Amistad Olvidada, Santo Pecado - Cap. 6

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Desde muy, muy pequeño, Junsu había sentido un enorme vacío interior que nada podía llenar. Desde aquel día en que su hermano se había ido, cuando su hermano gemelo perdió la vida, sentía que nada tenía sentido.

Siempre se había sentido culpable por eso (aunque eso era lógico sabiendo que él fue quien causó todo), por no haber podido hacer nada, por haber sido tan pequeño e inexperto. Por haber deseado aquello de lo que tanto se arrepentía.

Sólo una persona fue capaz siempre de disipar esa pena completamente, la desvanecía con su simple presencia y hacía que su día a día tras esa fatídica pérdida tuviera más sentido.

Su mejor amigo, Shim changmin.

Pero entonces había llegado ese día. 15 de diciembre, su cumpleaños, el cual a pesar de todos los regalos que recibía y dulces que comía, odiaba secretamente.

¿La razón? El aniversario de la muerte de su hermano.

Gracioso e irónico, haber perdido a su hermano el mismo día que nacieron.

Y esa tarde se celebraría su cumpleaños número 13.

Hacía varios días ya había visto un auto blanco pararse cerca de su casa durante horas, pero no le había dicho absolutamente a nadie. De seguro sus padres no lo habían notado, ¿Lo habría hecho Changmin?

- Iré a buscar los juguetes que dejamos afuera – le dijo a su amigo, quien leía una historieta en su cama, acostado de espaldas, con la cabeza colgando hacia abajo y los brazos estirados sujetando la historieta frente a sus ojos. Este dejó de lado la revista y asintió, mirándolo al revés.
- No demores.

Salió de la habitación, bajando las escaleras en total silencio, pasando totalmente desapercibido por su madre que preparaba el pastel de cumpleaños en la cocina. Salió de la casa caminando lentamente sobre el césped, sintiendo la fría briza golpeando sus mejillas. Recogió uno por uno, juguete por juguete, juntando todos los soldados y robots en su pecho.

Al girarse para recoger el último se encontró cara a cara con el auto blanco, que se mantenía estacionado afuera del jardín. La ventanilla trasera bajó lentamente, dejando ver el rostro de una atractiva mujer. Esta le hizo señas con la mano para que se acercara.

Junsu la miró serio, la ignoró y recogió el último juguete, con intenciones de irse.

- Kim Junsu – dijo la mujer de pronto - ¿Eres Kim Junsu, cierto?

Él siguió caminando, ignorándola completamente.

- Tú… - habló nuevamente la mujer – Tenías un hermano gemelo, ¿No? – Junsu se detuvo – Kim Juhno era su nombre, si no me equivoco.

Junsu se giró entonces, mirándola con el ceño fruncido.

- ¿Por qué sabe usted eso? – preguntó dejando los juguetes en el césped nuevamente.
- Te conozco, pequeño. A ti y a tu familia.

Junsu arrugó la nariz, haciendo una mueca de desapruebo. Comenzó a jugar con los extremos de su camiseta con inquietud. La mujer sonrió enormemente y abrió la puerta, haciendo retroceder al instante al menor.

- No te asustes – se bajó del auto. Junsu mantuvo la distancia – Sé que extrañas mucho a tu hermano – dijo entonces. Junsu apretó sus labios y bajó la mirada.
- Claro que sí.
- Pero al mismo tiempo… ¿No era lo que querías?

Un silencio reinó entre ambos. El sonido de las hojas de los árboles moviéndose con el viento llenó sus oídos. El cielo gris amenazaba con regalar su lluvia en cualquier momento. No era el mejor día para un cumpleaños, pero sí uno para recordar a un difunto, ¿No?

- No sé de qué habla. Debo ir adentro, no tengo permitido hablar con extraños – se giró para entrar de nuevo a su casa, importándole muy poco los juguetes que había ido inicialmente a buscar.
- Siempre quisiste que muriera – sentenció la mujer y Junsu frenó en seco.

Unas cuantas gotas de lluvia comenzaron a caer con lentitud, causando un agradable sonido al chocar con las hojas de los árboles. Cada vez comenzaban a caer más gotas, una tras otra tras otra.

- ¡Yo no quería que…! - gritó girándose. La mujer lo interrumpió.
- Te daba envidia todo el cariño que recibía de tus padres por estar enfermo, mientras tú eras ignorado. Querías el cariño que él te robaba. Querías a tus padres sólo para ti.
- ¡No es cierto! ¡Era mi hermano! – gritó. Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
- Esa tarde que enfermó no hiciste nada. Sabías que su fiebre estaba aumentando y aún así lo dejaste solo, sin decirle a tus padres  que tu hermano se moría.
- ¡Yo no lo sabía! – se defendió llorando.
- Sabías que no podías dejar la ventana abierta o entraría el frío. Sabías lo delicado que era y aún así lo hiciste.
- Fue un accidente…
- Sabías que no aguantaría mucho tiempo con fiebres altas, y no llamaste a tus padres. Pero cuando lo hiciste era demasiado tarde. Ya no había vuelta atrás. La fiebre ya había dañado su cerebro, su organismo. Sufría convulsiones repetidas veces. Ya no había vuelta atrás. Moriría por mucho que intentaran salvarlo. Y todo eso es tu culpa, Junsu. La envidia te dominó en ese momento.

La pequeña llovizna comenzaba a convertirse en lluvia. Las lágrimas imparables que caían de los ojos de Junsu se mezclaban con la lluvia que caía en su rostro.

- Yo no quería que muriera… - dijo apenas, en un susurro – Sólo… sólo quería que ellos se asustaran. Quería llamar su atención, nada más… Pero yo no quería que muriera… - dijo adolorido, apretando su mano contra su pecho – No quería… en serio no quería… - llevó sus manos a su rostro, tapando sus ojos, comenzando a llorar con sufrimiento. La mujer se le acercó suavemente, y acarició su cabeza.
- Sé lo mal que te sientes. Sé lo mucho que has sufrido, el pecado te consumió en ese instante, y eso sólo te trajo sufrimiento y desgracia. Pero puedes liberarte de ese pecado.
- ¿En serio? – preguntó ilusionado, dejando escapar varios sollozos. Secó las lágrimas con su muñeca
- Claro, sólo debes acompañarme. Te llevaré a un lugar en donde podrás ser perdonado eternamente.

Junsu se quedó callado largo rato, intentando calmar su llanto. Miró hacia la puerta de su casa.

- Pero… ¿Y mi familia?
- No te preocupes, sólo será un tiempo corto. Luego volverás, y serás una persona nueva. Podrás ser feliz.

Nuevamente el silencio reinó. Sólo se escuchaban las gotas de lluvia golpeando contra el rejado, contra las ventanas, contra las hojas de los árboles.

- Quiero ser feliz… - respondió al fin, bajando la mirada. La mujer sonrió satisfecha.
- Entonces ven conmigo…

La mujer tomó la pequeña mano del menor, y lentamente caminaron hasta el auto. Los cordones desatados de los zapatos de Junsu se arrastraban por el césped mojado, llevándose con ellos ramitas y hojas pequeñas. Al llegar a la puerta la mujer se subió, y le tendió la mano para que él hiciera lo mismo. Junsu la miró con inocencia y se subió, cerrando la puerta tras él. Entonces  el auto arrancó…

… pero nadie notó que al subirse, un zapato de Junsu se cayó, quedando junto a la puerta del jardín trasero, mojándose completamente con la triste lluvia que caía.

Ese día comenzó todo.

Cuando despertó se encontraba en un lugar que no conocía. Estaba en una cama fría, dentro de una habitación completamente oscura. La lluvia no había parado, lo notó al mirar por la ventana y ver las gotas de lluvia chocar contra el vidrio entre la oscuridad de la noche. No se escuchaba nada por ningún lado. Se sentó en la cama e intentó ver algo, confundido. Sólo pudo ver que junto a él había otra cama, una mesa de noche y nada más.

La luz de la habitación se prendió, luego de haberse abierto la puerta. Un anciano muy delgado y con apariencia de cadáver entró, asustando a Junsu. El anciano le hizo un gesto a Junsu para que se acercara. Junsu obedeció y caminó hasta llegar a su lado, entonces el anciano apagó la luz y salió de la habitación, indicándole que lo siguiera.

Apenas caminaba. Tenía la espalda encorvada y las piernas arqueadas. Su cabeza estaba calva completamente y tenía el rostro más arrugado que haya visto.

Caminaron por un largo pasillo hasta llegar a una puerta metálica. El anciano la abrió apenas, y entraron, encontrándose con una pequeña habitación, oscura y húmeda. Se escuchaba una gotera. El hombre le indicó a Junsu que se desvistiera.

-         ¿Por qué? – preguntó nervioso. El anciano apenas lo miró.
-         Debes limpiarte todos los pecados que traes de fuera.

Junsu tragó saliva. No sabía exactamente qué hacer, así que se limitó a hacer caso y lentamente se quitó cada prenda que cubría su cuerpo, hasta quedar completamente desnudo.

Se paró al medio de esa habitación, tapando con sus manos su entrepierna, bajo un enorme grifo metálico y oxidado, del cual provenía la gotera. El hombre tomó la ropa y la dejó en un canasto en una esquina de la habitación. Junsu miraba cada movimiento con detalle, nervioso. Entonces el hombre giró la llave, dejando salir el agua.

Un chillido agudo salió de su boca al sentir el agua congelada en su cuerpo, haciéndole salir de debajo del chorro de agua al instante. El hombre le ordenó que volviera a su lugar, y por mucho que se quejó tuvo que obedecer, por miedo a que le hicieran algo.

