Amistad Olvidada, Santo Pecado - Cap. 7

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Cuando era pequeño Junsu tuvo un sueño. En ese sueño Junsu jugaba y reía con un chico que no conocía. Había soldaditos y robots, mucho césped y olor a galletas en el aire. Una mujer los llamaba, ambos corrían a la casa y sonreían felices.

No recordaba detalles, mucho menos rostros, pero por alguna extraña razón que realmente no lograba entender… desde hacía unos días, cada vez que recordaba aquel sueño de sonrisas y juguetes, aquel al que jamás le dio importancia, no podía dejar de pensar en Changmin. No podía dejar de relacionarlos.

Siempre había vivido en ese internado, pero su memoria fallaba demasiado respecto a su pasado. Lo último que recordaba, apenas unos míseros recuerdos, era lo que le había pasado a su compañero de habitación. Lamentablemente, no lo recordaba con demasiado detalle, y probablemente su memoria haya cambiado algunas cosas. Aunque eso era un tema totalmente distinto.

Cómo sea… No podía dejar de pensar en Changmin cuando recordaba a ese niño del sueño, y aquello le hacía sentir una inexplicable culpa. Una fuerte e inexplicable culpa que le hacía doler el pecho con fuerza, y hacía que realmente le faltara el aire.

Fue una noche que volvió a tener un sueño. No era el chico de los juguetes, era algo totalmente distinto, algo que jamás había soñado antes… pero que le había hecho sentir un miedo indescriptible.

Estaba en una habitación completamente blanca. Las paredes, el techo, el suelo, todo era de un inmaculado blanco, como si nunca nadie lo hubiera tocado. Y Junsu estaba en el suelo, su espalda tibia haciendo contraste con el frío suelo de baldosas.

No se podía mover. Algo se lo impedía. Entonces abría sus ojos y veía a un hombre, mayor, viejo y canoso, que le sonreía sobre su cuerpo. Sus manos ásperas comenzaban de pronto a tocar sus piernas, y su boca soltaba unos asquerosos sonidos de placer. Entonces subía su camisón blanco y sus manos comenzaban a tocarlo todo. Junsu lloraba. Se movía de un lado a otro intentando zafarse del agarre del hombre de mirada lujuriosa.

El hombre tocaba su intimidad sin pudor alguno, con una enorme sonrisa dibujada en los labios. Mostraba sus dientes amarillos y chuecos, y las enormes arrugas profundas que se formaban cuando sonreía lo asustaban aún más. Entonces el hombre llevaba sus manos a su cinturón y lentamente lo quitaba, moviendo sus manos con lentitud. Bajaba sus pantalones. Nuevamente llevaba sus manos a sus piernas, y las abría bruscamente. Junsu sentía más miedo. Sus ojos bien abiertos soltaban lágrimas sin parar, y en su desesperación comenzaba a gritar con todas sus fuerzas.

-          ¡Junsu! ¡Junsu, ¿estás bien?! – gritaba alguien, pero apenas lo escuchaba. Sus gritos opacaban aquella voz. Se escuchaba como si gritaran bajo el agua.

Junsu seguía gritando y llorando, totalmente desesperado. Volvió a escuchar aquella voz a la distancia, esta vez llamándolo más fuerte. Entonces abrió sus ojos los cuales hasta ahora había mantenido apretados con fuerza, y se encontró de  frente con un Changmin totalmente preocupado y confundido.

Miró a su alrededor. Estaba en la habitación. Era de noche y la luz de la lámpara era lo único que iluminaba el dormitorio. Changmin sujetaba su mano con fuerza, y con la mano libre que tenía se apresuró a acariciarle el rostro con delicadeza, secando a su paso las lágrimas que corrían aún por sus mejillas.

-          Junsu-ah, ¿Estás bien? ¿Qué pasó? – se apresuró a preguntar Changmin totalmente escandalizado. Junsu lo miró fijamente, con los ojos bien abiertos, y sin pensarlo dos veces se echó a llorar desconsoladamente, con más fuerza, abrazándolo como si su vida dependiera de ello.

Changmin simplemente correspondió el abrazo, sin volver a preguntar.

No dijo nada en un largo rato. Changmin simplemente se limitó a acariciarle la espalda y, de vez en cuando, a dar suaves besos en su cabeza en un desesperado intento de calmarlo.

-          T-Tuve un mal sueño… - dijo Junsu entre sollozos, luego de un largo rato de silencio. Apretó con fuerza la camiseta de Changmin entre sus dedos – Una pesadilla muy fea y… era tan real… - escondió su rostro en su pecho, sucumbiendo nuevamente ante los llantos.

No sabía por qué sentía tanto miedo y dolor. Aquello simplemente había sido un mal sueño, una pesadilla de mal gusto. Ya había tenido pesadillas antes, siempre las tenía, pero por alguna extraña razón que no podía entender… Este le había hecho sentir un terror horrible, uno que nunca antes había sentido. Se sentía tan real, tan vivo que… era como si de verdad lo hubiera vivido. Como si aquello de verdad hubiera ocurrido, y el rostro de ese hombre… Era tan desconocido y a la vez tan familiar…

-          Junsu, tranquilo, fue sólo un mal sueño, nada más – le dijo Changmin, tomando su rostro entre sus manos, acariciándole las mejillas con los pulgares.
-          Sí, lo sé… Yo sólo… Lo siento – intentó tranquilizarse, olvidar las imágenes que aún permanecían completamente frescas en su mente.
-          Todo estará bien – le dio un fugaz beso en los labios, haciendo que Junsu se sonrojara. - ¿Te parece bien si duermo contigo?
-          Sí, por favor – sonrió algo tímido, limpiando sus mejillas una vez más. Apoyó su cabeza en el hombro de Changmin, viéndose como un gatito desprotegido que necesitaba cariño urgentemente.

