenía 18 años, aún era joven pero había tomado la costumbre de fumar como condenado. Su madre no tenía ni idea, si fuera así lo mataría, y claro… Sabía que no le hacía nada bien, pero no le importaba.

Ya lo daba por hecho, su vida era algo más sin total importancia en el mundo. Nada de qué preocuparse demasiado, de algo debía morir ¿No?

Miró la hora. Eran las 9. Tomó el metro y se fue mirando por la ventana hasta llegar al centro. Se fue a una plaza y ahí se sentó, se puso los audífonos y comenzó a escuchar música a un volumen fuerte. En ese momento el mundo ya no existía, sólo eran él y su música, sonando en sus oídos y haciéndole olvidar absolutamente todo.

Sintió el vibrador en el bolsillo, sacó el celular y vio en la pantalla el nombre de quién llamaba. Era su madre. Dudó si contestar o no, finalmente se sacó el audífono de un oído y contestó. En seguida la voz desesperada de su madre comenzó a sonar fuerte.

- ¡Changmin!  ¡Te he dicho que avises antes de salir!
- Hmm… - giró los ojos.
- Por favor, hijo, tú no eres así… ¿Te cuesta mucho decirme “mamá, voy a salir”?
- Estabas durmiendo.
- Podías despertarme.
- Ok, Ok…

Su madre le dijo algo, pero lo ignoró ya que estaba más pendiente de la música sonando en su otro oído, cuando terminó de decir aquello respondió con un simple “ahá”.

- No me esperes. - dijo sacando la cajetilla de cigarros del bolsillo.
- Hijo, no has comido nada…
- Tengo dinero, adiós. - y cortó la llamada.

Si, era el ser más insoportable del mundo y su madre no merecía que le respondiera así. Pero no podía evitar estar molesto la mayor parte de su vida, y menos en un día como ese. Su madre debía saberlo mejor que nadie.

Prendió el cigarro y lo sujetó con sus labios, y antes de ponerse nuevamente el audífono escuchó algo a lo lejos. Música, cantos. Alguien que hablaba cosas por un megáfono. Miró por la curiosidad que crecía, y vio que había mucha gente con carteles caminando, un auto blanco al medio y una mujer cantaba.

- ¿Qué mier…? - susurró. ¿Por qué había tanto escándalo? Había mucha gente mirando y más gente te acercaba, así que desde donde estaba no lograba ver con exactitud qué era lo que pasaba.

Se levantó algo curioso, la música aún sonando en uno de sus oídos. Se acercó a paso lento, no muy desesperado por saber de qué se trataba, pero si bastante curioso. Cuando se acercó lo suficiente escuchó esa palabra que le daba algo de repulsión, pero que también le causaba gracia.

“Dios” cantaba la mujer, siendo seguida por muchos jóvenes con largas túnicas blancas que llegaban hasta los tobillos. Changmin giró sus ojos decepcionado, “Creí que sería algo mejor” pensó. Pero al girar lentamente su cabeza para volver a su lugar anterior vio a alguien entre todos.

Miró atentamente, entre los chicos de blanco. Un rostro, bastante familiar… Lo miró bien y dejó de escuchar todo a su alrededor. Era un chico de cabello oscuro y ojos tristes. Ojos almendrados y melancólicos. Sintió que su corazón se detenía, para luego dar un salto tan fuerte que sintió que se saldría por su boca.

“No puede ser…” pensó, sin dejar de mirar al chico que caminaba entre más jóvenes sonrientes de varias edades. Miró hacia adelante. Un auto blanco, su cerebro comenzó a trabajar… “Un auto blanco…” pensó sudando frío. Sintió como si todo a su alrededor se detuviera, como si ya nada más existiera, nada más que él y su mente.

- Junsu… - susurró, y un sabor amargo recorrió su garganta. Hacía mucho que no pronunciaba ese nombre. Le dolía hacerlo, pero ahora no podía evitarlo… Luego una corriente extraña viajó por todo su cuerpo, llegando finalmente a su corazón, el cual dolió de una manera increíble… Y luego sus ojos. Sus ojos se humedecieron casi al instante de sentir aquel dolor oprimiéndole el pecho.

