Primera Plana: capitulo 22

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Mentiras.

—¡Te encontré!

Yunho saltó asustado, con su rostro sorprendido. La risa de Jaejoong fue alta, con sus manos en la cintura, luciendo muy seguro y victorioso en medio del juego. Pronto, Jung realizó un puchero con sus labios.

—No es justo, seguramente hiciste trampa, Jae.
—¡Yo jamás hago trampa Yunnie!

Jaejoong se pretendió ofendido, Yunho únicamente se levantó del lugar donde había estado escondido, limpiando un poco su ropa, pero Jae solo sonrió, empezando a ayudarlo a limpiarse, dejando que la mirada de Jung se posara sobre él un instante.

—Eres un mal perdedor Yunnie, nunca puedes admitir que yo te he ganado.
—Por que me escondí muy bien esta vez ¿cómo me encontraste?
—Te conozco como la palma de mi mano.

Cuando el polvo y la tierra hubieran casi abandonado la ropa de Yunho, ambos volvieron a levantar la cabeza y mirarse con aparente calma. Los pasos apresurados de los hermanos de Jaejoong los hicieron girar sutilmente hacía la parte derecha del jardín. Donde Yoochun y Junsu corrían y reían divertidos.

—Es extraño…— Yunho avanzó un paso, observando al igual que Jaejoong la manera en que Yoochun se lanzaba sobre Junsu, directo a su espalda, haciendo que los dos rodaran por el césped. Con un fuerte ‘te atrapé’ de parte de Yoochun. –Tu eres el mayor y sin embargo…

Jaejoong giró un poco hacía Jung. –Sin embargo, ¿qué?

—Pues, tú eres tan bajito y delgado. Que no pareces el mayor.

Jaejoong se sonrojó visiblemente, bajando la cabeza y apretando los puños.

—¡Padre dice que es por que estoy muy delgado! No… no es malo, cuando crezca empezará a notarse que soy el mayor.

Yunho sonrió, rascando un poco su nuca. –Si, tienes razón. Pero yo soy mucho más alto que tú.— La mano de Yunho viajó por encima de la cabeza de Jaejoong y el muchacho solo giró la cabeza hacía otro lugar.

—Solo tengo seis años, pronto creceré más y seré más grande que tú.

Ahora fue el turno de Jaejoong para colocar un puchero en sus labios y cruzarse de brazos. Junsu y Yoochun parecían pelear por quien era más fuerte. Entre risas y golpes sin demasiada fuerza.

—¿Por qué nunca juegas con ellos?

Jaejoong únicamente suspiró.

—Ellos son muy unidos, cuando estoy con ellos me siento incómodo.— Jaejoong levantó la mirada, sonriendo un poco más. –Por eso me gusta que vengas a jugar conmigo a casa.
—A mi también me gusta venir, yo no tengo hermanos. Así que me aburro mucho.

Jaejoong asintió firmemente, como si el tiempo hubiera sido detenido un instante y Jaejoong pronto golpeó el hombro de Jung.

—¡Te toca contar!

Y luego solo salió corriendo.




—Ha sido perfecto.

El tacto, ligeramente suave de la mano de Key se extendió sobre su rostro. En una caricia sutil, casi pasando desapercibida, pero el sinsabor no desaparecía de la boca de Joonghyun. Infamemente, a pesar de todo, la culpa se había establecido en él.

Y sus ojos miraron los profundos de Kibum, en la oscuridad de su habitación, sentado sobre la cama mullida, con las piernas de Key rodeándolo, sentado justo sobre él. Key regocijado por el resultado de sus planes. Joonghyun sintiéndose culpable.

—Me asusta ver lo feliz que eres con haber roto el ambiente familiar entero de todos ellos. Es casi…
—¿Retorcido?

Key sonrió, pegándose un poco más al cuerpo de Joonghyun. Con sus labios tan cerca de los contrarios que casi podía rozarlos.

—Has jugado con fuego, Key.
—Hemos, mi querido Joonghyun. Ambos logramos vencer a Minho.

—A veces me parece que toda tu motivación se encierra en él.
—¿Y en ti no? ¿No decías amarlo tanto hace apenas unas semanas?

Joonghyun pareció reaccionar. Preocupado ante aquel análisis y el momento exacto en el que Minho había dejado de importar.

—Soy un adolescente, el amor no es eterno para mí.
—Vaya, estás creciendo.

Los labios de Key se posaron sobre los suyos, besando lentamente, moviéndose casi como degustando cada instante, apreciando cada segundo. Y Joonghyun no pudo lograr entender por que la culpabilidad que sentía era tan frágil como su amor por Minho.

Y en específico, ¿por que ambos habían sido derrotados por Key?




Temprano en la mañana, casi sin dormir, con apenas dos horas de franco sueño que no ayudaban lo suficiente, con el traje mal colocado y las ojeras visibles bajo sus ojos, OhDae finalmente se decidió por abrir las puertas de su habitación.

La luz del sol entraba por las ventanas, el viento sacudía las cortinas y el lugar destrozado por todas partes lo detuvo un momento. Apreciando el desastre en que se había convertido el lugar, recordando los gritos y reclamos de Boa la noche anterior.

Como si la cama hubiese sido apenas tocada, los trozos de vidrio se encontraban en el suelo, el maquillaje, las joyas, todo se encontraba en el suelo. Y OhDae pudo revivir los gritos y el llanto desamparado de Boa, casi como si lo hubiera percibido de primera mano.

Había cometido tantos errores en su vida.

Errores que ya no valía la pena recordar. Caminó hasta el baño, que impecable, se encontraba vacío, igual que la habitación, ni siquiera en el balcón. Boa no estaba ahí, seguramente se había levantado más temprano que él y había salido de aquel infierno particular.

Suspiró con poca gracia, sentándose en la cama. Contemplando un rato más aquella habitación destrozada. Apretó la sábana bajo su mano y agachó un poco la cabeza. No sabía que podía venir después de aquello.

Todo pesaba, su matrimonio, sus hijos. Su candidatura.

Y él seguía perdido, por que necesitaba un abrazo, uno solo, uno que no merecía. Quería envolver su rostro en el cabello de Heechul y sonreír extasiado ante su aroma y la paz que esos momentos le ofrecían.

Pero la paz era algo que se le estaba escapando de las manos, como si esos momentos se hubieran ya escapado de él y no los mereciera más. Como si se hubieran convertido tan solo en un vaho de recuerdos perdidos, que parecían más bien sueños y anhelos, casi sin palpar la verdad.

Ya no existía, no había más paz que pudiera albergar.

Pasó una mano por su rostro, acongojado y derrotado. La paz se había marchado de su hogar.

—Señor…

Lee, desde el umbral de la puerta se había detenido, erguido y elegante como siempre, OhDae pudo ver rápidamente aquel diario doblado en las manos del mayordomo y un suspiro abandonó sus labios.

—Señor, tiene que ver esto.




—Dijiste que no querías verme más.