Esa noche durmieron abrazados en la cama de Junsu, a quien honestamente le costó bastante volver a conciliar el sueño. En parte era por el sueño que había tenido, aún no podía sacarse esas imágenes incrustadas en su cerebro, pero mayormente era por el nerviosismo que le causaba dormir en la misma cama con Changmin.

El más alto lo tenía abrazado por la cintura, una de sus piernas se cruzaba con la propia y su aliento tibio chocaba suavemente con su cuello, causándole escalofríos.

Era increíble todo lo que Changmin le hacía sentir. Era increíble todo lo que estaba comenzando a experimentar desde que Changmin había llegado a ese lugar. Cosas que nunca le habían enseñado en las clases o en la iglesia… Cosas como el amor más allá de una adoración o una admiración a Dios, el hecho de estar enamorado… Cosas como el placer carnal, aquello que durante su vida aprendió a tomar como el pecado más horrible de todos, pero que a él, sinceramente, le había más que agradado… Porque fue con Changmin. Porque con él había sido su primera vez y no con otra persona, con él. Cosas como que… quizás no todo lo que ahí enseñaban era cierto…

… Cosas como que había un mundo allá afuera, tras esas altas paredes que rodeaban al internado…

Y finalmente, luego de largos minutos de meditación, logró volver a conciliar el sueño, sin volver a soñar aquello que tanto miedo le causó.

Durante la misa de la mañana siguiente no logró concentrarse en absoluto. Miles de preguntas giraban en su mente. Miles de dudas que quería contestar lo antes posible. ¿Era cierto acaso todo lo que decían? ¿De verdad había ocurrido todo eso que decía la Biblia? ¿De verdad existía un Dios? Estaba tan confundido…

 Y realmente estaba comenzando a dudarlo.

Llegó la noche nuevamente. No habló mucho con Changmin esa tarde, pues él estuvo toda la tarde escuchando música con aquel aparato que había logrado infiltrar cuando había llegado al internado. Estaba totalmente ensimismado en sus pensamientos. Nada existía a su alrededor.

Decidió dormir finalmente, pero cuando logró hacerlo llegó el momento que tanto temía.

Ahí estaba el hombre, sonriéndole enormemente, con esa lujuria brillando en sus ojos. Sus manos ásperas acariciaban sus muslos con una suavidad que le causaba repulsión, y frotaba su propia intimidad con la de Junsu. El menor intentaba como podía cerrar las piernas o golpearlo, pero era inútil, le ganaba por mucho en fuerza y tamaño. Entonces Junsu sentía al hombre preparándose para entrar en él, esa pútrida sonrisa creciendo más y más en su rostro. Junsu de desesperaba, y un grito desgarrador salía de su garganta.

Miró a todos lados. El sudor cubría su frente y su espalda, y su respiración agitada resonaba en toda la habitación. Sus mejillas nuevamente estaban empapadas en llanto. Intentó calmarse frotando sus ojos con fuerza, pero cada vez que cerraba sus ojos el rostro de ese hombre aparecía en su mente y volvía a sentir sus manos tocando su piel. Se sentía sucio.

-          ¿Junsu? – susurró Changmin algo adormilado, prendiendo la luz de la lámpara - ¿Junsu estás bien? – se levantó al verlo llorando, preocupándose al instante. Junsu negó con la cabeza repetidas veces.
-          Otra vez ese sueño – susurró contra sus manos, las cuales tapaban su rostro por completo. Changmin se sentó a su lado y frunció los labios, sintiéndose mal por no saber bien cómo ayudarlo.
-          ¿Quieres… contarme tu sueño? – le preguntó sin saber qué más decir. Junsu se encogió de hombros y tomó aire. Finalmente asintió.
-          Es un hombre que no conozco, pero que a la vez siento muy familiar – susurró – Estoy en el suelo, en una habitación completamente blanca – se quedó callado unos segundos y continuó – El hombre me toca… y yo lloro, porque no me gusta – nuevas lágrimas corrieron por sus mejillas heladas – entonces comienza a desvestirse y… él intenta… y yo no quiero y… - no pudo continuar. SU voz se quebró y nuevamente rompió el llanto – No sé por qué me afecta tanto. No entiendo por qué me atemoriza de esta manera – lloró avergonzado – pero es que es tan real… Es como si de verdad estuviera pasando. Siento sus manos tocarme, y su sonrisa…
-          Tranquilo, tranquilo – le dijo Changmin al fin, en su mejor esfuerzo por tranquilizarlo. Junsu pudo notar cómo los ojos del más alto brillaban a causa de probables lágrimas que querían salir. – Oye, es sólo un sueño, nada más…
-          Es que… es tan real.

Junsu secó sus lágrimas por última vez con su muñeca. Al mirar a Changmin sintió un enorme dolor en su pecho. Nuevamente esa culpa aparecía, y fugazmente volvió a recordar al chico de su sueño. En el rostro de Changmin se reflejaba dolor, culpa y cólera. Una ira increíble.