Era él… Era él, sin duda era él. Nunca había estado más seguro de algo, podría darle su alma al diablo asegurando que esa persona, que ese chico de ojos tristes que caminaba lentamente entre la gente de blanco, era Kim Junsu; su mejor amigo de la infancia… Aquel que había desaparecido sin dejar rastro alguno y que se había llevado con él su felicidad y sus ganas de vivir.

Tardó en reaccionar, había quedado como una estatua, totalmente inmóvil. Pronto  logró salir de su trance, dándose cuenta de que la gente de blanco ya se había alejado bastante.

- N-no... No - susurró para sí mismo, intentando abrirse paso entre toda la gente que estaba ahí. ¿De dónde había salido tanta gente? ¿Y para qué estaban ahí? - Permiso, por favor… - pedía a la gente que caminaba hacia todas direcciones, impidiéndole el paso.

Era bastante alto así que podía ver por encima de las cabezas de algunas personas. Allá iban, habían avanzado mucho. Se estaban alejando… Él se estaba alejando.

- No, por favor no… - caminó a través de algunas personas pero era imposible. A la gente que veía la marcha se le habían sumado los hombres de negocios y toda la gente que debía entrar a trabajar a esa hora.

Todo era un caos.

- Disculpe… - le habló a una anciana que estaba ahí parada, dispuesta a irse luego de que la marcha se alejara.
- ¿Sí? - respondió lentamente.
- ¿Sabe de qué era esta… marcha? ¿Quiénes son?
- Un internado católico me parece… - habló con parsimonia - Celebraban su aniversario…
- ¿Sabe cómo se llama?
- Algo de… Internado El Divino Llamado… No estoy segura, estoy muy anciana ya, la memoria me falla - se disculpó y Changmin negó con la cabeza.
- No se preocupe… Muchas gracias. - le hizo una reverencia y comenzó a caminar, logrando al fin salir del montón de gente.

Ya no estaban. Se habían ido, pero demonios… ¡Estaba totalmente seguro de que era él! Sentía algo extraño en su interior, era como felicidad… Se sentía con ganas de reír y llorar, y aquello no lo sentía desde hace mucho.

Corrió a tomar el metro y una vez dentro sacó una libreta y un lápiz y anotó “Internado Católico El Divino Llamado” , subrayándolo varias veces. Lo guardó en su bolsillo y esperó pacientemente, hasta que llegó a donde debía bajarse.

Corrió nuevamente, sin parar y sin siquiera respirar como se debe, hasta que llegó a su casa. Abrió la puerta con rapidez, se sacó los zapatos tirándolos lejos, corrió por el pasillo pasando frente a la cocina.

- Hola mamá, ya llegué - dijo apurado y subió la escalera corriendo. La mujer no alcanzó a decir absolutamente nada. Tiró su bolso y su chaqueta sobre la cama y se sentó frente a la computadora.

Comenzó a navegar en Internet, buscó  sobre el internado que le había dicho la anciana. El Divino Llamado. Encontró varias cosas, comenzó a leer de inmediato.

- El internado católico más prestigioso de todo Corea… - leyó para sí mismo en voz baja. - 65 años. Una enorme iglesia. Más de 300 internados. - siguió leyendo hasta que dio con unas fotos.

Las observó detenidamente, hasta que en una encontró lo que quería. ¡Era él! Estaban en algo que parecía un comedor. Mierda, estaba más que seguro que era él.

De pronto golpearon a la puerta y en seguida esta se abrió. Era su madre. Changmin se dio vuelta y la miró con una expresión suave, extraño viniendo de él, ya que los últimos años era totalmente serio, amargado e irritable.

- Hijo… ¿Quieres comer algo? - preguntó notablemente temerosa.
- En seguida bajo… Estoy buscando algo - le regaló una sonrisa como no lo hacía hace mucho y volvió a mirar la pantalla. La mujer abrió sus ojos impresionada y sonrió.
- Está bien, serviré en seguida.

Siguió buscando hasta dar con lo que quería. La dirección de dicho internado. La anotó en la misma libreta de antes y la dejó sobre la mesita junto a su cama, apagó la computadora y bajó para comer algo.