Boa apretó sus puños, con la mirada en el suelo, cualquier cosa era mejor que tener que enfrentar aquellos ojos de OhDae, que la miraban con absoluta seriedad, y su orgullo machacado solo podía gemir de dolor en su cabeza.

—Rye se encuentra en la habitación, y como sabrás mi esposa no está muy bien de salud. Así que por favor, Boa. Se breve con lo que tengas que decir.

Aún no podía hablar, no era así de sencillo, no tan fácil. Solo estaba atormentada y desesperada, hundida en medio de sus pocas convicciones y el hecho de tener que abandonar algo por no poder ser la madre que debería.

—Di…dijiste que podrías hacerte cargo del niño.
—Lo dije, si. Pero tú me gritaste que no querías nada de mí. Que cuidarías sola de él.

Las palabras de OhDae eran fuertes, severas y capaces de helar al mismo infierno, su mirada sin embargo, no mostraba indicios de entenderla, de siquiera mostrarse preocupado por lo que le pasara. Como si lo único que ocupara la mente de aquel hombre fuera Rye.

—Yo te amé… de verdad lo hice, ¿por qué tuviste que hacerme esto?

OhDae suspiró, apoyándose en el escritorio, con sus ojos perennes en la mujer. En el cabello corto de Boa y su expresión desamparada.

—Boa, no juguemos a victimas. Tú sabias desde un inicio que estaba casado. Eres responsable de tus actos, dejaste que te enamorara. Dejaste que entrara en tu vida. No es como si yo te hubiera obligado a algo. Te ofrecí hacerme cargo del niño, de pasarte una pensión. Que te quedaras con el niño. Y simplemente quisiste alejar a mi hijo de mi por venganza.

—Estás siendo cruel.
—Estoy siendo sincero, cruelmente sincero. Pero sabes que digo la verdad, no entiendo que pretendes viniendo a mi casa.

Boa jugó con sus manos, moviéndolas nerviosa, aún a una distancia prudente de OhDae, con un aire que abandonó sus labios de repente.

—El pequeño nació hace dos semanas. Yo… no puedo cuidar de él.

OhDae se enderezó, con sus ojos analizando cada parte del cuerpo de ella. Su cuerpo delgado, si bien no la había visto en un buen tiempo, le era una sorpresa saber que apenas hace poco había dado a luz. Y más que todo pudo notar las ojeras, lo demacrada que se veía.

—¿No puedes? ¿El rencor y el orgullo te duraron tan poco?

Boa mordió sus labios.

—Mi hermano está enfermo, muy enfermo. Es mi hermano menor, debo cuidar de él, trabajar para ganar algo de dinero en su tratamiento. Ayudarlo en lo que pueda. Sin embargo con el bebé me es imposible, si continúo así. Terminaré por perder a los dos. Y al menos tú puedes cuidar de mi hijo bien.

OhDae cerró los ojos, analizando sus posibilidades y verificando todas sus alternativas.

—¿Y si te paso una pensión?
—No puedo el bebé necesita atención total, y mi hermano entre el tratamiento y su convalecencia será imposible. Sabes que no tenemos más familia que nosotros mismos.

—Lo que no quieres es hacerte cargo del niño. ¿En dos semanas y el instinto de madre desapareció?
—Soy muy joven, pero ahora no puedo. Simplemente… no puedo.

La juventud es tan endeble. Que OhDae por un momento se preguntó, si más adelante esta decisión de Boa no le cobraría factura. Cerró los ojos brevemente, y volvió a revisar las cosas en su escritorio.

—Si lo dejas conmigo, no volverás a verlo.

De repente se escucharon las risas de los niños dentro de la casa, los tres hijos de OhDae seguramente, Boa apretó los puños, visualizó la imagen de su hermano tendido en la cama, lo joven que era, todo lo que les hacía falta y lo poco que podía cuidar de su hijo ahora.

—Está bien.

Y su corazón, en alguna parte se rompió.




Con aquella discreta boina sobre la cabeza, Boa bebió un poco del café que el mesero acababa de traerle, miró la foto en primera plana del diario sobre la mesa y arrugó el entrecejo.

La imagen de ella sobre el escenario era la foto más grande, las letras grandes y llamativas. Acompañada en pequeñas fotos la imagen de OhDae y sus hijos, como si se tratara de la noticia más importante de los últimos tiempos, habiendo tantos problemas reales en el mundo, el diario aquel solo se enfocaba en ellos.

Su mano arrugó con fiereza el diario y bufó con molestia, con un terrible dolor de cabeza y cuando visualizó la imagen de su hermano caminando hasta ella, un poco de alivio calmó su alma.

—¿Cómo estás?

La voz suave de él la hizo suspirar, hundirse un poco en el abrazó que el menor le proporcionó, solo para no sentirse tan terriblemente devastada.

—Casi muriendo, pero con una pequeña paz, por lo menos ya no vivo entre mentiras.

Cuando el menor se sentó frente a ella, con su rostro un poco preocupado, con su chaleco combinando con toda la ropa que llevaba y aquella corbata, Boa pensó que seguramente tendría una junta en el trabajo. Y su familia sería el enfoque.

—Te dije que en algún momento este juego iría en tu contra.
—Siwon… no es el momento.

Choi solamente suspiró, era un poco difícil ver el rostro de su hermana mayor y pretender que todo no estaba tan mal como parecía, y sin embargo. Recordó el momento en que sus padres se divorciaron, en el que su madre decidió ponerle su apellido a Boa en vez del de su padre, y luego aquel incidente. En el que ella regresó, por que madre había muerto.

—Tienes que salir de ese infierno.
—No sin Minho.

La resolución en los ojos de Boa fue sorprendente, igual a años atrás cuando a su padre le detectaron Cáncer y ambos tuvieron que aprender a sobrevivir como podían. Solos los dos.

—Boa… ¿por qué nunca me contaste como te trataban ahí?
—¿Para qué? ¿Para que me sacaras de ahí? No podía permitirte, necesitaba ver a mi hijo, conocerlo, saber que había sido de él en estos años.

—Él, ahora probablemente no va a querer ni verte, lo sabes ¿verdad?

Boa asintió, con un pesar renovado mientras sentía la mano de Siwon tomar la suya, delicadamente. Con algo de fuerza siendo trasmitida tan solo por ese contacto.

—Tienes que salir de ahí.

Ella asintió, bajando un poco la cabeza, y en esta ocasión. Siwon afianzó el agarre de sus manos, mirando el rostro de su hermana mayor. Aquella que tanto había luchado por él, por que estuviera sano, por que se educara. A ella que le debía tanto, aunque la culpa pesara sobre él, al ser la causa por la que su hermano tuviera que dejar a Minho atrás.




—¡¿Es que no lo entiendes?!

Yunho cerró los ojos, con fuerza, como si la voz de su padre se escuchara de verdad, como si no se tratara de una pesadilla, de recuerdos infames que lo acosaban cada tanto, que rara vez le permitían conciliar el sueño.