-          Yo, uhm… - dijo con voz temblorosa el más alto. Aclaró su garganta - ¿Estás seguro de que… nunca pasó? ¿No recuerdas algo…?
-          No recuerdo nada de mi pasado. Es un sueño muy real, mucho, pero yo… no recuerdo nada.
-          Está bien. No te asustes. Es sólo obra de tu imaginación, nada más ¿Sí? – le sonrió, pero Junsu notó al instante lo fingida que era esa sonrisa. Era una mueca de dolor muy mal camuflada – Volvamos a dormir…
-          Sí…

Durante una semana completa continuó teniendo esa fea pesadilla. Cada noche el hombre de sonrisa lujuriosa aparecía frente a él, tocándolo sin pudor, arrebatándole su inocencia… Y entonces despertaba y las lágrimas no demoraban en brotar de sus ojos, como cascadas. Y por mucho que quería saltar a los brazos de Changmin para sentirse protegido, decidió no volver a contarle de su sueño para no volver a preocuparlo.

Apenas se podía mantener en pie. Se sentía muy cansado y las enormes ojeras oscuras bajo sus ojos almendrados color chocolate delataban al instante su estado.

No había estado durmiendo bien desde que había comenzado con la pesadilla. Se mantenía despierto durante horas, pues con sólo cerrar sus ojos las imágenes volvían a su mente, causándole repulsión. Y nuevamente se sentía impuro y usado, inexplicablemente.

Era jueves según el calendario en la pared. Ya daban las tres de la mañana y aún no podía dormir. Changmin lo abrazaba con suavidad. Esa noche dormían en la cama del más alto.

Pestañeó repetidas veces intentando calmar el ardor provocado por el sueño que tenía. Changmin se movió tras él.

-          ¿Estás despierto? – le susurró de pronto al oído, haciéndole saltar del susto. Asintió en seguida.
-          Sí.
-          Ah… - se volvió a mover un poco tras él. Con suavidad depositó un beso en su cuello, haciendo que Junsu sintiera escalofríos.
-          ¿Qué haces? – se apresuró a preguntar en voz baja. Changmin sonrió.
-          Besarte… ¿No puedo? – volvió a besarle el cuello y lo que alcanzaba de su mejilla.

Siguió repartiendo besos en su cuello, moviendo lentamente sus manos hasta colarlas sin permiso bajo la camiseta de Junsu. Este se quejó avergonzado. Changmin acarició la piel suave de su abdomen, deleitándose con su tacto. Con suavidad lamió la oreja del más bajo, sintiendo su temperatura al instante.

-          C-Changmin… - susurró el más bajo, con la voz entrecortada y los labios temblorosos. Changmin sólo suspiró contra su cuello.

Se movió bajo las sábanas quedando sobre su cuerpo. Junsu observó avergonzado el rostro de Changmin, apenas notando sus facciones por la oscuridad de la noche. El más alto lo besó con parsimonia, ubicándose de a poco entre sus piernas, apegándose más y más a su cuerpo tembloroso.

Recibió los besos con tranquilidad. No podía decir lo contario, adoraba esos besos… Pero era distinto, se sentía raro esta vez. Changmin siguió besando y paseando sus manos por su pecho con delicadeza, pero Junsu no lo estaba disfrutando por completo…

Entonces Changmin deslizó sus manos lentamente hasta sus caderas. Con lentitud bajó el pantalón de Junsu y lentamente deslizó las yemas de sus dedos por sus piernas, dirigiéndose hacia su entrepierna. Al tocarlo así, Junsu sintió un escalofrío horrible, y de un segundo a otro la imagen de Changmin frente a él desapareció, dejando en su lugar al hombre de sus pesadillas.

Abrió sus ojos de par en par. Su boca de abrió y se cerró repetidas veces, atemorizado. El hombre lo tocaba y sonreía nuevamente, como cada pesadilla. Junsu negó con la cabeza repetidas veces.

-          No… No, no.

Retrocedió bajo su cuerpo, aún teniéndolo entre sus piernas. Movía su cabeza de lado a lado con rapidez, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a caer de sus ojos. Se cubrió el rostro con los brazos y cerró los ojos con fuerza, comenzando a llorar.

-          ¿Junsu?

Abrió sus ojos cuando notó que aquellas manos no lo tocaban más. Miró hacia adelante. El hombre ya no estaba. Changmin lo miraba preocupado.

-          Junsu, si no quieres yo… Si hago algo que te incomoda sólo dímelo – se movió de encima de su cuerpo, secándose los labios húmedos por los besos y acomodándose la camisa de dormir.
-          N-no, no es que no quiera – se apresuró a decir Junsu, acomodándose en la cama para sentarse – Es que… Es que yo…
-          No te preocupes, Junsu – le sonrió – si no te gusta no lo haré más, no te obligaré a nada  - se levantó – Hmm – se sonrojó un poco al bajar la vista – Ya vuelvo – tomó un suéter que había dejado la noche anterior sobre su propia cama, lo suficientemente largo como para tapar la notoria erección que tenía.

Salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad. Junsu agachó la vista, apretando su pecho con su mano.

-          Lo siento – susurró aún mirando a la puerta.


No era lo que Changmin creía. No le molestaba. Todo lo contrario, le gustaba hacerlo con él… el problema era su pesadilla. Al ser tocado recordaba al hombre de su sueño. Sentía como si fuera él quien lo tocaba y no Changmin. Recordaba esos toques y esa mirada lujuriosa y no lograba disfrutarlo.

 Se sintió muy mal entonces. La extraña culpa volvía a estar presente.

Al día siguiente notó a Changmin algo decaído. Quiso preguntarle, pero le atemorizó que fuera su culpa que estuviese así. Prefirió dejarlo pasar.

Había oído de los otros chicos que el cura que hacía las misas de la mañana había tenido problemas, así que durante un tiempo vendría uno nuevo. Honestamente no era algo muy relevante para él, quizás sí hacía unos meses, pero desde que Changmin estaba ahí estaba comenzando a pensar muy distinto. Caminando hacia la capilla oía los susurros del resto de los chicos preguntándose quién sería. Entonces una de las monjas les gritaba y todo volvía a estar en silencio.