El hombre comenzó a lavarlo con una escobilla áspera, la cual le lastimaba la piel. Frotó por todos lados, importándole muy poco la privacidad del pequeño. Este, de todos modos, ya había dejado de sentir hace rato. El agua congelada le había entumecido el cuerpo completamente, haciéndole sentir nada más que dolor. Un agudo dolor que se propagaba por su cuerpo entero, como agujas clavándosele por doquier.

Finalmente el anciano lo sacó de ahí y lo envolvió con una toalla. Junsu, tembloroso, la sujetó con sus dedos. Sus labios estaban morados al igual que debajo de sus ojos, y su piel estaba más pálida que nunca.

El anciano lo llevó de vuelta a la habitación, cubierto sólo por la toalla, dejando un camino de gotas y sus huellas húmedas marcadas en la alfombra. Al llegar el anciano le dio un camisón blanco y le dijo que se lo pusiera.

-         Mañana comenzará todo, pequeño – le dijo con un dejo de lástima en su voz. Junsu lo miró confundido.
-         ¿Comenzará qué?
-         No puedo decirte. Descansa por ahora.

El anciano salió cerrando la puerta tras su espalda. El sonido de llaves captó la atención del menor, entonces escuchó el pestillo en la puerta. Intentó abrirla desesperado, pero fue imposible. La puerta estaba cerrada con llave.

Caminó hacia la ventana y miró la lluvia caer con fuerza tras el vidrio. Entonces se preguntó qué tan lejos se encontraría de su casa… y comenzó a llorar, arrepintiéndose de haber seguido a esa mujer.

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Abrió sus ojos adormilado, al sentir un remesón fuerte. Alguien lo estaba sacudiendo y decía palabras inentendibles en su estado de somnolencia total. Entonces lo tomaron de la muñeca sacándolo de la cama con fuerza y lo arrastraron fuera de la habitación.

Cuando al fin pudo reaccionar un poco, una monja vieja lo tironeaba de la muñeca, caminando a gran velocidad a través de otro largo pasillo.

- ¿Dónde me lleva? – preguntó temeroso. La mujer no lo miró ni mucho menos respondió. Sólo se limitó a continuar tironeándolo a través del pasillo.

Finalmente llegaron a una puerta, la cual se abrió cuando llegaron. La habitación estaba casi en oscuridad total, casi porque unas cuantas velas alumbraban levemente el lugar, dando una atmósfera tenebrosa.

Al frente había dos monjas más y un hombre con ropa de cura. Junsu tragó saliva.

-         ¿Qué es este lugar? ¿Dónde están mis padres? – preguntó Junsu, nervioso. La monja lo llevó hasta dejarlo frente al cura.
-         No los volverás a ver. – respondió entonces. Los ojos del menor se abrieron de par en par y se giró para mirarla apenas entre la oscuridad.
-         ¡Pero la mujer de ayer prometió que sería por un momento! – gritó. ¿En serio no podría volver a ver a sus padres.
-         Tranquilo, pequeño. Aquí estarás mejor – le respondió sonriendo la anciana. Junsu forcejeó.
-         ¡Déjenme ir con ellos! ¡Deben estar preocupados! – gritó. Se quedó callado al recordar algo y volvió a forcejear más fuerte - ¡Changmin! ¿Qué pasa con él? ¡Debo ir a buscarlo! ¡Le dije que no tardaría con los juguetes!
-         ¡Ya guarda silencio! Nadie de ellos te extrañará, a nadie le importas y lo sabes. Estarán mejor sin ti.
-         No es cierto – comenzó a sollozar. La simple idea de no volver a ver a su familia ni a su mejor amigo le causaba terror. La anciana hizo que se girara nuevamente para que mirara al hombre.
-         Terminarás olvidando a cada uno de ellos… - sonrió. Lo supo por su tono de voz, y antes de que pudiera decir algo una mano se posó en su cabeza y la empujó hacia abajo, hacia un contenedor repleto de agua.

Y del resto no pudo recordar mucho. De un momento a otro estaba ahogándose bajo el agua. Intentaba salir, pero la mano lo seguía empujando hacia abajo. Las lágrimas de desesperación se mezclaban con el agua fría que cubría su cabeza. Sus manos eran sujetadas firmemente por las dos mujeres a cada lado.

Entonces vino lo peor. Un dolor agudo, horrible recorrió su espalda en segundos. Algo le quemaba. Gritaba bajo el agua, ahogándose, tragando todo el líquido al intentar gritar. No podía moverse, lo tenían sujeto por todos lados. Bajo el agua escuchaba balbuceos del cura frente a él. No entendía lo que decía, pero parecía ser un idioma que no conocía.

Al fin lo sacaron del agua, y lo único que pudo hacer fue gritar desgarradoramente. Lo soltaron y cayó el suelo, llorando y gritando como nunca lo había hecho, retorciéndose de dolor. Dolía tanto, demasiado, jamás había sentido un dolor parecido. Apenas pudo ver a la mujer anciana mirándolo, en sus manos sostenía algo. No pudo ver bien que era, parecía un fierro largo. Tenía algo en la punta, una figura. Se veía rojo, parecía caliente… ¿Qué le habían hecho?

La mujer lo levantó entonces. Sintió que las piernas le temblaban, se sintió mareado. Se soltó de la mujer y volvió a caer al suelo, esta vez de rodilla, comenzando a vomitar.

-         Agh, por Dios – dijo la mujer con asco. – ya, levántate – lo tomó del brazo con brusquedad, haciendo que se levantara. Junsu apenas se mantuvo en pie, totalmente mareado y adolorido.

Lo llevaron a una salita donde un viejo anciano esperaba. Lo dejaron ahí y la vieja monja se fue, dejándolos solos. El hombre suspiró cansado, ayudó a Junsu a subirse a una cama, espalda arriba, y se lamentó.

Nunca entenderán que este no es el camino correcto… - susurró. Junsu no le respondió, sólo una cosa ocupaba su mente y era el dolor. El horrible dolor que daba fuertes punzadas a lo largo de su espina dorsal.

Comenzó a llorar en silencio, escondiendo su rostro en la almohada blanca. El hombre suspiró nuevamente y comenzó a curar la herida de la que provenía todo el dolor.

-         ¿Por qué me hicieron esto? – preguntó de pronto, apretando con fuerza las sábanas entre sus dedos.
-         Los marcan como a ganado para tenerlos como su propiedad. Lo siento tanto, tendrás que vivir con esa marca. – le limpió y vendó con delicadeza – Puedes descansar aquí, debo irme un momento.
-         ¿Quién es usted?
-         Soy el hombre con el cual deberás confesarte cada cierto tiempo – le sonrió – espero que nos llevemos bien.

Y el hombre se fue de la habitación, dejando a Junsu acostado boca abajo, llorando en silencio por el miedo y la impotencia que tenía. ¿Por qué había hecho caso? Tantas veces su madre le había dicho que no confiara en extraños, que no les hablara ni mucho menos los siguiera. ¿Y lo primero que hacía era subirse al auto de una extraña, sólo porque conocía a su hermano?

Sus padres estarían muy decepcionados de él.

¿Cómo estarían ellos?  ¿Estarían preocupados?.. ¿Y Changmin?

 -         Changmin… - susurró apenas, sollozando. - ¿Por qué no estás aquí, conmigo? Tengo tanto miedo… - se acurrucó apenas, totalmente adolorido y cansado. ¿y si moría por el dolor? ¿Quién lo sabría? ¿Sus padres lo sabrían?

Era un tonto.

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Días  pasaron antes de que se recuperara completamente. La fiebre y los vómitos no cesaban y el dolor no disminuía ni un poco, además, había caído en una profunda depresión al no tener a sus padres ni a su mejor amigo con él.

Cuando al fin comenzó a sentirse mejor comenzaron a llevarlo a miles de misas. Lo regañaban a cada momento por no poner atención o por no saber las respuestas a las preguntas que le hacían. Una monja le golpeaba las manos con una regla cada vez que no sabía algo. A causa de ello, apenas podía escribir o sostener cosas, ya que el dolor le acalambraba las manos completamente.

Era un lugar horrible. Nadie hablaba, nadie reía, nadie jugaba. Había miles de niños, pero ninguno corría ni gritaba. Parecían zombies, caminando todos al mismo tiempo, sin decir nada, mirando al frente sin desobedecer órdenes. ¿Qué clase de lugar era este? Sólo adoraban a Dios día y noche, no paraban de rezar ni de pedir, ni de cantar canciones trágicas o ir a largas y aburridas misas.

Junsu era católico, y en su vida ya había ido a misas con sus padres. Pero jamás había vivido algo como eso. Ese lugar realmente estaba loco.

Y así pasó el tiempo. Junsu lloraba cada noche queriendo ver a sus padres y a su mejor amigo. Por mucho que había rogado a las monjas poder verlos, la respuesta siempre habían sido cachetadas, gritos o penitencias por su falta de respeto.

Entonces llegó la peor época de su vida: la pubertad.

Durante todo el tiempo que vivió con sus padres jamás tuvieron charlas de sexualidad ni nada relacionado con el tema. Y mucho menos las tuvo al entrar a ese lugar. Ahí se hablaba de Dios y sólo de Dios. Cosas relacionadas con ellos mismos como persona no tenían lugar en las conversaciones.

Al mismo tiempo extrañaba demasiado a Changmin. Extrañaba tanto aquellas tardes que pasaban juntos, jugando y riendo como si no hubiera un mañana.

Y claro, estar viviendo la pubertad y pensar tanto en su amigo no eran la mejor mezcla.

Esa noche tuvo su primer sueño húmedo. Soñaba que alguien tocaba su entrepierna lentamente. No podía ver quién era esa persona, pero se sentía muy bien. Era algo que jamás había sentido.