- Gracias por la comida - dijo al tener frente a si un plato de comida bastante contundente. Su madre sabía que Changmin amaba comer, pero desde hacía mucho que no comía con ella. La mujer se sentó frente a él y sonrió.

Se sentía muy liviano, se sentía tan extraño que sólo podía sonreír. Estaba totalmente seguro de que ese chico era Junsu, no había duda de ello… Aunque hubieran dicho hace años que estaba muerto, él nunca lo creyó. Nunca se permitió creer aquello, porque Junsu no sería capaz de dejarlo… No podía, siempre mantuvo la fe escondida en un pequeño rincón de su podrido corazón.

Esa noche durmió bien, algo ansioso, así que le costó quedarse dormido. Al otro día, luego de darse un baño, se apresuró a comer algo para poder salir. Esta vez le dijo a su madre que saldría, cosa que a la mujer le impresionó bastante. Le preguntó a dónde iría, pero Changmin sólo respondió “A hacer unos trámites”.

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Miró el papel de la dirección y luego miró el mapa en la parte superior de la pared del metro. Faltaba sólo una estación. Miró la hora, ya era las dos de la tarde y había salido de su casa a las once y media. De verdad llevaba largo rato viajando.

Cuando el metro se detuvo bajó y comenzó a sentirse nervioso. Su corazón latía rápido. Le preguntó a un guarda por la dirección y este le indicó por dónde ir. Siguió caminando y caminando largo rato, sus pies dolían y tenía hambre. Sacó un cigarro y lo prendió, inhalando el humo mientras caminaba.

Llegó a la calle que indicaba el papel, así que comenzó a mirar los números en las rejas, hasta dar con el número que esperaba. Miró impresionado el lugar, tiró el cigarro al suelo y lo pisó.

Era un lugar gigante, algo así como una escuela grande o una mansión. Todo era blanco, y tenía unos enormes jardines verdes. Tocó el timbre bajo el número y esperó un momento, hasta que escuchó una voz por la pequeña caja.

- ¿Qué busca?
- Eh… - se acercó a la cajita de donde venía la voz - Verá… Es que, quiero hacer una visita… Necesito ver a alguien de aquí, yo…
- No se permiten visitas. - interrumpió cortante.
- Pero… Necesito ver a alguien.
- Lo siento, pero no aceptamos visitas. Adiós…
- ¡Espere, espere! ¿Entonces cómo puedo ver a alguien de aquí?
- Si no pertenece al internado no puede ver a nadie. Adiós.

Y se cortó la conversación. Changmin suspiró pesadamente y se sentó en el suelo, sintiéndose derrotado. Llevó sus manos a su cabeza y jaló su cabello… ¿No lo vería de nuevo? ¿Acaso jamás podría recuperar a su amigo? ¿A la persona que más quiso? Aquello se sentía horrible…

Se levantó sin ánimos, tomó su bolso y se fue.

Ese día, al llegar a su casa, se fue directo a su habitación, se acostó en la cama y se quedó ahí escuchando música hasta cerca de las cuatro de la mañana. Su vista perdida en el techo oscuro, el frío de la noche lo envolvía. Se sentí en la cama y suspiró, hasta que una idea se le vino a la mente.

Era una idea extraña y loca… pero debería hacerlo si quería volver a verlo.

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- Mamá… - dijo de pronto, estando sus hermanas y su madre en la misma mesa comiendo. Las tres lo miraron expectantes - Quiero pedirte algo…
- ¿Qué pasa hijo? - dijo la mamá, intentando esconder la felicidad que le daba el que su hijo volviera a decirle mamá luego de tanto tiempo.
- Yo… Quiero entrar a un internado.
- ¿Un internado? - preguntó Sooyun, su hermana.
- ¿De qué hablas, hermano? - preguntó Jiyun, su otra hermana. Su madre no dijo nada pero se notaba que las preguntas de sus hermanas eran las que ella haría.
- Yo… Por favor, déjame ir. Pero necesito que me lleves tú.
- Pero… ¿Por qué esa petición tan repentina?
- Necesito hacer algo… Lo necesito, te lo ruego. - Sólo necesito un mes como máximo, sólo eso.