Miró de reojo a Changmin, quien iba junto a él. Nuevamente iba en su mundo, con la mirada perdida, caminando de forma casi mecánica como un robot. Aquello nuevamente le hizo sentir culpa.

-          ¿Estás bien? – le preguntó bajito para que las monjas no lo oyeran. Changmin dio un leve salto de susto al oír esas palabras, pues estaba tan inmerso en sus pensamientos que no escuchaba nada da su alrededor.
-          ¿Eh? Ah… Sí, estoy bien – respondió apenas – Sólo pensaba…
-          ¿En qué?
-          En mí… En ti, nosotros… - bajó la vista – Cómo sea, no tiene importancia… - siguió caminando a pesar de que Junsu se había detenido. Mordió su labio con suavidad y siguió caminando para entrar a la capilla.

Esperaron de pie la llegada del cura. El coro cantaba a todo pulmón y el resto de los chicos de la iglesia lo seguían al pie de la letra. Por primera vez Junsu no cantaba, en lugar de eso miraba repetidas veces a Changmin. Finalmente decidió mirar al suelo.

Por el pasillo llegó el cura rodeado por los acólitos, alzando una enorme cruz de oro con una figura de Jesús crucificado. Por primera vez Junsu pensó por qué rayos debían alabar y adorar siempre la imagen de un hombre crucificado… ¿No era acaso cruel? Los hombres de pie hicieron una reverencia y se ubicaron cada uno en su lugar.

… Entonces el hombre se giró para mirarlos…

Sus ojos se abrieron de par en par y sin siquiera darse cuenta tomó la mano de Changmin y la apretó con fuerza. Changmin lo miró al instante. Junsu se mantenía mirando al frente, su boca se abría y se cerraba repetidas veces, como queriendo decir algo, gritar o cualquier cosa… pero nada salía de ella.

-          ¿Junsu? – susurró Changmin al verlo en ese estado.
-          Es él – dijo atemorizado – El de mi pesadilla, es él.
-          ¿Él? – Junsu lo miró con miedo en la mirada y asintió - ¿Pero cómo?
-          ¡Silencio! – les dijo una monja y ambos volvieron a mirar al frente automáticamente.

Junsu siguió apretando la mano de Changmin con fuerza. Era él. Realmente era él. El mismo rostro, los mismos ojos, el mismo cabello canoso.

No entendía por qué. No entendía por qué había soñado eso. No entendía por qué ese hombre estaba ahí ahora. Sólo sabía que el miedo que sentía en ese instante era casi igual o peor que el que había experimentado en su pesadilla.

De un momento a otro llegó el momento de ir a recibir la ostia. Cada uno se mantenía en la fila avanzando de a poco, y mientras más se acercaba al hombre más temor sentía. Sus piernas temblaban y apenas se mantenía en pie.

Entonces llegó frente a él. Hasta ahora su mirada se había mantenido en el suelo, pero por respeto tuvo que alzarla, mirando a los ojos al hombre quien, luego de abrir levemente sus ojos con impresión, sonrió suavemente.

-          El cuerpo y sangre de Cristo – susurró mostrando el trozo circular de pan.
-          Amén – abrió la boca para recibirlo. Cuando el hombre depositó el círculo blanco en su boca, levemente con su dedo pulgar acarició el labio inferior de Junsu, haciendo que sus ojos se humedecieran al instante.

Por qué había hecho. Por qué tenía que haber hecho eso.

Caminó apenas de regreso a su asiento. Changmin lo esperaba ahí, mirándolo preocupado como siempre. Junsu se sentí a su lado y sin querer una lágrima escapó de sus ojos. EN seguida la secó con sus muñecas.

-          Junsu, tranquilo – le susurró Changmin, volviendo a tomar su mano acariciándola con delicadeza.
-          Sí, lo sé – respondió intentando calmarse, mordiendo su labio.
-          Todo saldrá bien – le dijo al oído y Junsu sonrió.

Todo estaría bien… Sólo estaría bien cuando terminara esa maldita misa, cuando al fin salieran de ahí. Realmente sólo quería correr.

Al terminar la misa Junsu caminó con  rapidez, haciendo que Changmin tuviera que acelerar su paso para alcanzarlo. Sin darse cuenta cómo ya se encontraba en el patio del internado. El sol brillaba fuerte y el césped se veía más verde que nunca. Se dejó caer sin cuidado al suelo y se quedó ahí acostado. La luz del sol fue tapada por la sombra de Changmin quien se paró a su lado.

-          ¿Estás seguro de que era él?
-          Totalmente.

Changmin se sentó a su lado y le tomó la mano. Junsu lo miró.

-          ¿Nunca lo habías visto antes?
-          Ya te lo dije, Changmin… - habló bajito, con la mirada perdida – No recuerdo nada de mi pasado…
-          Eso lo sé desde hace mucho – dijo con un tono de voz adolorido. Cuando Junsu lo miró esquivó sus ojos girando el rostro. Con suavidad llevó su mano a su nuca y desordenó levemente su cabello. – No creo que estar acá afuera sea buena idea. Deberíamos entrar… - se levantó y le extendió la mano para ayudarlo a levantarse.

Cuando estuvieron los dos de pie se dirigieron al pasillo, pero al entrar se encontraron frente a frente con el cura quien, al verlos, sonrió contento.