Al despertar se encontró con esa sorpresa entre sus piernas. Se asustó mucho.

-         ¿Pero qué…?

Levantó su camisón con nerviosismo al ver un bulto, encontrándose con… “eso”, totalmente levantado. Soltó un chillido al verse en ese estado y volvió a bajar su camisón, asustado. Recordaba haber visto una vez a sus compañeros de curso una revista donde habían hombres y mujeres desnudos, y todos los hombres estaban igual. Se sonrojó mucho.

-         Hmm… ¿Qué debo hacer?

Miró la hora en el reloj que colgaba de la pared blanca. Daban recién las 2:30 am. No podía salir de su habitación a esa hora. Suspiró. No sabía qué hacer. Volvió a subir su camisón y se miró con más atención.

-         ¿Por qué está tan… grande y duro? – se preguntó apenas en un susurro cuando lo tomó con su mano. Al instante sintió algo en la boca de su estómago – Ngh, se siente raro…

Tomó aire y por instinto movió su mano, sintiendo una extraña sensación de relajo. Su corazón latía rápidamente. Volvió a mover su mano repetidas veces, sintiendo una nueva sensación apoderarse de él. Pronto notó que no podía dejar de tocarse, y comenzó a sentir ansioso. Se sentía muy…

-         Se siente bien… - susurró para sí mismo, sintiendo su rostro sonrojarse.

Su respiración se agitó y subió su temperatura corporal. Jamás había sentido algo como eso. Sintió que aquello incrementaba, gustándole aún más, hasta un punto en que sentía elevarse. Entonces algo salió de él, ensuciando sus manos y las sábanas. Una sensación de relajo total lo invadió, sintiéndose en el cielo. Ah, ah, se sentía tan… ¡tan bien! Aquello duró un instante y luego se detuvo. Ah, ¿Qué había sido eso? Jamás se había sentido tan bien en su vida.

Miró su mano, su respiración un tanto agitada. Un líquido blanco la cubría.

-         ¿Esto salió de mí? – miró la palma de su mano con atención e hizo una mueca – Qué asco… - la limpió en su camisón y se quedó en silencio.

Volvió a acostarse, pensando en lo que había hecho. ¿Era malo hacer lo que había hecho? Pero se había sentido bien, ¿Qué era? Pensó en preguntarles a las monjas del lugar, pero temió que fuese algo malo y lo castigaran, así que decidió callarse y volver a dormirse.

Pasaron días. Aquello se repitió varias noches… pero ahora el sueño cambiaba. Cada vez podía ver con más detalle a la persona protagonista de sus sueños. Hasta esa noche, que pudo ver su rostro, sonriéndole con una mirada penetrante y profunda, lamiendo sus labios, sin dejar de tocarlo…

Se despertó de golpe, completamente sudoroso. Su corazón latía rápidamente, su frente estaba húmeda y nuevamente su entrepierna estaba en la misma situación de siempre.

Aquella situación comenzaba a desesperarle.

Entonces recordó el sueño, y un calor inmenso se apoderó de su rostro al recordar el rostro del protagonista del sueño.

-         ¿C-Changminnie?...

Sí, claramente el de su sueño (todos ellos) había sido Changmin. ¿Era normal soñar esas cosas con tu mejor amigo? No lo sabía, pero algo le decía que no.

Comenzó a tocarse nuevamente, como lo hacía usualmente, y se asustó al notar que, al recordar el rostro de Changmin en su sueño, aquello se sentía mucho mejor. Terminó rápido, y por primera vez se sintió avergonzado por lo que acababa de hacer.

Una mañana despertó nuevamente en ese estado, y comenzó con lo que siempre hacía, pero de pronto la puerta se abrió con fuerza, revelando a la monja vieja de siempre, la cual venía diciéndole algo de que estaba atrasado para la misa. Antes de poder siquiera acomodarse, la mujer lo miró fijamente con los ojos abiertos como platos y soltó un grito escandalosamente horrorizado. Junsu dejó de tocarse al instante y se tapó, sonrojado.

-         ¡¡Lujuria!! – vociferó la mujer, roja como tomate.
-         ¿Qué? – preguntó Junsu con inocencia y confusión - ¿Qué es lujuria? – volvió a preguntar, pero como respuesta sólo recibió una fuerte cachetada.
-         ¡Guarda silencio, hijo de Satanás! – lo tomó con fuerza de la muñeca y lo arrastró fuera de la habitación.

Corrieron por varios pasillos. Junsu era arrastrado con fuerza sin saber bien cuál era el problema, llorando a causa de la gran cachetada que había recibido. ¿Era acaso por haberse tocado? Jamás pensó que aquello fuera tan malo. Oh, se sentía tan sucio.

Llegaron a una puerta con una enorme cruz dorada, en la cual decía Dirección. Apenas entraron la mujer empujó a Junsu contra el escritorio.

-         Pone tus manos ahí – le indicó, enojada. Junsu obedeció, atemorizado, dejándolas sobre el escritorio. En seguida la mujer sacó una vara larga y con toda su fuerza la azotó contra sus manos. Este chilló y las sacó, comenzando a llorar con más fuerza. - ¡¡Déjalas ahí!! – gruñó. Junsu cerró sus ojos con fuerza, acercando sus manos temblorosas.

La mujer volvió a golpear la vara repetidas veces contra las manos de Junsu, con toda la fuerza posible. El menor sólo podía agachar la cabeza, derramando incontables lágrimas, tragándose los gritos que quería soltar.

-         ¡Tienes el pecado de la lujuria entre esas piernas tuyas! – gritaba mientras azotaba. - ¡Sucio! ¡Impuro!

Lo golpeó durante varios minutos. Su rostro seguía rojo, y sus ojos abiertos escandalosamente. Finalmente su rostro tenso se relajó y dejó de golpearlo. Junsu continuó en la misma posición, llorando en silencio, mordiendo con fuerza su labio. Los sollozos causaban pequeñas convulsiones en su pecho y espalda.

La monja se alejó un poco, dejando la vara guardada en algún lado. Volvió con otro pequeño objeto en su mano. Se paró detrás de Junsu y le levantó el camisón hasta el cuello. Junsu seguía paralizado por el fuerte dolor en sus manos, pero al sentir algo afilado contra su espalda, haciendo un leve corte, volvió a gritar.

-         Por cada pecado que cometas, un nuevo corte será añadido a tu espalda. No lo olvides – le dijo enojada, importándole muy poco ver al pobre chico llorar tan desesperado, ni mucho menos cómo en su camisón se dibujaba una mancha roja en la zona del corte.
-         Quiero irme a mi casa… - sollozó sin mirar a la mujer, aún de espaldas. – Quiero irme, quiero irme – repitió encogiéndose de hombros, cubriendo su rostro con sus manos. La mujer bufó y lo jaló del brazo para que se enderezara.
-         No me importa, ahora debes ir a confesarte, ve – lo empujó fuera de la habitación y cerró con fuerza la puerta a sus espaldas.

Junsu caminó con lentitud en completo silencio, sintiendo sus manos y dedos acalambrados por los fuertes golpes. Las miró apenas, entre las lágrimas de sus ojos, viendo las grandes marcas rojas en ellas. Secó sus mejillas con las mangas de su camisón, ya que aún no se había cambiado de ropa, y siguió caminando. Llegó al fin a la iglesia, tomó aire y se dirigió al confesionario. Cuando estaba frente a él se arrodilló, aún en silencio, apretando sus labios con fuerza.

-         ¿Cuál es tu pecado, hijo mío? – preguntó una voz anciana. Junsu recordó haberla escuchado. Era el anciano que lo había curado cuando llegó. Tragó saliva.
-         N-no lo sé – dijo apenas, y la voz se le quebró – Y-yo… no sabía que era tan malo… si hubiera sabido no lo habría hecho jamás. En serio…
-         ¿Qué hiciste? – preguntó preocupado, pero intentando sonar tranquilo para no alterar al menor. Usualmente no llegaban niños tan desesperados como él.
-         Yo – comenzó a hablar – simplemente sentí la necesidad de… de tocar… y se sentía tan bien que no pensé que fuera malo. Creí que era algo normal – lloró avergonzado, tapando su rostro.
-         Oh… - respondió simplemente el hombre, y se quedó callado largo rato.

En su vida, había habido varias situaciones vergonzosas, como cuando su compañera le dijo que le gustaba frente a toda la clase, o cuando tuvo que actuar en la obra de la escuela y tuvo que cantar, también cuando jugaba con Changmin y el resto de los chicos al fútbol y se cayó frente a todos, causando risotadas. Todo aquello había sido vergonzoso, pero nada de eso le había causado ese feo sentimiento. Ahora mismo, se sentía sucio, se sentía malo, sentía que todo lo que le enseñaban sus padres para que fuera una buena persona no había servido de nada.

Se preguntaba si, en caso de que el que lo hubiera descubierto haciendo eso, en vez de haber sido la monja hubieran sido sus padres… ¿Habría pasado todo esto? ¿Lo habrían regañado tanto, diciéndole que lo que había hecho era horrible? Si de algo estaba seguro, era que su madre jamás se habría atrevido a golpearlo de esamanera, sin importar qué tan malo haya sido.