La mujer lo miró extrañada, pero se notaba en la mirada insistente de Changmin que de verdad era algo que necesitaba. Suspiró algo resignado y asintió con una sonrisa extraña en el rostro.

- Necesito que me hables más de eso, y que me muestres el lugar.
- Gracias, de verdad gracias… - le sonrió enormemente, la mujer le devolvió la sonrisa algo resignada.

Al día siguiente Changmin hizo el mismo viaje, pero esta vez con su madre. En el camino le dijo algunas cosas, pero no le dijo su plan completamente. No podía decirle que era por Junsu porque debía ser realista… Aunque creía estar cien por ciento seguro, también podía equivocarse…

Cuando la madre de Changmin presionó el botón, se escuchó la misma voz que le había hablado a Changmin hace dos días. Luego de que hablaran un rato la puerta se abrió y ambos entraron, escoltados por una monja bastante joven.

- La Hermana los espera en su oficina, pueden pasar. - les indicó una vez que estuvieron frente a una puerta café y grande con un enorme crucifijo dorado colgando. Changmin al verlo tragó saliva y ambos entraron.

 Ahí estuvieron más o menos dos horas, siendo ambos interrogados. Changmin nunca había mentido tanto en un rato tan pequeño, pero debía hacerlo si quería estar ahí.

“Si quiero volver a ver a Junsu…” pensó.

 Luego de un rato hicieron salir a Changmin de la oficina y su madre se quedó hablando adentro. Changmin esperó y esperó, jugando con sus manos, observando sus zapatillas. Mirando una hormiga que caminaba junto a la alfombra roja y vieja. Luego se dedicó a mirar los cuadros, los muchos cuadros que habían.

Por todos lados colgaban fotografías de supuestos Santos, crucifijos, rosarios y cosas varias. Changmin no podía evitar sentir nauseas al ver todo esto.

“Gente ilusa… Como si todo esto fuera real”

Al fin salió su madre del lugar, seguida por la mujer anciana con la que había hablado adentro. Esta lo miró con una sonrisa extraña y le dio un golpecito en el hombro.

- Mañana será tu primer día, hijo. Bienvenido a El Divino Llamado.

Mañana. Mañana sería el primer día.

“Mañana podré ver a Junsu…” pensó emocionado, sintiendo sus manos sudar.

Estaba inquieto y ansioso… pero no se imaginaba que al día siguiente comenzaría la peor de las torturas.

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Su mano sujetaba una maleta algo pesada con nerviosismo. Seguía en silencio a la mujer anciana del día anterior, quien caminaba rápido. Llegaron a una habitación, la mujer la abrió y lo hizo entrar.

- Veamos qué trajiste. - dijo quitándole la maleta y abriéndola sin preguntarle.

Changmin no le dijo nada, sólo observó en silencio cómo la mujer quitaba algunas cosas como un cuaderno, unos libros, diciendo “Esto no lo necesitas”. Luego le dijo que le entregara lo que tuviera en los bolsillos, así que resignado le entregó el celular, unos papeles y el dinero que traía. La mujer lo echó todo en sus bolsillos. Se aseguró de que no tuviera nada escondido y lo miró a los ojos.

- Dentro de una hora te necesito para la ceremonia de bienvenida que se te hará, prepárate.
- Está bien. - respondió y la mujer salió de la habitación, dejándolo solo.

Changmin suspiró y sonrió, sacó un libro grande (el único que la mujer había dejado) y rió para sí mismo. Sobre la tapa de cuero negro decía en letras doradas “Biblia”. No pudo evitar volver a reír, la abrió y ahí en un agujero que había hecho en las hojas estaba escondido su Ipod. Podía sobrevivir sin leer, sin escribir o dibujar idioteces, sin televisión o computadora… Pero jamás podría soportar ese lugar sin música que lo distrajera. Volvió a guardar el Ipod en su escondite y dejó el libro en el cajón junto a su cama.