-          Ah, Junsu – pronunció con cuidado al verlo. La sonrisa en su rostro creció. Era exactamente la misma de su pesadilla – Ha pasado mucho tiempo desde que te vi por última vez, ¿No? Has crecido mucho – lo miró de pies a cabeza con sumo detalle. Aquella actitud le molestó de sobremanera a Changmin, Junsu lo notó por su mirada.

La sonrisa en el rostro del hombre era realmente perturbante. En sus mejillas se marcaban profundos hoyuelos, sus dientes eran amarillos y chuecos y sus cejas negras y gruesas apenas permitían a sus ojos verse.

Junsu comenzó a temblar. No quería mirarlo a los ojos, le causaba repudio hacerlo.

-          No te había visto por aquí – le dijo de pronto a Changmin al notar su presencia – Debes ser nuevo – le sonrió.

Junsu miró a Changmin. Notó el enojo y la desconfianza en su mirada. El más algo no respondió, simplemente frunció el ceño, mirándolo fijamente. Su enojo deformaba su bello rostro.

-          Parece que tu compañero no es muy amigable – le dijo a Junsu haciéndose la víctima – Bueno, te dejo, tengo cosas que hacer. – sentenció el hombre y le dio un apretó en el hombro en forma de despedida. Junsu apretó los labios con fuerza cuando el hombre deslizó su mano disimuladamente a lo largo de su brazo, con lentitud, para luego irse al fin.

Se quedaron callados un rato. Junsu soltó al fin todo el aire que había estado guardando en sus pulmones. Changmin gruñó.

-          Juro que si vuelve a tocarse así lo mataré.

Nunca había visto a Changmin tan enojado. Sí, sí lo había visto molesto algunas veces, pero nunca al punto de casi escupir llamas por la boca. Realmente daba miedo.

-          Vamos a comer – le dijo Junsu tomándolo de la mano, acariciándola con los dedos para tranquilizarlo.
-          Sí – curvó sus labios. Caminaron hacia el comedor. Durante el camino Changmin miró repetidas veces hacia atrás, mordiendo su labio, comprobando que el hombre no seguía ahí.

Durante el resto del día Changmin estuvo más irritable que nunca. Una vez en la habitación se mantuvo escuchando música largo rato, con la cara contra la almohada, lanzando gruñidos y quejas contra esta de vez en cuando, hasta que la batería se le agotó y volvió a gruñir molesto, guardando nuevamente el reproductor mp4 en su escondite.

-          Me iré a bañar – bufó tomando unas toallas entre sus manos. Salió de la habitación sin decir nada más.

Junsu suspiró y miró por la ventana. El cielo estaba nublado – Va a llover… - susurró para sí mismo, viendo a los segundos cómo las gotitas de lluvia comenzaban a caer de las grises nubes que cubrían el cielo.

Podía asegurar que cada gota que chocaba contra el vidrio de su ventana reflejaba lo que sentía. Su propia tristeza, sus propios miedos y fantasmas. Aquellas grises nubes eran el reflejo vivo de su mente confusa, a punto de estallar por el caos que se alojaba hasta en el más mínimo rincón de su cabeza.

-          Junsu – dijo alguien desde la puerta. Al girarse comprobó que era Changmin – la Directora está muy gruñona y quiere que todos vayamos a la sala de charlas.
-          Oh, está bien – se levantó y caminó con él hacia el lugar indicado.

Iban llegando a la sala de reuniones. Doblaron por un pasillo a la izquierda y luego a la derecha, quedando a unos pocos metros de la puerta, cuando alguien sujetó del hombro a Junsu, haciendo que se girara al instante asustado. Quedó frente a frente con el cura.

-          Changmin – dijo con la voz quebrándosele, sonando como un gatito asustado. Fue lo único que se le ocurrió decir en ese momento. El más alto se giró al oír la voz tan aterrada de Junsu, y al ver al hombre su rostro cambió drásticamente a uno de furia total.

La mano del hombre fue alejada de Junsu por un golpe. Miró fijamente a Changmin. Junsu abría jurado ver salir rayos de sus ojos. El hombre rió.

-          Quiero hablar un poco con él, nada más. No te asustes, pequeño gruñón – le desordenó el cabello riendo. Junsu supo al instante que jamás debió haberlo hecho.
-          No me toques – gruñó Changmin, poniéndole total énfasis a cada una de sus palabras, empujándole el brazo con fuerza.

Una mujer les gritó que se apresuraran. Changmin miró a Junsu indicándole que se apurara y dejara a ese hombre solo, pero Junsu sabía que era peligroso. La mujer llegó junto a Changmin, tomándolo del brazo para arrastrarlo con ella.

-          Puede llevárselo a él, pero necesito a este chico conmigo un momento – le sonrió el cura a la monja, la cual le respondió el gesto despreocupada.
-          Adelante, vaya tranquilo – dijo con una expresión totalmente pasiva. Luego miró molesta a Changmin – Tú, rápido.

Lo arrastró con fuerza hacia la sala. El hombre viejo rodeó los hombros del más bajo con su brazo. Junsu sintió su corazón dar un fuerte salto.

-          Vamos – le sonrió amigable e hipócrita.

Miró hacia atrás con miedo, encontrándose con la mirada preocupada de Changmin, la cual se perdió entre el resto de alumnos que caminaba hacia la sala de reuniones. Entonces tuvo que mirar hacia delante nuevamente.

Caminó mirando al suelo todo el camino. El hombre acariciaba su hombro suavemente, frotándolo de arriba abajo con lentitud.

-          Ha pasado mucho tiempo, ¿No?

No le entendió muy bien. ¿Qué había pasado mucho tiempo? No comprendía… No lo conocía. Sólo lo había visto en sus pesadillas, pero no recordaba nada, absolutamente nada.