¡Nos dejó sin nada! ¡No le importó que nosotros también tenemos una familia!

No podía, sencillamente no podía dormir. Se sentó en la cama, y pudo ver la espalda desnuda de Jaejoong a su lado, completamente dormida, boca a bajo en su cama, con la respiración profunda. Tan pacífico, que incluso no parecía él.

Su mano viajó inconsciente hasta esa piel blanca y expuesta, como si el solo tacto fuera nuevo y sin intenciones de que Kim se levantara, solo por tocar un poco de esa tersa piel. Solo un instante, en el que esos segundos su vida no parecía una completa catástrofe.

—Eres patético y decepcionante.

Cerró sus ojos, la visión de su padre parado a unos centímetros de la cama lo aturdió. Su mente estaba jugándole una nueva mala pasada otra vez. Como si no pudiera descansar una sola vez, como si la paranoia en la que se había convertido su vida fuera eterna.

—¿Por qué no me dejan en paz?
—Por que nos prometiste algo.

Y la imagen de su madre caminando de un lado a otro fue demencial, como si perdiera el control sobre su mente. Y todo pareciera tan real.

—¡Váyanse!— Llevó las manos a su cabeza, tapando sus oídos, cerrando los ojos, bloqueando sus sentimientos. Derramando lágrimas que no cesaban. –Déjenme en paz, por favor… No quiero… no quiero odiarlo.

—¿Y que quieres? ¿Enamorarte de él? ¿Del hijo que nos arrastró a la muerte?

A pesar de todo se escuchaba, esa voz repleta de recriminación. Yunho sabía, sabía que se trataba de su mente. De esa mala jugada en la que se habían convertido esos síntomas leves de esquizofrenia. Lo sabía y aún así era tan real.

—¿O es que siempre has estado enamorado de él?

Trató de concentrarse, en ese pasado cuando su padre jugaba con él, cuando lo levantaba en sus brazos y reía, tan apaciblemente que esos recuerdos eran los mejores de su infancia.

—No puedes traicionarnos, ¡no puedes!

Visualizó a su madre, hermosa y radiante, ayudándolo a vestirse como si fuera lo más importante del mundo. Con su voz dulce y apacible, como si lo acariciara tan solo con sus palabras. Muy diferente a las voces que ahora lo atormentaban.

—Déjenme… Por favor… Si pudiera, si yo pudiera…
—¿Si pudieras qué? ¡¿Huir como un cobarde?!

Yunho sacudió la cabeza, con sus manos temblorosas buscando en el cajón de la mesita de noche hábilmente o lo mejor que podía aquel frasco de pastillas como si todo su ser temblara por completo. Como si las voces se convirtieran en estridentes gritos.

—¡Yunho, no nos ignores!
—¡YUNHO!

Y bebió de la poco agua que había, con dos de esas pastillas grises que para algo debían servir, que lo calmarían al menos un poco. Que lo harían descansar sin pesadillas, que volarían inmunes a los juegos crueles de su mente.

—¿Yunho?

Pero esta vez fue la voz de Jaejoong la que escuchó, su voz adormilada y calma. Borrando por completo la presencia de sus padres, notando que su frente se encontraba marcada por una leve marca de sudor.

—¿Qué sucede?
—Nada, solo buscaba mis pastillas… Ya sabes, la migraña. Y todo eso.

Jaejoong arrugó un poco la nariz, no muy convencido en verdad, pero volvió a recostarse boca abajo en la cama, con suficiente sueño y lo suficientemente cansado como para volver a dormir.

Yunho se recostó. Un poco más apacible, un poco más calmado, soltando un suspiro que evacuara sus emociones, con su pecho subiendo y bajando, con su cuerpo a medio cubrir, rogando por un poco de absolución.




El pequeño balón saltaba poco a poco entre los pasillos de la enorme mansión, como si el lugar fuera lo suficientemente enorme para habitar por completo el lugar que fuera necesario.

—¿Qué estás queriendo decir?

La voz seria de su padre logró detenerlo, con el balón en las manos, a expensas de que Jaejoong lo esperaba en las escaleras y de que por supuesto, era de mala educación escuchar conversaciones ajenas.

—Que la única solución para que pagues algo de tus deudas, es que me vendas tu compañía.
—No puedo hacer eso, ¿qué voy a dejarle a mi hijo?

—Yunho es un niño inteligente, sabrá abrirse camino él solo.
—¡Es solo un niño!

Pudo ver a OhDae, tras el escritorio, sentado sin problemas y cruzado de brazos. Con una expresión tan parca que incluso provocó miedo en él. Pero aquello que marcó sorpresa en su ser, fue la expresión de su padre. Desesperado y angustiado.

—No puedo darte todo lo que le ha costado años a mi familia.
—¿Olvidas a tu hija? Parece que lo único que te importara es Yunho.

—Ese fue un desliz sin importancia. Seguramente ella tiene una familia ahora.
—No es así.— Una carpeta sobre el escritorio, y Yunho sintió una opresión en el pecho. –Yoona aún no ha sido adoptada, sigue siendo tu hija, sigue siendo la hermana de Yunho.

Jung llevó una mano a su boca, abriendo los ojos en extremo. Aterrorizado ante la idea y sobre todo ante aquella verdad, que de pronto le golpeaba en la cara.

—¿Por qué quieres arruinarme? ¿Por qué quieres más dinero? ¡¿No se supone que éramos amigos?!
—Quiero un futuro perfecto para mis hijos.

—¡¿A costa del futuro de mi hijo?! ¿No sientes un poco de compasión por un niño tan pequeño como lo es Yunho?

Hubo un momento de silencio, Yunho salió corriendo, no quiso escuchar la respuesta, no quiso, sencillamente quiso hundirse en la almohada de su habitación y llorar. No le importó haber abandonado a Jaejoong en ese momento. Por que era tan pequeño que apenas podían entender de egoísmo y crueldad.

Por que sobre todo, dos semanas después su padre empezó a beber, y no se detuvo más.

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Los días se volvieron pronto un infierno, sus padres discutían a todas horas. Eso era lo único que llenaba la mente de Yunho. Los gritos, las discusiones, las cuentas, los acreedores de los bancos que llegaban, los de la hipoteca.

Yunho era pequeño, pero no era un tonto. Lo estaban perdiendo todo.

Entonces, una noche bajó. A expensas de ser regañado, no habían gritos y su padre no estaba ebrio como se le venía haciendo mala costumbre, su madre lucía cansada, sin las joyas que antes usaba, sin su maquillaje que la hacían más perfecta.

—¿China? ¿Quieres que huyamos cual fugitivos a China?
—Solo mientras me recupero, mientras hallo el dinero para pagar nuestras deudas.

Yunho se escondió un poco, sobre las escaleras, escuchando las voces en murmullos.