Era una habitación bastante simple. Comenzó a revisarla curioso. Sólo había una cama, una mesita de noche, una lámpara, un rosario colgaba sobre su cama y un crucifijo dorado colgaba en la puerta.

Había una imagen de yeso de una virgen en una mesa en una esquina, y un pequeño mueble con libros. Se dirigió a verlos, pero eran puras burradas religiosas. Suspiró resignado, con lo que le gustaba leer y le ponían esas cosas.

Miró el reloj en la pared luego de un rato de mirar por la ventana al jardín. Faltaban cinco minutos para que se cumpliera la hora y le hicieran “la ceremonia de bienvenida”, y por alguna extraña razón comenzó a sentirse asustado e inquieto. No quería que pasaran esos cinco minutos porque tenía un mal presentimiento.

Al rato golpearon la puerta y se abrió en seguida. Era otra mujer un poco menos anciana que la otra, quien le indicó que debía salir. Changmin la siguió sin decir nada, caminaron por un largo pasillo lleno de imágenes y cosas que le estresaban. Sentía nervios.

- ¿D-De qué trata la ceremonia? - preguntó temeroso. La mujer no le contestó.

Atravesaron una puerta y llegó a lo que parecía ser una iglesia. Había bancas largas y un altar adelante. Ahí estaba la mujer y otras personas, pero tenían la cara tapada. Sintió miedo.

Llegó adelante y lo hicieron arrodillarse frente a la enorme imagen de yeso de un Jesucristo crucificado y ensangrentado que estaba en la pared. También había frente a él una fuente con agua. Había un hombre con una túnica, debía ser el hombre que hacía las misas y esas cosas. Él pronunció unas palabras en latín y alguien puso una mano en su cabeza. Su corazón latía rápido.

El hombre hizo que acercaran su cabeza al agua y le mojó la cabeza, el sentimiento de miedo en Changmin creció. Siguió diciendo cosas en latín y de pronto una mano volvió a ponerse en su cabeza, empujándolo hacia abajo, hundiendo su cabeza casi entera en la fuente con agua.

La impresión fue tanta que tragó agua y comenzó a ahogarse, se movió intentando sacar la cabeza pero no podía, la mano seguía empujándolo hacia el fondo. Movió los brazos pero fueron sujetados, sintió que le levantaban la camiseta por la espalda. Se asustó más, siguió moviéndose y agitándose. Una mano le tocó la espalda, bajó por la columna hasta llegar a la curvatura de la cintura… y en ese instante sintió el dolor más horrible que haya sentido alguna vez. Un dolor físico insoportable.

Gritó, pero sólo logró tragar más agua, aquel dolor se extendía por toda su espalda. Quemaba, quemaba de una manera horrible. Sintió ganas de vomitar, pero ya no pudo seguir aguantando la respiración. Sus ojos se cerraron lentamente.

--

Despertó con la cara contra la almohada, se movió un poco y gritó desgarradoramente. Ahí estaba ese dolor de nuevo. Estaba sin camiseta acostado boca abajo en su cama. El dolor seguía ahí, latente. No sabía que era, ardía de una manera horrible. Le dolía toda la espalda y toda la cintura. Notó que una venda le cubría toda la cintura.

Alguien entró a la habitación y le dejó algo sobre la mesita junto a la cama. Era una bandeja con algo, cosa que no le dio importancia. No tenía hambre, y ni siquiera podía enderezarse. Dolía demasiado.

Y estuvo dos días en esa cama, sin levantarse, sintiendo el dolor disminuir de a poco. La primera noche tuvo fiebre. Al tercer día pudo levantarse al fin, pero aún le dolía la espalda y no podía enderezarse ni caminar derecho.

Se maldijo de todas las maneras posibles al recordar el tiempo que había perdido, y aún no había visto a Junsu ni una sola vez. Miró la hora en el reloj mural y vio que era hora de almuerzo, según los horarios que le habían dado cuando hablaron con su madre.

Se levantó apenas, se vistió con menos ganas y con poca fuerza y caminó lentamente por el pasillo. Primero pasó al baño a mirarse al espejo, notando las enormes ojeras que tenía y que su cara estaba más delgada. No había comido casi nada en esos dos días, así que de seguro había bajado algo de  peso.