-          Verás… Ese día no pudimos terminar – le dijo sonriente, sentándose en una banca en el pasillo exterior del edificio. Podían ver la lluvia cayendo con suavidad. Le jaló el brazo haciendo que se sentara a su lado – Y verás… Yo tenía… Muchas ganas de enseñarte cosas – le acarició las piernas. Junsu tembló – Has crecido mucho, y eso me agrada – sonrió aún más, sin parar de acariciarlo – Y muchas partes de tu cuerpo se han desarrollado muy bien – deslizó su mano por sobre su ropa, hasta posarla en su muslo.
-          Ugh… - se quejó Junsu tembloroso e inmóvil. Algo tenía el hombre que lo intimidaba y no lo dejaba reaccionar.
-          No te asustes – le acarició una mejilla con su mano libre – Hey, ¿Ves esto? – Señaló un diente de oro que tenía – Así quedó luego de que ese hombre se interpusiera entre nosotros.

Junsu abrió sus ojos de par en par, mirando a la nada. Por su mente pasaron millones de imágenes, mostrando escenas tras escenas, como fotografías, una tras otra.

El hombre sobre su cuerpo. Él llorando y gritando. Las ásperas y grandes manos tocando su cuerpo. Un hombre entrando por la puerta y golpeando al cura tras verlo sobre su cuerpo. Un diente volando lejos y el hombre corriendo fuera de la blanca habitación.
Aquello había pasado. Aquello SÍ había pasado.

-          ¿Pero sabes? – Le dijo el hombre sacándolo de sus pensamientos – Podríamos terminarlo… los dos solos en un lugar más privado – le dijo al oído, moviendo su mano lentamente hasta ubicarla sobre su entrepierna.

Y antes de que pudiera siquiera gritar, Changmin había aparecido corriendo, vociferando un grueso arsenal de insultos (de los cuales la mayoría jamás había escuchado) y lanzando arañazos al hombre que apenas alcanzaba a reaccionar. Lo vio todo en cámara lenta. Changmin se abalanzó sobre el hombre, tirándolo de la banca. Una vez ambos en el suelo Changmin intentó golpearlo repetidas veces, hasta que el hombre le sujetó con fuerza las muñecas, imposibilitándole continuar con los golpes.

-          ¡No vuelvas a poner tus sucias y asquerosas manos sobre Junsu! – le gritó a todo pulmón, escupiéndole el rostro, intentando soltarse del agarre - ¡No vuelvas a tocarlo jamás! ¡Jamás!
-          ¡Suéltame! – Gritó el hombre - ¡Quítamelo de encima! – le gritó a Junsu.

Junsu estaba petrificado. Sólo podía pensar “Dios mío, Dios mío”. Si lo veían iban a matarlo. Las monjas iban a matar a Changmin.

-          ¡Changmin, para! – le gritó desesperado, intentando sacarlo de sobre el viejo.
-          ¡Te dije que si volvía a tocarte lo mataría!

Junsu chilló al ver a unas monjas asomándose por los pasillos. Intentó calmar a Changmin nuevamente. No le interesaba el hombre. Sería feliz incluso con su muerte, pero temía por Changmin. Lo castigarían de forma terrible, lo sabía.

-          ¡Changmin, por favor! – Le rogó Junsu, su voz quebrándose – Changmin, déjalo.
-          ¡Dios mío! – gritó el hombre aterrorizado, haciéndose la víctima.

Changmin se veía como un perro. Con fuerza comenzó a morder el brazo izquierdo del hombre, el cual se movía como si convulsionara. Estaba tan viejo y panzón que ni siquiera podía sacárselo de encima por su cuenta. Un grupo de acólitos y monjas se acercó a toda velocidad. Junsu tiraba de la camisa a Changmin con fuerza, pero este no le hacía ni el más mísero caso. Uno de los acólitos alejó a Changmin del hombre, sujetándolo con fuerza por la espalda. Una monja ayudó al cura a levantarse. Este sacudió su ropa y la arregló, completamente agitado.

-          ¡Viejo cochino! ¡Viejo cochino! – continuó gritando Changmin al cura, intentando soltarse del agarre del acólito - ¡Jamás vuelvas a poner tus manos sobre Junsu!
-          ¡Changmin, para! – le dijo Junsu al ver la cara deformada de la directora.

Comenzó a llorar por la desesperación. Ya no sabía qué hacer. Se sentía como un niño pequeño. Se sentía tan inservible. Jamás reaccionaba, jamás podía hacer algo para ayudar. Sólo daba problemas y ahora, por no defenderse solo, Changmin pagaría las consecuencias.

-          Aléjate de él, animal – gritó la monja lanzándole una fuerte cachetada que le volteó el rostro.

Junsu lloró con más fuerza al ver esa escena. Fue a darle otra cachetada, pero Junsu le gritó con fuerza que se detuviera.

-          ¡No lo golpee! – rogó con incontables lágrimas brotando de sus ojos - ¡No fue su culpa!
-          Eres uno de los mejores alumnos, Kim Junsu, me apena que defiendas a este esperpento. – curvó los labios – Lamentablemente esta situación merece castigo – miró a Changmin – Vendrás conmigo.
-          ¡No! – sujetó la manga de la mujer, pero ella jaló con fuerza soltándose d su agarre, y sin siquiera mirarlo comenzó a caminar.

Vio cómo se alejaban llevándose a Changmin. El cura se fue con ellos luego de darle una última mirada a Junsu, y sólo pudo mirar al suelo, dejando de llorar al fin.