—Es huir de cualquier forma, el maldito de OhDae ¿no te dio suficiente dinero por las empresas?
—La verdad es que no, apenas alcanzó para un par de deudas. Debemos mucho, necesitamos irnos. Y lo antes posible.

—¿Y Yunho? Está a mitad de año, no puede perder las clases así como así.
—¡Que lo repita! Estamos en crisis, es China o quedarnos a que nuestra familia termine por destruirse gracias a los diarios y sus estúpidas publicaciones.

Por primera vez vio a su madre beber de aquel whisky sin problemas, bebiendo el vaso entero sin problemas. Y su padre solo movía las manos con ansiedad, mirando atento a la mujer frente a sus ojos.

Yunho pensó en Jaejoong. En su amistad, en todo lo que representaba en su vida, en que no lo había visto en semanas. Y ahora al parecer, de pronto solo se iría.

—Volveremos, y OhDae no nos ganará. Le haremos pagar la humillación de aprovecharse de nuestra caída económica y quitárnoslo todo, por casi nada.

Su padre asintió. Y ella resolutiva y atenta respiró hondo. Viendo de un lado a otro como si la idea no la terminara de convencer.


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—¡¿Para eso nos trajiste a China?! ¡Tienes una hija bastarda!

Yunho se encogió en su cama, mientras escuchaba los gritos de su madre lanzando algo contra alguna pared, en su modesta casa en Fuzhou, se escondió bajó las sabanas y tapó sus oídos. Llorando, desesperando.

—¡¡Me engañaste!! ¡Y sabrá dios con que clase de mujerzuela!
—¡Por favor, ya detente!

—¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! ¡MALDITO! ¡Yo que he estado junto a ti, a pesar del fracaso de hombre que eres! ¡Lo perdimos todo y Yunho y yo seguimos aquí, JUNTO A TI, PARA TI! Ahora resulta que también eres un fracaso como esposo y como padre.

—¡Yo no les he fallado!

—¡No! Solamente nos quedamos en la más absoluta miseria. Sin absolutamente nada, ni siquiera podemos pagarle una escuela decente a nuestro hijo, peor a esa bastarda que ahora piensas traer con nosotros.

—¡Ya basta! Sé que esto es difícil de entender. Pero, amor. Por favor, no puedo dejarla en aquel orfanato.
—Y de paso intentaste ocultarla, dándola en adopción. ¿Qué pasó con su madre? Apuesto que detectó lo patético que eras y huyó antes que nosotros. ¡Debe ser una mujer inteligente!

Hubo un silencio, cortante y angustiante en el que Yunho se atrevió incluso a salir debajo de su sábana. Viendo su habitación vacía. Pero los pasos de alguno de sus padres, se empezó a escuchar, y él se puso en alerta.

—Ella… murió. Al darla a luz, no quería arruinar nuestra relación. Por eso no te dije nada, fue un error terrible engañarte. Lo sé y lo lamento. Solo… déjame redimirme. Déjame intentar hacer algo bueno por ella.

—No me toques… Solo, vete a dormir a otro lado. Quiero estar sola.

Hubo más de ese silencio, y finalmente una puerta abrir y cerrarse. Yunho corrió a su cama. Abrazar su almohada y cerrar los ojos. Tratar de fundirse en un lugar mejor, en sus recuerdos, en la imagen de su mejor amigo. En Jaejoong, y los tres meses que tenía sin saber nada de él.

—Tal vez lo mejor para ella es ser adoptada, huir de este infierno.


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Dos meses después. Yunho conoció a Yoona.

Era una muchacha encantadora, dos años menor a él. Tímida y algo retraída.

Su madre casi no hablaba con ella, pero su padre en cambio trataba de encerrarlos en una burbuja ajena a sus problemas, con sonrisas, juegos y regalos muy diferentes a los que antes llenaban la habitación de Jung.

Pero Yunho decidió omitir ese pasado de lujos.

Yoona era especial, muy inteligente y creativa. Le asustaban los truenos, pero le gustaban los animales. Siempre decía que quería convertirse en maestra y enseñarles a niños pobres que no tuvieran recursos para ir a una escuela.

En esos años que vivieron en China, se llenaron de planes, Yunho estudiaría y sería un exitoso abogado, Yoona sería una maestra. En algún pueblito para personas de escasos recursos. China era un buen lugar, y Yunho había hallado un plan excelente.

Cuando las discusiones volvían, él tomaba de la mano a Yoona y huían de aquella casa, no regresaban hasta horas después cuando su padre se había ido a algún bar a beber, y su madre dormía en la habitación, obligada por aquellas píldoras que se le venían haciendo tan mala costumbre.

Pronto, empezaron a mudarse, los recuerdos de Yunho eran vividos, seguramente agencias de Corea ya sabían que estaban en China, y comenzaban a perseguirlos, pero Yunho no comentaba nada y Yoona no preguntaba. Vivian en mundo aparte de ese infierno.

Un mundo mejor, un futuro planeado en los que ambos se graduaban. Yunho se casaría con una abogada, o tal vez con una muchacha hermosa de cabello negro y muy blanca, Yunho tenía ese prototipo, delgada y sonriente. Como un recuerdo vago en sus memorias.

Yunho no odiaba, no recordaba, prefería evadir.

Yoona se casaría con algún profesor, alguien que entendiera su profesión. Y tendrían hijos. Y tendrían dinero, para que sus padres no se preocuparan nunca más por el dinero, su padre dejaría de beber, y su madre dejaría la adicción por las pastillas.

Era un futuro, hermoso. Era un futuro. Era SU futuro.

Yoona no decía nada cuando su madre adoptiva en ocasiones ni le hablaba, ella nunca la trataba mala, solo que a veces la ignoraba, y eso dolía, pero Yoona no se quejaba. Tenía a Yunho que la quería mucho, muchísimo. Y a su padre, que la veía con tanto amor que bastaba, la madre de Yunho, no era mala.

A veces en su cumpleaños le regalaba alguna de sus joyas, la madre de Yunho la limpiaba con ahínco la noche anterior, para que lucieran la mitad de bellas que alguna vez fueron. Y la abrazaba y le daba un pequeño beso en la frente. De las pocas veces que recibía amor de su madre adoptiva. Ella no era mala, Yoona incluso la quería.

Pero un día todo se arruinó.

Como costumbre, Yunho y ella llegaban del instituto juntos. Yunho en unos meses cumpliría quince años, y Yoona planeaba una fiesta sorpresa modesta con algunos compañeros de salón. Iban platicando, sobre un concurso de matemáticas al que ella había ingresado y que seguramente ganaría.

Sería un poco de dinero que pensaba darle a sus padres para pagar las deudas. No quería ni un centavo, absolutamente nada. Si ganaba, el cheque entero sería para ellos, tal vez pediría un poco para un lindo regalo de cumpleaños para su hermano, nada más.

—Hoy estudiaremos las fracciones, Yoona. Así que te quiero muy atenta. Como tu hermano mayor me voy a encargar de…— Yunho se detuvo abriendo la puerta de su casa, y el disparo se escuchó insonoro. Grave y aturdidor. —¡¡PAPÁ!!