-         Ya veo – dijo el anciano al fin, bajando la voz - ¿Sabes? Eso, aunque te hayan dicho lo contrario, no es malo…
-         ¿En serio? – preguntó Junsu, asombrado. Al escuchar eso, un enorme sentimiento de alivio se apoderó de él. Realmente sentía que lo que había hecho era tan malo como para merecer la muerte.
-         Sí. Aquí siempre te dirán lo contrario a muchas cosas, así que lo mejor es no discutir con ellos. – susurró tan despacio que sólo Junsu podía oírlo, acercándose al confesionario.
-         Pero la directora me castigó… - dijo mirando sus manos que aún seguían rojas.
-         Lo sé, y jamás debió hacerlo – admitió, con un tono de lástima en su voz. – Sé que no soy el más indicado para enseñarte esto, pero debes saberlo. Estás en edad de ello – suspiró, y al parecer se acercó más a la rejilla para ser confidente.

Hablaron largo rato. El hombre se dio la paciencia de explicarle todo aquello que Junsu no sabía. Le aclaró tantas dudas que se sintió tonto por no saber cosas tan simples como aquellas. Por fin pudo entender que aquello que hizo tenía nombre, y que era algo bastante normal en los niños de su edad. O sea, no era un bicho raro ni un enfermo.

 Le explicó que era parte de su adolescencia, parte de la pubertad, y que le seguiría pasando muchas veces más. Le explicó que podría emocionarse con cosas muy tontas, como ver a una chica en una foto, imaginársela o hasta al oír cosas subidas de tono. Que aquello le pasaría de día y de noche, mientras durmiera, así que debía procurar ser más cuidadoso al momento de atenderse.

Debía admitir que nunca se había sentido tan agradecido con alguien por sacarlo de una duda tan enorme que aquejaba su corazón. Ahora que sabía todo eso se sentía más liviano, completamente, y había dejado de sentirse una persona horrible.

-         Muchas gracias, me siento mucho mejor ahora – le sonrió Junsu una vez que terminaron de hablar.
-         Me alegro que estés más tranquilo ahora. Recuerda que si tienes alguna duda, puedes preguntarme cuando quieras – le sonrió, o al menos eso pensó por su tono de voz. – Ahora será mejor que te vayas.
-         Sí – se levantó Junsu y corrió fuera del lugar.

Con el pasar de los días más solo se sentía. Comenzó a hacerse muchas preguntas, tales como “¿Lo estaría buscando su familia?”, “¿Se habrían olvidado de él, o aún lo recordarían?” o “¿Qué estarían haciendo en ese mismo momento?”.

Al pensar en esas cosas, no podía evitar llorar. Lloraba todas las noches, deseando estar en su casa, deseando poder ver a su familia, a su mejor amigo y que su vida volviera a la normalidad.

Y ah… aún no entendía por qué había aceptado ir con esa mujer.

“Jamás debes hablar con extraños” sonaba la voz de su madre en su cabeza “Si un desconocido te dice que lo acompañes, no lo hagas” recordaba todas las veces que le había repetido aquello. Pero había sido un cabeza hueca y no había hecho caso, sólo porque la mujer conocía a su hermano.

Un día, asombrado, vio en el calendario que ya habían pasado dos meses desde que había desaparecido sin decir nada a sus padres. Y justo el día que decidió mirar… era el cumpleaños de Changmin.

Esa tarde lloró como nunca, extrañando demasiado a todos… Necesitaba volver, verlos y abrazarlos… Cómo deseaba que todo eso fuera sólo un maldito sueño, una pesadilla.

Pero ah… sabía que eso no pasaría.

Entonces, al saber que no volvería jamás a su casa, cayó en una profunda depresión de la cual nadie sería capaz de sacarlo. Esta depresión trajo consigo una enorme rabia y odio hacia el mundo que lo rodeaba. Aquello le hacía gritar sin razón y golpear a cualquiera que le hablara o siquiera se le cruzara, compañeros y monjas, todos.

Cada vez que esto sucedía recibía castigo. La monja vieja que le había golpeado las manos cuando lo descubrió masturbándose lo llevaba a una habitación pequeña y ahí le hacía distintas cosas en formas de castigo, tales como azotarle la espalda con un cinturón de cuero, golpearle las manos con la vara, mantenerlo arrodillado sobre piedras pequeñas durante horas, y claro… los cortes en la espalda por cada vez que se portara mal.

Comenzó a perder mucho peso a causa de eso, ya que casi no comía (era a veces también un castigo, dejarlo sin comer por horas), y tampoco dormía, ya que cada noche soñaba con su familia y lo único que podía hacer era llorar.

Pasó un año, y seguía ahí. En ese entonces ya tenía 14 años, y fue cuando otro de sus tormentos y traumas comenzó.

En ese entonces otro cura había llegado, reemplazando al otro el cual tuvo que irse a un lugar que no conocía. Sólo sabía que era muy lejos y tardaría mucho en volver.

El hombre se mostraba muy simpático y cariñoso con todos, pero comenzó a tomarle aún más cariño a Junsu, siéndole más simpático a él. Muchas veces le daba dulces en secreto o inventaba juegos, canciones o chistes para entretenerlo, pero pronto todo ese cariño comenzó a irse por un camino… un tanto extraño.

Al ser verano, el uniforme que debían usar para la escuela del internado consistía en un pantalón corto (bastante corto a decir verdad), una camisa blanca de manga corta y un chaleco delgado sin mangas. Aquello, al parecer, fue lo que más llamó la atención del hombre.

Comenzó acariciándole repetidas veces la mejilla o el brazo. Le daba sonrisas y jugaba con su cabello. Al tiempo, las caricias cambiaron de lugar a sus piernas descubiertas. Las acariciaba de arriba abajo, lentamente, sin dejar nunca de sonreírle, y a veces su mano se movía ligeramente por su pierna hasta llegar a su entrepierna.

Aquello incomodaba demasiado a Junsu, el cual intentaba alejarse o cambiar el tema para que parara con sus toques. Pero el hombre nunca lo hacía, simplemente le ofrecía más dulces y caramelos.

Una tarde luego de misa, y luego de que todos los chicos se fuera, el hombre llamó a Junsu, haciéndole un gesto con la mano y con una enorme sonrisa en los labios. Junsu fue donde el hombre, inocente y puro, sin imaginarse nada malo. Simplemente le sonrió de vuelta y lo siguió.

Al entrar a la oficina, el cura cerró la puerta y se sentó en su silla tras el escritorio, sonriéndole enormemente a Junsu al verlo frente suyo.

-         ¿Te han gustado los dulces que te he dado? – le preguntó sin borrar esa enorme sonrisa. Junsu asintió.
-         Claro que sí, son muy ricos.
-         Eso me alegra.

Abrió el cajón del escritorio y sacó una caja de él. La puso sobre la mesa y la abrió, dejando ver su contenido. Los ojos de Junsu brillaron al verlo.

-         ¿Te gustan los chocolates? – Junsu asintió enérgicamente al instante, sonrojado. El hombre soltó una carcajada suave. – Recientemente compré estos bombones, pero ya sabes, es muy aburrido comerlos solo, ¿No? – Junsu sonrió asintiendo, mientras arrugaba las esquinas de su chaleco. - ¿Te gustaría comerlos conmigo?
-         ¿E-en serio? – preguntó Junsu impresionado, sintiéndose muy feliz. Pero se frenó al instante – Uh… pero no creo que deba. – bajó la cabeza, apretando los labios. Se veía que eran unos chocolates muy finos, y en ese lugar no se les tenía permitido comer esas cosas. Si lo descubrían lo regañarían y castigarían muy duro.
-         Ah, no te preocupes, pequeño. Nadie se enterará, ¿No crees?
-         Eso creo – sonrió tímido, sonrojándose nuevamente. El hombre tomó un chocolate y se lo echó a la boca, saboreando sus dedos. Le sonrió a Junsu y le indicó que sacara. Junsu se acercó con lentitud y tomó uno, metiéndolo en su boca y saboreándolo. -         ¿Está bueno?
-         Mucho – saboreó sus dedos con una sonrisa en los labios, igual que el hombre. Él rió.
-         Adelante, come los que quieras.
-         Muchas gracias.

Durante mucho rato comieron chocolates. El hombre le decía cosas para hacer reír a Junsu, le mostraba trucos que conocía y diferentes cosas para entretenerlo. Cuando ya no quedaban bombones, el hombre cambió su sonrisa a una extraña, mirando con un raro sentimiento a Junsu.

-         ¿Te gustaron? – preguntó. Junsu asintió.
-         Mucho.
-         Eso me alegra – se movió un poco - ¿Sabes? – dijo de pronto, haciéndole sentir un extraño presentimiento a Junsu. Comenzó a volverse nervioso – Yo he tenido que gastar dinero en todas estas cosas, para que estés contento – habló, lentamente, poniendo énfasis en la última palabra – me gustaría que… Hicieras algo por mí.
-         ¿Algo? ¿Qué sería? – preguntó apenas, jugando con sus dedos detrás de su espalda, nervioso. El hombre sonrió pícaro.
-         ¿Harás lo que yo te pida? – preguntó. Junsu tragó saliva.
-         Supongo...

Un silencio reinó entre ambos. Junsu sentía su propio corazón latir a mil por hora, y realmente el hombre debería estar sordo si no era capaz de oírlo también. Este, el cual se mantenía sereno a todo momento, no cambió su expresión en ninguna ocasión, poniendo aún más nervioso a Junsu. Entonces abrió la boca para hablar.

-         Supe que hace un tiempo, antes de que yo llegara, la señora directora te descubrió haciendo algo no debido.

Los colores se le subieron al rostro a Junsu al oír eso. ¿Haciendo algo no debido? ¿Acaso todo el mundo sabía de eso? Sintió que comenzaba a transpirar, y de pronto el lugar se volvió demasiado caluroso y sofocante.