No quiso regresar a su habitación de inmediato. Llegar y ver la cama vacía de Changmin, y saber que estaría así quizás por cuánto tiempo le hacía sentir aún más culpa, y aquello realmente no ayudaba en su estado. Así que simplemente decidió seguir su camino por los pasillos exteriores, torturándose mentalmente por la culpa y la tristeza.

Cuando se dio cuenta ya estaba cerca de la entrada del internado,  y eso significaba que había caminado bastante sin darse cuenta. EL internado era un lugar muy, muy grande, con muchos edificios y divisiones y para cruzarlo de un extremo a otro se necesitaban más de 20 minutos caminando (mínimo).

El edificio en el que se encontraba era el edificio medio en el cual el internado se dividía en dos. Los hombres se encontraban en el ala A, mientras que las mujeres se encontraban en el B.

Nunca en sus vidas habían visto a las mujeres del internado. De hecho, hasta hacía un tiempo ni siquiera sabía que existían.

Observó el paisaje notando que las nubes grises comenzaban a alejarse de a poco, dejando el cielo despejado y limpio y ese aroma fresco que queda tras una llovizna en la tarde. El olor a césped y tierra mojada. Aquel aroma le fascinaba, sin duda.

Cuando estaba decidido a volver a su edificio escuchó una voz femenina a lo lejos. Se le oía desesperada. Su curiosidad fue mayor que su razón,  haciéndole ir de inmediato ir al lugar de donde provenían los gritos.

-          ¡¿Pero cómo no van a permitir visitas?! ¡Necesito ver a  mi hijo! – le gritaba a la mujer que intentaba calmarla.

Junsu se acercó sigilosamente para ver qué era lo que pasaba. La mujer estaba en la entrada y una monja le impedía el paso con su cuerpo, sujetándola por los hombros y dándole vagas explicaciones de por qué no podía hacer no sé qué.

Miró a la mujer largo rato, sintiéndose completamente extraño. Era como mareo, nauseas, todo comenzaba a girar a su alrededor. Sus piernas temblaban.

 “Pero qué… Qué me pasa”

Llevó sus manos a su cabeza y cerró sus ojos con fuerza, sintiendo frío de un segundo a otro. Imágenes difusas aparecían en su mente, borrosas, donde esa mujer (O alguien realmente parecida a ella, pues creía no haberla visto nunca) era partícipe junto al chico de sus sueños de césped y olor a galletas en el aire.

Olor que volvía a sus sentidos una vez más, como cada vez durante sus ensoñaciones de media noche.

Pero las imágenes que poco a poco comenzaron a aparecer frente a él no eran las mismas de siempre. Estaba él con el chico de sus sueños. Saltaban sobre una cama. Reían. Una mujer entraba seria y los regañaba. Luego reía y comenzaba a hacerles cosquillas.

Abrió sus ojos dándose cuenta de que ya no estaba de pie, sino de rodillas en el suelo. La voz de la mujer ya no resonaba en el jardín. Ahora sólo había una monja frente a él que lo miraba fijamente.

-          ¿Estás bien? No deberías estar aquí.
-          Sí, lo siento, ya me voy.

Se levantó y sin decir más se fue, dejando a la monja sola. El rostro de la mujer en la reja aún permanecía en su mente, palpitante, como si quisiera decirle algo. Como si significara algo sumamente importante.

Entonces inmediatamente pensó en Changmin. El corazón se le apretó y se le hizo un nudo en la garganta. Por el rostro que había puesto la monja al decirle “Esta conducta merece castigo” creía saber a dónde habían llevado a Changmin. Su santo pecado… (Cursi manera de llamarlo, lo sabía, pero debía admitirlo. Todo él lo enloquecía como nadie lo había hecho).

Miró a todos lados antes de seguir, y cuando se aseguró de que el camino era seguro corrió con todas sus fuerzas y con la ligereza de una pluma. Sus pisadas apenas se oían en el césped húmedo. Al llegar a la torre se internó en ella y subió los viejos escalones de madera roñosa con mucho cuidado, pues un paso en falso haría que cada tabla del lugar rechinara como una estampida y al instante estaría rodeado por las “fuerzas armadas” de las monjas.

Subió los 120 escalones que tomaba subir hasta la habitación. Se los sabía de memoria. Cuando era pequeño recordaba vagamente haber sido llevado ahí. No recordaba las razones, pero sabía con detalle hasta cuántos tornillos había en esa escalera.

Finalmente llegó a un punto donde la puerta era visible, pero en ella había alguien más. Movió con cuidado unas tablas grandes y se escondió tras ellas. Era un escondite que varias veces había usado. La mujer dijo algunas cosas y comenzó a bajar, golpeando sus zapatos de tacón bajo con fuerza contra cada escalón. La escalera temblaba con fuerza, causando u gran alboroto de chirridos de tablas viejas y latas golpeándose unas con otras. Cuando el ruido se hizo más y más débil supo que ya estaba lo suficientemente lejos como para salir, así que corrió las tablas y, tras dejarlas en su lugar, subió el resto de escalones que faltaban para llegar a la puerta.

Una vez ahí se agachó sintiendo las tablas astillosas en sus rodillas desnudas. Seguían usando la ropa de verano puesto que, a pesar de las inexplicables lluvias que llegaban de la nada, seguían en esa época. Abrió con lentitud la rendija por la que se ingresaba la bandeja de comida para los castigados (la cual de todos modos sabía que nunca llegaba) y miró hacia adentro, encontrando con la mirada a Changmin quien, acostado en la cama gastada y con los pies elevados apoyados en la pared, cantaba a todo pulmón una canción cualquiera. Tenía realmente una voz hermosa, nunca lo había oído cantar, y ahora que lo hacía podría asegurar que le encantaría pasar horas haciéndolo.