Yoona retrocedió, por instinto. Tapando su boca, con las manos temblando y sus ojos botando lagrimas sin que se dieran cuenta.

—No mires, por favor no mires…

Pudo sentir a Yunho abrigándola con sus brazos, haciendo que hundiera el rostro contra su pecho. Ella no se movió solo lloró, se aferró a su hermano. Como si la imagen se hubiera grabado con fuego en su cabeza, su padre con el arma en la boca, jalando del gatillo, y luego solo sangre.

—Sube a tu habitación. Sube y no salgas por nada del mundo de ahí…
—Pero…
—¡Solo sube Yoona!

Subió las escaleras corriendo, sin una sola mirada hacía la sala. Yunho no se derrumbó hasta que escuchó la puerta de Yoona cerrarse, entonces dejó que las lagrimas salieran se arrimó contra la pared y sus piernas perdieron fuerza.

Los brazos le temblaban, y la imagen de su padre en el suelo entre tanta sangre lo perturbaron. Lloró y se quedó en el suelo. Estupefacto, aterrado.

—Yunho, ¿qué haces en el suelo?— La voz de su madre sonaba relajada, venía de compras. –Además ya les he dicho que no dejen la puerta abierta por que…

Su madre calló, el sonido de las pocas compras que sostenía en la funda en sus manos resbaló en el suelo. La expresión de su madre al ver a su esposo fue desbaratadora, ella corrió hacía él, entre llantos y gritos. Sosteniendo el cuerpo inerte del hombre.


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—¿Quién era OhDae?

La pregunta de Yoona llegó dos días después del sepelio, ni siquiera lo velaron, hicieron los tramites rápidos y enterraron el cuerpo de su padre sin problemas. Su madre ahora dormía, casi todo el día, y Yoona no pudo asistir al concurso de matemáticas.

Yunho se movió incomodo. —¿Por qué lo preguntas?
—Padre siempre lo mencionaba, decía que él fue el causante de todo.

Yunho suspiró. Yoona tenía solo trece años, no era edad para que lo supiera, pero justo en ese momento él se sentía tan vacío. Tan solo, tan devastado. Había escuchado a su madre por teléfono, estaba preocupada, OhDae los estaba buscando y seguramente no sería para nada bueno, seguramente quería entregarlos a los recaudadores.

—Él fue el hombre que metió a mi padre en negocios turbios, padre me contó hace un año que OhDae lo metió en negocios raros, por que necesitaba dinero. Cuando todo se descubrió OhDae se lavó las manos y nuestro padre se endeudó más, casi lo meten a la cárcel inclusive. Y cuando lo estábamos perdiendo todo, OhDae dijo que le compraría las empresas de nuestra familia, por muy poco dinero. Nos dejó sin nada.

—¿Él destruyó a nuestro padre?— El razonamiento de Yoona llegó como un golpe, recordando incluso aquella conversación de años atrás. Donde OhDae se excusaba con darles un futuro perfecto a sus hijos, destruyendo el suyo como consecuencia. —¡¡Ese hombre orilló a nuestro padre al suicidio!! ¡Lo odio! ¡LO ODIO! ¡Es un maldito bastardo! ¡¡LO ODIO!!

Yoona tapó su rostro, sumida en las lágrimas y el dolor.

Yunho miró la pared vacía. Yoona tenía razón. OhDae los había orillado a dejar Corea, y ahora los buscaba. ¿Con qué propósito? ¡¿Quería terminar de arruinarlos?! ¡Solo eran dos adolescentes y una mujer! ¿Qué más daño quería hacer?

Se llenó de odio, de rencor, de coraje.

Odió tanto, odió más cuando veía a su madre desesperada, arrastrarse como podía por las pastillas que la hacían dormir, cuando gritaba demente por más de su medicamente. Odió cuando Yoona lloraba noches enteras por la perdida de su padre.

Y recordó, recordó las noches que ebrio, su padre llegaba a casa y maldecía a OhDae por empujarlos a esa vida, por dejarlos sin nada, cuando vociferaba contra los hijos bastardos de OhDae por se el motivo de un todo.

Rememoró aquellos instantes cuando lo veía en la madrugada decir que le encantaría vengarse y herir a los hijos de OhDae, la mejor forma de vengarse. OhDae amaba tanto a sus hijos, su dinero y su posición. Que quitándole todo el prestigio y familia, sería la venganza perfecta.

Y aquello se marcó como un mantra perfecto en su cabeza.

Odio y venganza. Lágrimas y dolor, sufrimiento y desesperación.

No había más en su vida, solo eso. Y lo poco que amaba, eran Yoona y su madre.


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Al año de la muerte de su padre, el corazón de Yunho estaba amortiguado.

Pero el de Yoona no, por eso lloraba, con su cabeza hundida en su pecho. Sentados en aquel sillón. Solos, completamente solos en aquella casa. Su madre había amanecido muerta, con las pastillas por todos lados. Intoxicada.

El cuerpo en la morgue y ni una sola lágrima bajaba o resbalaba por su mejilla.

Pero Yoona lloraba y sufría, tanto que por un momento deseó. Llorar también, para que se sintiera apoyada. Pero no podía, solo podía ver en su cabeza la imagen de OhDae, quería destruirlo, verlo hundido como alguna vez lo estuvo su padre.

—Yunho…
—¿Mmh?

—Ese hombre… OhDae, quiero que él sufra como nosotros. No quiero que quede impune. Nuestra madre… ella… no es justo.

Yoona lloró un poco más, y por un momento Yunho se preguntó si ambos pensaban igual. Pero Yoona solo apretó con fuerza su camisa, y Yunho acarició su cabello.

—No pienses en ello, Yoona.
—¡No quiero! ¡Nos quedamos sin nada! ¡Quiero hacerle tanto daño como nos ha hecho a nosotros! ¡Quiero ver a sus hijos sufrir! ¡LO ODIO! ¡LOS ODIO A TODOS!

Yunho suspiró, sintiendo como sus planes, su futuro, sus sueños se le iban de las manos. Probablemente, esa mañana no solo murió su madre. Probablemente ese día, una parte de los dos, murió también.


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—Me enteré de lo que pasó con tus padres, ¿cómo estás?

Hipócrita. Mentiroso. Cabrón.

Yunho quería romperle la cara, no pensaba en nada más, cerraba los puños para evitarlo. Trataba de no hacerlo, tenía a OhDae en frente, había aparecido de la nada en su puerta y él rápidamente había mensajeando a Yoona para que no saliera de su habitación, que no diera seña de vida.

Hábilmente, hasta ahora había logrado hasta ahora hacer pasar desapercibida la presencia de su hermana. Si OhDae quería destruir, terminar su trabajo, que no llegara hasta ella, hasta Yoona no. Era lo último que le quedaba.