-         S-sí. – respondió apenas, sintiéndose muy avergonzado.
-         ¿Podrías enseñarme cómo lo hiciste? – preguntó, y la respiración de Junsu se detuvo.
-         ¿Qué?
-         Quiero verte haciéndolo, Junsu. Hazlo para mí, ¿Quieres? – sonrió, nuevamente esa extraña expresión apoderándose de su rostro.
-         No… No p-puedo hacer eso. ¿Cómo cree que…?
-         Debes pagar, pequeño. Nada de lo que te regalé es gratis, y como persona honesta deberías pagar esos favores, ¿No lo crees?

Junsu comenzó a sentirse mareado, y sintió que las piernas le temblaban. Temió desmayarse en cualquier momento, pero eso no pasó. El hombre lo miró serio de pronto, intimidándolo aún más.

-         Hazlo.

Junsu respiró profundo. Llevó sus manos temblorosas a su cinturón y lo abrió con nerviosismo. Siguió con el botón de su pantalón, y luego el cierre. Lo bajó hasta la altura de las rodillas, las cuales le temblaban por los nervios. El hombre le sonrió.

-         Vamos, continúa.

Junsu cerró sus ojos y bajó su ropa interior, dejando que el hombre lo viera. Se quedó quieto, avergonzado, sin saber qué hacer. Quería salir corriendo y escapar, que nadie lo agarrara y correr, correr y correr sin parar, rogando por ayuda. Rogando porque alguien lo encontraba y supiera que debía llevarlo a su hogar.

El hombre interrumpió sus pensamientos.

-         Muéstrame cómo lo haces, vamos.

Junsu apretó sus ojos y llevó su mano a su intimidad, comenzando a frotarla con lentitud. Aquello no le hacía sentir absolutamente nada. Movió su mano por un largo, largo rato, pero no funcionaba. No lograba sentir nada, sólo una vergüenza inmunda que le hacía querer desaparecer.

 -         Ah, creo que no está funcionando… - dijo con lástima - ¿Por qué será? – se levantó y con tres pasos estuvo frente a Junsu, el cual dejó de tocarse. Simplemente se tapaba, pudoroso - ¿Quieres que te ayude?
-        ¡¿Eh?! – se sonrojó y se alejó, chocando con la puerta – ¡C-Claro que no…! – tartamudeó nervioso. El hombre ladeó la cabeza.
-         Qué lástima – suspiró, y retrocedió hasta quedar apoyado en el escritorio, semi sentado – Entonces, ven, acércate.

Junsu no hizo caso. Simplemente se quedó quieto, estático en su lugar, sintiendo su corazón cada vez más acelerado. El hombre suspiró y le indicó nuevamente, esta vez con un tono más duro, que se acercara. Junsu, temeroso, obedeció, acercándose hasta quedar frente a él.

-         Tengo una idea. Sé cómo podrías pagarme esos ricos chocolates que tanto disfrutaste – sonrió de oreja a oreja, y llevó sus manos a su pantalón.

Junsu lo miró mudo, sus ojos abiertos como platos al ver lo que hacía. El hombre se quitó el cinturón y desabrochó su pantalón, metiendo su mano en su ropa interior y sacando su intimidad (notoriamente más enorme que la propia, obvio, él era un adulto). Junsu alejó la mirada al instante.

-         ¿Quieres darle una probada? – susurró con un tono meloso. Junsu negó con la cabeza repetidas veces - ¿Oh? ¿No quieres? ¡Pero no tiene nada de malo! – habló con lástima, casi haciendo un berrinche. Junsu no digo absolutamente nada  - Pero oh, ¿Sabes qué recordé? Debes pagarme. Y deberás hacer lo que te pida para ello, ¿no? – Junsu sintió sus ojos humedecerse. – Si no lo haces, puedo acusarse diciendo que robaste esos chocolates y dulces, ¿No? Y te castigarán por robar…. – sonrió – No creo que quieras eso.

Junsu soltó un sollozo. Tenía tanto miedo que no sabía qué hacer. Sus piernas temblaban, la voz no le salía. Su corazón estaba a punto de salirse por su boca. Tomó aire y se resignó.

Bajó hasta quedar de rodillas frente a él, sintiéndose el ser más humillado sobre la faz de la tierra. Tomó su intimidad con su mano y llevó su boca hacia él, pudiendo meter sólo la punta, ya que no entraba más. Soltó un último sollozo y comenzó a mover su lengua, apretando sus ojos con fuerza para no derramar lágrimas, e intentando como podía aguantar las náuseas que sentía.

Durante ese momento, bloqueó su mente para no pensar en la asquerosidad que estaba haciendo. Bloqueó sus sentidos para no sentir el horrible sabor que sentía. Bloqueó sus oídos para no oír los horribles sonidos de gozo que el hombre hacía. Bloqueó todo de sí, para olvidar ese horrible momento que de seguro lo perseguiría durante toda su vida.

Olvidó cuánto rato estuvo así, pero lo trajo de vuelta al mundo real un fuerte sonido, totalmente asqueroso, que hizo el hombre, y sintió que algo caliente se derramaba en su boca, haciéndole sentir la peor de las náuseas en el mundo entero.

Se separó entonces y llevó sus manos a su boca para limpiar aquello. Al ver sus manos cubiertas de esa sustancia blanca, notó que era lo mismo que a él le salía al tocarse, pero en mayor cantidad. Al saber que aquello venía de él le hizo sentir un asco enorme y un rechazo total a su persona, sintiéndose el ser más imbécil que haya podido nacer alguna vez, por haber permitido que le hiciera aquello.

-         Buen chico – sonrió el hombre, con mirada satisfecha. Junsu lo miró avergonzado y comenzó a llorar. - Puedes irte. Supongo que está de más recordar tu silencio.

Escupió en silencio lo que tenía en la boca y se limpió con la muñeca la comisura de los labios. Se subió el pantalón y se acomodó la camisa, se dio media vuelta y sin decir nada salió con lentitud de la habitación. Una vez afuera corrió a toda velocidad, llegando a su habitación.

Se lanzó sobre su cama, boca arriba. Frunció sus cejas y sus ojos, totalmente abiertos, se humedecieron. Mordió sus labios con fuerza, haciéndose sangrar. Tapó su boca con su mano, comenzando a derramar lágrimas.

¿Qué mierda había hecho?

Corrió al baño con cepillo y pasta dental en mano. Lavó sus dientes y su boca durante horas, enjuagando una y otra y otra vez. Se miró al espejo y sintió asco al verse. Tapó su boca y sin aguantar corrió al inodoro, vomitando apenas llegó.

Ese estado le duró un largo período de tiempo. Comer cualquier cosa le daba asco, beber cualquier cosa le daba asco. No importaba lo que hiciera, todo le causaba nauseas horribles.

Desde entonces no volvió a tocarse. Al hacerlo recordaba a ese hombre, disfrutando con lo que le había hecho.

Pasó el tiempo. Durante las misas, el ver al hombre ese hablar como si nada hubiera pasado le causaba cólera. Más aún cuando lo miraba y le sonreía desde allá adelante. Sentía nauseas y una rabia enorme cuando lo hacía.

-         Por eso, chicos, todos saben que deben permanecer puros siempre, ¿No es cierto? – dijo una misa durante el sermón de la tarde.
-         ¡Sí!  - gritaron todos a coro, sonriendo. El hombre rió con orgullo.
-         Me alegra que sepan eso. Saben todos lo malo que es caer bajo el pecado de la lujuria – habló como si estuviese explicando un complicado tema frente a una clase – Y más aún es dejar que otra persona te lleve a ese camino. Que te obligue a ello – dijo, y Junsu sintió que algo se rompía en su interior – A mí no me gustaría que me obligaran a hacer esas cosas, mucho menos si no quiero. Por lo tanto, yo tampoco obligaría a alguien más.

No. No pudo haber dicho eso. No pudo haber sido tan desgraciadamente descarado como para hablar semejante barbaridad.

Sí, lo había dicho.

-         Jamás lo haría…
-         ¡CÁLLESE! – se levantó Junsu con fuerza, asustando a todos los chicos sentados alrededor suyo. El hombre también saltó por el susto, y la cara de las monjas se deformó ante su acto tan mal educado.
-         ¿Te pasa algo, pequeño? – sonrió el hombre, haciéndose el confundido.
-         ¡No me llame así! ¡Usted… degenerado mentiroso! – gritó entonces, y un silencio sepulcral lo envolvió. Sus compañeros sentados a su lado tapaban su boca, impresionados. Otros se mantenían con las bocas abiertas enormemente, formando una O. Otros alejaban la mirada, temerosos de que los regañaran a ellos también. Y las monjas… Las monjas hervían de rabia como nunca lo habían hecho.
-         ¡Kim Junsu! – Vociferó la directora - ¡Cómo es posible tal falta de respeto! – se le acercó a paso rápido. Junsu apretaba sus puños, furioso.
-         ¡Es un mentiroso! ¡Habla de pureza y de no cometer pecados, cuando él es el peor ser que pudo haber nacido! ¡Tiene una mente podrida y retorcida! – gritó. El hombre se mantenía con los ojos abiertos como platos, su boca abierta como queriendo decir algo, pero la voz no le salía. Ni siquiera podía defenderse, el muy desgraciado. - ¡S-Si supiera lo que me hizo sabría…! – la mujer lo interrumpió con una enorme cachetada, haciéndole caer sobre la banca con fuerza. Al instante lo tomó del brazo haciendo que se levantara y lo arrastró entre los chicos sentados a su lado. Caminó con él hasta llegar adelante, donde el hombre se mantenía totalmente mudo y anonadado.
-         Pequeño demonio, hijo de Satanás – balbuceaba la mujer, más molesta que nunca, incluso más molesta que cuando lo descubrió masturbándose. Lo dejó ahí, haciendo que otra monja lo sujetara y se sacó algo que colgaba de su cinturón.

