Blur cap 11

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GROWING UP

Mamá vuelca el contenido de la sartén en un plato enorme y me lo ofrece, humeante. Lo zarandeo un poco antes de empezar a comer. Se dirige a lavar los trastes mientras me mira con una sonrisa. Lo sabe. No es que no suela visitar a mi familia, pero no suelo llegar sin previo aviso. ¿La razón? Si no logro controlar mi temperamento voy a terminar liándome a golpes con mis compañeros. Son pacientes, me conocen, saben que lo único que necesito es espacio. Por eso mismo, soy yo quien termina buscando cualquier excusa para levantar la voz, rezongar, maldecir. Ya me han soportado demasiado, por eso opté yo mismo venirme a casa este fin de semana. Y ella lo sabe.

No necesito decírselo, desde que me recibió en la puerta lo vio en mis ojos. Puede no saber específicamente qué me acongoja, pero no es necesario. Ella lo sabe, por su corazón de madre y de amiga. Termino de comer y me pongo a su lado, a lavar mi plato. Me empuja hombro a hombro cariñosamente.

-Tú puedes.- me susurra, radiante.

-¿Eh?

-Sea lo que sea. Tú puedes.-reitera, esta vez secándose las manos en el delantal, pues terminó con los servicios.- Si es un reto, si tienes miedo, si es desgano, si tienes dudas. Enfréntalo. Lo que sea. Tú puedes.- me roza su dedo índice desde el entrecejo hasta la punta de la nariz, dándome un toque adicional al final. – Lo sabes.- me besa en la frente y se va.

Dejo el plato limpio en el escurridor y me seco con papel toalla. Mis manos están heladas, no imagino las de mamá, por eso lleno la tetera de agua y la pongo en una hornilla. Me apoyo de espaldas en la mesa de concreto del centro de la cocina, esperando a que hierva.

Yo puedo. ¿Yo puedo qué? ¿Dejarlo todo atrás? ¿Pero dejar atrás qué exactamente? ¿Todo esto es por una simple querella? Sabes que no. Ya le pediste disculpas a Taemin, pero no a él. ¿Y eso cambiaría algo? ¿Una disculpa? ¡Intrascendental!

Mis manos se aferran con desquicio a la mesa; impotencia. Admítelo, sabes que entre ese chiquillo y él no ocurre nada. Lo que sentiste en aquel incidente fue algo inflándose en tu pecho, la necesidad de exclusividad, de prohibirle cosas: egoísmo puro. No me gusta sentir la imperiosa necesidad de coger un marcador indeleble y escribirle mi nombre bajo su cerquillo, por ello opté por actuar como un completo imbécil. Sí, oh, sí, reconozco haber actuado iracundamente, y que pude haberme disculpado inmediatamente, entonces esto sería historia. Pero tenía que ser un cabezotas y dejar pasar los días, hacer mi rabieta como buen niño engreído que soy. Y eso, precisamente eso, es lo que me tiene así. Esos días que dejé pasar, que quise pretender él no existía. Porque vas y te dices, hey, vamos a ignorarlo, y poco a poco te das cuenta. A las horas, es el celular inactivo; al día siguiente, los brócolis que sobraron en tu almuerzo; a los 2 días, el mando del videojuego abandonado a tu lado; a los 5 días, buscas la canción que él solía dejarte al azar en tu reproductor sin tu consentimiento; a la semana, el libro de idiomas donde sigues anotando nemotecnias en las esquinas de cada lección; a los 15 días, la mesera que te sirvió aquella taza extra de mocaccino, anticipándose a la supuesta llegada de tu usual acompañante; al mes, el pijama nuevo que aún tiene su aroma – no que lo hayas olido intencionalmente.

Es eso, todo eso, lo que te tiene así. La conciencia de lo hondo que se ha metido ese muchacho en ti, poquito a poco, en cada rincón. Y, sí, se sentía cálido, aún lo es, pero no acepto el rubro de indispensable. Me limita, me obliga a dar 3 pasos atrás y buscar una salida. Me asusta. Porque soy un asqueroso cobarde, siempre lo he sido. ¿Toda esa tontería de la timidez e introversión? Es puro miedo, mi manera de protegerme. Pero viene ese crío y se me cuela en el alma, ¡como tal! Y no es justo, no lo es.

Sonrío melancólico, deslizándome por el borde de la mesa hasta sentarme en el suelo, apoyándome en la misma. No, no es justo, ni para él, ni para mí. Porque le quiero, por todos los dioses, ¡le quiero! Y no es solo amistad. Quiero que mis dedos se entrelacen en los suyos perfectamente, halarlo hacia mí y esconderlo en mi pecho. Quiero verle a través de mi rostro semi-escondido tras una almohada, con ese ridículo pijama que sólo a él le sienta bien. Quiero que se me vaya la vida en besarle, sin prontitud, cada eminencia de sus labios, como si contuviera algún néctar prohibido – porque, ¡lo juro!, los labios de Minho tienen que saber a algo. Quiero perderme en sus ojos, inmensurables, de niño bueno, de no saber.

Pero no puedo, porque es eso: un niño. Y me quiere, lo sé, ¡lo sé muy bien! Porque Minho, como yo, no se sonroja, pero muestra de otras maneras su vergüenza. Como aquellos pliegues que se le forman a cada lado de las aletas de la nariz, al sonreír embarazado. Y sus ojos –río-, sus ojos son su puerta al alma. Entonces lo sé, porque todo él me lo dice: me quiere. Me quiere con toda la fuerza que su joven corazón me puede querer. Es por eso que temo. Su joven y cándido corazón puede cambiar en un chascar de dedos; puede él esperar mucho de mí, puedo yo hastiarle, puede él conocer a alguien más, puedo yo pedirle demasiado, o simple y sencillamente puede que el sentimiento se le acabó, sólo porque sí. Y yo, con la vida hecha trocitos, me tragaría mis palabras y lo dejaría ir. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

La tetera pita, trayéndome a la realidad. Me levanto torpemente, apago la hornilla y saco dos tazas de la alacena. Mis manos tiemblan. Sirvo con cuidado y coloco té dentro de ellas, a una le agrego azúcar.

¿Qué otra cosa puedo hacer? Pedirle disculpas y decirle que está bien, todo está bien. Vernos esporádicamente y, poco a poco, alejarme. Es inteligente, lo va a entender. No es como si le vaya a afectar, está escalando cuesta arriba su carrera, tiempo es lo que menos tiene. Siempre podrá contar conmigo, lo dejaré en claro. Pero así es como deben ser las cosas.

Le tiendo la taza con azúcar a mi madre y me siento junto a ella en el sofá. Deja su lectura a un lado y me acepta la bebida. Me regala una sonrisa enorme e infinita antes de volver a su lectura.

Sí, así es como deben ser las cosas. Aunque sepa mal y escueza, ya lo he decidido. No voy a tomar en cuenta que en mi pecho se empiece a sentir frío, frío. Justo como antes.


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