—No muy bien… Todo será muy difícil ahora.
—Lo sé. Por eso quise venir ha hacerte una visita. Tu padre y yo siempre fuimos buenos amigos…

Mentiroso. MENTIROSO ¡¡MENTIROSO!!

Yunho asintió, consciente de que probablemente el hombre no sabía que él conocía toda la verdad que incluso había estado presente en uno de esos momentos.

—Quisiera que me permitieras regresarte a Corea, podría pagar tus estudios, podrías estudiar junto a Jaejoong, ¿te acuerdas de él?— La verdad es que no, Yunho no había pensando en él en muchos años. –Bueno él si te recuerda y te extraña mucho.

—¿Quiere comprarle un juguete en vida a su hijo?

Su sonrisa sardónica, y casi al segundo Yunho se regañó mentalmente por no medir su rabia.

—¡Oh, no! Claro que no, no me malentiendas, muchacho. Solo quiero que el hijo de un buen amigo mío tenga un futuro digno. Que estudies, que te gradúes. Y a cambio podrías trabajar para mí, en mis empresas cuando seas un profesional. Tendrías un futuro asegurado.

¿Futuro? Yunho rió internamente, él ya no creía en esas palabras y en todo caso, en el fondo esas también eran sus empresas. Años de trabajo de SU familia. Miró al hombre. ¿Culpa? ¿Por eso estaba OhDae ahí? ¿O solamente era para complacer a su hijito mayor y regresarle el juguete que el mismo OhDae estuvo a punto de destruir por completo?

—No lo sé… Esa ayuda tan repentina… Yo no…
—Yunho, te conozco desde que eras un bebé, confía en mí, por favor. Vuelve a Corea conmigo.

De pronto fue como si pudiera aventurarse a unos años más adelante. Yunho no era tonto, no lo era, hace mucho que no sonreía ni lloraba. Hace mucho que había dejado de sentir. Pero pudo verse claramente como la mano derecha de aquel hombre.

Pudo ver un plan de años, de esfuerzo, mentiras y engaños. Podía ser lo que seguramente sus hijos malcriados no podían. Podía ser inteligente, seguro, bueno para los negocios, podía destruir a Kim OhDae desde adentro.

Podría convertirse en el hijo que nunca tuvo ese hombre. Podía ser su mano derecha, podía ser tantas cosas. Podía ver a Yoona casada con alguno de los hijos de OhDae, enamorarlo y enloquecerlo hasta el punto de destruirlo. Mientras él se encargaba de hundir al patriarca de la familia Kim.

Pudo verlo todo, absolutamente todo. Armónicamente construido en su cabeza.

Y entonces volvió a creer en el futuro.

En ese futuro en el que podía destruirlo por completo. Él podía, él y Yoona podían. Por su puesto que podían.

—Está bien, no tiene idea de cuanto se lo agradezco.

El primer contacto con OhDae fue en ese instante, sus manos tomando las del hombre en señal de agradecimiento. Yunho quiso vomitar, pero a cambio puso una sonrisa amable, desde ese momento él comenzó a fingir.


..::..::..::..::..

OhDae había sido muy descuidado, o confiado.

Cualquiera de las dos cosas lo beneficiaban, le había pagado un pasaje en primera clase, seguramente para deslumbrarlo y que estuviera a sus pies, pero Yunho había cambiado los pasajes por dos económicos. Necesitaba a Yoona con él. Pero no debían verla.

Los primeros meses fueron difíciles, Yoona tuvo que arreglárselas casi sola, con el poco tiempo y dinero que Yunho podía ofrecerle. Entonces encontró aquella mujer, era un poco mayor pero muy hermosa, dueña de la boutique del barrio donde vivía.

Le enseñó a cortar el cabello y maquillar. Y le dijo aquellas palabras que ella nunca olvidaría.

—…Es que sencillamente mi querida Yoona, no hay puerta, que la belleza no pueda abrir.

Y Yoona entendió que mientras Yunho hacía lo suyo ganándose a la familia Kim ella necesitaba algo más que su belleza natural para conquistar a uno de los hijos de OhDae. Y se pudo a manos de la mujer que de repente la volvió arrebatadoramente bella.

Y resultó que Tanyah, tenía contactos, tenía amigos. Y pronto, Yoona se vio trabajando como extra en una serie, luego salía en una portada. Más tarde la querían para un papel más importante. De repente se vio protagonizando una película.

Tanyah no era muy joven pero siempre le recordó que ella solo la había metido de extra en una serie, el resto lo habían conseguido ella y su inaudita belleza, y Yoona se lo creyó se basó en ella. Odiaba su profesión, pero el mundo la idolatraba. Y poco a poco fue olvidando que alguna vez quiso ser maestra.

—Él es Kim Jaejoong, mi mejor amigo. Ella es Yoona, la conocí en China cuando estuve por allá. No imaginaba que te convertirías en tan bella mujer e importante actriz.

Yunho los presentó, como si fueran perfectos desconocidos. Como si no se vieran cada fin de semana. Y Jaejoong la miró como si estuviera siendo hipnotizado por su belleza. Ella ya tenía fama y reputación. Tenía una vida, y Yunho, parecía ya tener en sus manos a OhDae, todo iba bien todo era perfecto.

Todo comenzó, aquel día de abril, cuando Jaejoong notó que Yunho miraba con algo más que amistad a Yoona, la quiso para él, solo para que ella no pudiera aferrarse a Yunho, por que entonces lo alejaría de su lado. Fingió estar encandilado con su belleza, para que Yunho como buen amigo, ni siquiera la mirara.

Fingió por Yunho, por ese amor que no sabía que tenía.




—¡Ve por el balón!

El grito del pequeño niño hizo que Yoona alzara la cabeza, con su cabello cayendo por su rostro, viendo al pequeño niño corriendo por el parque, atravesando el césped, directo hacía ese balón naranja que aún rebotaba y que había llegado hasta ella.

—¿Es tuyo?— preguntó con una voz cándida y una sonrisa en los labios. El niño, tímido solo asintió, provocando que ella sonriera un poco más. –Toma. Tengan cuidado con la calle.

—¡Si!

El niño sonrió cuando tuvo el balón en sus manos y se alejó corriendo junto a sus amigos. Yoona sonrió. Y por un momento sus pensamientos retrocedieron, hace unos años, muchos en realidad en China. Cuando divertirse era tan fácil y cuando habían tantos sueños de por medio.

Suspiró apesadumbrada, feliz de no tener a la prensa cerca, su celular no había parado de sonar en toda la mañana producto de aquel escándalo ocasionado por la esposa de OhDae y por un momento sonrió, al menos algo bueno salía de todo eso.

Ya había empezado, su venganza había empezado.

Lo extraño es que no podía encontrar a Jaejoong y no se atrevía a ir al departamento de Yunho, por que podía encontrarlo ahí. La idea la hizo enojar. Yunho no podía traicionar sus planes, no cuando les había costado tanto tiempo y sacrificio.