Sin poder hacer nada la mujer ordenó a dos monjas que lo mantuvieran bien sujeto. La directora le quitó el chaleco sin mangas y la camisa. Junsu intentó soltarse pero no funcionó. La mujer apretó entre sus manos el largo objeto, y entonces pudo ver bien lo que era. Lo estiró con ambas manos. Un látigo, era un látigo. Pateó a una de las monjas para que lo soltara, desesperado, pero no lo logró. La directora, roja como tomate, estiró el brazo con uno de los extremos del látigo en mano y lo azotó con fuerza contra la espalda de Junsu.

Un grito desgarrador salió de la boca de Junsu. Volvieron a azotarlo. Volvió a gritar. Las lágrimas comenzaron a empapar su rostro. Sus ojos completamente abiertos miraban al frente, borroso, pero lo único que vio fue al cura parado frente a él, con una sonrisa torcida en el rostro. Se miraron a los ojos. Junsu buscó alguna pisca de piedad en ellos, pero el hombre cerró los propios y se sentó en su enorme silla con adornos dorados.

En el lugar reinaba el silencio. Sólo se oían los fuertes azotes y los fuertes gritos de Junsu. Todos los chicos en la iglesia guardaban silencio, temerosos, con las cabezas inclinadas hacia abajo, sin hacer nada.

… Sin hacer nada.

“Ayúdenme… por favor… ayúdenme” pensaba llorando. Sus ojos se mantenían fuertemente apretados, intentando imaginar cualquier cosa para no sentir el dolor.

La mujer paró. Sólo se escuchaban sus jadeos enrabiados. Junsu se quedó quieto, llorando. Nadie venía a ayudarlo. El silencio seguía sonando en sus oídos.

-         Q-Quiero… - habló apenas  - Quiero volver a mi casa… - lloró – Quiero a Changmin…
-         ¿Vas a seguir con eso? – habló la mujer, enrollando el látigo en su brazo.
-         Déjenme ver a Changmin… Por favor, déjenme volver con él. – la mujer lo levantó agarrándolo del brazo.
-         No lo verás. No te sirve de nada seguir pensando en él, sólo te hará sufrir más. ¿Lo mejor no sería olvidarte de él y de tu familia?

Junsu no contestó. Se soltó del agarré de la mujer de un tirón, tomó su ropa y sin decir nada más se fue del lugar, dejando a la mujer hablando sola.

No pudo evitar pensar en lo que la mujer le había dicho.

Una noche, cuando al fin sus heridas en la espalda sanaron, salió bastante tarde para ir al baño.  Caminó asustado por los pasillos oscuros, temiendo que lo descubrieran y lo regañaran por salir en horario indebido de su habitación. Llegó sano y salvo al baño, hizo todo tranquilo, pero al salir toda esa tranquilidad desapareció y su mundo se vino abajo en segundos. Ahí estaba él, parado fuera del baño, sonriéndole.

-         Oh, qué coincidencia. – sonrió el cura de la iglesia – No esperaba encontrarte aquí.

Junsu no dijo nada. Sólo jadeó asustado y se giró para correr, pero una mano lo agarró del brazo justo a tiempo y lo detuvo. Junsu gimió adolorido por el fuerte tirón. El hombre lo jaló para dejarlo junto a él.

-         ¿Por qué corres? No tienes por qué asustarte – lo acercó a su cuerpo, quedando tras la espalda del menor. – No voy a hacerte nada malo – le susurró al oído, con esa asquerosa voz con la que le había hablado en ese entonces. Junsu tragó saliva.
-         P-Por favor, déjeme ir. No le diré nada a nadie. ¡Lo juro!
-         Oh, creo que no puedo creer eso, luego de lo que gritaste en la misa de esa tarde – se acercó más al cuerpo pequeño de Junsu, frotándose lentamente con él.
-         Estaba molesto, n-no sabía qué hacía – se defendió – pero no dije nada. No volveré hacerlo, por favor, déjeme ir. – le rogó. Sintió algo duro clavándosele en la espalda baja, quiso gritar y correr, pero el agarre del hombre era más fuerte.
-         Ahh – susurró en su oído, haciéndole sentir nauseas – Sé que te arrepientes de lo que hiciste… y puedo darte perdón – le lamió la oreja. Junsu soltó un sollozo y apretó sus ojos con fuerza, sonrojándose completamente.
-         Ugh… no… - intentó moverse. El hombre presionó su cuerpo contra la espalda del menor, haciéndole sentir aquella dureza con más fuerza.

Su corazón comenzó a latir con una fuerza increíble. Durante todo el tiempo que había estado ahí, desde que había llegado, no había parado de sufrir violencia y locuras de la gente del internado. Golpes, castigos, días de hambruna, gente cruel que lo trataba mal a toda hora, ¿Y ahora? Este hombre quería quitarle lo único que le quedaba. La poca pureza que le quedaba, la inocencia… su virginidad.

-         Vamos a jugar un poco… - le susurró y Junsu no pudo más.
-         ¡DÉJAME! – le pegó un codazo en el estómago quitándole el aire. El hombre lo sujetó y lo intentó meter al baño - ¡No! ¡No! ¡Déjame! – volvió a gritar a todo pulmón, sujetándose del marco de la puerta, pero el hombre era más fuerte y de un tirón logró meterlo al baño.

Una vez adentro lo tiró al suelo y se le tiró encima, sujetando sus brazos para que no pudiera moverlos. Aún así Junsu pataleaba y seguía gritando a todo pulmón, sacando de quicio al hombre. Este le dio un golpe en el rostro, rompiéndole el labio inferior. A pesar de eso, Junsu no dejó de gritar.

Como pudo el hombre le subió el camisón, rasgando una gran parte de él. Finalmente se lo quitó, dejándolo desnudo y tirando el camisón a un lado. Junsu le dio un fuerte rodillazo en la entrepierna, haciendo al hombre gritar de dolor. Volvió a golpearlo y tomó sus piernas, abriéndolas con fuerza. Se abrió el cierre de pantalón y lo bajó un poco. Junsu le rasguñó el rostro.

-         ¡D-Déjame! ¡Ngh! – se sacudió bajo su cuerpo al sentir su intimidad rozando su pierna. Se desesperó al sentirla rozando su propia entrepierna - ¡Ayuda! ¡¡Ahhh!! – gritó a todo pulmón, comenzando a llorar.
-         ¡Cállate de una maldita vez! – el hombre se posicionó frente a su entrada, y cuando estuvo a punto de introducir su intimidad en él, la puerta de baño se abrió de par en par – Pero qué mier… - se giró el hombre asustado, separándose de Junsu.

Este se alejó de él rápidamente, cerrando sus piernas, totalmente asustado. Al ver a la puerta se encontró con el hombre del confesionario, con un rostro completamente enojado.

-         ¡Tú, hijo de puta! – gritó, importándole muy poco haber dicho una mala palabra en ese internado en el cual, con solo decir “trasero” podían castigarte por grosero. - ¡Desgraciado mal parido, degenerado! – le dio un fuerte golpe en el rostro. Cielos, para ser viejo golpeaba omo luchador de boxeo. Pudo notarlo al ver un diente volando por los  aires y cayendo sobre las baldosas. El cura soltó un grito de dolor y se levantó de un impulso.
-         ¡No puedo creerlo! – maldijo con odio y de un empujón en el hombro corrió al anciano de la  puerta, saliendo a toda velocidad y desapareciendo en la oscuridad del pasillo.

Junsu se quedó callado, impresionado, sin saber qué diablos decir. Ya ni siquiera lloraba. Sus ojos se mantenían abiertos, sin derramar ni una sola lágrima. Su corazón palpitaba a una velocidad impresionante, y su respiración agitada era señal del susto que había pasado. El anciano lo miró y le sonrió, suspirando aliviado por haber llegado a tiempo. Entonces recién en ese momento notó que se había salvado de ser violado por ese hombre, y su rostro impresionado se transformó de pronto, a un rostro asustado. Comenzó entonces a derramar varias lágrimas, y un fuerte sollozo salió de su boca, dando paso a los llantos desconsolados.

-         Oh, no, no. Tranquilo, pequeño – se le acercó rápidamente – No llores.

Junsu no pudo evitarlo. Comenzó a llorar sonoramente, importándole muy poco parecer un bebé, a pesar de tener ya 14 años. No lloraba de miedo, no lloraba de pena, lloraba de felicidad… Porque ese hombre lo había salvado de lo que de seguro habría sido una dolorosa violación por un sucio hombre que gustaba de niños menores. ¿Qué edad habría tenido el cura? Suponía que unos 48 o 50 años.

Se abrazó al hombre con fuerza, llorando como un niño pequeño contra su pecho. Este le acarició la espalda para consolarlo, susurrando suaves “Shh, shh, tranquilo” en su oído. Lo separó de su pecho y luego de regalarle una enorme y reconfortante sonrisa, le secó las lágrimas con las mangas de su chaleco apolillado. Junsu sonrió y se secó él mismo el resto de las lágrimas.

-         Será mejor que me ponga algo. – dijo al recordar que seguía con el cuerpo descubierto - No quiero que llegue alguien y lo encuentre a usted abrazándome desnudo – rió, tomando su camisón y poniéndoselo al instante.
-         Toda la razón. – rió con él y se puso de pie, ofreciéndole la mano para ayudarlo a levantarse – No dejaré tranquilo a ese hombre hasta que se vaya de aquí.
-         Gracias por llegar… - le sonrió enormemente y volvió a darle un fuerte abrazo – Yo… no sabía qué hacer. Pensé que ese hombre me… - se quedó callado ya que su voz se quebró. El hombre le acarició la cabeza.
-         Gritaste, y gracias a eso te escuché… Oí lo que dijiste esa tarde en la misa, así que supuse que no tramaba nada bueno contigo.