-          Changmin-ah~ - Lo llamó con voz suave desde la rendija, haciendo que el susodicho saltara del susto y se volteara con rapidez, casi cayendo de la cama.
-          ¡Junsu! – se acercó corriendo y se agachó para quedar a la misma altura – Junsu, ¿Estás bien? Cielos, estaba tan preocupado – le dijo aliviado, sonriendo de forma encantadora.
-          Oh no, yo soy el que debería decir eso, ¿Cuánto tiempo te dejarán aquí?
-          No me lo han dicho aún, pero de seguro les encantaría no sacarme nunca  - rió.

La habitación de castigo era una pieza pequeña alejada de todo el resto de los estudiantes del internado. Sólo había una cama y una pequeña ventana en la cual, para ver, debía subirse sobre el colchón y pararse de puntillas (al menos así era para Junsu cuando era pequeño, y pensándolo una  vez más no creía que Changmin necesitara eso, después de todo). En esa habitación jamás te alimentaban, y con suerte te iban a ver una vez cada 3 días para ver si debían sacar un cadáver.

-          Cierto. Te traje esto - recordó Junsu sacando un pañuelo que había escondido en su suéter – No es mucho, pero...

Al abrirlo y mostrar lo que tenía los ojos de Changmin brillaron con intensidad. Eran dos trozos de pan con mermelada de fresas y unas galletas.

-          ¡Alabado seas, Junsu! ¡Eres el mejor! – le agradeció sonriendo enormemente, recibiendo el bulto y dándole en seguida una gran mordida a uno de los trozos de pan – No sé dónde lo conseguiste ni cómo pudiste robarlo, pero eres el mejor – engulló una galleta y limpió su boca – Oh, tenía tanta hambre – lamió sus dedos para quitar los restos de mermelada. De pronto su sonrisa se borró y lo miró serio – Me alegro tanto de que ese hombre no haya llegado más lejos. Hijo de puta… si lo vuelvo a ver yo…
-          Changmin, no – se acomodó en el suelo, recostándose de frente para mirarlo – No golpees a nadie más, por favor
-          Junsu. No quiero que te hagan más daño. No quiero que jamás vuelvan a tocarte, nadie más que yo puede hacerlo, y no quiero por nada en el mundo que te vuelvan a alejar de í. No otra vez… - puso su mano en su pecho – Aquí hay una herida muy profunda, nunca sanó, es un dolor que a lo largo de mi vida he ido alimentando, y ahora que te encuentro tras largos años de haber perdido toda fe en la humanidad… Ha hecho que aquel dolor desaparezca poco a poco. Quiero protegerte como sea, aún si debo ser azotado mil veces…

Se quedaron callados largo rato. Junsu sintió sus ojos humedecerse, sus mejillas enrojecer y su pecho latir con fuerza. Entonces nuevamente a su mente volvió el chico del jardín y el rostro de la mujer desesperada. Suspiró con fuerza.

-          No quiero que te pase nada más – le susurró, pero Junsu lo interrumpió.
-          Me gustas.
-          ¿Eh?

Changmin abrió sus ojos de par en par y sus mejillas se encendieron con fuerza, creado un lindo contraste con su piel color canela. Junsu se encogió de hombros, dentro de lo que pudo en la posición en que se encontraba (tener que estar agachados para  hablar por la rendija no era lo más cómodo).

-          Me gustas mucho – volvió a repetir con la mirada baja.
-          ¿Por qué…?
-          Ya nos hemos besado muchas  veces, nos hemos acariciado e incluso hemos hecho el amor… pero jamás te había dicho que me gustas. Me gustas mucho, Changmin.

Miró al chico del otro lado de la puerta y solo se encontró con un par de brillantes y chocolatadas orbes llenos de sentimientos y tristezas. Sus labios temblaban y el olor de sus mejillas se intensificaba, dándoles un aire inocente y tierno.

-          Oye… - susurró Junsu al darse cuenta de que el más alto no diría nada aún - ¿Me regalas un beso antes de irme? – al fin Changmin reaccionó, sonriendo enormemente.
-          Todos los que quieras.

Acortando la distancia unieron sus labios en un tierno y cálido beso. Se separaron luego de un rato sólo para volver a besarse una y otra vez y otra vez más, sonriendo entre besos. El sonido de sus labios era lo único que se oía en el lugar. Finalmente Junsu se separó de Changmin y le sonrió. Las campanas sonaron.

-          Será mejor que me vaya. Si no estoy en la misa cuando comience me matarán – se encogió de hombros y sonrió.

Le regaló un último beso en la mejilla y se levantó, se despidió con la mano y bajó los escalones con rapidez para llegar a tiempo a la misa.

Y la noche llegó, solitaria. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había dormido solo en su habitación. Casi dos meses. Se sentía raro. La habitación estaba más fría de lo normal, más silenciosa de lo normal… pero el aroma de Changmin seguía en el aire, embriagándolo, como una droga. Cada cosa en la habitación tenía su esencia.

Esa noche durmió en la cama de Changmin, abrazando su almohada, sintiendo su aroma cerca… y tuvo un sueño. Un sueño donde había una pelota roja. Era él, tenía una pelota roja entre sus manos. La botaba contra el suelo una y otra vez. La pelota se le escapaba de las manos y rodaba lejos. Corría a buscarla, y al llegar un chico la tenía entre sus manos. Le sonreía enormemente y se la ofrecía, con una sonrisa reluciente y un hermoso brillo en los ojos.

Aquel chico, el mismo de sus otros sueños.

Al despertar no pudo hacer más que llorar…. Sin saber el por qué.

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