Simplemente no podía.




Jaejoong alguna vez pensó que Yunho había cambiado.

Pero no lo confirmó hasta que Yoona apareció en sus vidas.

Aún lo recuerda y no sabe si atormentarse o regocijarse por ello, pero fue en una fiesta cuando Yoona y él ya estaban saliendo. Los dos se emborracharon, de pronto hubieron besos, luego sexo y luego arrepentimiento.

Yunho no quería ‘dañar’ la amistad, pero Jaejoong fue terco, desde que probó lo que era tener a Yunho en la cama, comprendió tantas cosas, comprendió lo que le pasaba en realidad con él, entonces sintió la posesividad en su ser. Y comenzó a odiar a Yoona.

Comenzó a verla por todas partes, demasiado cerca de Yunho, pero supo también que de alejarla, Yunho podía ver el camino libre, podía irse con ella. Por que Yunho no lo amaba. Yunho solo se dejaba llevar por el deseo, o al menos eso quería creer él, por que una amistad. Ellos ya no tenían.

Si perdía a Yunho, lo perdería para siempre.

—¿Qué hora es?

Un par de horas después de haberse despertado la primera vez, Jaejoong se removió en la cama, Yunho dormía profundamente. Tan tranquilo que por un momento observó su rostro. Pacifico. Tranquilo, y sonrió.

Acariciando su rostro, venerándolo un instante.

No dejaría, por ningún motivo, que Yoona lo tuviera.

De ningún modo, nadie más.

Entonces miró el reloj y se percató que eran las dos de la tarde y algo más, era tarde, muy tarde, y seguramente la prensa estaba buscándolo por todas partes. Seguramente no iban a dejarlo en paz por un buen tiempo.

Recordó entonces la verdad de Rye, su madre que ahora resultaba ser una loca secretaria, y él apenas era hijo de OhDae. Sinceramente no le importó, dejó de importarle desde que Yunho accediera a estar con él, a fingirle amor aunque sea.

El resto del mundo dejó de importarle, peor cuando su supuesta madre estaba muerta, y la verdadera probablemente también. Se duchó y vistió lo más rápido que pudo, resignado a volver a ese infierno de casa que lo esperaba.

Miró a Yunho una última vez, y sus sentidos se resignaron a marcharse.

Cerrando la puerta con cuidado antes de salir.




Changmin respondió varias preguntas desde su laptop.

Su jefe le pedía la exclusiva, el escándalo de la familia Kim había atravesado incluso hasta fronteras más allá de las necesarias, y su futuro puesto dependía de encontrar algo mejor que la repentina confesión de Boa.

Trató de justificarse, de ampliar el plazo de espera, pero WookDae solo le había dado una semana más. ¿Qué podía hacer en una semana más? Miró a Minho dormido en su cama, con una pequeña sonrisa en el rostro y suspiró.

Era placentero tenerlo ahí, y aún más, verlo dormir con tanta tranquilidad y parsimonia, pero le acosaba la idea de que Minho, estando tan cerca de él pudiera descubrir demasiadas cosas. Apagó la laptop y volvió a la cama.

Dejándose embriagar por el aroma de Minho, por su presencia, y por que aparentemente en sueños Minho, no recordaba, no sufría. No se encontraba apesadumbrado por la verdad de su familia y la imagen que lo acosaba dolorosamente de su verdadera madre.

Acarició su cabello un poco y luego logró abrazarlo con cuidado de no despertarlo. Quería estar un rato más con él así, sin que el tiempo pasara. Y él lo olvidara.




“Chul… No te he visto para nada hoy, ni siquiera has venido a trabajar, ¿te sientes bien?”

Por un instante, escuchar la voz de Siwon fue incluso hasta un poco reconfortante, su voz sería pero cálida al mismo tiempo. Preocupado por él, era su amigo, uno de los mejores, y sin embargo tenía el valor para contestarle, solo para escuchar los mensajes de voz que quedaban en la contestadora.

“Me tienes preocupado, es en serio. ¿Qué sucede?”

Era un idiota, uno completo. Se abrazó a sus piernas un poco más, hundiendo el rostro en sus rodillas, acomodado como podía sobre la cama. Pensar en OhDae como si fuera la persona ideal, como si le pesara el alma por haberse enamorado de él.

“Donghae no deja de preguntar por ti, su nota de la familia Kim enloqueció a la editorial. Es el escándalo del año. Y ustedes son los que tienen la mejor nota. Ven a recibir un par de aplausos.”

Y pensar que no lo merecía. Pensar que había sido capaz de hacer tanto daño, solo por quedarse con los niños. El sufrimiento de su esposa era inconmensurable, era abismal y Heechul se sintió tan devastado, decepcionado. Que ese amor aún pesaba. Y dolía.

Enamorarse de la persona equivocada, dolía tanto.

Cuando tengas tiempo, llámame, por favor.



Había un silencio extraño entre ellos últimamente, pero el de hoy era hasta sepulcral. Junsu pudo ver a Yoochun comer poco, beber escasamente y suspirar a cada momento. Quería abrazarlo y prometerle que todo estaría bien.

Pero ni siquiera él podía creer aquello.

—Ya nada importa… ¿Verdad, Su?

La pregunta de Yoochun llegó de improviso, sentado frente a él en la mesa que compartían en aquella habitación de hotel. Los ojos de Yoochun estaban ansiosos por escuchar una respuesta. Como si ya hubiera tenido mucho tiempo para pensar y solo necesitara un poco de aprobación.

—Ya nada importa, Chun. Solo tú y yo. De todas formas íbamos a dejarlo todo.

Yoochun asintió, dejando los cubiertos de lado por completo. Perdiendo su mirada un instante en el ventanal que tenían a disposición. Junsu odió esa mirada perdida. Ya nada importa solo ellos dos, y quiso aseverar sus palabras.

Por eso se levantó. Por eso caminó hasta él y se sentó sobre sus piernas, agarrando su rostro para que lo mirara, para que viera sus ojos y no viera siquiera un atisbo de duda.

—Te amo, Yoochun.

El viaje estaba cerca, todo terminaría en unos días. En muy pocos días. Ese infierno terminaría. Yoochun pareció de pronto hipnotizado, asintiendo, buscando su boca. Pero Junsu no lo dejó acercarse, no hasta que lo dijera también.

Y Yoochun pareció comprender.

—Yo también te amo, Junsu. No deberías necesitar que lo diga, lo sabes solo con verme a los ojos. Te amo desde siempre…
—…Y por siempre.

El beso llegó, hambriento. Como si no se hubieran besado en mucho tiempo, como si el apoyo no fuera necesario. Fue gratificante lleno de deseo y pasión. Para también hubo amor, en cada uno de sus poros. En cada palabra y movimiento. En cada ínfima parte de su ser.




El timbre del celular lo hizo correr apresurado de la ducha, con apenas una toalla en su cintura. Lo tomó rápido y seguro de lo que hacía.