Junsu se le quedó abrazado largo rato, sintiendo la calidez del cuerpo del anciano, y su olor a pasas y jabón se le hacía muy agradable. Cerró sus ojos, aspirando con fuerza. El jabón le hizo recordar cosas…

-         ¡Chicos! ¡¿Ya se lavaron las manos?! – gritó la mujer desde el primer piso, pero ninguno de los dos le respondió. Sus risas llenaban el baño, por el cual volaban miles de burbujas de jabón. -¡Chicos! – volvió a gritar la mujer, pero no le contestaron.

Sus suaves risas inocentes resonaban haciendo eco en el baño blanco. El suelo estaba completamente mojado al igual que sus camisetas. El jabón cubría sus rostros, formando graciosas barbas y divertidos bigotes pomposos.

La puerta del baño se abrió mostrando a una madre completamente enojada.

-         ¡Miren el desorden que tienen aquí adentro! – les gritó. Ambos se quedaron callados, asustados. No había nada más tenebroso que una madre enojada, ¿No? - ¡Siempre que los mando a lavarse solos las manos hacen lo mismo! ¡Llenan todo de jabón y agua! – dijo, llevándose las manos a la cabeza. Ambos bajaron las cabezas.

La mujer los miró con seriedad un rato. Entonces dejó escapar una fuerte carcajada, haciendo que ambos se impresionaran. Comenzaron a reír con ella, confundidos. La mujer los miró.

-         ¡Son unos diablillos! – rió con ganas y se les acercó, comenzando a hacerles cosquillas a ambos.

Los dos rieron a carcajadas, quejándose y rogándole que parara. La madre del mayor paró, cruzándose de brazos y apoyando su peso en una pierna. Les sonrió.

-         Está bien. Quítense ese jabón y vamos a comer. Luego limpiaremos todo este desastre.
-         Sí, mamá – dijo Junsu, abriendo la llave para quitarse el jabón del rostro. Changmin lo siguió y una vez limpios bajaron a comer los tres juntos.

Cuando se dio cuenta, innumerables lágrimas corrían por sus mejillas a gran velocidad, sintiendo una enorme presión en el pecho.

-         ¿Qué pasa? – preguntó el anciano cuando al fin había reaccionado. Junsu mordió su labio.
-         Extraño tanto a mi familia… - susurró – y a Changmin… necesito a Changmin – cerró sus ojos y lloró en silencio.  El hombre se quedó callado un momento y preguntó.
-         ¿Changmin es alguien especial?
-         Es mi mejor amigo, y la persona más especial para mí… - sonrió nostálgico – Me salvó de la soledad, cuando creía que pasaría toda mi vida solo… Se acercó a mí como nadie lo había hecho, y me aceptó tal cual soy. Me hizo olvidar el dolor que mi hermano dejó cuando se fue… - llevó una mano a su cabeza y rió – Cielos, ¡Sueno como mis compañeras de clase cuando hablan del chico que les gusta!… - rió sonrojado. El anciano rió.
-         Debes amarlo mucho.
-         Lo hago… - se sonrojó más y sonrió tímido.
-         Si alguna vez llegase a verlo… le diré cuánto lo quieres, y que no lo has olvidado.
-         Eso sería vergonzoso – se encogió de hombros – Pero lo apreciaría mucho.

El anciano fue a dejarlo a su habitación para que estuviera más seguro. Una vez ahí, Junsu se quedó despierto casi toda la noche, recordando nostálgico viejos tiempos con su mejor amigo… Hermosos recuerdos.

A la mañana siguiente se enteró que el cura se había ido del internado, diciendo que tenía demasiadas cosas que hacer. Le preguntaron por su diente roto, pero él sólo contestó que se había caído en la ducha. Nadie supo de lo que intentó hacerle, nadie se enteró ni  se enterará jamás. Sólo esperaba que no volviera a intentar algo como eso con otro chico o chica de algún otro lugar.

Y antes de que se diera cuenta ya habían pasado 2 años más. Llevaba 3 años lejos de casa, y oh... cada día que pasaba extrañaba más a su familia y su amigo. Incluso extrañaba a sus compañeros de curso, aquellos que lo molestaban por su trasero y aquella profesora que siempre lo regañaba.

Extrañaba tantas cosas.

Había intentado muchas veces hablar con la mujer, pero ella sólo le daba cachetadas y gritos escandalosos, así que había desistido de ello hacía bastante.

A veces se ponía a pensar. Miraba al techo con nostalgia, o miraba por la ventana, lo que fuera para obtener tranquilidad. Se ponía a pensar tantas cosas, pero desde ese día del castigo en la iglesia, cuando la directora lo había azotado, no podía dejar de pensar en lo que había dicho.

“No te sirve de nada seguir pensando en él, sólo te hará sufrir más. ¿Lo mejor no sería olvidarte de él y de tu familia?”

A veces, cuando lloraba demasiado por el vacío que sentía, por lo mucho que los extrañaba, se ponía a pensar “¿Y si está en lo correcto? ¿Y si tiene razón? Quizás pensar en ellos sólo me hace sufrir más”

-         ¿Y si… simplemente los olvidara? – pensó, sintiéndose dolido por su pensamiento tan egoísta. – No sé qué hacer… - se giró en su cama, apoyando el rostro sobre la almohada.

Golpearon a la puerta una de sus tardes de meditación, mostrando a la monja directora cuando esta se abrió. Junsu se enderezó y se levantó al instante por respeto  (el cual ella exigía día y noche, no importándole a ella respetar a los demás). La mujer dio un vistazo rápido a lo largo de toda la habitación, fijando su mirada en la cama vacía que siempre había estado ahí.

Sólo en ese momento Junsu se preguntó por qué tenía una cama vacía junto a él, mientras que el resto de sus compañeros dormían en pareja en cada habitación. La mujer se cruzó de brazos y volvió a salir de habitación.

Junsu quedó mudo. ¿Qué había sido eso? No pensó mucho, volvió a sentarse y al instante la puerta se volvió a abrir, sobresaltándolo. La monja volvió a entrar, pero esta vez traía a alguien más con ella. Era un chico, jamás lo había visto. Se le veía algo enojado, pero también asustado. La mujer le dio un empujoncito para que avanzara.

-         Tendrás compañero desde ahora – le dijo a Junsu, seria – Trátalo bien. No se diviertan mucho – sentenció y salió de la habitación.

Durante un largo rato ambos se quedaron callados. El chico miraba a una esquina, sentado en la orilla de la cama, apretando sus manos sobre sus rodillas. Junsu lo miraba de vez en cuando, alejando su mirada cuando el otro lo miraba. Rascó su cabeza, tendría que comenzar él a hablar si quería entablar una conversación y no quedarse callados todo el día como idiotas.

-         Uhm… - dijo con la voz temblorosa. Siempre había sido nervioso para conversar con gente que no conocía. El chico lo miró al instante – Soy Junsu. – fue lo único que se le ocurrió decir. El chico lo miró fijo.
-         Juhno – respondió bajo, encogiéndose de hombros. Excelente, se llamaba igual que su hermano.
-         Hmm – asintió - ¿Por qué estás aquí? – el chico lo miró serio – Digo… No es que me moleste tu presencia – se apresuró a defenderse, nervioso – Sólo me interesa saber que… bueno… uhm… – se sonrojó. ¿Por qué era tan malo para relacionarse con la gente? Es por eso que su único amigo siempre había sido Changmin.
-         Me obligaron a entrar – se encogió de hombros, haciendo una mueca. – Mis padres creen que soy muy indisciplinado, así que me metieron aquí para corregirme.
-         Oh… - fue lo único que se le ocurrió responder. Volvieron a quedarse callados largo rato. Junsu suspiró algo triste, por no ser capaz de hablar mejor.
-         ¿Y tú? – dijo al fin el chico, haciendo saltar a Junsu por la impresión.
-         ¿Yo? Bueno yo… - mordió su labio, recordando a la mujer que lo había traído – Me trajeron… - dijo algo triste. El chico lo miró confundido.
-         ¿Tus padres?
-         No, una mujer…  No la conocía. Sólo me trajo – bajó la voz, sintiéndose estúpido una vez más.

Se quedaron en silencio un rato. Junsu estaba nervioso, pero debía admitir que se sentía bien tener más compañía en la habitación. Además no se veía un mal chico, podrían quizás incluso llevarse bien.

No siguieron hablando de mucho. Sólo cosas triviales como sus edades (el chico tenía 18, por cierto), de dónde venían, música que les gustaba, entre otros. Si bien no era la persona más divertida que conocía (jamás sobrepasaría a Changmin, eso era lógico) podía pasarse la tarde entera hablando con él. No era alguien de mal carácter, pero por las cosas que le había contado hasta ahora, se notaba una persona bastante depresiva y débil mentalmente. Él no le mostró, pero Junsu se dio cuenta de la gran cantidad de cicatrices que cubrían sus antebrazos.

El tiempo pasó, dándole un poco de paz al pobre Junsu, quien había dejado de sufrir los castigos, regaños y malos tratos de parte de las monjas de la noche a la mañana, no así su compañero de cuarto Junho. Al parecer lo de ser un chico indisciplinado era cierto. Cada vez que podía les decía cosas groseras y violentas a las monjas. Solía no hacer caso cuando lo mandaban; incluso era violento con el anciano del confesionario (cosa que no creía posible, siendo el hombre un amor de persona). Al ser como era, Junho recibía los mismos castigos que Junsu recibía antes de que él llegara. Azotes, golpes, insultos relacionados con el diablo (al parecer tenían una obsesión con el hombre rojo), y otras cosas que se proponía no ver para no salir perdiendo él también (sí, cada vez que miraba cómo lo golpeaban terminaba siendo él el que recibía las cachetadas por quedarse mirando).