Recordó el dolor en su espalda, la curiosidad de saber qué le habían hecho era grande, así que subió su camiseta con cuidado, retiró con cuidado el vendaje que rodeaba si cintura y cuando terminó se puso de espaldas al espejo grande y miró hacia atrás.

Por fin pudo verlo… Era una marca, una gran marca en su espalda baja. Era una quemadura con la forma de un símbolo que no reconocía. Suspiró pesadamente mirando la marca.

- Hijos de… - susurró mordiendo su labio. Volvió a ponerse la venda para no rozar la herida y caminó con lentitud hasta llegar (hasta encontrar en realidad) al comedor.

Buscó con la mirada un puesto vacío, que estuviera alejado de la gente. Se sentó a la punta de la mesa y se quedó ahí sentado, intentando no apoyar su espalda en el respaldo de la silla. Miró el plato de comida frente a él. Tomó la cuchara pero una monja que pasaba por su lado le golpeó la mano.

- Aún no han dado las gracias. - lo regañó y Changmin dejó la cuchara donde mismo, sin ganas.

Aún se sentía débil y enfermo, así que no hizo más que hacerle caso. Miró al resto y vio como todos juntaban sus manos y cerraban sus ojos, los imitó para no ser regañado nuevamente, pero abrió un poco un ojo para observar.

Escuchó a una de las monjas hablando y dando gracias al aire. Estuvieron así varios minutos, hasta que anunció “pueden comenzar”.

Comenzó a comer con bastante hambre, pero sin muchas ganas. Mientras tanto se dedicaba a mirar a cada persona en las grandes y largas mesas del comedor. Miles de chicos de distintas edades comían y conversaban entre ellos a un volumen decente, nadie gritaba. Eran todos bastante disciplinados.

“Totalmente igual a mis compañeros de la escuela…” pensó con sarcasmo.

Observó el rostro de cada uno detenidamente, pero no lo encontraba. Seguía comiendo lentamente, llevando la cuchara con sopa a su boca y tomando. Miraba disimuladamente a cada uno de los chicos en esa mesa… cada rostro, ¡Pero nada! ¡No lo veía!

Se giró un poco y miró a la otra mesa, siguió mirando los rostros. Su corazón dio un salto. Ahí estaba, en una esquina… Era él, comía en silencio con la mirada perdida. Un sentimiento raro lo envolvió… y sintió algo raro en su estómago, como revolviéndose.

Una vez terminada la comida todos comenzaron a levantarse tomando sus bandejas y dejándolas en carrito en una esquina. Changmin se levantó con lentitud y dejó su bandeja ahí, luego esperó un poco hasta que vio al chico dejando también la bandeja en el carro y caminando en dirección a la puerta.

Aceleró el paso hasta quedar tras él. Su corazón latía rápido, y diablos… no sabía que decirle. En un impulso le tocó el hombre, haciendo que el chico se diera vuelta y quedara frente a él. Se miraron en silencio unos instantes, Changmin sintió su corazón latir más fuerte que nunca y sus mejillas enrojecer. Abrió su boca, pero no sabía qué decir.

- ¿Pasa… algo? - preguntó el chico frente a él, con una mirada apagada y confundida.
- Junsu… - pronunció lentamente, sin poder contenerse. Sentía que en cualquier momento lloraría.
- ¿Te conozco? - preguntó más confundido aún, y Changmin sintió como si le vaciaran un balde de agua congelada encima.

“¿Te conozco?” resonaba en su mente una y otra vez, con un maldito eco que comenzó a volverlo loco. Su corazón se partió, si, se partió en miles de minúsculos pedacitos, haciéndole sentir un dolor inmenso.

- ¿No… no te acuerdas de mí? - dijo apenas, sus labios temblaban al igual que su voz. El chico sólo lo miraba fijamente - Soy yo… Changmin. - y el chico negó con la cabeza.
- Lo siento… - se disculpó - Yo, debo irme…

Se giró y salió por la puerta, dejando a Changmin con el corazón por el suelo y el alma fuera del cuerpo.

No lo recordaba…

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