—Dime.
Yunho, hasta que al fin me contestas. Ya hice el traspaso de dinero. Y la firma de OhDae que me enviaste es clave, parecerá que el autorizo la compra de todas esa mercancía.

La sonrisa de Yunho afloró, sacudiendo un poco sus propios cabellos, todavía húmedos por la ducha.

—¿Estás seguro? No quiero ni un solo cabo suelto.

Completamente seguro, pareciera que el mismo OhDae es consciente de los negocios ilícitos que está haciendo. Eso sin contar con el capital que has estado desfalcando quedará arruinado. Eso por no decirte de cómo quedará con su campaña perdida, con todo el mundo hablando pestes de él es imposible que siga con la candidatura. Pero el dinero que ya invirtió es dinero perdido.

Yunho respiró profundo. Regocijándose de escuchar algo que él ya sabía de sobra.

—De acuerdo, hablamos en otra ocasión entonces.
—Muy bien, te llamo cuando haya concluido lo otro que me pediste.
—Bien, adiós.

Jugó un rato más con el celular, llamó a Yoona pero siempre le salía el buzón de voz, supuso entonces que estaría evitando a la prensa. Sin embargo un poco más aliviado se lanzó contra la cama, con los brazos estirados y un peso de menos.

¿Cuánto demoraría OhDae en darse cuenta de lo arruinado que se encontraba?

Bien hecho, hijo… Sabía que no nos decepcionarías.

La voz de su padre por primera vez no lo atormentó y una risa abrumadora salió de su garganta. Disfrutando de ese momento. Complacido con lo que estaba logrando.





Cuando Key abandonó la casa de Joonghyun era un poco tarde en verdad.

Caminó un poco hasta poder encontrar un taxi, sacó su celular dispuesto a llamar a Jung, pero traicioneramente siempre sonó ocupado. Levantó un poco los hombros, desentendiéndose del asunto.

Había sido una suerte que Jung hubiera dado con él, y no extraña oportunidad que Kibum no había querido desaprovechar. Solamente quería agradecerle al hombre por la idea, y la ayuda. Pero parecía estar ocupado.

..::..::..::..::..

Key entró con una mirada recelosa.

La oficina de atención a padres de familia se encontraba vacía, excepto por aquel hombre elegante, al cual solo podía verlo de espaldas al entrar en la oficina, sus piernas cruzadas y su porte firme lo hicieron confundirse un poco más.

Pero seguro y astuto avanzó.

—¿Quién es y por que le ha dicho al directo que es mi tío?

Pudo ver su rostro entonces, era la mano derecha de Kim OhDae, y por supuesto el amigo eterno de Kim Jaejoong. Lo reconocía con facilidad, pero las dudas eran el por qué se encontraba ahí, en su instituto y por que parecía tan frívolamente feliz.

—Soy Jung Yunho. Y me daba mucha pereza esperar a que salieras del instituto.

Key arrugó el entrecejo.

—¿Qué quiere de mi?
—Oh, ya veo que me reconociste.
—Imposible no hacerlo, es un ejecutivo reconocido a nivel nacional.

Yunho arregló un poco mejor el cuello de su camisa.

—Seré breve, yo sé que tú también saliste con Minho. Lo que me intriga es el por qué no te mostraste también en el diario. Hubiera sido más escándalo, con cuatro al mismo tiempo, ¿no?

—Si, pero yo no iba a humillarme en el camino.
—Interesante, pero no actuaste solo, sé que ese muchacho rubio te ayudó, ¿cómo lo convenciste de que fuera equitativo de que tú no salieras en la publicación?

Jung había puesto el diario sobre el pequeño escritorio, y Key no se molestó en saber por que aquel hombre sabía tanto de él. Solo se sentó y sonrió.

—Le hice creer que tenía otro plan bajo la manga y que para ejecutarlo, todos debían creer que yo no odiaba tanto o Minho, o que mejor dicho no habíamos tenido una relación jamás.

—Así que… ¿no hay otro plan?
—No.

Yunho asintió, cruzándose de brazos.

—Es una idea muy avezada, pero triste si en realidad no piensas culminar tu venganza. Es patético cuando no terminas algo que ya has empezado.
—¿Y usted va a ayudarme?

—Solo si eres lo suficientemente valiente y por supuesto, si en verdad odias a Minho.

La idea de pronto no sonó tan mal.

—¿De que estamos hablando?
—¿Quieres destruirlo en verdad? Entonces hazlo desde adentro.

La imagen de la familia Kim fue golpeteada por Yunho sobre el diario y Key se confundió otro poco más.

—Boa no es estable, créeme. Esa familia esta podrida por dentro y esconde más secretos de los necesarios. Luchan contra todo para que nada los toque, para que nadie sepa como son en verdad, todo lo que ocultan. Y Boa lo sabe todo. Minho quedaría destruido si su imagen se ve ensuciada. ¿No crees? A él le importa mucho su padre.

—¿Y qué? Boa no va simplemente a contarme todo así como así.

—¿Y quién dijo que ella te iba a contar algo?— Yunho de pronto sacó un pequeño frasquito del bolsillo de su leva. –Ella se lo va a gritar al mundo entero.

Key tomó el frasco y lo miró con curiosidad.

—Tú solo has exactamente lo que yo te digo, Kibum. Y tendrás la destrucción de toda la familia Kim y de Minho por supuesto, en tus manos.

Sus ojos se conectaron con los de Jung. Como si ambos ganaran al mismo tiempo, le intrigó saber el por que a Yunho le convenía morder la mano que lo alimenta. Pero prefirió no meterse en cosas más peligrosas.

Por que podía verlo en sus ojos, Jung era peligroso.

Pero si lo necesitaba como escudo, Key podía jugar a su ritmo. Y junto en ese momento, ponerse del lado de Yunho fue fácil, y asentir resultó sencillo.


..::..::..::..::..


Cuando por fin vio un taxi a la distancia, estiró la mano y logró detenerlo.

Al poco tiempo una llamada de Joonghyun entró a su celular y miró con pesar, que en verdad ya no tenía por que seguir en contacto con el muchacho. Así que solo cortó la llamada y suspiró.

Y estaba apunto de hacer lo mismo sino fuera por la llamada de Jung que incluso hasta lo hizo sonreír, le encantaba e incluso había aprendido admirar esa astucia y parte malévola en el mayor.

—Señor Jung, que bueno es recibir una llamada suya.
Estaba en una llamada importante. ¿Deseabas algo?

—Agradecer por supuesto. Sin usted no hubiera podido hacer nada de lo que hice.
Pues yo te felicito, a ti y tu amiguito. Buen trabajo, muchacho.

Antes de que Key pudiera si quiera decir algo más, Yunho ya le había cortado y un suspiro inconsciente salió de sus labios, luego sacudió su cabeza con fuerza. No debía estar pensando en estupideces.

Otra llamada de Joonghyun, y entonces Kibum optó por apagar el celular.




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