Entonces pasaron unas cuantas semanas, y el pobre de Junho estaba peor que nunca. Repetía una y otra vez que exigía una llamada a sus padres, para que se lo llevaran de ese infierno. Claramente la respuesta siempre era negativa, lo cual hacía peor al chico. Durante las noches podía escuchar al chico llorando desesperado, llamando a gritos a su madre. “Ven por mí, por favor…” rogaba entre llantos. Por lo que le había contado un día, sus padres no se preocupaban nada de él. Trabajaban todo el día, peleaba siempre con su padre, el cual también golpeaba a su madre. Él al defenderla, salía siempre lastimado. A pesar de eso, la madre lo odiaba, por el parecido físico que tenía Junho con su padre (o eso decía él).

No entendía cómo una familia podía estar tan rota y lastimada. Cómo podían lastimarse entre ellos, como si ni siquiera compartieran su sangre. Realmente no le cabía en la cabeza, pero sentía tanta lastima por el chico… Le dolía saber que a pesar del odio que recibía, él seguía queriéndolos.

Y entonces llegó el día. ESE día, que lo dejó marcado por siempre.

Era la hora de la ducha, así que estuvo en los baños largo rato esperando a que se vaciara un poco para poder bañarse él. Aquella fue una ducha relajante, pero había algo que lo traía inquieto desde la mañana. Algo como un mal presentimiento.

Caminó por los largos pasillos tarareando una canción, y callándose cada vez que se encontraba con una monja. Si lo descubrían cantando algo lo regañarían por cantar cosas que no correspondían a la iglesia. Llegó a la habitación y abrió la puerta, o eso intentó

-         ¿Uh? – susurró al no poder abrirla. Algo del otro lado impedía la apertura de la puerta. Golpeó con el puño - ¿Junho? ¿Estás ahí? – llamó, pero nadie respondió. Volvió a golpear pero seguía sin abrirse. Un poco preocupado empujó la puerta con su cuerpo, usando gran parte de su fuerza, logrando correr un poco aquello que le impedía el paso. Coló su cabeza por la apertura que quedaba, pudiendo ver el gran desorden que había adentro.

Lo que impedía la entrada era su cama. ¿Junho la había corrido? Pudo ver que la otra cama de la habitación estaba corrida, y podía ver la cabeza de Junho asomándose tras ella.

-         ¿Estás bien? – llamó hacia adentro, sin recibir respuesta. Sólo podía oír un extraño ruido, parecido a un llanto ahogado.

Volvió a golpear la puerta con su cuerpo, corriendo de a poco la cama que impedía el paso. Finalmente logró hacer el espacio necesario para entrar. Una vez adentro pudo ver con mayor detalle todo el desastre que había…

El espejo que colgaba de la pared estaba destrozado completamente. Las sábanas de ambas camas estaban ambas destrozadas, rasgadas de una esquina a otra. Cuando se acercó pudo ver a Junho de rodillas en el suelo, sollozando con fuerza. Rasguñaba una y otra vez el suelo, lastimándose los dedos.

-         J-Junho – pudo llamarlo al fin. Al instante este se enderezó, asustándolo. Se abalanzó contra él, sujetándolo de la camisa con sus manos, manchándola con sangre. Al ver sus manos pudo notar que a varios de sus dedos le faltaban uñas, o estaban rotas. Sus brazos estaban completamente rasguñados, y su rostro…

Oh, su rostro.

Tenía largos rasguños, que nacían de sus ojos y terminaban en su mentón. Estos sangraban. De sus ojos totalmente abiertos brotaban y brotaban lágrimas. Nunca en su vida había visto un rostro tan desesperado. Nunca.

-         Ayúdame, por favor – le rogó entonces, mirándolo fijamente a los ojos. Junsu estaba asustado, no sabía qué hacer, ni mucho menos cómo ayudarlo – Ya no aguanto más. No aguanto, no puedo – lloró con dolor. Junsu tragó saliva.
-         Por favor, tranquilízate… - intentó calmarlo. Llevó una de sus manos a su rostro, pero cuando intentó tocarlo Junho se alejó, volviendo a su lugar original.

Comenzó a llamar a sus padres, rogando a todo pulmón que vinieran a ayudarlo. Junsu sintió lágrimas correr por su rostro. Estaba desesperado, estaba asustado, se sentía un total inútil.

-         No puedo, no puedo, no puedo – repetía una y otra vez, rasguñando la pared.

Se giró y miró a Junsu, serio, borrando esa expresión de desesperación de su rostro. En su lugar una mirada de cansancio absoluto apareció. Grandes ojeras se habían dibujado bajo sus ojos. Junsu seguía quieto, sin hacer nada.

Y de pronto… Junho sonrió.

-         ¿Estás… bien? – preguntó idiotamente.

Junho no respondió. Siguió sonriéndole, como resignado, con un toque de locura en su mirada. Movió su mano con lentitud, arrastrándola. Junsu la siguió con la mirada, nervioso. A un lado suyo, cerca de la esquina de la habitación, había un montón de vidrios rotos. Era el espejo, el cual al parecer Junho había roto antes de que Junsu llegara. Su mano se detuvo sobre esos vidrios, y empuñó con fuerza el más grande que encontró.

Más grande y más filoso.

-         ¡No, espe…! – gritó Junsu, pero antes de que pudiera hacer algo, Junho movió su mano y con fuerza clavó el vidrio en su cuello.

Se quedó inmóvil. Junho volvió a clavarlo en su cuello una vez más, sin borrar esa sonrisa de su rostro. Fuertes chorros de sangre salían de su cuello, llenando su propio rostro y su ropa. Su cuerpo cayó al suelo con fuerza, manchando el suelo con la sangre que seguía saliendo. Junsu estaba en shock.

Un sonido horrible vino de la garganta del mayor. Como si se estuviera ahogando con su propia  sangre. Junsu tapó su boca con ambas manos, sin dejar de mirar con los ojos totalmente abiertos y las cejas fruncidas, con una mirada trágica.

La puerta se abrió de golpe, dando paso a alguien. Junsu no miró. Seguía mirando el cuerpo de su compañero de cuarto ahí en el suelo, en un charco de roja sangre que comenzaba a brotar en menor cantidad de su cuello. Los ojos de Junho seguían abiertos, mirando a la nada. Su mano apretó suavemente el vidrio, para luego soltarlo. Dejó de moverse. Dejó de respirar.

-         ¡Santo Señor Jesucristo! – pudo escuchar, proveniente de alguien.

Escuchaba a kilómetros una voz que lo llamaba. Como si tuviera goma de mascar en las orejas, o como si estuviera dentro de un vaso lleno de agua, y le gritaran desde afuera. Alguien se puso frente de sí, mirándolo y hablándole. No distinguió quién era. Estaba en trance.

… No sabía cómo reaccionar.

No durmió en semanas. No comió en semanas. No habló en semanas. Sólo miraba a la nada, sin reaccionar a los llamados, sin contestar nada. Sólo podía pensar, pensar y pensar, día y noche. Pensar y lamentarse.

Por más que intentaron, no pudieron limpiar las manchas de sangre que habían quedado grabadas en el piso de vieja madera, así que se limitaron a correr la cama y tapar todo con ella. No cambiaron a Junsu de habitación, ni siquiera lo pensaron, simplemente lo dejaron solo, aún en estado de shock, tras esa horrible escena que había presenciado.

Durante todo ese tiempo, lo único que pudo pensar era que el chico se había suicidado extrañando a sus padres. Se había suicidado por la desesperación que le causaba estar lejos de ellos. Él se lo había dicho. Los extrañaba demasiado a pesar de todo lo que le hacían pasar en su casa.

Y entonces pensó…

 -         Yo no quiero pasar por lo mismo…

Comenzó a temer. Temía quedar igual si seguía pensando en su familia y su amigo. Temía terminar haciendo lo mismo, porque debía admitirlo… El dolor que le hacía sentir la ausencia de su familia ya le había llevado a cometer varias idioteces (tenía unas pocas marcas en sus brazos. Lo admitía. Se había cortado).

¿Y si terminaba igual?

Junsu no quería eso…

Y fue entonces cuando tomó la decisión más importante de su vida. Si seguía pensando en ellos, sólo le traería sufrimiento. Si los olvidaba dejaría de llorar por las noches. Podría escuchar mejor a las monjas que les daban lecciones sobre Dios. Podría vivir al fin tranquilo, sin ese maldito dolor que lo carcomía cada día.

Dejaría de sufrir. Quizás las palabras de la directora eran ciertas. Quizás olvidándolos podría al fin vivir en paz, como un niño normal.

-         Lo siento tanto – susurró para sí mismo - Mamá, papá… Changmin – lloró, triste – Los amo… - dijo finalmente, y juró que esa sería la última vez que pensaría en ellos.

Y así, Kim Junsu, el alguna vez hijo de la familia Kim y mejor amigo de Shim Changmin, desaparecido a los 13 años el día de su cumpleaños, bloqueó cada uno de sus recuerdos de manera permanente. Cada momento, cada situación, hasta las más felices memorias, cada una de ellas se guardó en lo más profundo de su memoria, bajo siete llaves, jurando nunca más salir a la luz.

Nunca, jamás volverían a su mente.

Y así fue…

1 comentarios:

  1. O_O fabuloso... y terrorífico a la vez, un suicidio muy bien explicado y muy explicito por cierto, pobre Junsu ... y ya me quedé sin palabras.

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